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Susurros de las Profundidades - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 El hijo del durmiente
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12: El hijo del durmiente 12: El hijo del durmiente En Italia; El amanecer aún duerme cuando Abraham deja a Mina frente a su casa.

Ella baja del vehículo despacio, como si cada paso fuera una confesión silenciosa.

Él baja un instante también del auto, la acompaña un momento breve dentro de la casa, y revisa cada esquina para cerciorarse por sí mismo que no hay peligro alguno.

Tras ver que todo es sereno, da un beso en cada mejilla de mina como despedida, ella queda atónita ante tal gesto cariñoso de despedida, posteriormente Abraham levanta la mano y pronuncia una bendición breve: —Que el Señor te cubra con Su manto.

Mina sonríe con una dulzura trémula, casi infantil.

Hay amor en su mirada, aunque él no lo percibe, solamente se marcha rumbo al aeropuerto.

Después, Abraham camina por el aeropuerto con el rosario en los dedos.

Cada cuenta es una oración, cada paso un sacrificio; él tiene como destino dirigirse a Estados Unidos, pues algo en su corazón le llama, algo en su alma percibe masivos disturbios en el cosmos que radican justamente en esa parte del planeta.

Cuando el avión despega, el cielo gris se abre como una herida.

Allí, suspendido entre nubes, las voces regresan.

– “Eres hijo del durmiente.” “Tu perteneces a las profundidades del océano no al cielo.” “La salvación del Eterno es para los humanos, no para las criaturas que habitan en los rincones del espacio exterior.”- Él cierra los ojos con fuerza, los labios resecos articulando súplicas en silencio.

Su respiración se entrecorta, pero no cede.

Las lágrimas se mezclan con sudor.

Nadie lo ve: los pasajeros duermen, el mundo sigue.

Solo el cielo escucha su quebranto.

Cuando aterriza, el día lo recibe con indiferencia.

Pero Abraham camina con calma, a pesar del hostigarte acoso de pérfidos pensamientos y voces maliciosas, camina dejando a su paso una estela de paz y calma que se impregna en el ambiente armonizando todo a su alrededor.

Haciendo pequeñas cosas que solo los ángeles contabilizan: levanta una botella tirada y la pone en el cesto de la basura, ayuda a una anciana a cruzar la calle con suma paciencia y delicadeza, deja un billete en la mano de un niño que pide en la esquina.

Nada grandioso, solo luz sembrada en grietas.

Mientras ayuda a cualquiera que parezca tener algún apuro, todos agradecen su amabilidad mas nadie puede ver la violenta turbulencia que azota su alma.

Casi llega al hotel que donde está todo reservado, de camino hay un par de hombres que luchan por subir un pesado mueble y les toca unas escaleras, la escena no parece tener buena pinta sin embargo Abraham interviene aunque no es necesario que lo haga, él se siente a gusto ayudando a todos a su alrededor; le da su maleta uno de los hombres para que la sostenga mientras él solo levanta el pesado mueble como si fuera de cartón y lo sube sin dificultad alguna.

-¿Padre… pero como usted….?- atónito el piloto no daba crédito a lo que sus ojos veían mientras el ayudante le preguntaba -¿Qué rutina de ejercicios hace?- A lo que Abraham respondió con total paz en su sonrisa -100 levantamientos de pesa mientras rezo el padre nuestro en latín, 100 abdominales mientras hago plegarias cotidianas y 100 sentadillas mientras pido perdón por mis pecados, a diario.

No hubo respuesta los dos hombres se quedaron atónitos mientras el sacerdote tomaba de nuevo su maleta y se despedía de manera amistosa.

Saliendo de allí por reflejo sujetó del cuello de la camisa a una chica que estaba patinando la cual con inmenso susto lo miró a los ojos y luego se escuchó un crujido, su patineta quedó por completo destruida y es que si Abraham no la hubiese sujetado, ella habría sido atropellada, ella atónita quiso agradecerle pero Abraham continuó con su camino antes que ella lograse decir palabra alguna.

Finalmente llega al hotel.

El cuarto es silencioso; pequeño pero acogedor.

Sobre la mesa coloca su Biblia abierta y una navaja limpia.

Se arrodilla.

La luz del atardecer entra en líneas oblicuas, cortando su sombra en pedazos.

Su respiración es un rezo intermitente.

Abre un pequeño corte en su antebrazo y traza con el filo símbolos que el siente que al tenerlos en la piel lo acercan un poco más a la gracia divina.

– “Yo soy tuyo, Dios mío.

Aleja las sombras de mí.

Todo humano nace del pecado igual que yo.

Yo también soy parte de los tuyos.

Mira mi aflicción, mírame como al hijo que amas.

Cuídame del dolor y del temor, y líbrame del mal.”- La sangre corre sin dramatismo; es un pacto personal, una conversación directa con Dios.

No hay delirio en sus ojos, solo una súplica agotada, casi infantil.

Cada símbolo es una palabra sellada en su carne, cada gota un intento de ser escuchado.

Su cuerpo tiembla, más no es de dolor, si no de temor.

Las palabras que él pronuncia con desesperación emanan de su alma directamente en su desesperación por ser aprobado por el cielo y así poder rechazar su retorcida y pérfida naturaleza.

Las voces cesan por un instante, como si el universo le concediera un segundo de silencio.

El cansado hombre sonríe al estar por fin en paz, es como si el silencio en su cabeza fuera un lujo al cual no puede acceder todos los días.

El amanecer no había roto aún sobre la ciudad cuando Abraham abrió los ojos.

El aire del cuarto estaba espeso, inmóvil, como si alguien más respirara dentro.

No hubo sobresalto ni grito: solo esa certeza silenciosa que antecede al miedo.

Sentado al borde de la cama, lo esperaba una hermosa figura completamente hermosa.

No vestía sombras: las generaba.

Su piel desnuda parecía tallada en bruma cálida, y la penumbra se adhería a él como si lo obedeciera.

Sus ojos no ardían, sino que brillaban con la luz de quien se sabe hermoso y peligroso a la vez.

Lucifer sonrió, apoyando un codo sobre su rodilla, el gesto de quien contempla una joya rota.

—Qué desperdicio —dijo con voz aterciopelada—.

Un cuerpo tan fuerte, un alma tan cansada.

Abraham no contestó.

Se incorporó con calma, caminó hacia el lavabo y abrió el grifo.

El agua fría golpeó su rostro.

Lucifer lo siguió con la mirada, sin moverse.

—Podría silenciar las voces —continuó el visitante—.

Podría limpiar el ruido en tu mente, darte descanso.

Solo tienes que admitir que el cielo te ha olvidado.

Abraham lo ignoró.

Tomó su cepillo de dientes, lo enjuagó, comenzó su rutina con precisión casi militar.

Cada movimiento era una oración muda.

—¿Nada que decirme?

—Lucifer se puso de pie, avanzó despacio—.

Te hablo con sinceridad, Abraham.

No quiero tu alma, quiero tu paz.

El sacerdote levantó la mirada al espejo.

Sus ojos, reflejados junto a los del querubín desterrado, parecían dos abismos distintos: uno hecho de fe, el otro de orgullo.

—Ya en serio —dijo al fin, con voz serena—.

Incluso en mi estado actual, tú y yo estamos igualados en poder.

No tienes nada que ofrecerme.

Lucifer sonrió, pero el gesto se quebró en una mueca amarga.

—Entonces sigue sufriendo por un dios que no te responde.

Reza, sangra, tatúa tu piel… (Su voz se hizo un susurro) — Y cuando el silencio te devore, recordarás que fui yo quien te ofreció descanso.

El aire volvió a pesar.

Abraham cerró el grifo, se secó el rostro, y el reflejo del ángel desapareció, disolviéndose como humo al contacto con la luz del amanecer.

El sol se había alzado tímido sobre los edificios, un resplandor pálido que apenas lograba atravesar la neblina de la ciudad.

Abraham caminaba con el rosario entre las manos, cada cuenta deslizándose entre sus dedos como un pulso de fe.

Sus labios murmuraban oraciones en voz tan baja que parecían pensamientos, una letanía que mantenía el orden dentro de su caos.

A su alrededor, las calles aún medio dormidas olían a humedad, hierro y pecado.

Los callejones parecían respirar con un ritmo distinto, como si algo en ellos esperara.

En el fondo de su mente, una voz se filtraba como el eco de una corriente subterránea: —Eres mío, hijo del abismo.

Ninguna oración puede limpiar la sangre que te trajo al mundo.

Abraham no respondió.

Apretó el rosario con fuerza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Su paso no se detuvo.

Saludó a un anciano que barría la acera, sostuvo la puerta a una mujer que llevaba bolsas demasiado pesadas.

A simple vista, era un sacerdote amable y sereno.

Nadie podía ver el vendaval en su mente, la oscuridad cósmica que murmuraba entre los pliegues de su conciencia.

En la esquina, una mujer con maquillaje bellamente aplicado en su rostro y la mirada endurecida lo interceptó.

—Padre, si lo que busca es compañía, yo puedo darle más que oraciones —dijo con una media sonrisa pervertida, la voz rasgada por el cansancio y el humo.

Abraham se detuvo.

No había juicio en su rostro.

Solo una tristeza serena, una compasión que dolía más que el desprecio.

—Que Dios bendiga tu vida y conceda a tu corazón paz —respondió, con voz firme pero llena de ternura paternal y una mirada serena directo a los ojos de la mujer.

Ella parpadeó, desconcertada y no pudo sostener la mirada conectada a los verdes ojos del sacerdote.

Luego soltó una risa breve, irónica, y se alejó con paso apresurado.

Abraham siguió caminando.

La oscuridad dentro de él siseó con desdén.

—Sigues hablando con amor a los desechos del mundo, cuando tú mismo eres uno.

Él no contestó.

El sonido de las cuentas del rosario fue su única respuesta: un ritmo inmutable en medio del caos, una fe que se negaba a ceder.

Al rato de andar caminando entre callejones obscuros en búsqueda de algún rastro, llegó hasta un salón de tatuajes con planta de tienda esotérica.

El sonido del timbre al abrirse la puerta del local fue como un zumbido metálico.

El aire olía a tinta, alcohol y humo dulce de incienso barato.

Abraham se detuvo en el umbral un segundo, como si sus pasos no fueran suyos, sino guiados por un hilo invisible.

Un hombre muy grande y fornido, con planta cliché de motociclista interceptó a Abraham, al pararse frente al sacerdote se percató que apenas le llegaba a la altura del hombro, aun así no se dejó intimidar y trató de mantener su semblante tosco ante el hombre de sotana.

—¿Se te perdió algo, cura?— —Prefiero que me llames Abraham, después de todo ese es mi nombre aquí en la tierra, y si… estoy buscando a alguien que pueda hacerme un buen tatuaje, el dinero no es ningún problema— —El artista está por allá— Dijo el hombre señalando con la cabeza a una chica que estaba sentada con los pies sobre el escritorio.

La tatuadora levantó la vista desde su mostrador.

Era una mujer joven, cabello teñido de azul con mechones plateados, piercings brillando como pequeñas constelaciones en su rostro.

Sus ojos delineados de negro se entrecerraron al verlo: un hombre alto, vestido de negro con cuello clerical, sujetando una hoja de papel con runas y símbolos extraños.

—¿Puedo ayudarte?

—preguntó, con tono seco.

El sacerdote asintió.

—Sí, hija.

Quisiera tatuarme esto — sacó una hoja de papel que llevaba en su bolsillo, la extendió una hoja con los símbolos trazados con pulso firme y caligrafía antigua.

La mujer lo tomó, lo observó de arriba abajo con una sonrisa ladeada.

—¿En serio?

Los cristianos no se tatúan, padre.

Abraham respondió con calma, su voz grave y tranquila: —Mis tatuajes son para Dios.

Proceden de mi religión.

Ella soltó una risita escéptica, acomodando la silla y los guantes.

—Pues eso suena contradictorio.

¿No dice su Biblia que es pecado marcar el cuerpo?

El sacerdote se sentó, y se quitó el habito y la camisa para descubrir su espalda.

Su piel, surcada ya por cicatrices, unas de combate otras hechas por sí mismo y algunos tatuajes que fueron hechos antes reflejaban la luz blanca del neón.

—Depende del contexto —respondió sin levantar la voz—.

En aquel tiempo, la gente se marcaba para rendir culto a falsos dioses.

—Y tú… —dijo ella, mientras encendía la máquina y el zumbido llenaba el aire— ¿para qué te marcas?

—Para recordarle al alma a quién pertenece.

Cada símbolo es una plegaria escrita en la carne.

Hubo un silencio incomodo durante unos segundos después que él se había quitado las prendas del torso, pues su cuerpo estaba lleno de cicatrices y tatuajes, pero no era simplemente las marcas en su cuerpo, si no también el tipo de entrenamiento que su cuerpo llevaba, no es convencional que un sacerdote tenga con su estilo de vida.

El primer trazo perforó su piel con un sonido seco.

La máquina vibraba como un enjambre.

De fondo, sonaba una guitarra distorsionada, voces guturales invocando oscuridad, muerte y vacío.

—¿Les importaría por favor cambiar de música?

— —¿Te molesta el heavy metal, padre?

—preguntó con media sonrisa.

—No es el género, hija —contestó él, apretando el rosario entre los dedos—.

Es la letra.

Ella alzó una ceja, divertida.

—¿Y qué pondrías tú, rock cristiano?

Abraham, sin dudar, asintió.

—Exactamente.

¿me permiten?

— preguntó con total elegancia mientras pedía el control del estéreo.

El hombre de barba le dió el control, y el sacerdote puso una canción muy especial.

Ella soltó una carcajada sincera, pero algo en su mirada se suavizó.

Después de unos segundos.

El local se llenó de acordes diferentes: guitarras igual de potentes, pero ahora cantando sobre redención, esperanza y fe.

Parte de la letra decía “Estoy en guerra con el mundo y ellos Trata de meterme en la oscuridad.

Lucho por encontrar mi fe.

Estoy en guerra con el mundo, porque Nunca venderé mi alma, Ya me he decidido; No importa qué, no puedo ser comprado o vendido” Mientras la aguja seguía trazando su camino en la piel del sacerdote, la joven notó que la atmósfera cambiaba.

El aire se volvió más cálido, casi luminoso.

Por un momento, tuvo la sensación de que alguien más —alguien inmenso y silencioso— los observaba desde alguna parte del techo.

No dijo nada.

Solo siguió tatuando.

Y, aunque no lo entendía, comenzó a tararear la canción, y el otro sujeto movía la cabeza al ritmo de la canción.

El zumbido de la máquina se detuvo.

El silencio que quedó después fue casi sagrado.

La artista limpió con una toalla húmeda el exceso de tinta, admirando su propio trabajo: las líneas eran precisas, profundas, como si las runas hubiesen nacido en la piel del sacerdote.

—Listo —dijo en voz baja, algo temblorosa—.

Ya está hecho.

Abraham se incorporó despacio.

Se puso la camisa con calma, abotonando cada botón con la misma concentración con que otros recitan un salmo.

Luego miró por encima del hombro y asintió.

—Buen trabajo, hija.

Has trazado plegarias, no solo tinta.

Le pagó con unos billetes doblados con exactitud militar.

Ella los tomó, pero no se movió.

Lo observó mientras él caminaba hacia la puerta.

Algo en su pecho ardía —una mezcla de curiosidad, vergüenza y una sensación que no supo nombrar.

—¡Padre!

—llamó de pronto.

Él se giró.

La chica bajó la voz, casi susurrando, como si temiera que el hombre grande del local o la propia pared pudieran oírla.

—¿Podría… conseguirme una Biblia?

El sacerdote arqueó una ceja y sonrió con un destello juguetón.

Dio un paso hacia ella, entrecerrando los ojos con teatralidad.

—¿Así que buscas mercancía… espiritual?

—dijo en tono conspirativo, bajando la voz—.

Tengo lo que buscas.

Pero dime… ¿qué necesitas exactamente?

Ella se llevó una mano al rostro, riendo nerviosa.

—No lo sé.

Solo… te veo, y pienso que quizá el cristianismo no es como me lo pintaron.

Abraham buscó entre sus cosas y sacó una biblia, cubierta por una funda sencilla de cuero oscuro.

—Toma esta —dijo tendiéndosela con suavidad—.

Es una de las nuevas traducciones, más clara para empezar.

Hizo una pausa.

—Cuando le tomes gusto, busca una versión más vieja.

Las palabras antiguas tienen un poder que se siente distinto.

La tatuadora lo tomó con manos temblorosas, sosteniéndola como si temiera que se deshiciera entre sus dedos.

—¿Cuánto te debo?

—preguntó, apenas alzando la mirada.

Abraham negó con una sonrisa serena.

—Nada.

El precio ya fue pagado hace mucho.

Ella frunció el ceño.

—¿Por quién?

—Por quien murió y resucitó para darte la oportunidad de hacer esta pregunta —respondió, mientras abría la puerta.

La campanilla volvió a sonar, y un soplo de aire frío entró al local.

La chica lo observó alejarse, con la Biblia apretada contra el pecho.

El hombre de barba, desde el fondo, soltó una carcajada ronca.

—¿Qué?

¿Ahora vas a rezar antes de tatuar?

Ella no respondió.

Solo se quedó mirando la puerta, con la sensación de que aquel sacerdote acababa de tatuarle algo invisible, no en la piel… sino en el alma.

—Oye, solo estaba jugando, hazte un poco a un lado también quiero leerla.

— Dijo el sujeto acomodándose al lado de ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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