Sueños ardientes - Capítulo 90
- Inicio
- Sueños ardientes
- Capítulo 90 - Capítulo 90: CAPÍTULO 90 Esposa Conservadora Libro 1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 90: CAPÍTULO 90 Esposa Conservadora Libro 1
Estaba de pie frente al espejo, examinando mi atuendo para la noche.
Tenía el estómago lleno de mariposas. Nunca hacía este tipo de cosas.
Mi marido estaba fuera en un viaje de negocios de dos días. No salía mucho de casa sin él, pero mi mejor amiga Josefina me había convencido para que probara una discoteca nueva de la ciudad.
Llevaba 19 años casada con Darrell, mi atento marido. Éramos novios desde el instituto y nos quisimos desde el momento en que nos conocimos. Pero nuestro matrimonio se había vuelto un poco monótono desde que descubrimos que era infértil. Mi estricta educación católica me impedía separarme (por aquello de guardar las apariencias y todo eso) y, sinceramente, tampoco es que quisiera hacerlo. Darrell era muy agradable y un buen tipo, pero un poco soso. Así que los momentos como el de esta noche, en los que podía soltarme la melena y divertirme, eran contados.
Con total sinceridad, no había sido muy receptiva al plan de Josefina. Cuando salía con otras esposas, solía ser para almuerzos elegantes o para tomar una copa en bares bonitos. Nunca para ir de discotecas.
Josefina era mucho más aventurera que yo. Siempre estaba dispuesta a probar cosas nuevas o a «vivir la vida al máximo», como decía ella. Yo estaba mucho más segura en mi zona de confort, y las discotecas no formaban parte de ella. Aunque solo tenía 39 años, ya sentía nostalgia por cosas muy alejadas del EDM y el perreo.
Y, sin embargo, aquí estaba. Respiré hondo y examiné el conjunto que había elegido. Era un vestido morado que me llegaba a las rodillas. Era mucho más ajustado de lo que solía llevar, ciñéndose a mis curvas naturales. Seguía siendo lo bastante conservador para mi gusto, sin mostrar nada de escote.
Llevaba un par de tacones de aguja bajos con tira en el tobillo, bragas de algodón y un sujetador con relleno a juego. Mis pechos de copa D eran bastante grandes y seguían estando bastante firmes y redondos para mi edad, pero el sujetador disimulaba sin duda la poca flacidez que pudiera haber. Me habría gustado llevar pantis, pero Josefina me convenció, o mejor dicho, me ordenó que fuera con las piernas al aire y las luciera.
Llevaba el pelo, largo y castaño, alisado, y me había maquillado con un poco más de estilo de lo habitual, con más rímel, delineador de ojos y un pintalabios más vivo. Me veía bastante sexi, y también me sentía así, algo que no había experimentado en mucho tiempo. Quizá hasta me masturbaría con los dedos al volver. Solo me masturbaba cuando estaba muy cachonda.
Lista para una noche por la ciudad, conduje hasta la discoteca para reunirme con Josefina. Llegué al lugar, pagué la entrada y entré. El bajo, insoportablemente alto, parecía hacer vibrar todo el edificio, pero unas copas de vino o quizá unos margaritas lo harían tolerable.
Me acerqué a la barra y pedí una copa de vino tinto, lo que pareció sorprender al joven camarero, aunque me la sirvió. Me senté a esperar a Josefina unos minutos, preguntándome dónde estaría.
Al cabo de un rato, mi móvil vibró con una llamada entrante. Era Josefina.
—Hola, ¿qué pasa? ¿Dónde estás? —pregunté.
—Escucha, Kelly, siento muchísimo tener que hacerte esto, pero justo cuando salía por la puerta, me ha llamado mi jefe para recordarme un proyecto que se me había olvidado por completo y que tiene que estar listo esta noche. Trabajaré lo más rápido que pueda, pero me parece que voy a tener que cancelar —explicó.
—¡Oh, Dios mío, qué faena! Lo entiendo perfectamente. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?
—De momento no. Oye, por lo que oigo ya estás ahí. Tú diviértete esta noche. No quiero que te vuelvas a casa ahora mismo a leer una novela rosa barata. Así es como puedes ayudarme: soltándote. Pero tengo que dejarte. Te llamaré más tarde si al final puedo ir.
—Adiós, Josie.
—Adiós, Kelly. Recuerda: ¡diviértete!
Colgó.
Solté un fuerte suspiro. Vaya, qué mala suerte. Guardé el móvil en mi cartera grande y, en contra de sus instrucciones, decidí irme a casa. Y en ese momento, llegó mi copa.
Bueno, ahora tenía que quedarme, aunque solo fuera para terminarme la copa de vino.
Me quedé sola un rato en la barra, bebiendo mi vino a sorbos. Algunas de las canciones que sonaron no estaban nada mal, la verdad, y me quedé mirando a la multitud que bailaba.
Cuando me terminé la copa de vino, empezó a sonar una canción pop de finales de los noventa. No recordaba cuál era, pero la reconocí, y me dio el incentivo suficiente para salir a bailar. Me solté durante media hora, disfrutando de verdad por primera vez en mucho tiempo. Me sorprendió gratamente.
Cuando me cansé, volví a la barra y me pedí un martini. Eché mano a la cartera, pero el camarero me detuvo.
—Es gratis, señora. Ese grupo de allí ha pagado su cuenta.
Me lo indicó con un gesto de cabeza y me giré para mirar. Era un grupo de cinco hombres en un reservado, que se dieron cuenta de que los estaba mirando. Uno de ellos me hizo un gesto con la mano, indicándome que me acercara.
El corazón me dio un vuelco. A veces una chica necesita que le reafirmen que es sexi y atractiva, y esta era mi confirmación. Cogí mi copa y me dirigí a la mesa. Solo pensaba reír y charlar. Jamás se me ocurriría hacer otra cosa.
Dos de los hombres salieron del reservado y me hicieron señas para que me sentara justo en medio. Me reí nerviosamente y me senté. Pude ver bien a los hombres por primera vez. Había dos hombres negros, uno hispano o posiblemente siciliano, y dos caucásicos. Todos parecían tener entre treinta y treinta y cinco años, y eran todos bastante guapos de un modo rudo, y grandes.
—¿Hay alguna razón por la que una dama tan bella como usted esté aquí sola? ¿Le han dado plantón? —dijo uno de los hombres.
—Ja, ja, bueno, una amiga iba a venir, pero ha tenido que cancelar.
—Oh, no, qué pena. Pensamos que podríamos hacerle compañía, ya que parecía un poco sola. ¿Cómo se llama?
—Kelly —respondí, y casi de inmediato me pregunté si debería haber usado un nombre falso.
Me bebí el martini de un trago, casi de un solo sorbo. Estaba supernerviosa. «Pero solo estamos hablando», me tranquilicé. No había por qué estar nerviosa.
—Vamos a pedirle otro de esos —dijo el hombre hispano, y le hizo una seña al camarero.
Empezamos a charlar mientras yo bebía a sorbos otra copa.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com