Susurro a la distancia - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 Dos días sin prisa
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27: Capítulo 27: Dos días sin prisa 27: Capítulo 27: Dos días sin prisa Cuando ella dijo sí —¿Y si nos vamos a El Tecal?
—preguntó Joseph esa noche, mientras caminaban junto al mar.
—¿Dónde queda?
—Una hora y media de aquí.
Es donde crecí.
Hay vacas.
Árboles.
Mi mamá hace el mejor arroz con coco del mundo.
Lili sonrió —¿Y hay señal?
—No mucha.
—Entonces sí.
El camino Salieron temprano, con mochilas ligeras y música compartida en el auto.
Ella se recostó en la ventana, viendo el paisaje verde de Panamá con la cara despejada, sin maquillaje.
Él no dejaba de mirarla cuando creía que ella no lo notaba.
—Estás pensando algo —dijo Lili.
—Sí.
—¿Qué?
—Que no quiero que esto se acabe.
Ella le tomó la mano.
Y por unos segundos, el auto fue el único lugar del mundo.
Llegada a El Tecal La casa era sencilla, de madera y techos de zinc, rodeada de árboles y gallinas sueltas.
La madre de Joseph salió a recibirlos con un delantal de flores y una sonrisa enorme.
—¡Así que tú eres la muchacha que le cambió la voz a mi hijo!
Lili rió, un poco tímida.
—Mucho gusto, señora.
—Nada de “señora”.
Aquí soy Gisela El padre de Joseph asintió desde su hamaca, con una mirada de aprobación silenciosa.
—Si ella come y no se queja, ya me cae bien —dijo, levantando su taza.
El primer día Pasaron la tarde caminando por los campos.
Lili se quitó los zapatos y hundió los pies en la tierra.
Joseph le enseñó a columpiarse en la cuerda de un árbol que usaba de niño.
—Este lugar parece detenido en el tiempo —susurró ella.
—A veces me gustaría que todo se quedara así.
Por la noche, cenaron con los padres de Joseph bajo un techo de estrellas.
Gisela puso velas aunque había luz.
Y mientras comían arroz con coco y pescado frito, le preguntó a Lili: —¿Tú eres de las que rompen el corazón, o de las que lo reparan?
Lili se quedó pensativa.
—Creo que primero rompí el mío.
Y ahora… estoy aprendiendo a cuidarlo.
Con gente que también cuida el suyo.
Gisela asintió como si ya lo supiera.
La madrugada Dormían en cuartos separados.
Pero a las tres de la mañana, Lili tocó suave la puerta de Joseph.
—No puedo dormir —susurró.
—¿Te da miedo la casa?
—No.
Me da miedo que esto termine.
Joseph la llevó a la hamaca de su padre, en el porche.
Se sentaron juntos, envueltos en una manta.
—No va a terminar —dijo él—.
Aunque se acabe el viaje.
Aunque no siempre hablemos.
Aunque la distancia vuelva.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque esto no depende del tiempo.
Depende de nosotros.
Y ahí, bajo el canto de los grillos, se abrazaron largo, sin urgencia.
El corazón de ella sobre su pecho.
El aliento de él entre su cabello.
El segundo día Ayudaron a Gisela a preparar pan.
Joseph enseñó a Lili a cortar caña.
Ella grabó un pequeño video cantando bajo un árbol.
Él la miraba como si quisiera guardarla en ese paisaje para siempre.
Al atardecer, ella le pidió algo: —Tómame una foto, pero no me digas cuándo.
Él asintió.
Y mientras ella caminaba entre las flores amarillas del campo, descalza, él tomó la foto más hermosa que jamás capturó.
Ella riendo, con los ojos cerrados, como si fuera parte de ese lugar.
Como si ya perteneciera.
Antes de irse Lili abrazó a Gisela fuerte.
—Gracias por dejarme ser parte.
—Tú no eres parte, niña —dijo Gisela, tocándole el pecho—.
Tú ya eres raíz.
Joseph cargó el equipaje sin mirar atrás.
Pero cuando subieron al auto, Lili dejó algo en el porche.
Una hoja escrita a mano: “Si alguna vez necesitan recordarme, recuerdenme en esta hamaca.
Yo aún me balanceo entre ustedes.” De vuelta al presente Joseph, ahora solo en su cuarto, vuelve a abrir esa foto.
La de Lili entre las flores.
La que nunca subió a redes.
La que solo él guarda.
Y sonríe.
Porque en medio del caos, del ruido, del vacío… ese recuerdo sigue cantando.
Una melodía sin prisa.
Sin escenario.
Solo dos días.
Y un amor que aún no se ha rendido.
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