Susurro a la distancia - Capítulo 6
- Inicio
- Todas las novelas
- Susurro a la distancia
- Capítulo 6 - 6 Lo que no se publica
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
6: Lo que no se publica 6: Lo que no se publica Lili tenía los auriculares puestos.
Acostada en su cama, rodeada por una oscuridad que ya se le había hecho costumbre, volvía a escuchar la nota de voz de Joseph.
—…estaré escuchando.
Esa frase, sencilla, la había sostenido durante todo el día.
Desde que su hermano murió, muchos habían desaparecido.
Otros habían dicho lo correcto en el momento equivocado.
Joseph, en cambio, no prometía arreglarla.
Solo se quedaba.
Y eso, para ella, era más de lo que sabía pedir.
Esa noche, se animó a responderle.
Su voz era suave, como si cada palabra necesitara permiso para salir.
—Cuando tenía doce años, soñaba con ser cantante.
Mi hermano me grababa con una cámara vieja y decía que un día yo iba a llenar escenarios… Pero después de que se fue, cantar me dolía.
Me hacía sentir culpable.
Me tomó casi un año volver a hacerlo frente a una cámara.
A veces todavía siento que no lo hago para mí, sino para él.
Silencio.
La nota terminó ahí.
No pidió consuelo.
No dio más contexto.
Solo lo dejó caer, como quien se despoja de un peso.
Del otro lado del mar, Joseph se quedó en silencio largo rato antes de responder.
El mensaje lo atravesó.
No conocía la historia completa, pero sintió el vacío detrás de esas palabras.
La soledad que no se grita.
Le contestó con calma, casi en susurro: —Cuando mi papá estuvo un tiempo fuera de casa, tenía quince años.
Me dejó con un montón de instrumentos que nunca aprendí a tocar y un montón de silencios que sí aprendí a cargar.
Me tomó años entender que a veces uno no puede sanar con palabras, solo con presencia.
Gracias por confiarme lo tuyo, Lili.
No te imaginas lo mucho que eso significa.
Ella escuchó su voz sentada en el suelo, con la frente apoyada en las rodillas.
No respondió de inmediato.
Solo dejó que el calor de sus palabras le llegara sin prisa.
Pasaron tres días así.
No había stream.
No había videollamadas.
Solo notas de voz, audios cortos, textos a deshoras.
Fragmentos de dos almas que empezaban a desvestirse sin tocarse.
Un día ella le escribió: “Odio los domingos porque todo el mundo parece tener a alguien menos yo.” Joseph respondió: “Yo los amo porque tú me hablas más cuando todo está en silencio.” Una tarde, Alex —su mejor amigo— se apareció en el estudio con dos cafés fríos y una mirada inquisitiva.
—¿Qué onda contigo?
—dijo, dejándole la bebida sobre la consola—.
Estás más pensativo que de costumbre.
¿Es por ella?
Joseph no fingió.
Solo se apoyó en la silla y miró hacia el techo.
—Es… distinto.
No sé cómo explicarlo.
No es que me guste físicamente, aunque sí, es hermosa.
Es más como… sentir que alguien te ve.
¿Sabes?
Que ve cosas de ti que tú mismo habías dejado de mirar.
Alex lo observó en silencio.
Luego asintió.
—Entonces guárdala.
No la empujes.
No la presiones.
Pero si algún día ella te abre la puerta… no dudes.
Joseph no respondió.
Solo pensó en ella.
En su voz.
En su tristeza.
En cómo, sin quererlo, se había convertido en el rincón donde ella se refugiaba.
Esa noche, Lili le mandó un mensaje sin previo aviso.
“Si algún día vienes a República Dominicana, hay un lugar que quiero mostrarte.
Está frente al mar.
Mi hermano y yo íbamos allí cuando queríamos callar al mundo.” Joseph leyó ese mensaje tres veces.
No era una invitación directa.
Tampoco una confesión.
Pero era un símbolo.
Una puerta entreabierta.
Y él, desde su lado del mar, decidió no empujarla.
Solo sentarse frente a ella…
y esperar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com