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Susurro a la distancia - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - 42 Capítulo 42 Todo lo que no dijimos
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42: Capítulo 42: Todo lo que no dijimos 42: Capítulo 42: Todo lo que no dijimos La oficina del sello estaba en el centro de Santo Domingo.

Luces frías, paredes de cristal, una mesa larga y demasiados rostros observando.

Lili entró primero, con paso firme.

Joseph la siguió en silencio, con su gorra baja y la mirada enfocada en el suelo.

Ambos sabían que no era una reunión más.

Era la que definiría lo que venía.

—Nos encanta la dirección que están tomando —dijo la productora ejecutiva—.

La química entre ustedes… vende, se siente.

Joseph apretó la mandíbula.

—¿Y qué quieren exactamente?

—Que hablemos de estrategia —respondió ella—.

La canción “Sin palabras” es oro puro.

Pero necesita una historia.

Un contexto.

¿La relación entre ustedes es parte del concepto del álbum… o no?

Silencio.

Lili lo miró.

Joseph no levantó la cabeza.

Ella respiró profundo.

—El álbum no es una historia de amor comercial.

Es un proceso real.

No queremos empaquetarlo como “pareja del año” ni volverlo marketing.

Queremos que se escuche como se vivió: con piel, con dudas, con silencio y verdad.

—Entiendo —dijo otro ejecutivo—.

Pero lo real no vende si no se presenta como historia.

¿Están dispuestos a confirmar públicamente su relación?

¿O vamos a seguir dejando que el público lo interprete solo?

Joseph levantó la cabeza.

Sus ojos estaban serios.

—¿Por qué necesitan una etiqueta para creerle a una canción?

—Porque la gente consume emoción si sabe que es cierta.

Lili apretó el lápiz entre los dedos.

Sus ojos también estaban fijos.

—La canción es cierta.

Con o sin título.

Con o sin hashtag.

Hubo un silencio tenso.

Finalmente, la ejecutiva asintió.

—Entonces dennos una propuesta.

Qué canción irá primero, cómo la lanzarán, y qué van a decir… o no decir.

Pero háganlo rápido.

Si no controlan la narrativa, la narrativa los controla a ustedes.

De regreso en casa, ninguno hablaba.

Lili cocinaba sin mirar nada realmente.

Joseph miraba la ventana, como si esperara una señal afuera.

—¿Te molesta que no lo digamos abiertamente?

—preguntó ella, sin girarse.

—No me molesta lo que hacemos, me molesta tener que explicarlo.

—Yo no quiero esconderme… pero tampoco quiero vendernos.

Joseph se acercó y le tomó la mano.

—Entonces no nos escondamos… pero tampoco nos expongamos.

Que lo sepa quien deba saberlo.

Que lo sienta quien quiera escucharlo.

Y que lo vivamos nosotros, sin miedo.

Ella asintió.

Lo abrazó por la cintura, y permanecieron así un largo rato.

Sin prisa.

Esa noche, Joseph trajo su guitarra a la sala.

Se sentó con las piernas cruzadas en el sofá, descalzo, con el cabello aún húmedo.

Lili llegó con su libreta y se sentó frente a él, en el suelo.

—¿Quieres que sigamos con la siguiente canción?

—preguntó ella.

—Solo si prometes no frenarte esta vez.

—¿Frenarme en qué?

—En decirme lo que te duele.

Lili bajó la mirada.

Luego alzó los ojos lentamente.

—Me duele pensar que cuando esto termine… tú te vayas.

Joseph la observó.

No dijo nada por un momento.

—Yo ya me fui muchas veces, Lili.

Pero nunca de ti.

Ella cerró los ojos.

Respiró hondo.

—Entonces que la siguiente canción sea eso.

Lo que no nos dijimos antes.

Lo que casi callamos para siempre.

Horas después, el estudio estaba en penumbra.

Grabaron una toma cruda, sin efectos, sin edición.

Lili lloró en una estrofa.

Joseph también se quebró, con la voz rota.

No hubo vergüenza.

Ya en la habitación, Lili se cambió en silencio.

Joseph la miraba desde la cama, sentado contra el cabecero.

Ella caminó hacia él sin decir nada, y se sentó en la orilla.

Él tomó su mano.

—No sé cómo va a terminar esto —dijo él—.

El disco.

Nosotros.

Lo que sea.

—Ni yo —susurró ella.

—Pero si mañana me despierto sin música, sin contrato, sin aplausos… quiero seguir despertando contigo.

Lili se acercó.

Lo besó.

No fue como la vez anterior.

Fue más suave.

Más claro.

Más presente.

La ropa quedó en el suelo sin urgencia.

Sus cuerpos se conocían ya, pero esta vez se buscaron desde otro lugar.

Desde la palabra no dicha.

Desde el miedo transformado en deseo.

Desde el amor que no grita, pero tampoco se esconde.

Joseph la sostuvo con firmeza, pero con ternura.

Lili se aferró a él como si fuese su único refugio.

Hicieron el amor como si ya no necesitaran más canciones para contarlo.

Y cuando todo terminó, Lili se acurrucó en su pecho, con el corazón latiendo desbocado.

—Te quiero —dijo, por primera vez.

Joseph no respondió de inmediato.

Le acarició la espalda.

—Yo también, Lili.

Y esa vez, no hubo miedo.

Solo certeza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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