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Susurros de las Profundidades - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Revelación del Destino
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13: Revelación del Destino 13: Revelación del Destino El sol se escondía tras los tejados cuando Ethan llegó a la casa de Noa.

El vecindario estaba tan quieto que hasta los perros callaban, como si el aire supiera algo que él no.

Golpeó la puerta varias veces.

Nada.

—Noa, soy yo… —su voz se quebró, tragando saliva—.

Vamos, hermano, abre.

El pomo cedió con un leve chirrido.

Dentro, la casa estaba en penumbra; el aire olía a humedad, a cables calientes, a algo metálico.

La computadora de Noa seguía encendida, su pantalla parpadeando con un fondo blanco sucio que no mostraba nada legible, solo el reflejo de un cuerpo quieto en la cama.

Ethan avanzó con el corazón acelerado.

—Noa… —susurró.

El cuerpo estaba cubierto hasta el pecho con una manta.

Parecía dormido, pero algo en la rigidez de sus manos lo delataba.

Tiró de la cobija con cuidado… y retrocedió tan bruscamente que la silla detrás de él cayó al suelo.

El rostro de Noa era una máscara congelada en un gesto de puro terror, la boca abierta en un grito que jamás salió.

Los ojos, vidriosos, parecían mirar todavía algo que no debía existir.

Su expresión recordaba —de manera insoportable— a la figura del cuadro El Grito, pero con una angustia aún más real.

No había sangre, ni signos de lucha; solo aquel horror absoluto grabado en sus facciones.

Ethan se tapó la boca con ambas manos.

Su respiración era un jadeo seco.

Se obligó a moverse, a cubrirlo otra vez con la manta, como si al hacerlo pudiera borrar lo que había visto.

Minutos más tarde, el resto del grupo llegó.

Fiona, Miyu y Rebecca bajaron del auto primero; Jada apenas podía caminar.

Los ojos de Ethan estaban rojos, la voz casi inexistente.

—No… no entren —dijo, bloqueando el paso con los brazos—.

No deberían verlo.

—¿Qué pasó?

—preguntó Fiona, temblando.

Ethan negó con la cabeza.

—Está muerto.

Pero no… no fue normal.

Su cara… —tragó saliva— su cara parecía gritar aunque no había sonido.

El silencio cayó como una losa.

Jada fue la primera en quebrarse.

—¡No!

—gritó, llevándose las manos a la cabeza—.

¡No puede ser, él solo estaba asustado, eso es todo!

Fiona intentó abrazarla, pero Jada se soltó de golpe, corrió hasta el auto y subió sin mirar atrás.

Diego trató de detenerla y pedirle que se calmara; sin embargo, ella no se detuvo, aunque Diego quiso pedirle que se quedara con el resto del grupo tanto por seguridad de ella como del resto, ella simplemente se vio superada por la conmoción.

El motor rugió y el vehículo desapareció calle abajo.

Miyu observaba la casa, inmóvil, los ojos entrecerrados, como si tratara de entender algo que los demás no podían ver.

Rebecca se cubrió la boca, murmurando una oración entrecortada.

Ethan, aún junto a la puerta, repitió en voz baja: —Su computadora seguía encendida.

Había algo en la pantalla… algo que no era código.

Y creo… creo que estaba escuchando algo.

Fiona lo miró con terror genuino.

—¿Escuchando… qué?

Ethan levantó la vista.

—No lo sé.

Pero fuera lo que fuera… lo mató.

Samuel puso su mano sobre el hombro de Ethan, —¿Pudiste contactar con sus padres?

— Ethan negó con la cabeza y se abrazó con Samuel, el joven estaba temblando de los nervios, su quijada titiritaba ligeramente al igual que sus manos, su amigo correspondió al abrazo tratando de reconfortarlo unos segundos antes de soltarlo.

—Bien… Tenemos que contactar a los padres de Noa, y también a la policía—.

Diego aun no salía de su asombro, sus ojos estaban abiertos como platos y hablaba muy rápido por el mismo nerviosismo.

—¿Seguros que es buena idea involucrar a la policía?

— ——Diego; esto es algo muy delicado, tenemos…— — Ya sé que es delicado, pero me da pánico que nos quieran culpar de la muerte de nuestro amigo— Diego cerró un momento los ojos y frotaba su cien tratando de aliviar el intenso dolor de cabeza que el estrés de la situación le estaba provocando.

—De cierta manera; todos somos culpables, Diego— Samuel se rascó el brazo, la picazón parecía ser causada por algún tipo de alegría que el alto nivel de estrés provocaba.

Ethan tomó el celular de Noa, ya que conocía la contraseña de su celular buscó el contacto de los padres de Nea.

— Por favor hazlo tú, Samuel; Yo no tengo el coraje para decirlo— — Esta bien… (Suspiró pesadamente) Lo haré yo.

Mientras tanto; a unos pasos, alejadas de los chicos estaban Miyu, Rebecca y Fiona.

Las tres sentían un nudo horrible en el corazón tanto provocado por el pesar de la muerte de su amigo, como por el temor de ser las próximas; sobre todo las sofocaba la presión de la atmosfera al sentir constantemente una mirada encima que las vigilaba en cada momento, desde lo más cotidiano hasta sus momentos más vulnerables.

Miyu rompió el silencio entre ellas, mientras se rascaba la nuca pronuncio unas palabras con voz entre asustada y molesta.

—Odio cuando los hombres se portan así — — ¿Así como?

— preguntó Rebecca la cual no podía dejar de morderse las uñas.

— Como “macho alfa”, queriendo tomar ellos el control de la situación.

— Contestó Miyu.

— ¿Tú vas a llamar a los padres de Noa para explicarles que su hijo murió?

— Replicó Fiona con una voz cargada de molestia e impaciencia.

Fiona apretó el teléfono entre las manos, los nudillos blancos.

—No importa quién lo diga, alguien tiene que hacerlo —susurró.

Marcó el número de emergencias.

Su voz se quebró al tercer timbre.

—Hemos encontrado un cuerpo… en la casa de Noa Kayashi… —la voz se le rompió—.

Por favor, envíen a alguien.

Samuel seguía intentando hablar con los padres de Noa, el celular pegado al oído, los ojos fijos en el suelo.

Al otro lado; gritos, llantos.

Una madre que no entendía, un padre que exigía respuestas.

Samuel no supo qué decir.

Solo repitió una frase torpe, casi un rezo: —Lo siento… lo siento mucho… Las luces azules llegaron poco después.

La calle se llenó de murmullos, de vecinos asomando entre las cortinas.

Un agente cubrió el cuerpo.

Otro tomó notas.

Los chicos fueron separados, uno a uno, sus voces confundidas entre sollozos y declaraciones.

—¿Cómo entraron?

—¿Cuánto tiempo llevaba muerto?

—¿Qué estaban haciendo aquí?

Cada pregunta era un golpe.

Cada palabra los hundía un poco más en la sospecha y en el miedo.

Jada fue localizada por la policía en la carretera, todavía conduciendo sin rumbo, llorando.

También la interrogaron.

Nadie creyó del todo sus respuestas.

Horas más tarde, al amanecer, los dejaron ir.

Pero al salir de la estación, todos sintieron lo mismo: una mirada detrás del amanecer, invisible, pegada a sus espaldas.

La noche cayó sobre ellos con un peso insoportable.

La casa de Ethan se volvió su refugio improvisado, un santuario lleno de silencio, llanto y miedo.

Nadie quería dormir.

Nadie quería estar solo.

El aire olía a café y lágrimas.

Fiona se acurrucaba en un rincón del sofá, abrazando una manta buscando desesperadamente un poco de calor para su alma.

Samuel mantenía la mirada fija en el suelo, como si las sombras se movieran entre las grietas del parquet.

Rebecca quien nunca había sido una persona de fé había pasado tanto rato rezando en voz baja que su voz se había vuelto apenas un susurro.

Miyu no hablaba, solo escribía algo en un cuaderno.

Tal vez trataba de entender.

Tal vez no quería olvidar.

En la mesa del comedor, Diego pegaba fotos en una cartulina vieja.

El sonido del pegamento y las tijeras era lo único que rompía el silencio.

Recortes, recuerdos, risas congeladas.

—Mírenlo… —dijo, con la voz quebrada—.

Siempre salía con esa sonrisa de idiota… Fiona se acercó, mirando el collage a medio terminar.

Eran ellos: las excursiones, las clases, el primer verano juntos.

Ahora esas imágenes parecían de otro mundo.

—Deberíamos estar en su velorio… —murmuró Samuel.

—Los padres no quieren vernos —replicó Miyu, sin levantar la vista—.

Nos odian.

Rebecca negó suavemente.

—No nos odian… solo necesitan algo o a alguien que culpar.

Un trueno lejano vibró en los ventanales.

El grupo se estremeció.

El viento se coló entre las rendijas, silbando como una voz que intentaba entrar.

Diego dejó el pegamento sobre la mesa.

—Yo solo quiero… que no lo olvidemos.

—Eso no va a pasar —susurró Fiona—.

No después de lo que vimos.

Un relámpago iluminó la sala por un segundo.

Las luces parpadearon.

Y por un instante, las fotos sobre la mesa parecieron moverse.

Pero nadie dijo nada.

Tal vez fue el cansancio.

Tal vez, el comienzo de otra cosa.

La lluvia golpeaba los ventanales como si quisiera entrar.

Dentro, el aire estaba espeso, cargado del olor a miedo y lágrimas.

Los chicos se habían reunido en el salón, iluminados solo por las luces cálidas del televisor, que nadie veía.

—No puedo hacerlo otra vez —dijo Jada, abrazándose las rodillas—.

No voy a volver allí.

Miyu la observó con el ceño fruncido.

—Ya escuchaste lo que dijo esa cosa.

Si no vamos, nos mata.

Samuel caminaba de un lado a otro, sudando, los nervios al borde del colapso.

—No eran solo palabras.

Los perros… los vimos.

No eran alucinaciones.

Diego apretó los puños.

—¿Y qué quieres que hagamos?

¿Arrodillarnos ante eso como si fuéramos su rebaño?

Fiona lo miró, temblando.

—Tal vez… tal vez no tengamos opción.

Su voz era apenas un susurro.

El silencio cayó sobre el grupo.

El sonido del viento se mezcló con el tic-tac del reloj y el goteo del fregadero.

Rebecca se persignó una vez más, pero ni siquiera eso le trajo consuelo.

Ethan habló al fin, la voz ronca: —Si lo que vimos con Noa fue solo el principio, tenemos dos días.

Dos días para pensar en algo… o para despedirnos.

Diego miró su collage de fotos sobre la mesa.

La sonrisa de Noa lo observaba desde el papel, inmóvil, como una burla silenciosa.

—Entonces —murmuró—, que al menos no muera nadie más sin pelear.

Nadie respondió.

Solo la lluvia siguió cayendo, insistente, como si el cielo llorara por ellos.

La casa se sentía más fría esa noche.

El aire vibraba con una tensión que nadie se atrevía a romper.

El televisor seguía encendido, sin volumen, proyectando luces parpadeantes sobre sus rostros agotados.

Fiona fue la primera en hablar.

—No puedo sacarlo de mi cabeza… Noa… lo vi cuando lo sacaban los policías, no lo entiendo… estaba cubierto por una sabana, pero aun así pude ver perfectamente su rostro de terror a través de la tela.

—Ya, Fiona —dijo Miyu, con un temblor en la voz que no logró disimular—.

Todos lo vimos.

Diego daba vueltas en la sala, sudando.

—Esto no puede estar pasando.

Era una broma, ¿recuerdan?

Solo queríamos asustarnos, pasar un lindo rato y ahora…

Golpeó la pared con el puño, sin fuerza.

El sonido hueco del impacto se mezcló con un leve murmullo proveniente del pasillo.

Todos se quedaron quietos.

Samuel tragó saliva.

—¿Lo escucharon?

El silencio volvió, espeso.

Ethan, con el rostro pálido, miró su celular.

La pantalla, apagada segundos antes, mostraba una notificación sin remitente: “Cumplan la orden del Durmiente.” El mensaje se repitió, palabra por palabra, en los teléfonos de los demás.

Fiona dejó caer el suyo, respirando entrecortado.

—No puede ser… esto no puede ser real.

Jada, que hasta entonces no había hablado, se levantó bruscamente.

—Ya basta.

Yo no pienso regresar a ese maldito bosque.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero también de furia.

—Si esa cosa quiere algo, que venga por mí.

Pero no pienso volver a ofrecerle nada.

Miyu la miró, con una mezcla de miedo y lástima.

—Jada… si no vas, no solo te irá mal, será la peor decisión que puedas tomar en tu existencia.

—¿Y qué?

—gritó Jada—.

¿Qué más puede quitarnos?

Ya se llevó a Noa.

Su voz se quebró.

—No quiero pasar otra noche esperando a que el viento diga mi nombre.

¡Escucho voces todo el puto tiempo!

¡Veo cosas a tal punto que confundo la realidad con alucinaciones!

Nadie respondió.

Todos estaban experimentando las mismas cosas desde su propio infierno personal.

Solo el sonido del aire entrando por la ventana y el parpadeo insistente de las pantallas iluminando sus rostros.

Y aunque ninguno se movió, todos supieron, en lo más profundo, que el Durmiente ya los había escuchado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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