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Sueños Húmedos: Una Compilación Ardiente - Capítulo 55

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  3. Capítulo 55 - 55 CAPÍTULO 55 SOMETIÉNDOSE AL ENEMIGO PARTE 2
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55: CAPÍTULO 55: SOMETIÉNDOSE AL ENEMIGO, PARTE 2 55: CAPÍTULO 55: SOMETIÉNDOSE AL ENEMIGO, PARTE 2 Mis ojos se desviaron hacia abajo, casi en contra de mi voluntad.

Era de complexión grande, ancha, imponente.

El traje que llevaba se ceñía a sus hombros y pecho a la perfección, con la tela ligeramente tensa, como si hubiese sido confeccionado solo para su cuerpo.

Se desenvolvía con confianza, demasiada confianza.

Su postura no era casual, sino deliberada, firme; como si estuviera reclamando un espacio que no le pertenecía y desafiara a cualquiera a quitárselo.

Y luego estaba la parte de su rostro que podía ver.

Una barba de pocos días le cubría la fuerte mandíbula, tan afilada que podría cortar, pero suavizada por la sombra que proyectaba.

Sus labios —Dios, ayúdame—, sus labios eran carnosos y bien dibujados, de esos que atraen la mirada por mucho que intentes mirar a otro lado.

No se curvaban en una sonrisa, pero había algo en su quietud, algo que insinuaba cierta diversión.

Como si contuviera una media sonrisa solo para provocarme.

Sentí una opresión en el pecho y el pulso se me disparó bajo la piel.

No podía apartar la mirada.

Todos mis instintos me gritaban que lo hiciera.

Que parpadeara.

Que me girara.

Que me moviera.

Pero no lo hice.

Era como si unos hilos invisibles me sujetaran, atándome a un punto intermedio entre él y yo.

La música quedó en un segundo plano.

El murmullo, las risas, el tintineo de las copas…, todo se difuminó hasta que lo único que sentía era su mirada clavada en mí.

Mi cuerpo se tensó bajo su peso y, de repente, el salón de baile entero, con sus resplandecientes lámparas de araña y su infinito mar de máscaras, me pareció demasiado pequeño, demasiado agobiante.

Algo en mi interior susurró un nombre.

Emiliano.

No.

No podía ser.

No era posible.

Él no podía estar aquí.

No estaría aquí.

Mi familia jamás lo permitiría.

Me repetí una y otra vez que tenía que ser otra persona, que solo me lo estaba imaginando porque había pensado demasiado en él.

Pero los latidos acelerados y punzantes de mi corazón decían lo contrario.

Antes de que pudiera confirmar mis sospechas, una voz interrumpió mis pensamientos.

Alguien se había adentrado en mi espacio personal y sonreía amablemente a través de su máscara con joyas.

Me di cuenta al cabo de un segundo de que era un primo que me preguntaba cómo estaba y comentaba lo espectacular que se veía el salón de baile ese año.

Forcé una sonrisa educada y respondí con frases cortas, con la voz demasiado tensa, demasiado distraída.

Durante todo ese tiempo, mi mente no estaba con mi primo.

Estaba en él.

En cuanto se marchó, me volví rápidamente hacia el lugar donde lo había visto.

Pero ya no estaba.

Se me revolvió el estómago.

Mis ojos recorrieron el salón con desesperación, examinando a las parejas que reían y daban vueltas por la pista de baile, con sus máscaras centelleando bajo las luces doradas.

Por un segundo, pensé que lo había soñado, que mi mente solo me estaba jugando una mala pasada.

Y entonces lo vi.

Alto.

Moreno.

Seguro de sí mismo.

Deslizándose en silencio por una puerta lateral, como si supiera que me fijaría.

Y, por supuesto, me fijé.

Sin pararme a pensar, mis pies se movieron solos.

El vestido susurraba suavemente mientras me abría paso entre la multitud, y mis zapatos repiqueteaban contra el suelo pulido.

Cuanto más me acercaba a la puerta, más se amortiguaban los sonidos de las risas y la música, como si el mundo entero se estuviera encogiendo hasta reducirse solo a él.

La puerta crujió cuando la abrí.

El aire fuera del salón de baile era más fresco y tranquilo; la luz de las velas, más tenue.

Los pasillos se extendían ante mí, flanqueados por altos ventanales cubiertos con pesadas cortinas que ocultaban la noche.

El silencio me envolvió como un manto.

Solo podía oír el leve eco de mis pasos y el rápido latir de mi corazón.

Iba por delante de mí.

Una sombra alta que se movía con determinación, con la espalda recta y el paso firme.

No miró hacia atrás, no vaciló, no redujo la velocidad, pero yo sabía que era consciente de mi presencia.

Quería que lo siguiera.

Y lo seguí.

Por una puerta.

Y después, otra.

Cada pasillo parecía más largo que el anterior, y el resplandor parpadeante de las lámparas alargaba su sombra por el suelo.

Las palmas de las manos se me humedecieron y se me secó la garganta.

Mi pecho subía y bajaba más deprisa, como si mis pulmones no pudieran seguir el ritmo de mis pensamientos desbocados.

No podía explicar por qué lo seguía, por qué no podía detenerme, pero algo en él tiraba de mí como de un hilo que no podía cortar por mucho que quisiera.

Hasta que me detuve.

Se me cortó la respiración cuando me di cuenta de dónde estaba.

Mi puerta.

Mi habitación.

La madera pulida me devolvía la mirada; familiar y, sin embargo, de repente extraña.

Mi habitación siempre había sido mi refugio, el único rincón de la casa que me pertenecía solo a mí.

Pero ahora…, ahora su mera visión me llenaba de pavor.

Me quedé helada en el pasillo, con la mirada fija en el pomo.

¿Por qué aquí?

De todos los lugares de la mansión, ¿por qué vendría por este camino?

Una docena de pensamientos se agolparon en mi cabeza.

Tal vez no había entrado.

Tal vez se había desviado por otro pasillo y había desaparecido antes de que yo lo alcanzara.

Tal vez ya había abandonado la mansión por completo.

O tal vez…, tal vez me había equivocado todo el tiempo y estaba a punto de hacer el ridículo al entrar en una habitación vacía, persiguiendo sombras que no existían.

Aun así, mi mano se movió sola.

Me temblaron los dedos al aferrar el frío metal del pomo.

Tenía la palma de la mano resbaladiza por el sudor, y el pulso me latía tan deprisa que casi dolía.

Sabía que debía dar media vuelta, que debía marcharme y fingir que no lo había seguido, pero la necesidad de saber era más fuerte que el miedo que se retorcía en mi interior.

Lentamente, abrí la puerta.

El suave resplandor de la lámpara de la mesilla de noche se extendía por la estancia, bañando el espacio familiar con una luz dorada.

El aire olía ligeramente a las rosas del jarrón que había sobre mi tocador.

La cama estaba perfectamente hecha, las almohadas ahuecadas; todo estaba exactamente como lo había dejado.

Vacía.

Silenciosa.

Entré con cautela, y las tablas del suelo crujieron bajo mis pies.

Mis ojos recorrieron las esquinas y las sombras en su busca, pero no había nadie.

Respiraba de forma entrecortada, con el pecho subiendo y bajando mientras intentaba serenarme.

¿Lo había imaginado?

Dejé escapar una risa nerviosa en voz baja, apretándome una mano contra el pecho para calmar los latidos desbocados de mi corazón.

Claro.

No había sido nada.

Una jugarreta de la mente.

Estaba siendo ridícula.

Pero justo cuando el alivio empezaba a invadirme…
La puerta volvió a crujir.

Y se me heló la sangre.

Me di la vuelta tan rápido que el vestido se rozó contra mis piernas, y el sonido de la tela fue un susurro en el tenso silencio.

El corazón se me subió a la garganta, latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

Y allí estaba él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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