Susurros de las Profundidades - Capítulo 10
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Capítulo 10: Sueños entre plástico y pixeles
Los ocho jóvenes, ensordecidos, empapados en sudor y sangre, comprendieron al fin lo que habían despertado.
El silencio que siguió pesaba más que cualquier palabra.
Cthulhu sonrió de manera pérfida.
Era el inicio del juego.
Las mentes humanas siempre creen que sus tormentos necesitan demonios para existir.
Pero yo, Cthulhu, sé la verdad: los infiernos más perfectos los fabrican ustedes mismos, con relojes, sueldos, turnos y jefes.
A veces observo y no intervengo; me basta con mirar para alimentarme de su grisura.
Este es Víctor Alarcón, un hombre de carne cansada, nacido en Guatemala, con el corazón amarrado al deber. Ama a su esposa Nina, cuida de su padre, cuida de sobrinos como si fueran hijos. Y sin embargo, su vida se ha reducido a un cuadrante repetido de despertador, transporte público y un local donde se venden sueños de píxeles empaquetados en cajas de plástico.
El día comienza antes del sol. Nina lo despierta con cariño, como quien rescata del fondo de un pozo al que pronto volverá a caer. Ella se va primero, dejando tras de sí el olor tibio del café y la fragancia de un amor que no alcanza para borrar el cansancio. Víctor se baña en silencio. Su auto, muerto hace meses, descansa como un monumento inútil frente a la casa.
Así que sale al transporte público, ese río turbio de rostros vacíos y bolsillos llenos de miedo. Las calles están sucias, adornadas con charcos negros y ojos furtivos de ladrones que cazan a la luz de la madrugada. El aire huele a diesel y ansiedad.
Cada minuto cuenta. No llegar a tiempo es perder Q250 del sueldo; no es un simple descuento, es un castigo ritual. Víctor corre. Sus pies golpean el pavimento con el ritmo de un condenado que sabe que los barrotes son invisibles.
Llega justo. El reloj marca la hora como un verdugo. Pero Sergio, uno de sus vendedores, se retrasa dos minutos. Bastan dos minutos para que el jefe, en su oficina lejana, llame por teléfono como si blandiera un látigo invisible. La voz que suena al otro lado no grita: humilla. Repite que Sergio perderá Q250 “por disciplina”. No hay espacio para explicaciones.
Sergio cuelga con la mirada baja, el rostro marcado por la vergüenza. Su sueldo apenas sostiene sus pagos. Sabe que ese golpe en la bolsa es un golpe en el estómago.
Víctor, que también es prisionero, lo consuela como puede.
—Si necesitas, yo te presto un poco —le dice en voz baja.
Palabras pequeñas en un mar de desesperanza.
Yo miro y sonrío desde las profundidades.
No hay tentáculos aquí. No hay altares ni cuchillos rituales. Solo humanos, relojes y un sueldo.
Pero huele igual que en mis templos: miedo, resignación, pequeñas luces apagándose una a una.
Esto es un altar más cruel que cualquiera de mis abismos.
Esto es un sacrificio cotidiano. Esto es su vida y su infierno en la tierra.
El reloj avanza con la misma crueldad con que lo hacen las mareas.
Ya no hay clientes en la tienda por unos minutos.
Víctor, Sergio y Carlos —tres hombres que crecieron amando mundos pixelados, héroes de consolas, batallas de fantasía— están ahora de pie frente a estanterías llenas de esos mismos mundos… empaquetados, sellados, fuera de alcance.
No juegan. Limpian.
Yo los observo. Sus manos recorren las cajas con un paño como si acariciaran reliquias sagradas. Títulos que marcaron su infancia, sagas que los hicieron soñar cuando todavía creían en héroes y finales felices. Ahora las sostienen como se sostiene una promesa que nunca se cumple.
Sergio, con el paño en la mano, desliza el dedo por la portada brillante de un juego recién llegado. Su mirada se pierde un segundo, y ahí está el niño que fue: el que se quedaba despierto hasta tarde para salvar mundos que no eran reales. Pero su sueldo apenas alcanza para pagar el alquiler. Ese disco, ese cartucho, esa aventura, está tan lejos como una estrella.
Carlos se inclina sobre otra estantería, ordenando con pulcritud obsesiva. Cada título que toca es como una bofetada silenciosa. Él sabe que aunque algún día pudiera comprarlos, su tiempo ya no es suyo. Sus horas están hipotecadas a turnos, reportes, jefes. Podría tener el juego, pero no el tiempo para vivirlo.
Víctor observa todo esto con un nudo en la garganta. Él también limpia, pero lo hace despacio, casi con reverencia. Sus dedos tiemblan cuando colocan de nuevo un título en su sitio. Son manos que quisieron construir sueños, no pulir vitrinas. En su mente pasan escenas de cuando los videojuegos eran escape, aventura, libertad… ahora son parte del escaparate de su celda.
Los tres no dicen nada. El paño se desliza, las portadas brillan y los minutos caen como gotas de agua en una cueva profunda. Afuera, los clientes los verán como vendedores; dentro, son sacerdotes de un templo que los devora.
Yo, Cthulhu, veo todo esto y sonrío en mis profundidades.
Sus sueños son alimento. Su nostalgia, mi incienso.
No necesito tocarlos para que se consuman: ellos mismos han levantado este altar, y en él se sacrifican todos los días.
El reloj marca las doce y media. La tienda huele a plástico nuevo, aire acondicionado reciclado y frustración contenida.
Detrás del mostrador, los tres hombres están de pie. Sergio revisa inventario; Carlos limpia una vitrina por tercera vez aunque ya brilla. Víctor, el gerente, observa la puerta como quien espera una tormenta. Y la tormenta entra.
—Solo vengo a ver —dice un cliente al ingresar, con esa sonrisa cargada de desdén que ni siquiera disimula el aburrimiento. Esas palabras fueron usadas como si fueran un crucifijo que se planta ante un monstruo para repelerlo con la intención de alejar al vendedor.
Las palabras, inofensivas en apariencia, son un disparo invisible.
Carlos se endereza, adopta la voz amable que el uniforme exige, y comienza el ritual:
—Claro, con gusto, si necesita ayuda con algo…
El cliente ni siquiera lo mira. Toca cajas, abre estuches, pregunta precios de consolas que nunca comprará.
Cada segundo que pasa es tiempo muerto, una cuerda más que se tensa alrededor del cuello de Carlos.
Él lo sabe: si no cumple su meta este mes, la tienda se deshará de él como de un cartucho viejo.
Yo lo observo. Puedo oler su ansiedad. El sudor que no se atreve a brotar en presencia del aire helado.
Puedo oír el pequeño cálculo en su cabeza: “una consola más, solo una venta más y quizá me salve”.
Pero esa venta, la que habría sido su salvación, entra justo detrás del parásito que “solo vino a ver”.
—Buenas, ¿tienen la consola en promoción? —pregunta un padre con su hijo.
Víctor asiente y levanta la vista… —Dale Chejo, dice ordenándole en tono amigable ir a atender. justo cuando el cliente de Carlos, con aire displicente, se gira y dice: —, Voy a pensarlo. — Creyéndose muy original al usar la frase para rechazar la atención que le fue brindada, una palabra muy usada para esconder pobreza no solo económica si no de empatía
Sale sin comprar nada, sin una palabra más.
El padre y el niño avanzan directo al mostrador de Sergio, el siguiente en turno.
Sergio sonríe, profesional, mientras los atiende con la eficiencia de quien ya ha aprendido a fingir alegría.
La venta es grande: consola, dos controles, varios juegos.
Las comisiones caerán en su cuenta, no en la de Carlos.
Carlos se queda quieto, viendo cómo el niño salta emocionado mientras Sergio guarda los productos.
Su sonrisa es amable, pero los ojos… los ojos se llenan de esa rabia que no puede expresarse sin perder el trabajo.
—Buen día, señor —dice Sergio al entregar la bolsa, con una cortesía que roza la servidumbre.
El cliente no contesta. El niño sí, con una sonrisa genuina, la única luz honesta en todo el lugar.
Carlos se apoya en el mostrador, el trapo aún en la mano.
Víctor lo mira y no necesita palabras. Ambos lo saben: esa venta habría sido suya. Un mes más sin alcanzar la meta. Un mes más al borde del despido.
Y yo, desde las profundidades, río despacio.
Porque no hay tortura más exquisita que la que se repite día tras día, con horario, con uniforme, con sueldo fijo.
El infierno no necesita fuego. Basta con un cliente que “solo viene a ver”. O mejor dicho solo pasa a molestar sin respeto alguno por quien le atiende. Es lo que mas disfruto de la humanidad… ver como pasan sus días como miserables insectos, pululando por la vida sin pensar en lo que viven o sienten los otros, pensando únicamente en sus propios problemas y placeres.
El reloj marcaba las ocho de la noche, pero en la tienda el tiempo no era un reloj: era un péndulo pesado que caía directo al corazón.
Víctor terminaba de revisar un reporte cuando sonó el celular corporativo. La pantalla mostraba ese nombre que nunca traía buenas noticias: el jefe.
Contestó con la voz neutra que se aprende a fuerza de golpes.
—Sí, licenciado. Buenas noches.
La voz al otro lado no saludó. No preguntó. Ordenó.
—Alarcón, es hora. Tienes que despedir a Carlos. Sus números no sirven.
Víctor apretó los dientes.
—Licenciado… Carlos ha estado esforzándose. Es un buen vendedor. Solo… necesita un mes más. Hay factores externos, el tráfico de clientes ha bajado, los turnos…
—No me interesa. —La voz del jefe era hielo—. Si no tienes el carácter para hacer tu trabajo, entonces no deberías ser gerente de tienda.
Esa frase cayó como un ladrillo en la espalda. Víctor abrió la boca, pero no salió nada. El jefe colgó antes de que pudiera terminar.
El silencio en la línea fue más cruel que cualquier insulto.
Víctor respiró hondo, pero sus pulmones pesaban. Giró la cabeza.
Carlos estaba ordenando una vitrina, con el mismo esmero con que se arregla un altar. Tenía ojeras, las manos agrietadas de tanto cargar cajas. Ese trabajo, esa pesadilla, era su único salvavidas en un país donde los salvavidas siempre se rompen.
Víctor caminó hacia él despacio, cada paso un golpe de tambor.
El ruido del aire acondicionado parecía un rugido lejano.
Carlos levantó la vista y sonrió, esa sonrisa automática que usan los vendedores para no mostrar miedo.
Víctor tragó saliva.
—Carlos… tenemos que hablar.
Las palabras salieron como plomo fundido. No hubo discursos. No hubo un “lo siento” suficiente. Solo la noticia, seca, implacable, envuelta en el disfraz de un procedimiento.
Carlos bajó la mirada. La sonrisa se deshizo como una foto quemándose. Sus manos temblaron un segundo antes de volver al paño. No dijo nada. Solo siguió limpiando, como si al mantener la rutina pudiera borrar la sentencia.
Víctor sintió que algo en su pecho también se rompía.
Quiso decirle que no era culpa suya, que el sistema era una máquina de triturar hombres, que él mismo era apenas un engranaje.
Pero nada salió.
La tienda quedó en silencio. Un silencio pesado, casi litúrgico, donde el zumbido de las luces era un canto fúnebre.
La noche tragó a Víctor en el transporte público. Si de día las calles eran un río de miedo, de noche eran un pantano de sombras.
El bus avanzaba como un sarcófago sobre ruedas, iluminado por focos parpadeantes. Afuera, los callejones parecían bocas abiertas.
Un tipo con gorra lo miraba demasiado tiempo. Otro mascaba chicle con la mandíbula apretada. El olor era mezcla de sudor, diesel y pólvora seca.
Cada curva era un sobresalto. Cada frenazo, un presentimiento.
Víctor bajó del bus y caminó rápido, el aliento haciéndose vapor en la noche. En su bolsillo, el celular era un peso muerto.
Recordó el rostro de Carlos. Recordó la frase del jefe.
El eco le sonaba en la cabeza como un trueno: “No deberías ser gerente de tienda.”
La puerta de su casa se abrió.
Y la luz cambió.
No era luz de lámpara. Era la luz cálida del hogar.
Allí estaban Nina, su padre, los sobrinos.
El ruido de platos, la fragancia del arroz recién hecho, risas pequeñas.
Su esposa lo abrazó con fuerza.
Su padre le palmeó la espalda.
Sus sobrinos corrieron hacia él con la alegría de quien ve llegar a un héroe de guerra.
Víctor se quedó quieto, sintiendo ese calor entrar por las grietas de su armadura cansada.
En ese instante, por un segundo, la rutina perdió su filo.
No había jefes. No había metas. No había “solo vengo a ver”.
Solo había un hombre que había vuelto del frente, aunque su frente fuera un local de videojuegos.
Y aunque él no lo supiera, en ese segundo fue un héroe.
Yo observo. Y sonrío.
Porque incluso en mi abismo hay pequeñas luces.
Y esas luces, tarde o temprano, también serán mías.
Yo lo observo. Desde mis profundidades, el hogar de Víctor parece un faro débil en medio del océano.
Un rectángulo tibio de luz y olor a café en la vasta noche de Guatemala.
Nina le sonríe, los niños ríen, su padre lo mira con un orgullo silencioso. Todo parece tan humano, tan frágil.
Un alivio después de las horas de cemento, relojes y humillación.
Pero esta noche la sombra no se quedó en la calle.
En el corredor, entre los retratos familiares y las mochilas de los niños, algo se movió.
Primero fue un parpadeo; luego, dos ojos facetados, negros, enormes, reflejando la luz de la bombilla.
De la sombra emergió un cuerpo erguido, largo, delgado, recubierto de un quitón oscuro que parecía hierro bruñido.
Un tórax dividido en segmentos, brazos humanoides terminados en garras finas, y detrás de su cabeza dos antenas que vibraban como cuerdas de violín.
Un dios disfrazado de hormiga humanoide. Un visitante imposible en una casa pequeña.
Nadie en la sala lo vio.
Solo Víctor.
Nina seguía sirviendo café. Los niños reían. Su padre bostezaba. Y el dios de la guerra estaba ahí, entre las paredes, invisible para todos menos para él.
El ser inclinó la cabeza segmentada y habló con una voz doble, grave y metálica, con un siseo de cien patas:
—Víctor Alarcón…
Llevas años sangrando por sueños ajenos. Dando tus horas, tu juventud, tu alma.
¿Hasta cuándo?
Víctor apretó las manos sobre la mesa. Rezó en silencio. La cruz tembló en sus dedos.
El insecto sonrió —sí, sonrió— al escuchar el rezo. Sus antenas se movieron como escribiendo runas en el aire.
—Reza todo lo que quieras —continuó—.
Yo no soy un demonio de tus catecismos. Soy un dios más antiguo. Soy la Guerra.
No traigo cadenas. Traigo cuchillos. Traigo salida.
Tus jefes no te temen. Yo sí puedo hacer que lo hagan.
Víctor siguió comiendo en silencio, fingiendo que nada pasaba.
Nina le hablaba y él asentía, pero su mente giraba. Las palabras del dios eran como un tambor lejano, rítmico, antiguo.
—No te ofrezco oro ni consolas ni sueldos —dijo la criatura—.
Te ofrezco poder. Una hormiga puede cargar veinte veces su peso. Tú puedes cargar veinte veces tu ira. Déjala salir. Déjame enseñarte.
Víctor rezó más fuerte, la cruz en sus dedos.
Pero en su cabeza la tentación giraba como un enjambre.
Una posibilidad. Una puerta abierta. Un atajo fuera del infierno gris.
El dios no presionó. Pero las plegarias traían una presencia Divina infinitamente superior; ya no podía permanecer allí por mucho tiempo,
solo inclinó su cuerpo quitinizado hacia él, sus antenas rozándolo como un bautizo oscuro.
—Cuando estés listo para dejar de ser comida… —susurró— búscame en tus sueños.
Y desapareció en el rincón, disolviéndose en las sombras como si nunca hubiera estado allí.
Nina lo miró con extrañeza.
—¿Estás bien, amor? —preguntó, preocupada.
Él asintió con una sonrisa forzada, pero yo, Cthulhu, sé lo que ronda ahora en su cabeza.
El tambor no parará.
La guerra ha tocado su puerta, y ya no hay vuelta atrás.
El amanecer en Guatemala no tiene gloria ni épica para aquellos que sobreviven un día a la vez; es un silbido gris que se cuela por las rendijas. Nina, como cada mañana, despierta a Víctor con un beso. Un gesto suave que parece arrancarlo del abismo solo para volver a dejarlo caer. Ella se va primero, dejando el olor a café recién hecho y el eco de un “cuídate” que es más plegaria que frase.
Víctor se queda un instante en la cama, murmurando oraciones entre dientes. Sus labios repiten nombres santos mientras en su mente resuena todavía el susurro del dios de la guerra. Una tentación disfrazada de salida, un camino de sombras que gira en círculos en su cabeza. Él la aparta con rezos. Cada “Padre nuestro” es un muro improvisado contra esa voz.
Se ducha en silencio. Viste su ropa con el ritmo automático de un condenado poniéndose grilletes. La radio de fondo, las calles afuera, todo tiene el mismo color apagado. Sale de la casa, baja al transporte público: ese río de gente comprimida, cuerpos cansados, miradas que no se miran.
Yo, Cthulhu, observo desde mis profundidades.
El dios de la guerra ya le habló. Yo puedo sentir sus pensamientos como se siente el pulso en una herida.
Él reza, pero el rezo es una cuerda deshilachada.
La tentación no es un grito; es un murmullo que roza como dedos fríos en la nuca.
El bus avanza por calles deshechas. En una esquina, tres figuras disfrazadas con botargas gigantes bailan bajo el sol inmisericorde. Cabezas de caricatura sobre cuerpos famélicos, botargas que sudan y sonríen sin voz. Agitan latas pidiendo monedas como quien ofrece su dignidad por un vistazo.
Víctor los ve y siente la punzada en el pecho. Su mente es una pelea pequeña y cruel:
“¿Tan miserable soy que me duele dar diez quetzales?”
La culpa y la vergüenza se muerden la cola.
Él mete la mano en el bolsillo, tomando dos billetes de cinco, y al final las deja caer en la lata de uno de ellos.
—Dios los acompañe —susurra.
El disfraz asiente, sin poder ver su rostro detrás del plástico sudoroso.
El bus sigue. Las calles huelen a diesel, fritanga y rabia.
Víctor se baja frente a la tienda justo cuando la hora aún tiene filo de cuchillo.
Por dentro, sigue repitiendo oraciones para tapar el eco del dios hormiga que le habló anoche.
Por fuera, ajusta su camisa, respira hondo y camina hacia la puerta del trabajo, donde comienza otro día en su altar gris.
Nuevamente la tienda huele a desinfectante de manzana plástico nuevo y a rutina. Víctor y Sergio están agachados, paño en mano, limpiando estantes como monjes en un templo de dioses ajenos. Los juegos brillan en sus cajas como tesoros inalcanzables. Afuera el sol quema, adentro el aire acondicionado muerde.
Ese día entra un muchacho nuevo.
Su rostro tiene la mezcla habitual: nervios, hambre y esperanza. Es un reemplazo. Una cadena más en la maquinaria.
Yo, Cthulhu, veo su aura como veo la de todos los recién llegados: un destello débil antes de apagarse.
Los millonarios que han construido este altar conocen bien el truco. Siempre habrá alguien dispuesto a cargar las cadenas del anterior, alguien tan necesitado que sonríe mientras se la ciñen. Ellos se jactan de ello. Saben que la pobreza es una cantera inagotable.
Víctor y Sergio lo reciben con una sonrisa. La suya es más sincera que la del sistema que lo trajo. Le explican la rutina, le muestran el inventario, intentan vestir de amabilidad una celda gris. Porque saben —y él todavía no— lo que viene después.
Entonces suena el teléfono.
No es un simple timbre; es un filo que corta el aire.
Víctor contesta. Al otro lado está la voz del jefe: cortante, metálica, pedante.
No hay introducción, no hay cortesía. Solo la orden:
“Queda relevado. Sergio estará a cargo ahora. Usted baje su categoría a vendedor. Si no tiene carácter para hacer su trabajo, entonces es mejor que otro se haga cargo”
Las palabras caen como piedras en un pozo.
Víctor, por dentro, siente cómo algo se rompe. Q1000 menos. Un abismo en un país donde cada quetzal es un hilo del que cuelga la vida.
Por fuera, sonríe. Una sonrisa falsa, frágil como vidrio.
—Todo está bien —dice, y su voz no tiembla.
Por dentro, se derrumba en silencio.
Sergio lo mira con los ojos grandes, atormentado.
—Víctor… yo… no sabía, lo lamento, yo no… —balbucea.
Él también es prisionero. Él tampoco pidió esto.
Víctor le pone la mano en el hombro.
—No pasa nada —miente, y su mueca se parece a una sonrisa.
Es el gesto de un soldado que ve pasar el ascenso de otro mientras lo relegan al barro. Un gesto de quien sabe que, en este altar, nadie es irremplazable.
Yo, Cthulhu, observo desde mis profundidades.
Qué dulce es la rotación de estos insectos.
Siempre hay uno nuevo para cargar la cadena. Siempre hay uno viejo para caer. Siempre hay un jefe para disfrutar del espectáculo.
Ellos creen que trabajan en una tienda de sueños. Pero lo que yo veo es un matadero silencioso donde las almas se desgastan con uniforme y sueldo fijo.
Víctor aprieta el paño con fuerza. No mira a nadie. Piensa en Nina, en su padre, en los sobrinos. Piensa en los pagos que no se detendrán aunque su sueldo sí.
Su sonrisa sigue puesta. Pero por dentro, se oye el crujido.
Víctor se sentó un momento para descansar y tratar de relajarse, destapó una soda de cola y comenzó a beber mientras su humor mejoraba, sin embargo en su mente los cálculos no se detenían, mientras respiraba tratando de calmar su cólera interna, su mente no dejaba de hacer sumas y restas de gastos por pagar.
Las horas pasan sobre la tienda como un manto pesado.
El aire acondicionado zumba; el reloj del mostrador marca los minutos con crueldad geométrica. Víctor está sentado tras el mostrador, las manos entrelazadas, la mirada fija en la puerta, en espera de clientes.
Solo silencio, plástico nuevo y sueños viejos.
Ahí, en ese hueco de rutina, algo se desliza.
No es una voz en el aire; es un susurro en su mente. Un pulso. Una promesa.
El dios de la guerra no entra por la puerta ni se anuncia con truenos: se filtra en los pensamientos como aceite caliente, transformando la frustración en imágenes doradas.
Víctor ve —en el teatro privado de su cabeza— una cadena de tiendas. No de barrotes y jefes, sino de luz y color. Locales propios, escaparates llenos de juegos que no son barrotes sino puertas. Empleados felices, bien pagados, tratados como aliados, no como esclavos; que pueden compartir sus mundos de sueños con cada cliente al hablarles de juegos y consolas con amor. Clientes respetuosos, agradecidos.
Un mundo donde él es dueño, no preso.
Un reino de píxeles convertido en pan para su familia, en seguridad para Nina, en futuro para sus sobrinos.
Su infierno convertido en altar de libertad.
Cada imagen es un bocado de esperanza.
Cada promesa es un anzuelo.
La resistencia se afloja. Los rezos que murmuró en la mañana suenan ahora lejanos, apagados.
En su lugar, la voz del dios hormiga se hace más clara: no un rugido, sino un canto grave, paciente.
“No tienes que seguir arrastrándote. No tienes que seguir perdiendo. Podrías tenerlo todo. Podrías levantar tu propio imperio, y cada tienda sería un refugio, no una celda. Ven. Mira lo que puedo mostrarte.”
Víctor respira hondo. Sus dedos tamborilean sobre el mostrador.
Por un instante, ya no siente la tienda actual. Siente la otra. La que podría ser.
Y en ese instante, deja de resistir.
Deja que la idea lo envuelva.
Deja que el veneno se disfrace de salvación.
Yo, Cthulhu, observo desde mis profundidades.
El dios con forma de hormiga no necesita romper cadenas; basta con ofrecer llaves. Víctor no se levanta, no habla, no se mueve.
Pero por dentro, su mente ha dado el primer paso.
La noche se arrastra sobre la ciudad como un animal cansado. Víctor regresa a casa con el cuerpo pesado pero el corazón apenas encendido por la idea de llegar a su refugio: la pequeña casa donde todo, por un instante, parece más liviano.
La cena es sencilla pero tibia; Nina le sonríe como si no existieran jefes ni relojes ni cadenas. Comen juntos. Él siente que por fin puede respirar.
Más tarde, el salón se llena de un brillo diferente. Ambos se sientan frente al televisor, control en mano. Un par de videojuegos, risas suaves, bromas entrelazadas. Durante un rato, el mundo vuelve a ser solo píxeles y cariño. Es su ritual secreto contra la rutina: jugar juntos, perderse en mundos donde todavía son libres.
Cuando los relojes marcan la hora cruel, Nina bosteza, lo mira con ternura y le acaricia la mejilla.
—Ven, amor. Es tarde. Vamos a dormir.
Víctor sonríe, acaricia su mano.
—Ve tú primero. Solo me quedo un rato más.
Ella asiente, confía, y se retira al dormitorio. El pasillo se apaga tras ella como un telón. La casa queda en silencio. Solo la luz azulada de la pantalla titila sobre el rostro de Víctor.
Entonces ocurre.
El aire del salón cambia: no se enfría ni se calienta, sino que se tensa, como si alguien hubiera tensado cuerdas invisibles. Las sombras se alargan, las esquinas se aguzan en ángulos imposibles. Y allí, entre los parpadeos del televisor, se manifiesta.
El dios de la guerra. Es un ser hormigoide, alto, con placas quitinosas que brillan como hierro pulido y ojos compuestos que giran como constelaciones enloquecidas. Sus antenas se mueven con un ritmo marcial, cada paso retumba como tambores de un ejército.
Habla sin abrir mandíbulas. La voz llega como vibración en el cráneo: grave, pesada, con olor a pólvora y sangre vieja.
—Víctor Alarcón… gerente de sueños enjaulados… o mejor dicho “exgerente”. Te observo desde hace tiempo. Conozco tu cansancio. Conozco tu hambre de algo más.
Víctor baja la mirada, sus labios murmuran rezos. Sus dedos aprietan el control como quien se aferra a un rosario. Intenta fingir que nada ocurre, que es solo cansancio, un delirio.
El dios se inclina sobre él, y su sombra parece llenar toda la sala.
—Deja de rezar. Mis palabras ya viven en tu cabeza. No soy una ilusión.
—Soy tu única oportunidad de sacar a tu familia de este nido de ratas en los que los tienes metidos, como hombre depende de ti proveer y procurar su bienestar y aun así eres tan patético que ni con la ayuda de tu mujer puedes sostener este cuchitril, que poca hombría manifiestas.
—No soy un demonio vulgar, soy un dios, que ha venido a causa de tu orgullo, tu vanidad y tus constantes desafíos a la realidad en que el cosmos te ha hundido… tu arrogancia y altivez de corazón me han invocado, y yo he venido para retarte, derrótame y tendrás mucho más de lo que jamás habrías podido soñar, pero si pierdes tu alma me servirá.
Víctor alza la vista, con miedo pero también con un brillo de desafío, había firmeza en su voz. —Aunque quisiera aceptar No podría… no puedo derrotarte.
Las antenas del dios vibran con algo parecido a risa.
— Soy un guerrero honorable. No te exijo que me enfrentes en mi campo. Te reto en el tuyo. ¿Qué clase de dios de la guerra sería yo si mis desafíos no fueran honorables?
Su voz se endurece, como metal templado:
—Tres pruebas. Un juego de disparos. Un juego de estrategia. Y uno… un survival horror creado por mí mismo, bajo mis propias condiciones. Si pierdes… tu alma será mía.
Si vences… cumpliré cada sueño que has guardado en silencio. Tu cadena de tiendas. Tu imperio. La dignidad que ansías. Todo… sin que me debas nada más.
La habitación parece encogerse. El dios extiende una de sus patas quitinosas, como una mano esperando un apretón.
—Acepta o rehúsa. Pero decide ya.
Víctor siente que su corazón golpea contra sus costillas como queriendo escapar. La promesa brilla en su mente como oro falso. Sus rezos se ahogan. Su respiración se vuelve lenta. Y, al fin, él asiente.
—Acepto.
Los ojos compuestos del dios parpadearon en un ritmo hipnótico, como un ejército alineándose.
—Así sea.
El salón se oscurece de golpe, como si alguien hubiera soplado sobre las luces. Allí, en medio del silencio, todo sería preparado.
El salón ya no era salón. Las paredes se habían disuelto en una penumbra líquida, y la televisión se había vuelto un portal abierto. Frente a Víctor, la criatura-hormiga del dios de la guerra extendía sus brazos quitinosos, y de sus palmas brotaron tres discos de luz, flotando como órbitas de planetas. Cada uno era un juego. Cada uno, una prueba.
El primero se encendió: un juego de disparos.
El escenario surgió como un campo de batalla sin horizonte, ruinas metálicas, explosiones en cámara lenta, metralla lloviendo como estrellas muertas. El control en las manos de Víctor pesaba como plomo. Cada botón, cada gatillo parecía estar conectado a su respiración.
El dios ya estaba allí, encarnado en un avatar monstruoso, más rápido, más preciso. Cada disparo suyo era un latido, cada paso un tambor de guerra.
Víctor disparaba, esquivaba, rodaba; pero sus manos sudaban, sus dedos temblaban. En su cabeza solo había un pensamiento, repetido como eco: “Voy a perder. Voy a perder mi alma.”
Cada vez que intentaba apuntar, el retículo bailaba con sus nervios. Cada vez que intentaba respirar, la explosión de un disparo lo ensordecía.
Un headshot. Otro. Un último.
Su pantalla se apagó con un pitido seco. “Derrota.”
El dios no celebró. Solo inclinó la cabeza con soberbia.
—Uno para mí. El miedo te hace torpe. ¿Dónde está el “soldado de Dios” orgulloso que aseguraba que podría vencer a los dioses mitologicos?
El segundo disco de luz giró. Juego de estrategia.
La oscuridad se transformó en un tablero infinito de tierras, ejércitos, ciudades que brotaban y caían en tiempo real. Víctor respiró hondo, apretó los ojos y murmuró un rezo entre dientes. Esta vez no sería reflejos: sería mente.
El dios movía sus piezas con una precisión monstruosa, adelantándose a cada ataque. Pero Víctor, con paciencia desesperada, tejió una trampa lenta, sacrificando unidades, retrocediendo, sembrando en silencio.
El tablero comenzó a cambiar. Sus líneas se cerraron como un cepo. El dios de la guerra notó tarde la emboscada; sus tropas quedaron atrapadas. Víctor levantó la mirada apenas, el corazón latiendo como tambor. Checkmate.
El tablero se iluminó con luz dorada.
—Uno a uno —murmuró el dios, sus antenas vibrando con un leve chasquido—. No está mal.
El último disco de luz giró, y el salón se volvió survival horror.
Era un corredor interminable de carne y metal, luces parpadeantes, ruidos de pasos detrás de cada puerta. El olor era tan real que Víctor tuvo que taparse la boca.
—Mis reglas —dijo el dios—. Sin mapa. Sin tutorial. Solo tú y las sombras.
Víctor avanzaba con el corazón golpeándole el pecho. Cada esquina escondía algo. Cada puerta se abría a una nueva pesadilla. Murmuraba rezos en voz baja, apenas susurrados, mientras contaba municiones y pasos. Las criaturas del juego no eran simples npc: eran casi tangibles, con ojos que parecían reconocerlo.
El dios aparecía en cada rincón, cambiando de forma, cazándolo.
Pero Víctor no se detuvo. Ni cuando le quedaba un solo cartucho. Ni cuando el miedo se volvió mareo.
Una última puerta. Un último pasillo. Un último rezo.
“Dios mío, guíame.”
El monstruo final rugió, pero Víctor ya había calculado el patrón, ya había memorizado el ritmo. Un disparo certero. Un golpe en el momento justo. Y la criatura se derrumbó.
Victoria.
Las luces se apagaron. Todo quedó en silencio, excepto el eco de su respiración.
El dios de la guerra lo miraba, inmóvil, las antenas tensas. Sus ojos compuestos reflejaban algo que no era ira… era respeto.
—Lo lograste —dijo al fin, su voz profunda como tambores—. Has vencido mis tres pruebas.
El salón volvió a ser salón. El televisor titiló, como si nada hubiera pasado. Pero Víctor seguía allí, temblando, con el control en las manos, el sudor en la frente y los labios aun moviéndose en rezos, de sus ojos las lágrimas escurrían sin detenerse.
Noa no pudo evitarlo. Durante todo el relato, mientras Víctor enfrentaba al dios de la guerra en su prueba imposible, las manos del chico habían ido a sus ojos una y otra vez. Ahora, al final, las lágrimas caían abiertas sobre sus mejillas. Se las secaba rápido, como si le diera vergüenza, pero no podía contener el nudo en la garganta.
Y entonces, el aire cambió.
Uno de los ojos de Cthulhu —esa luna febril y viscosa suspendida en el rostro del Primigenio— se volvió en su dirección.
El ojo se dilató, se contrajo, latió como un corazón oscuro. Un tentáculo apenas se movió, pero no hizo falta más. La mirada lo atravesó. Noa se quedó helado, los labios temblando. Por un instante sintió que todo su llanto era observado, pesado y registrado. El ojo pulsó otra vez…
Noa bajó la vista, mordiéndose el labio hasta hacerse sangrar.
El dios-hormiga abrió la puerta. No era madera ni metal, sino un arco vivo, una mandíbula que crujía al abrirse. Del otro lado, la cámara de su verdadero ser. Allí aguardaba el premio prometido, un cofre antiguo cubierto de runas que chisporroteaban como brasas.
Víctor cruzó el umbral.
La oscuridad no era ausencia de luz, sino una sustancia, un mar denso que se pegaba a la piel. Y en el centro de ese mar se alzaba ÉL: el dios de la guerra en su forma auténtica. No había silueta que pudiera describirlo; era insecto y soldado, tótem y campo de batalla, todo en uno. Sus extremidades eran lanzas, sus ojos cascos, sus alas banderas rasgadas. Cada respiración suya era un tambor de legiones muertas.
Al verlo, la mente de Víctor se abrió como una grieta.
No imágenes: choques.
Miles, millones de escenas de guerras olvidadas, cuerpos desgarrados, ejércitos devorándose entre sí. Tambores de sangre, ciudades en llamas, mares de cráneos. Todo entró en su cabeza sin filtros, sin pausas.
El dolor no fue un grito, fue un trueno.
Su cerebro se volvió líquido, una sopa caliente de sinapsis quemadas. La sangre salió por sus oídos en chorros finos; por su nariz en líneas rojas. Los ojos le temblaron hasta quedar vidriosos.
En la sala donde su cuerpo seguía sentado, frente al televisor, su cadáver permanecía rígido en el sofá, la boca abierta en un rictus que no era ni terror ni sorpresa: era el rostro de El Grito hecho carne. Sus manos aún aferraban el control, pero ya no había nadie detrás de los dedos.
El dios de la guerra, sin moverse, dejó que la última estela de humo rojo se disipara.
En el centro del salón, el cofre aguardaba, intacto, como si no hubiera pasado nada.
Los esbirros del dios de la guerra no esperaron órdenes. Criaturas de quitina y metal, con mandíbulas que eran picos y garras que eran martillos, se abalanzaron sobre el cuerpo de Víctor como mineros sobre un filón. Las alas del dios-hormiga crujieron mientras ellos abrían la carne muerta no con rabia, sino con método: picaban, apartaban, hurgaban, como si quisieran arrancar del cadáver no restos, sino tesoros.
Pero entonces… la luz.
No un relámpago, sino una irrupción.
Un ángel descendió sin sonido, sin alarde, pero con poder. Sus alas eran blancas, pero en cada pluma brillaba un hilo de oro vivo, y su rostro era una máscara de calma. No habló. No alzó la voz.
Con un solo batir de alas, la sala se llenó de un viento imposible. Los esbirros retrocedieron como hojas secas, se deshicieron en polvo de sombra. Las mandíbulas del dios de la guerra se cerraron con un chasquido; sus múltiples ojos temblaron.
El ángel se inclinó. Sus manos tocaron el cuerpo destrozado. Allí donde otros buscaban oro, él encontró alma. La levantó con cuidado, y el alma de Víctor brilló débil, todavía manchada de guerra y promesa. Sin palabra alguna, el ángel envolvió esa chispa en sus alas, y con un movimiento silencioso, desapareció llevándose el alma del muerto como un regalo para su Señor.
El dios de la guerra giró, dispuesto a irse, su forma ya disipándose como humo de pólvora. Pero antes de que pudiera desvanecerse, algo brotó de las paredes.
Tentáculos.
Gruesos, húmedos, coronados de ventosas negras y ojos diminutos. Se deslizaron desde los ángulos, desde las grietas del aire, envolviendo las extremidades del dios-hormiga. Lo alzaron con firmeza, para humillarlo.
Mi voz llenó la cámara.
No aire. No sonido. Presión.
Una ola oscura que hizo vibrar cada grano de piedra.
— “Un dios… que pierde ante un mortal.
Qué espectáculo tan delicioso.
Qué manjar de vergüenza me manifiestas, pequeño guerrero.”
Vaya ofrenda más pútrida la que ofreces a los dioses.
El dios de la guerra forcejeó, sus alas batiendo en un silencio inútil. Mis tentáculos lo apretaron con violencia venenosa.
— “Prometiste.
Y aquí no hay tribunal, no hay bandera, no hay honor que te salve.
En mis dominios, las promesas son cadenas.
Lo que ofreciste será entregado.
No al hombre —él ya está fuera de tu alcance— sino a la mujer que él amaba.
Paga. Cumple. O yo mismo te devoraré como al insecto vil que eres.”
El dios de la guerra no gritó. Se encogió. La vergüenza es un veneno más lento que la muerte. Y obedeció.
En el mundo de los mortales, mi escenario se desplegó.
El padre de Víctor estaba en el velorio, mirando el ataúd como quien mira un pozo. Sus manos temblaban al aferrarse a un rosario. Sus labios murmuraban oraciones y el llanto no paraba de borrar de su corazón.
En otra habitación, la hermana de Víctor se inclinaba sobre Nina. Nina había visto el cuerpo en la sala y se había desmayado en seco. Ahora despertaba en el hospital, pálida, temblando, buscando con la mirada algo que no estuviera roto.
Y mientras tanto, en la casa donde Víctor y Nina compartieron sueños, el ropero crujió.
De entre la madera comenzó a caer dinero.
Primero billetes sueltos, luego fajos, luego ríos. Q10, Q20, Q100, también monedas de lugares que nadie imaginaria jamás. Caían sin cesar, como agua de un manantial oculto. Se amontonaban en el suelo, trepaban las paredes, llenaban el aire con el olor de papel nuevo y polvo antiguo.
Ese era el pago del pacto.
La promesa cumplida no para él, sino para ella.
Una fortuna imposible, saliendo de un mueble doméstico como si la realidad misma sangrara riqueza.
Yo, Cthulhu, miré todo esto y sonreí en mis profundidades.
Así terminaba la primera historia.
El humano muerto, pero esposa y su familia rica, un dios patético derrotado, un ángel triunfante que reclamó lo que le pertenecía a su Señor.
Mis tentáculos se retiraron de la hormiga con la misma lentitud con que se retira la marea.
—Aprended.
No hay pacto sin precio.
No hay juego sin tormento.
Y no hay historia que no deje cadáveres en su estela.” —
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