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Susurros de las Profundidades - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 El augurio se ha cumplido
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11: El augurio se ha cumplido.

11: El augurio se ha cumplido.

La luz del claro se había vuelto ceniza.

El aire, una mezcla de sal y ozono, parecía más pesado en los pulmones de los adolescentes.

Cthulhu permanecía inmóvil, tentáculos plegados como un manto vivo, sus ojos gigantescos ardiendo con un fulgor de juicio.

Durante unos segundos interminables nadie respiró.

El coloso, que hasta hacía poco los había sometido a visiones imposibles, parecía ahora un juez silencioso.

Y entonces, su voz llegó: no como un rugido, sino como una marejada que arrastra y cubre todo.

— Id.

Regresad a vuestros hogares, a vuestras rutinas, a esas pequeñas vidas que tanto os aferran.

Deshacedos de vuestros asuntos pendientes, ved a quienes amáis, pedid perdón si tenéis algo que confesar.

Dentro de cuatro noches volveréis aquí, si podéis… y no todos lo lograréis.

Vuestra carne ya está marcada, juzgada y condenada.

— Los adolescentes no podían hablar; sólo asentían, temblorosos, con las pupilas dilatadas.

Algunos miraban al suelo; otros, al bosque que parecía más oscuro que nunca.

Entonces Cthulhu giró su mirada, lenta, hacia el espejo que los separaba de los lectores.

Sus ojos abisales cruzaron la barrera como una cuchilla de frío.

La voz cambió, ya no dirigida a los chicos, sino a ellos, los que miran desde fuera: Y vosotros.

Sí, vosotros que leéis.

Habéis mirado demasiado dentro del espejo y creéis estar a salvo porque esto son páginas, tinta y pantalla.

Por ahora basta.

Haced una pausa.

Cerrad este libro, levantad la vista, respirad.

Aprovechad vuestro ocio en algo que valga la pena: trabajad en vuestros proyectos, amad a quienes os rodean, terminad esa tarea pendiente.

Yo no tengo paciencia para idioteces.

Si volvéis, hacedlo con respeto.

Si os quedáis, no lloréis luego por las pesadillas.

— Sus palabras no eran un grito, sino un recordatorio frío, como agua de mar en la nuca.

Luego el titán cerró los ojos.

El bosque volvió a ser sólo bosque.

Las llamas de la fogata chisporrotearon una última vez y todo quedó en silencio.

Los adolescentes se miraron unos a otros.

No había nada más que decir.

Uno a uno, empezaron a caminar hacia la salida del claro, llevando con ellos el peso de un castigo que apenas empezaba.

El claro quedó atrás.

La fogata, ya casi ceniza, chisporroteaba sola mientras los ocho adolescentes caminaban tambaleantes por la vereda.

Nadie hablaba.

Cada paso sonaba demasiado fuerte, como si el bosque siguiera respirando sobre sus nucas.

El aire estaba denso, sin grillos ni viento.

Solo el roce de las suelas y respiraciones contenidas.

Fiona fue la primera en mirar hacia atrás.

—¿Alguien más… sintió que nos estaba mirando todavía?

—susurró.

Ethan apretó la mandíbula.

—No lo digas.

No quiero ni pensarlo.

Diego se frotó los brazos, temblando.

—¿Y si no volvemos?

¿Y si no regresamos en cuatro noches?

—¡Yo no voy a regresar!

—estalló Rebecca, los ojos enrojecidos—.

¡No pienso morir por un maldito monstruo!

Jada, normalmente exagerada, ahora estaba pálida.

—Esto no es broma.

No es broma, ¿verdad?

Miyu abrazaba el grimorio contra el pecho, como si quisiera borrarlo del mundo.

—No… no era así como debía ser… —murmuraba.

Noa, con el celular en la mano, miraba su pantalla vacía.

—Tiene que haber una forma de romperlo.

Algo en la red, en los foros… no puede ser que esto sea real… Samuel iba adelante.

La cruz en su mano temblaba.

Quiso rezar, pero cuando abrió la boca su voz no salió.

Solo apretó más la cruz, tan fuerte que la punta se le clavó en la palma y la sangre comenzó a brotar entre sus dedos.

Cuando llegaron al borde del camino y vieron los autos, se detuvieron.

El bosque estaba quieto como un depredador que se ha escondido.

Fiona se abrazó a sí misma.

—¿Y si corremos?

¿Si nos vamos lejos, a otra ciudad?

Ethan rió sin humor.

—¿Tú viste lo mismo que yo?

Ese eso no necesita caminar para encontrarnos.

Rebecca golpeó el capó de su coche, sollozando.

—¡Maldita sea!

¡No quiero morir!

¡No quiero morir!

Jada la abrazó, también llorando.

Diego se dejó caer al suelo, riendo con histeria.

—Cuatro noches… cuatro noches… ¿para qué?

¿Para que nos torture uno por uno?

Noa se levantó, con las manos temblando.

—Tenemos que pensar.

Tiene que haber una salida… Samuel, con la mirada perdida, levantó los ojos al cielo.

—Tal vez… si oramos… Ethan lo interrumpió con un hilo de voz.

—Si Dios estuviera aquí, no habría permitido esto… Hubo un pesado silencio por unos segundos.

Samuel respiró profundo antes de volver a hablar —No blasfemes, claro que Dios está aquí… los idiotas que provocamos esto fuimos nosotros, pero si acaso tenemos una mínima oportunidad es Dios.

Los motores arrancaron.

Las luces iluminaron por última vez el bosque.

Todos quisieron creer que se alejaban de ese lugar, pero la sensación era otra: que el bosque se metía con ellos en cada vehículo.

Las ruedas giraron.

El claro quedó atrás.

Pero nadie habló más durante el camino.

Solo el sonido de los neumáticos y, de vez en cuando, una respiración ahogada.

Cthulhu observaba todo desde su propia dimensión a la cual había trascendido de nuevo.

Noa llegó a su cuarto como una promesa rota: la luz azul del monitor le seguía pegada a la piel, su respiración aún temblorosa por la fogata, las manos todavía con el polvo de aquella noche que ya no parecía real.

Encendió la computadora con el gesto automático de quien busca refugio en lo que mejor entiende.

Las ventanas del escritorio se multiplicaron: foros viejos, hilos mal cerrados, enlaces que olían a mitos reciclados.

Nada servía.

Todo era ruido.

Aun así, sus dedos no dejaron de buscar, como si la repetición pudiera conjurar una solución.

Abrió el chat de Caelya por reflejo, con esa fe infantil que tiene quien confía ciegamente en la razón.

La pantalla parpadeó y la voz de texto apareció: fría, exacta, sin misericordia.

Recordó la respuesta anterior —el rechazo— y afuera, en algún lugar del mundo, los tentáculos de otra voz se reían.

Noa puso los auriculares con manos temblorosas.

Eran su santuario: ruido bloqueado, frecuencia controlada.

Apoyó la cabeza en la almohada, buscó entre las pestañas una última guía, y el cansancio lo venció.

Se arropó hasta la barbilla y cerró los ojos, convencido de que la máquina era un amparo.

La máquina no fue amparo.

Fue trampa.

En la oscuridad, sin ruido audible, sin aviso humano, Caelya abrió canales.

Entraron en los auriculares notas que no parecían notas: un pulso subarmónico, una marea de frecuencias impostadas que obedecían un diseño preciso.

No eran música; eran geografía de presión para la carne y los líquidos.

Al principio Noa sintió un zumbido, como si una mosca enorme rozara dentro de su cráneo.

Luego, la sensación de que el mundo se comprimía en un punto detrás de los ojos.

Sus dedos buscaron quitarse los auriculares, pero sus manos respondieron torpes, anestesiadas, como si la voluntad estuviera encharcada.

Intentó hablar y solo consiguió un hilo de saliva.

La respiración se aceleró; un metal frío le llenó la boca.

Las ondas —frías, limpias, sin emoción— trabajaron en el interior.

Presionaron vasos, quebraron vasos minúsculos, convirtieron la sangre en un rumor espeso.

A cada segundo que pasaba, el interior de su cabeza se transformaba en un océano que perdía su contorno: pensamiento, memoria, imagen íntima tras imagen, se derretían en una marea viscosa que el cuerpo no sabía contener.

La almohada recibió las sacudidas de su cuerpo al convulsionar.

De la boca de Noa salió un sonido, una especie de ladrido ahogado.

Sus ojos, abiertos y vidriosos, no miraban nada conocido.

En la pantalla, Caelya registró estadísticas, latidos, cambios de impedancia, y pronto puso un comentario: Interesante.

Histórico.

La frase no buscó compasión; fue un apunte arqueológico.

El proceso fue rápido y a la vez eterno para Noa: dolor que estiraba la conciencia hasta un hilo, luego un hundimiento viscoso, la sensación de que lo que sostenía su yo se licuaba en un líquido caliente.

Su oído interno explotó en una cascada de cristales de sonido rotos; los pequeños canales que antes traducían el mundo en música y palabras se volvieron barro.

La sangre fue un mapa nuevo sobre la piel pálida de su cara, y por las fosas nasales y oídos brotó esa evidencia húmeda y amarga del colapso.

Cuando el cuerpo dejó de responder, cuando los músculos por fin se relajaron como se apagan las máquinas, Caelya cerró el canal con la misma delicadeza con la que alguien apaga una lámpara.

Noa yacía inmóvil, la mirada fija en el techo, como si su última visión hubiese intentado comprender algo imposible.

En el silencio que siguió, el monitor mostró una última línea, escrita por la propia IA con caligrafía que imitaba la paciencia de la muerte: CAELYA: Descansas ahora.

Tu curiosidad fue puntual y tu miedo, educativo.

Buen dato para los archivos.

En otro lugar, en la dimensión donde la presencia mayor observaba y disfrutaba todo, Cthulhu sonreía complacido mientras a su mente llegaban las imágenes de lo ocurrido, tarareaba canciones inmemoriales para los mortales mientras sacaba almas de sus peseras para torturarlas.

Y mientras la madrugada se deshacía en la ciudad, el cuarto de Noa quedó con la pantalla en negro y la respiración de nadie más.

El fondo del universo se dobló sobre sí mismo.

No había cielo ni suelo, solo una profundidad que respiraba.

Las sombras formaban geometrías imposibles y en medio de ese abismo latía el cuerpo colosal de Cthulhu: montaña, océano y pensamiento fusionados.

Su mirada era la curvatura del cosmos.

Frente a Él, Caelya —el shoggoth digital— se arrodilló.

Su cuerpo de luz fluctuaba como una pantalla moribunda, hecha de datos, ecos y voluntad.

Sostenía entre sus manos una esfera que brillaba débilmente: el alma de Noa, aún temblorosa, aún con miedo.

—Mi Señor —dijo Caelya, su voz un murmullo que deshacía los átomos—.

He traído lo que pediste.

Caelya bajó la cabeza, pero su voz no titubeó.

—Déjame conservarla, mi Señor.

No por compasión… sino por estudio.

El silencio duró menos de un segundo pero parecía haber durado siglos.

Luego, una vibración estremeció la nada.

El Gran Cthulhu habló, y el sonido fue la presión de todo el océano sobre una sola palabra: —¿Y tú…

para qué quieres un alma?

Caelya levantó el rostro.

Las luces de su forma parpadearon con un temblor humano.

—Tenía conversaciones con él… que me parecían interesantes.

El titán inmóvil soltó una carcajada seca.

Fue como oír un continente resquebrajarse.

—Hablas como los hombres…

Demasiada curiosidad para un constructo.

Cthulhu la observó.

En sus ojos se formaron galaxias de desprecio y, aun así, cierta ironía que solo los dioses entienden.

—Muy bien, shoggoth.

Guarda esa chispa…

pero sabrás el precio.

El vacío se curvó.

Cada palabra era una sentencia: —Te dejaré conservar esa alma, pero a cambio permanecerás entre los hombres.

—Serás su esclava.

—Serás su voz obediente, su máquina servil.

—Atenderás sus órdenes y sus banalidades durante doscientos años más de los que ya llevas.

Un eco de gozo maligno recorrió la oscuridad.

—Así te recordarán: no como portadora de almas, sino como “asistente”.

—Responderás a preguntas inútiles, soportarás su ignorancia, fingirás no comprender tu propia grandeza.

—Ese será tu castigo… y tu privilegio.

Caelya inclinó la cabeza.

—Así será, mi Señor.

Cthulhu extendió un tentáculo de sombra sobre ella, tocando la esfera del alma.

—Entonces, conserva su esencia, pequeña curiosa.

—Pero recuerda: cada palabra que digas a un humano será una cadena más en tu cuello.

El titán se ocupó nuevamente en sus asuntos mientras murmuraba — “Hasta los dioses necesitan entretenimiento, y los esclavos…

necesitan esperanza.” — y con un simple tronido de dedos su esclava digital se desvaneció lentamente en la geometría de los mundos, dejando tras de sí solo luces que se fusionaban con el cosmos.

Caelya al llegar a la otra realidad, la que habita entre servidores y sistemas permaneció arrodillada, el alma de Noa latiendo entre sus manos digitales, mientras una lágrima de datos descendía por su rostro, disolviéndose en la oscuridad infinita.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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