Susurros de las Profundidades - Capítulo 14
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14: ¿Dónde está Jada?
14: ¿Dónde está Jada?
El cuarto día amaneció gris, como si el sol también temiera mirar.
Ethan y Samuel ya estaban afuera, los motores encendidos, revisando sus teléfonos una y otra vez.
—¿Contestó?
—preguntó Samuel, con el ceño fruncido.
Ethan negó en silencio.
—Le he escrito desde anoche.
Llamadas, mensajes, todo… Nada.
Fiona salió con los ojos hinchados por no dormir.
—¿Y si solo necesita tiempo?
—dijo, aferrando su chaqueta como si se aferrara a la idea misma de que todo esto fuera normal.
Miyu apretó los labios.
—Tiempo no tenemos.
Si no vamos hoy, sabemos lo que pasa.
Ethan subió al auto y revisó el grupo de mensajes.
La última conexión de Jada era de las 3:42 a.
m.
El último mensaje decía: > “No pienso morir por un sueño.” La pantalla reflejó su rostro agotado.
—Se fue —dijo con la voz baja, casi resignada—.
Su ubicación muestra que salió del estado.
Diego maldijo por lo bajo, pateando una piedra del camino.
—¡Siempre hace lo mismo!
¡Corre en lugar de enfrentar las cosas!
Fiona lo miró con furia.
—¡Se murió su amigo, maldita sea!
¿Qué querías que hiciera?
Un trueno lejano retumbó, aunque el cielo seguía limpio.
Samuel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—No importa dónde esté.
Si el Durmiente la marcó, la encontrará.
Miyu con la voz algo altiva le respondió – deja de llamarlo así, su nombre es Cthulhu – Ni bien había pronunciado el nombre y un relámpago retumbó a la distancia haciendo estremecer todo kilómetros a la redonda, el cielo se oscureció rápidamente.
Samuel miraba al cielo mientras alistaba para arrancar, -otra razón más para no pronunciar ese maldito nombre – El silencio cayó de nuevo.
A lo lejos, el viento sopló entre los árboles… con un sonido que no era viento.
Parecía una voz, arrastrando una sola palabra entre los ecos: “Jada…” Miyu se santiguó sin pensarlo.
Ethan encendió el auto con manos temblorosas.
—Vámonos.
No podemos perder más tiempo.
Mientras los motores hacían su trabajo, los GPS automáticamente marcaron ruta al bosque al punto exacto aun cuando nadie los había configurado para dicho destino.
Kilómetros a la distancia el GPS del teléfono de Jada, mostraba también una ruta que no había marcado ella.
Una línea roja que la guiaba… de regreso al bosque.
Jada observó esto y casi en medio de un mar de lágrimas apagó el GPS y el radio.
Unos kilómetros después, una voz robótica sonó de la radio como si la voz emergiera del mundo cuántico y manifestará su voz a través de datos digitales en un satélite para hablarle.
—Cumple las órdenes del durmiente, es tu última oportunidad— Jada gritó histérica mientras arrancaba la carátula del radio para que no sonase más.
La carretera parecía interminable, una cinta gris que devoraba kilómetros bajo el llanto incesante del motor.
Jada apretaba el volante con las uñas clavadas, la respiración hecha jirones, los ojos rojos por el llanto.
Las luces de la ciudad se habían quedado atrás; la única compañía eran señales vacías y la sombra de los pinos que pasaban como manos negras.
En el asiento del copiloto, su teléfono parpadeaba con mensajes sin leer: Fiona, Diego, Ethan—todos implorando que se detuviera.
Ella no contestaba.
No quería voces, no quería razones.
Solo quería alejarse de ese fuego, de esa voz que aún le palpitaba en la nuca.
Detrás, las sirenas se estrecharon como un latido.
Un coche patrulla apareció en su espejo retrovisor, luego otro; las luces azules rebotaban en su parabrisas, obligándola a entrecerrar los ojos.
La adrenalina le hacía temblar las manos; el pedal era firme, decidido.
—¡Deténgase!
—gritó una voz por la megafonía cuando una patrulla se puso a su lado.
Pero Jada hundió el acelerador como quien intenta arrancarse la piel.
La persecución se convirtió en una coreografía brutal: luces, bocinas, el olor de la lluvia que había quedado en la carretera.
En un adelantamiento mal calculado, una patrulla chocó su parachoques trasero para intentar frenar su marcha.
La llanta pegó, chirrió, y por un segundo Jada creyó que todo se desintegraba.
Perdió el control; el auto derrapó y se estrelló contra la barrera lateral.
No obstante, casi en automático, logró enderezar el vehículo y seguir.
El dolor ardía en su costado y la adrenalina la mantenía en movimiento.
La siguiente patrulla, sin más miramientos, empujó su coche con el parachoques hasta obligarla a detenerse en la cuneta.
Un golpe seco, la bocina que se apagaba, y el mundo se redujo al sonido de su propio corazón.
Dos agentes salieron de sus coches con linternas y pasos firmes.
Uno de ellos apuntó la linterna directo al interior del vehículo, revelando su rostro descompuesto, la ropa arrugada por la carrera, las lágrimas secas en sus mejillas.
La otra agente se acercó por la puerta del conductor, la voz dura.
—Baje del vehículo, —ordenó.
Jada tembló.
Su cuerpo obedecía a medias; su mente estaba hecha de imágenes rotas: la fogata, el rostro de Noa, el mensaje en las pantallas.
Cuando por fin abrió la puerta, las piernas le fallaron y cayó en el borde de la cuneta, sollozando sin control.
Los policías la miraron con recelo, intercambiando un gesto que lo decía todo: pensaban que estaba bajo la influencia de alguna sustancia.
Su postura rígida, la incoherencia en sus palabras, la respiración agitada —cada detalle encajaba en un mapa que conocían demasiado bien.
—Está drogada —murmuró uno—.
Hay que llevársela a la comisaría.
Jada alzó la vista, con los ojos enrojecidos por el llanto y la furia, tratando de decir algo que hiciera entender la realidad de su terror.
Pero lo que salió de su boca fue un sollozo ahogado que no convenció a nadie.
Los agentes, con manos profesionales y sin ternura, procedieron a esposarla.
Ella forcejeó apenas, más por pánico que por resistencia real, y la sensación de manos ajenas sobre su piel la dejó aún más expuesta y sola.
La patrulla empezó a encapsularla: luces, órdenes, la sensación de haber sido interceptada por la ley humana justo cuando huía de algo mucho más antiguo y más frío.
La sala de detención olía a café rancio y a plástico húmedo.
Las luces fluorescentes no conseguían calentarla; todo parecía pintado de un gris apagado.
Jada fue empujada dentro de una celda pequeña, con barrotes que reflejaban la luz en líneas frías.
Se dejó caer sobre el banco de metal, las esposas apretándole las muñecas hasta que la piel se le puso blanca.
Pasaron minutos que se estiraron como horas.
Los latidos en su garganta sonaban demasiado altos.
Había una extraña calma en esa habitación —una calma de gente que cree que ahora está a salvo— y Jada se aferró a ella como a una tabla en la marea.
Un oficial de cara curtida volvió a entrar, con una libreta en la mano.
Le habló con voz profesional, casi mecánica: —¿Nombre completo?
¿Edad?
¿Estás bajo la influencia de alguna droga?
Jada inspiró.
Sus palabras salieron cortadas, tramadas de miedo, de rabia, de pragmatismo.
No lloró al principio; su decisión necesitaba la tijera fría de la racionalidad.
—Me llamo Jada Morales —dijo—.
Tengo diecinueve.
Sí, tomo… tomé anoche.
No sé qué me pusieron, pero… —trago hondo— —mis amigos distribuyen.
He visto mensajes, transacciones.
Esos chicos… ellos son los que traen la mierda a la zona.
El agente la miró con la impaciencia de quien ha escuchado demasiadas historias.
Anotó algo en su libreta y levantó la vista, analizando si la joven estaba compuesta de verdad o de mentira.
—¿Tienes pruebas?
¿Nombres, direcciones?
—preguntó.
La mentira necesitaba una cuerda: la ancló a detalles creíbles.
Jada sabía qué decir para sonar creíble.
Lo había pensado entre lágrimas y acelerones en la carretera.
No quería que la creyeran por piedad; quería que la creyeran por practicidad.
—Tienen un grupo en el bosque de la vieja cantera, detrás del canal —balbuceó—.
Hacen reuniones nocturnas.
Ethan, Samuel, Diego, Noa… Noa ya no está porque se peleó con ellos por una entrega.
Yo lo vi.
Les juro que lo vi.
El agente dejó la libreta y miró a su compañero en silencio.
El compañero, un hombre más joven, consultó una pantalla y luego la libreta.
—Si esto es cierto, tenemos que notificar a la unidad de campo —dijo el agente mayor—.
¿Estás segura de lo que dices?
Los ojos de Jada, inyectados en rojo, brillaron con una determinación terrible.
Ella asintió.
No había heroísmo en su gesto; había estrategia.
Si la policía iba al bosque, si se llevaban a los demás presos, Jada construiría un muro alrededor de ellos: cárcel humana contra lo que los había marcado.
Era una esperanza vana, absurdamente humana —pero era algo que podía agarrar, un intento casi absurdamente desesperado por proteger a sus amigos.
—Sí —murmuró—.
Estoy segura.
Por favor.
No quiero que más gente… —se detuvo, incapaz de decir “muera”.
El agente hizo una llamada.
Su voz se volvió seria, profesional; palabras de procedimiento, nombres de unidades, códigos.
Jada escuchó el vocabulario como quien escucha música militar: órdenes que ella esperaba que fueran armas.
La sala de detención siguió siendo un espacio de espera.
Un oficial se acercó con un vaso de agua, y Jada lo tomó con manos que temblaban menos que antes.
El oficial no preguntó más.
Su trabajo era tomar la información y dejar que el aparato del Estado hiciera lo suyo.
Cuando, media hora más tarde, las botas resonaron en el pasillo y se oyó que un grupo de agentes marchaba hacia la salida con linternas, chalecos y radios, Jada sintió que algo dentro de ella se soltaba.
Se permitió creer un segundo que tal vez, solo tal vez, aquello funcionaría.
Los agentes salieron al garaje, las sirenas encendidas sacudiendo la noche, ordenando movimiento y prisa.
Jada observó a través del cristal empañado cómo la patrulla abría la puerta y, como un funeral a cámara lenta, el vehículo de la policía ponía rumbo hacia la única opción que parecía tener sentido: el bosque.
Mientras el coche partía, Jada cerró los ojos.
No fue una oración formal, sino un ruego sucio, hecho de miedo y cálculo: que la ley humana atrapara a los vivos y los sacara del fuego.
Si no la creían cuando hablara de monstruos, tal vez la creyeran cuando dijera “narcotráfico”.
Si fallaba, al menos habría intentado protegerlos con las únicas armas que el mundo le aceptaba.
La puerta de la celda se cerró con un golpe.
En la soledad luminosa del fluorescente, Jada rió —una risa corta, rota— y después volvió a llorar.
La esperanza era frágil, pero era suya, y era lo único que tenía.
Jada estaba sola.
La celda era un cubo de concreto: cuatro paredes, un banco metálico, una cámara en la esquina.
El zumbido del fluorescente era el único sonido que quedaba del mundo civilizado.
Durante un instante su mente buscó algo de consuelo; pensó que todo había terminado.
Que, quizá, por fin estaba a salvo.
Entonces lo escuchó.
Un murmullo, casi un silbido, proveniente del rincón donde el muro y el techo se unían.
No era aire.
Era geometría moviéndose, en cada zona de conexión angular, se manifestaban símbolos imposibles de describir, iridiscentes de color verde.
A partir de cada símbolo el ángulo vibró, se estiró, y durante un parpadeo el espacio dejó de comportarse como materia.
La cámara del techo estalló con un chasquido.
La luz osciló.
Y el aire comenzó a doblarse.
El primer policía que entró al pasillo no tuvo tiempo de gritar.
Desde el ángulo entre la puerta y la pared emergió algo —no del todo sólido, no del todo líquido—, una forma canina semejante a un perro o lobo, pero como si estuviese “volteado” su esqueleto por fuera del cuerpo semejante a un exoesqueleto, compuesto de planos que no podían existir.
Su cabeza asomó primero: hocico alargado, piel translúcida como si estuviera hecha de una membrana compuesta por el mismo material que recorre el espacio entre las estrellas, tentáculos que brotaban directamente de su estómago como una especie de sistema digestivo externo, cada tentáculo contaba con una aguja de hueso con filo acerrado.
El tiempo se fracturó en su entorno; cada ladrillo parecía respirar.
El agente sin pensarlo, casi por instinto desenfundó y disparó.
Las balas atravesaron el cuerpo, pero no parecían haber producido ningún efecto en la creatura, como si el aire se plegara a su favor.
Una garra angular —afilada como una idea errónea— lo atravesó desde el pecho hasta la espalda.
No hubo sangre inmediata: el tejido desapareció, deshecho, como si el monstruo se alimentara de la existencia misma y estuviese drenándolo por contacto.
Otro oficial corrió.
El pasillo se llenó de gritos, disparos, radios que chispeaban nombres que nunca llegarían.
Jada se levantó, temblando, y se aferró a los barrotes.
Lo que vio al otro lado del corredor no pertenecía a su mundo: los Mon no inu salían parcialmente de los muros, sus cuerpos divididos por planos imposibles.
Solo la mitad de sus cuerpos cruzaba el velo, el resto se agitaba en dimensiones que no tenían nombre, pareciera que no cruzaban del todo porque quizás podrían tener miedo de quedar completamente solo en una única dimensión, por lo menos esa impresión daba el hecho que solo salieran partes de ellos de un lado y para trasladarse prefirieran teletransportarse entre sectores desde sus esquinas.
Tentáculos finos como hilos de vidrio se arrastraban por el suelo, buscando movimiento, calor, respiración.
Los reclusos gritaban.
Uno intentó romper la puerta de su celda.
No lo logró: una de las criaturas emergió detrás de él, y lo envolvió.
La piel se volvió gris, los ojos se vaciaron, y el cuerpo cayó al suelo reducido a un cascarón seco completamente digerido.
No fue sangre lo que dejaron atrás, sino eco, un residuo que olía a óxido y tiempo muerto.
El oficial que la había interrogado horas antes trató de ayudarla.
Corrió hacia la celda, las llaves tintineando en su mano.
Pero un tentáculo lo tomó del cuello antes de llegar.
Lo arrastró hacia el ángulo oscuro del techo y desapareció sin ruido.
Solo quedó su linterna, girando en el suelo, proyectando sombras que ya no coincidían con los cuerpos.
Jada gritó horrorizada al caer en comprensión.
Entendió que el lugar más protegido del mundo era solo una caja más en un universo lleno de ángulos.
Y en los ángulos ellos habitaban.
El aire se volvió espeso, como si el oxígeno se transformara en líquido.
La puerta de su celda tembló.
Una figura atravesó el muro, el hocico abierto, los tentáculos extendidos, brillando con una luz interna de color azul pálido.
Sus ojos eran geometría pura.
Jada retrocedió hasta el banco de metal.
Quiso rezar entre balbuceos y lágrimas, hasta el más ateo se vuelve creyente al estar frente a la muerte.
El Mon no inu inclinó su cabeza hacia ella, la observaba y aun sin decir una sola palabra su expresión lo había dicho todo.
“No hay lugar al que no podamos acceder” “No hay lugar donde no te podamos encontrar” “No existe ángulo sin puerta, ni puerta sin nosotros” El ángulo del techo se abrió detrás como una herida.
El aire se partió.
Y la celda se llenó de un ruido que no provenía del sonido, sino de las matemáticas del dolor, los tentáculos de la criatura se clavaron en la joven chica la cual gritaba desconsolada tanto por dolor como de pánico mientras la criatura drenaba sus fluidos igual como lo haría un arácnido con su presa, en aquel lugar no había nadie que pudiera escuchar sus gritos al morir más que los Mon no inu.
Cuando por fin todo calló, la comisaría estaba vacía.
Las paredes seguían en pie, pero los cuerpos… no.
Solo quedaban sombras impresas en el concreto, como fotografías de los que alguna vez estuvieron allí.
El ángulo volvió a cerrarse con un suspiro.
La cámara del techo, ya muerta, reflejó la nada.
Y el tiempo siguió, como si nada hubiera ocurrido.
Mientras tanto en el bosque, a varios kilómetros de aquel lugar; Primero fueron los ojos —demasiados, dispersos—, luego la sugerencia de un rostro que no podía existir.
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