¡Su redención! - Capítulo 125
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125: CAPÍTULO 125 Encontrando a Rachel 125: CAPÍTULO 125 Encontrando a Rachel —Centrémonos en los momentos justo después de que el coche negro abandonara la zona —dijo Damien, señalando la pantalla.
Se ajustó las gafas, con expresión seria—.
Necesitamos ver adónde fue.
El equipo asintió, con los ojos pegados a las pantallas mientras rebobinaban la grabación.
Tras varios minutos de escudriñar las imágenes, uno de los investigadores se inclinó hacia delante, con emoción en la voz.
—¡Miren!
¡Ahí está!
—Señaló el coche negro que reaparecía en la señal de otra cámara, girando a la izquierda a pocas manzanas de la casa de Rachel.
—Sigamos esa ruta —ordenó Damien, observando atentamente cómo seguían los movimientos del coche por la ciudad.
Vieron cómo el coche negro iba a toda velocidad por calles desiertas, y su trayectoria se volvía más clara a cada momento.
—Bien, se dirige hacia la zona industrial —apuntó otro investigador, mostrando un mapa en la pantalla—.
Hay varios almacenes abandonados en esa ruta.
Serafina se mantenía a un lado, con el corazón desbocado mientras escuchaba los hallazgos.
«¿Estará Rachel en uno de esos almacenes?».
La idea la llenó de pavor, pero sabía que estaban cada vez más cerca de encontrar a su amiga.
El equipo siguió analizando la grabación, identificando puntos de referencia concretos por el camino.
—Miren, ahí está la antigua fábrica —dijo uno de ellos, resaltando una ubicación en el mapa—.
Lleva años cerrada y hay una red de edificios abandonados cerca.
Podría ser un escondite perfecto.
—Vamos a revisarlos todos —dijo Damien, con determinación en la voz—.
No podemos permitirnos pasar por alto ninguna posible ubicación.
Tenemos que encontrar a Rachel antes de que sea demasiado tarde.
Mientras reducían las opciones, otro investigador intervino: —Víctor tiene un historial de usar este tipo de lugares para sus operaciones.
Si está involucrado, es muy probable que la esté escondiendo en uno de esos almacenes.
Serafina sintió una oleada de esperanza mezclada con ansiedad.
—Tenemos que ir ya —apremió, sintiendo la urgencia en el aire—.
Cada segundo cuenta.
Rachel nos necesita.
Damien la miró a ella y luego al equipo.
—De acuerdo, en marcha.
Nos dividiremos en equipos y registraremos cada ubicación.
Serafina, vienes conmigo.
Nosotros iremos en cabeza.
Amanda caminaba de un lado a otro en su habitación, con la ansiedad creciendo a cada paso.
Sentía que las paredes se le echaban encima y no podía librarse de la sensación de catástrofe inminente que se le adhería como una sombra.
Había logrado mantener las cosas bajo control hasta ahora, pero con Rachel ahí fuera, estaba perdiendo el control.
«¿Por qué Víctor no se ha encargado ya de eso?».
Sintió que el corazón se le aceleraba mientras la frustración bullía en su interior.
Rachel se estaba convirtiendo en una amenaza, una que no podía permitirse ignorar.
Aquellas advertencias que le había dado a Serafina…
cada palabra tenía el potencial de desmoronar todo lo que Amanda había construido.
Si Rachel tenía la oportunidad de hablar con Serafina, podría ponerla fácilmente en su contra.
La idea hizo que a Amanda se le erizara la piel.
Recordó las preguntas incisivas de Rachel durante su último encuentro y el modo en que sus ojos habían brillado con determinación.
«Esa chica se cree que lo sabe todo».
Pero Amanda no podía permitir que Rachel siguiera alimentando esas dudas.
Tenía que actuar con rapidez, de forma decisiva.
Con una respiración tensa, Amanda agarró el teléfono y marcó el número de Víctor.
La línea sonó y sintió cómo una oleada de impaciencia la invadía.
Cuando él finalmente respondió, fue directa al grano.
—¿Víctor, por qué tardas tanto?
—Las cosas se han complicado —respondió él, con tono vacilante—.
Me estoy encargando.
—¡Encárgate más rápido!
—espetó Amanda, con la voz cortante por la urgencia—.
Quiero a Rachel muerta.
Se acabaron los retrasos.
No podemos dejar que arruine todo por lo que he trabajado.
Hubo un momento de silencio al otro lado y Amanda sintió un atisbo de duda.
¿Había dudado Víctor?
—Dijiste que querías que se hiciera limpiamente.
Solo dame un poco más de tiempo —insistió él, pero Amanda pudo oír la reticencia en su voz.
—¡No!
No entiendes lo que está en juego.
Necesito que termines con esto.
¡Si llega a Serafina antes, todo se vendrá abajo!
—La voz de Amanda se estaba elevando, con la frustración aflorando—.
¡Sabes lo que nos jugamos!
—De acuerdo, de acuerdo.
Me encargaré —dijo Víctor, con un tono más sumiso.
—Bien.
Espero resultados —espetó Amanda antes de colgar, con el corazón latiéndole con una mezcla de ira y desesperación.
Respiró hondo, intentando calmarse, pero el peso de la situación le oprimía el pecho.
Serafina, Damien y los investigadores llegaron al almacén abandonado en las afueras de la ciudad.
El lugar parecía desolado, con las ventanas destrozadas y la estructura hundida por años de abandono.
Un silencio espeluznante los envolvía, roto solo por el sonido del viento que susurraba entre la hierba crecida.
—Manténganse cerca y en silencio —ordenó Damien, con voz baja pero firme.
Serafina asintió, con el corazón latiéndole con fuerza mientras salían del vehículo.
Sentía una mezcla de miedo y determinación.
Era el momento: aquí era donde encontrarían a Rachel.
El grupo avanzó en una formación cerrada, comunicándose con señales de mano mientras se acercaban al edificio.
Serafina sintió cómo la tensión espesaba el aire a su alrededor.
Cada sonido parecía amplificado; su respiración resonaba en sus oídos y podía sentir cómo su pulso se aceleraba con cada paso que daban hacia la entrada.
Cuando se acercaban a la puerta, un repentino sonido ahogado llegó a los oídos de Serafina.
Se detuvo en seco, aguzando el oído.
«¿Era eso…?»
—¿Oíste eso?
—susurró con urgencia, mirando a Damien.
Él asintió, frunciendo el ceño con concentración.
—Vino de dentro —dijo, haciendo una seña a los demás para que se detuvieran.
Serafina contuvo la respiración, con el corazón desbocado mientras los sonidos ahogados se hacían más nítidos.
¡Era Rachel!
Una oleada de esperanza la invadió, pero fue seguida rápidamente por una de miedo.
«¿Qué le estaba pasando dentro?»
Los sonidos ahogados de la voz de Rachel se hicieron más claros, guiándolos hacia un rincón del edificio en penumbra.
Allí encontraron a Víctor, de espaldas a ellos mientras se preparaba para hacerle daño a Rachel, que estaba atada a una silla, con el pánico evidente en sus ojos desorbitados.
—¡Alto ahí!
—gritó Damien, y su voz resonó por el enorme espacio vacío.
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