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Susurros de las Profundidades - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Un duro golpe de Realidad
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15: Un duro golpe de Realidad 15: Un duro golpe de Realidad El fuego se expandió sobre sí mismo, proyectando su figura completa: inmensa, imposible, más humo que carne, más presencia que forma.

El suelo pareció hundirse bajo su peso, aunque su cuerpo no tocaba la tierra.

Todos cayeron de rodillas.

El aire se volvió tan denso que respirar dolía.

Rebecca lloraba en silencio, Diego sollozaba con los puños en el suelo, Fiona temblaba intentando no gritar.

Miyu, entre lágrimas; agachó su rostro hasta la tierra en señal de devoción.

Su voz temblaba, pero trataba de sonar firme, como si recordara una plegaria aprendida en un idioma olvidado.

—Oh, gran Durmiente… te honramos.

Te ofrezco mi alma, mi servicio, mi obediencia… —la voz se quebró—.

Solo… solo no nos dejes morir, permite que mis amigos se marchen y yo seré tuya.

El humo pareció observarla.

El fuego se contrajo.

Y en ese instante comprendieron que no había compasión en esa mirada, ni interés, ni reconocimiento.

Solo indiferencia.

El aire tembló con una vibración que no pertenecía al sonido.

Una voz surgió dentro de sus cabezas, como si la materia misma del fuego les hablara en un idioma que no necesitaba palabras.

— Ustedes ya me pertenecen, pero no busco siervos entre ustedes.

No deseo su fe.

Siéntense.

— Fue una orden, no una petición.

Los cuerpos obedecieron antes de que la mente comprendiera el mandato.

Cayeron donde estaban, sentándose en la tierra húmeda, paralizados entre llanto y sumisión.

El fuego crepitó con un ritmo antinatural, como si respirara.

Y entre el humo, algo se movía con calma.

Cthulhu los miraba.

Y el universo se encogía alrededor de esa mirada.

Ah… la pequeña Jada.

Tan frágil.

Tan deliciosa en su miedo.

Corrió buscando refugio, creyendo que el concreto la protegería del infinito.

Qué dulce comedia es el pánico humano.

Yo la dejé suplicar; necesitaba que ustedes la vieran.

¿Ven lo que pasa cuando se huye de mí?

La esperanza es la más cruel de mis herramientas.

El fuego crepitó y, en el humo, se delineó la imagen de la comisaría.

Los adolescentes vieron sombras que se retorcían, luces parpadeando como si el aire recordara gritos.

¿Les conmueve?

Debería.

Fue su amiga.

Y, aun así, si pudieran volver el tiempo atrás, la entregarían de nuevo con tal de seguir respirando.

Esa es su especie.

Todos lloraron en silencio, no se atrevían siquiera a hacer ruido al llorar ante la imponente presencia de la criatura.

Solo miraban el fuego con la cabeza agachada mientras las lágrimas se escapaban de su rostro, esperando que se apagara.

Pero el fuego respiró.

—El abismo me pertenece.

Y ustedes…

ustedes son huéspedes que jamás fueron invitados, pero ahora deben permanecer aquí hasta que la ofensa sea saldada, lo mismo aplica para las personas que sostienen las páginas de este libro.

— Los chicos escucharon estas palabras, más no entendían a lo que él se refería, sin embargo, nadie tenía el coraje para preguntar.

A lo lejos, motores.

Faros cortaron la noche.

Los policías llegaron creyendo ser cazadores.

Entraron con sus armas, sus linternas, sus oraciones inútiles.

—Oh, sí, se burló la voz.

Traigan su orden y sus insignias, mostradme los límites de vuestro coraje.

— De los árboles emergieron tentáculos, sombras espesas que se enredaban con el aire.

En un instante, los cuerpos se levantaron en el aire, doblados, aplastados, convertidos en masas de carne aforme y metal.

Yo no mato solo por ira.

Mato por arte.

Cada muerte es una nota, cada grito una melodía de mi sinfonía eterna.

Solo uno quedó.

El hombre cayó de rodillas, temblando, con los ojos abiertos de par en par.

—¡Perdón, amo!

—balbuceó—.

No sabía que era su territorio… ¡no sabía que eran suyos!

—Oh… yo te conozco, tu madre para mí te pario… puedes conservar tu patética vida.

— Su sombra se inclinó sobre él.

Levántate.

Y limpia los restos de tus semejantes.

Hazlo con devoción.

Limpia los ecos, los órganos, los pensamientos dispersos que dejaron atrás mis esbirros en la comisaría.

Que no quede nada que huela a humano.

El hombre asintió, tropezando, llorando, mientras huía entre los cuerpos destrozados.

—A veces me divierte perdonar, murmuró la voz entre risas ahogadas, no por bondad, sino por economía.

La basura también debe tener quien la recoja.

— Bien… esta historia se remonta cien años después del nacimiento del “Nazareno” —Mientras pronuncia dichas palabras su tono se vuelve solemne y reverente —ah, ese nombre… Lo pronuncio con reverencia, sí, porque hasta mi esencia debe inclinarse ante un Dios superior.

No porque lo ame, sino porque su luz quema incluso en mis abismos.

… Los siglos son un bostezo para mí, y aun así ustedes los cuentan con tanta devoción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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