Supervivencia Global: Tengo Esqueletos Infinitos - Capítulo 124
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124: Enviado del Dios Bestia 124: Enviado del Dios Bestia Caminando por un sendero estrecho dentro de un bosque ancestral, un joven de expresión solemne murmuraba palabras incoherentes entre dientes.
El bosque ancestral se erigía como un centinela viviente.
Árboles imponentes de decenas de metros de altura se esparcían por doquier, y sus inmensos troncos se alzaban como pilares que sostenían el mismísimo cielo.
Sus cortezas, gruesas y oscuras, estaban grabadas con las huellas de eras remotas, marcadas por profundos surcos y cicatrices dejadas por el tiempo.
Bajo los imponentes árboles se extendían espesos arbustos y enredaderas que se retorcían por el suelo del bosque como serpientes enroscadas.
Flores letales florecían en manchas de colores antinaturales, y sus pétalos refulgían con un atractivo venenoso.
Plantas devorahombres acechaban entre la maleza, con sus fauces abiertas ocultas tras una belleza engañosa.
Los aullidos de diversas bestias resonaban continuamente por todo el bosque.
Cada rugido enviaba potentes vibraciones por el aire, que hacían temblar las hojas y provocaban que las aves emprendieran un vuelo frenético.
De vez en cuando, poderosas bestias de más de tres metros de altura emergían de entre las sombras y aparecían ante el joven.
Sus enormes cuerpos irradiaban ferocidad y dominancia.
Algunas lucían cuernos serrados; otras tenían garras enormes que desgarraban la piedra como si fuera papel.
Sin embargo, cada vez que posaban su vista en el joven, simplemente apartaban la mirada y lo ignoraban.
Era como si fuera invisible.
A juzgar por las auras opresivas que emanaban de ellas, la más débil de estas criaturas era al menos una Bestia de Nivel 15, mientras que la más fuerte alcanzaba el Nivel 17.
A medida que el joven se adentraba en el bosque, las bestias de Nivel 17 se volvían cada vez más comunes.
Sus cuerpos colosales parecían montañas en movimiento y cada uno de sus pasos dejaba profundas huellas en la tierra.
Y, aun así, ninguna de ellas le cortó el paso.
Tras caminar durante media hora, el joven llegó ante un templo ancestral que se erigía oculto entre la densa vegetación.
Enredaderas letales se enroscaban alrededor de sus imponentes pilares y de sus muros en ruinas.
Las enredaderas eran tan gruesas como la muñeca de un humano adulto y sus superficies estaban cubiertas de diminutas púas que refulgían débilmente.
Al acercarse, las enredaderas percibieron su presencia y empezaron a moverse.
Se deslizaron a un lado en silencio, abriéndose para crear un estrecho sendero que conducía a la entrada del templo.
El joven no mostró sorpresa alguna.
Entró sin vacilar.
A los lados se erigían numerosas estatuas de bestias ancestrales.
Algunas estaban semidestruidas, sin cabeza o con las extremidades hechas añicos; otras se habían derrumbado por completo y sus restos fragmentados se esparcían por el suelo en una ruina silenciosa.
Las que permanecían intactas irradiaban un aura imponente de poder y majestuosidad.
Otras mostraban formas grotescas y extrañas: extremidades retorcidas, múltiples cabezas o alas fusionadas con cuerpos escamosos en configuraciones antinaturales.
El joven siguió caminando hasta llegar al final de la sala.
Allí, sentada en un gigantesco trono de piedra, se encontraba una figura imponente.
El joven cayó de rodillas de inmediato.
La figura era un humanoide reptiliano de inmensa estatura.
Escamas de un color verde oscuro cubrían todo su cuerpo, y cada una de ellas reflejaba débilmente la penumbra como si fueran piezas de una armadura pulida.
Una pesada cola acorazada, gruesa y poderosa, reposaba detrás del trono.
Su hocico alargado revelaba hileras de dientes serrados, y unas escamas encrestadas formaban una coraza natural sobre sus hombros y su espina dorsal.
Dos ojos de un morado oscuro refulgían débilmente bajo un pesado arco superciliar.
—Mi Señor —exclamó el joven, con la voz cargada de reverencia y devoción fanática.
—¿A qué has venido?
—resonó una voz anciana y ronca por todo el templo.
El aire mismo tembló bajo el peso de aquella voz.
El templo vibró ligeramente y el polvo se desprendió del alto techo.
—¿Has completado tu misión?
—prosiguió la figura.
Sus ojos de un morado oscuro se clavaron en el hombre arrodillado a sus pies.
—No, mi Señor —replicó el joven, con la voz temblorosa mientras confesaba su fracaso—.
Me detuvo un nigromante.
El humanoide reptiliano no respondió de inmediato.
Su mirada morada taladró el cuerpo del joven, como si buscara atravesar carne y hueso para escrutar la veracidad de sus palabras.
El templo se sumió en un pesado silencio.
El silencio era sofocante.
El joven temblaba bajo la presión invisible que se cernía sobre él.
Gruesas gotas de sudor le corrían por las mejillas.
El corazón se le aceleró, martilleando contra sus costillas como si intentara escapar de su pecho.
Finalmente, la figura rompió el silencio.
—Prosigue.
Aquella única palabra estaba cargada de una inmensa autoridad.
Como si le hubieran concedido un perdón imperial, el joven exhaló con profundo alivio antes de relatar los acontecimientos de su fallida misión.
Describió la devastadora batalla en la hondonada, el choque de las bestias, el caos, la sangre que empapó la tierra.
Describió monstruosidades esqueléticas que se alzaban de los cadáveres, con ojos vacíos que ardían con una luz espeluznante.
Durante toda la narración, el enorme rostro del humanoide reptiliano apenas cambió.
Sin embargo, al observar con más atención, se podía notar cómo sus dientes serrados se apretaban, aunque fuera muy ligeramente.
«¿Quién es el necio que se atreve a perturbar la voluntad de un dios?», pensó, mientras la rabia hervía en lo más profundo de su corazón.
¿Un nigromante?
¿Cómo podía un mero nigromante detentar tanto poder?
Semejante fuerza no era algo que un mortal debiera poseer.
Ese era un poder digno de un dios.
¿Podría ser que otro dios hubiera descendido a este Piso?
Sus pensamientos se arremolinaban, y una posibilidad tras otra afloraba en su mente.
El Dios Bestia había reclamado este Piso como su territorio.
Ningún otro dios debería atreverse a invadirlo.
El descenso de un dios a un piso inferior no era un asunto trivial.
Requería una preparación meticulosa, rituales, sacrificios y planes cuya organización podía llevar décadas o incluso siglos.
Por tanto, era difícil creer que este mortal contara con el apoyo del peón de otra deidad.
Pero si no cuenta con el apoyo de un dios… ¿cómo puede convertir a tantas bestias en sirvientes no muertos sin sufrir las repercusiones?
Cuanto más reflexionaba, más perplejo se sentía.
Su existencia en el Primer Piso no era accidental, sino estratégica.
A diferencia de los despertadores humanos, que solo poseían un conocimiento limitado del funcionamiento interno del Abismo, él comprendía mucho más.
Sabía que en el Abismo, el poder siempre exigía un precio.
Para ostentar una fuerza inimaginable, había que pagar con algo de igual valor: la vida, el alma o la memoria.
Nada era gratis.
Sobre todo para una profesión como la de nigromante.
Su poder se regía por las inmutables leyes de causa y efecto.
Cada resurrección exigía un sacrificio.
Cada dominio sobre la muerte acarreaba consecuencias que corroían la existencia de su portador.
Ningún mortal podía escapar a ese principio.
Sin embargo, según el informe, este extraño joven no parecía afectado.
No mostraba ninguna repercusión visible.
La corrupción no le deformaba el cuerpo.
No se podía detectar ningún signo de agotamiento de su fuerza vital.
Aquello desafiaba toda lógica.
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