Susurro a la distancia - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Desde este lado del mar
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3: Desde este lado del mar 3: Desde este lado del mar Joseph no pudo dormir.
La imagen de Lili con los ojos nublados seguía pegada en su mente como si no quisiera irse.
No era la primera vez que la veía triste, pero sí la primera vez que dejaba de fingir que todo estaba bien frente a los demás.
Y eso… eso lo sacudió por dentro.
Cerró la laptop a las 2:48 de la madrugada, pero siguió despierto, tumbado en su cama, mirando el techo.
Sentía una mezcla rara de impotencia y ternura.
No sabía cómo explicarlo.
Ella estaba allá, a cientos de kilómetros, al otro lado del mar, y aun así…
algo en él quería estar allí, en su puerta, en su sala, con una taza de té caliente, solo para decirle que no estaba sola.
Se levantó al amanecer.
El sol apenas se asomaba por las rendijas de su persiana.
Fue directo al escritorio, abrió su cuaderno viejo de tapas rotas, ese donde escribía desde que tenía doce.
Y sin pensarlo, comenzó a escribir: “Hay personas que solo vemos a través de una pantalla.
Personas que no tocamos, pero que sentimos.
Personas que no conocemos en la vida real, pero que logran que todo lo demás se sienta más real.” “Lili no sabe que su tristeza me tocó más que cualquier canción.
Que su voz bajita me hizo sentir más cerca que nunca.
Que su silencio me gritó cosas que ni ella sabe que está diciendo.” Cerró el cuaderno con fuerza, como si eso pudiera detener lo que ya empezaba a crecer dentro de él.
Porque sabía lo que era.
Y sabía lo complicado que podía volverse.
Pero también sabía que lo auténtico no siempre venía fácil.
Ese día fue al trabajo como un zombi.
Joseph era técnico de sonido en un estudio modesto, ayudaba a montar pistas para artistas locales.
Mientras los demás hablaban de reggaetón, promociones y lanzamientos, él solo pensaba en el sonido de la voz de Lili, en cómo se quebraba al final de cada palabra anoche.
Al caer la tarde, revisó Instagram.
Ella no había subido nada nuevo.
Ni stories.
Ni publicaciones.
Ni siquiera una reacción a sus mensajes.
Un pequeño nudo le apretó el estómago entonces.
Le escribió: “No te voy a preguntar si estás bien.
Solo quiero decirte que aquí estoy, si quieres hablar.
Si no quieres, también.” No hubo respuesta.
Horas más tarde, una nota de voz.
Solo ocho segundos.
Su voz, ronca y cansada: —Gracias, Joseph.
Hoy necesitaba saber que alguien, en algún lugar… se quedó.
Él la reprodujo tres veces.
Luego se quedó viéndola.
Su foto de perfil era una imagen desenfocada, un atardecer en la playa.
¿Y si esto no es nada para ella?
¿Y si yo solo soy otro nombre entre tantos que le escriben?
Pero algo en su pecho lo contradecía.
Porque no era solo lo que ella decía, era cómo lo decía.
Cómo decía su nombre.
Cómo pausaba antes de contestarle.
Cómo no fingía con él.
Y entonces, en una nota de voz que le tomó coraje grabar, le respondió: —Tú no me conoces.
Pero te veo.
Y no hablo de la pantalla.
Hablo de ti.
Y no quiero que creas que solo me quedo porque me gustas o porque cantas bonito.
Me quedo porque tu tristeza me importa.
Porque me importas tú.
Después de enviarla, apagó el teléfono.
Y se dejó caer en la cama.
Exhausto.
Vulnerable.
Con el sueño del dia anterior Esa noche, soñó con el mar.
Con una orilla distinta a la suya.
Con una chica de cabello alborotado y ojos grandes, esperándolo.
No para cantarle, no
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