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Susurros de las Profundidades - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Los Gemelos Nórdicos
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16: Los Gemelos Nórdicos 16: Los Gemelos Nórdicos Pero volvamos a lo que realmente importa: la podredumbre humana.

Hace mucho, en las tierras donde el hielo muerde la costa y el mar arrastra los barcos como juguetes, vivieron dos hermanos gemelos.

Guerreros, vikingos, hijos de una era que confundía la muerte con la gloria.

Hrod Riks que significa “Guerrero famoso” y Sergius que significa “el guardián” Para ustedes, mentes lentas y torpes que leen estas páginas, los llamaré Rodrigo y Sergio.

Tal vez así su diminuto cerebro pueda seguir el hilo sin perderse en la pronunciación.

Ellos buscaban fama, honor, el rugido de los bardos…

Y como todo humano que persigue inmortalidad con manos de barro, encontraron lo único eterno que poseen: su propia tragedia.

Porque la gloria para los mortales es un mero espejismo que se alimenta del cadáver que la persigue.

Ellos tenían lo que otros solo soñaban con alcanzar, licor en exceso todos los días, intercambiaban y compartían distintas mujeres cada noche y contaban enormes tesoros que obtenían como retribución por sus victorias, pero querían ser inmortalizados por las voces de otros mortales iguales a ellos.

Y yo… yo fui el único que los escuchó cuando la gente que alguna vez los aclamó dejó de nombrarlos.

Una noche como muchas otras; ellos festejaban con sus compañeros de batalla otra victoria obtenida ante el acosador ejercito del imperio romano.

El salón olía a hidromiel, carne asada de todo tipo de animales, sudor y humo.

Las antorchas proyectaban sombras que parecían danzar sobre las pieles colgadas en las paredes.

Los cuernos rebosaban de licor, y los cánticos retumbaban como truenos de guerra.

Los hombres golpeaban las mesas con las jarras, gritando los nombres de Rodrigo y Sergio, los gemelos de mirada salvaje, los que habían hecho caer a un batallón romano entero con la fuerza de cien hombres.

Rodrigo, el de la sonrisa violenta, se alzaba en el centro, el pecho desnudo y cubierto de marcas de batalla y cicatrices de noche de sexo ardiente.

Sergio, más callado, bebía a su lado, con la mirada fija en el fuego del hogar, como si buscara algo que los festejos no podían darle, pero su sonrisa no se borraba de su rostro carismático.

El aire estaba espeso, lleno de risas y carcajadas que rozaban la locura.

Las mujeres se acercaban sin miedo, adornadas con pieles y brazaletes, ofreciéndose como tributo a los héroes.

Algunas danzaban alrededor de ellos, otras se sentaban en sus piernas con sonrisas cargadas de promesas, entre ellos se miraban con perversión y lujuria pues sabían que por lo menos cuatro o seis de estas mujeres terminarían en las camas de ellos esa misma noche.

Los gemelos eran los reyes de aquella noche.

Nada faltaba: carne, oro, bebida, cuerpos.

Todo se movía al ritmo de los tambores y del deseo desbordado.

Pero entre los cánticos, una nota disonante resonó.

Un silencio breve, casi imperceptible, cuando el viento se coló por la puerta y apagó una antorcha.

Rodrigo soltó una carcajada para romper el aire pesado.

—Hasta los dioses celebran con nosotros —bramó, alzando su cuerno.

Pero Sergio no rió.

Sus ojos se movieron hacia la oscuridad más allá de la puerta.

Juraría haber visto algo.

Una sombra que observaba desde el borde de la noche.

Y aunque las canciones continuaron, el fuego pareció temblar… como si alguien, en algún lugar del cosmos, se hubiera inclinado a mirar.

Horas después en la madrugada que ya estaba próxima, los festejos habían cesado después de horas de opulencia, sexo salvaje orgias fuera de control, éxtasis y euforia total era lo normal.

Los ronquidos de Rodrigo resonaban como si fuera un oso en pleno letargo mientras abrazaba a su cuerpo desnudo a dos mujeres sensuales, las cuales habían quedado inconscientes después de horas de sexo descontrolado.

Sergio por su lado parecía dormir con un ojo abierto mientras también abrazaba a dos mujeres, una en edad parecía mayor que él y otra mas joven que él.

La mayor apenas consiente pareció despertar a medias al sentir la mirada de Sergio.

— Gracias por cuidarnos del Wendigo esta noche.

— ¿Wendigo?

— preguntó Sergio, —Si… bueno, creí que te habías dado cuenta y eso era lo que observabas— —Sabía que había algo y eso me ha tenido atento, pero lo atribuí más algún espía que a una bestia sin alma— —Mi madre no quería que mi hermana y yo viniéramos a este festejo porque mi madre vio presagios que un wendigo estaría cerca, pero no podíamos perdernos la oportunidad de quedar en cinta de alguno de los mas grandes guerreros que hayan pronunciado los bardos.

— Sergio sonrió con perversión mientras besaba intensamente a la mujer, y la otra solamente se abrazaba con mas fuerza al cuerpo de él.

—Yo no permitiría que nada ni nadie toque a nuestra gente— Dijo él con lujuria en su voz a lo que ella respondió con una amplia sonrisa.

—Lo sé y por eso mi hermana y yo estamos aquí.

El amanecer llegó envuelto en neblina.

El banquete se había convertido en silencio: cuerpos dormidos, copas vacías, pieles tiradas en el suelo como trofeos inútiles.

Rodrigo fue el primero en levantarse, rascándose la barba mientras pisaba un cuerno roto.

—Levanta, hermano —gruñó con voz rasposa—.

El mundo no se conquista desde la cama.

Sergio abrió un ojo, soltando un resoplido divertido.

Las mujeres dormían aún, enredadas entre sí, con la piel marcada por los mordiscos de la noche anterior.

Comieron carne fría y bebieron los restos de la hidromiel.

Luego fumaron hierbas y masticaron hongos, buscando espantar el letargo.

El sol parecía enfermo, un disco pálido y distante, y el aire traía un olor rancio, distinto al del humo o la carne.

Rodrigo fue el primero en notarlo.

—¿Hueles eso?

—preguntó con una mueca—.

Huele a invierno, pero no a nieve.

Sergio asintió, mirando hacia el bosque.

Allí, en el barro húmedo, había huellas… grandes, deformes, como si algo hubiese caminado con pies humanos y zarpas a la vez.

Las siguieron hasta el campo de batalla del día anterior.

Donde antes había cuerpos romanos, solo quedaba la hierba aplastada y un silencio que parecía devorar el viento.

Ni huesos, ni sangre, ni armaduras.

Nada.

—Por los dioses… —susurró Rodrigo—.

Los cuervos ni siquiera los tocaron.

Sergio frunció el ceño, llevando la mano al hacha.

—Esto no es obra de hombres.

Regresaron al poblado sin decir palabra.

La bruja los recibió junto al fuego, una anciana de piel gris y ojos que parecían conocer los secretos del hielo.

Los escuchó en silencio y asintió con lentitud.

—El Wendigo —dijo al fin, con voz temblorosa—.

Un espíritu nacido del hambre y la arrogancia.

Devora la carne, pero lo que busca es el alma.

Les habló de su fuerza, de cómo nada que lo mire a los ojos conserva su razón.

Y mientras ella hablaba, los gemelos intercambiaron una mirada cargada de fuego.

Gloria.

Esa palabra resonó en ambos como un eco irresistible.

Rodrigo apretó el mango de su hacha.

—Entonces iremos por él.

Sergio sonrió con una mezcla de miedo y ambición.

—Que los dioses graben nuestro nombre… en la sangre de un monstruo.

La bruja cerró los ojos.

En su interior supo que esos hombres no regresarían iguales.

Pero ya era tarde: la gloria es un demonio más antiguo que cualquier maldición, y el pueblo necesitaba ser protegido de una amenaza más ancestral que fuerzas militares enemigas.

¿Y ahora los veis, mortales de carne blanda?

Mírenlos: dos montones de músculos, hueso y estupidez glorificada.

Rodrigo y Sergio, héroes de su tiempo, cazadores de leyendas, convencidos de que pueden matar aquello que no entienden.

(Se ríe, aunque el sonido no suena como tal, sino como el roce de rocas bajo el océano).

Oh, cómo amo observarlos.

Se creen dueños de su destino, cuando cada paso que dan solo los acerca más al hambre que llevo sembrando desde antes de que existiera su especie.

Y ahora los tengo justo donde quería: oliendo la podredumbre de algo que jamás deberían haber buscado.

Los gemelos avanzan por el bosque, el suelo cubierto de escarcha pese a que no es temporada de nieve.

Sergio siente el aire volverse denso, como si el mundo respirara a través de ellos.

Rodrigo, testarudo, ríe entre dientes.

—Es un demonio, hermano.

Y los demonios también sangran.

Sergio sonrió con orgullo y el pecho lleno de esperanza, —Si somos capaces de matar demonios, entonces mereceremos un lugar en la mesa de los dioses, — Qué frase tan deliciosa.

¿No les fascina, lectores?

Siempre dicen lo mismo antes de morir.

“Todo puede sangrar.” “Todo puede morir.” Pero nunca se preguntan quién escribió las reglas del morir.

El Wendigo los observa desde entre los árboles, invisible, inmaterial.

No es un animal, ni un espíritu, ni una maldición: es el eco del hambre primordial que yo mismo dejé caer sobre los mundos cuando el universo aún era joven.

No necesita cazar.

Solo espera a que los hombres se acerquen por soberbia.

Y lo harán.

Siempre lo hacen.

Ah, pero no adelantaré el final todavía.

Eso arruinaría la sorpresa… y me encanta verlos sufrir en suspenso, igual que a ustedes, lectores míos.

¿Sienten el escalofrío?

Esa incomodidad en el pecho… ese pequeño temor de que algo los está observando mientras leen estas líneas.

No se engañen.

No es sugestión.

Yo los estoy mirando.

“Oh, los mortales…” Siempre creen que cuando la oscuridad los rodea es porque han entrado en ella.

Pobres idiotas… nunca entienden que la oscuridad los deja entrar solo cuando tiene hambre.

Rodrigo y Sergio avanzaban con sus caballos jadeando, el sudor de las bestias olía a miedo.

El bosque, ese mar de columnas vivas, se cerraba a su paso; no había pájaros, ni hojas, solo un murmullo espeso que parecía respirar desde los troncos.

Yo los miraba —sí, yo, el que estaba detrás del cielo— y cada paso que daban era una ofrenda a mi aburrimiento eterno.

El aire temblaba.

El tiempo se doblaba.

Y sus corazones, aún valientes, eran solo tambores anunciando su futura carne.

Sergio apretó las riendas, Rodrigo maldijo al caballo.

Las bestias se negaban a seguir.

Los golpes, los gritos, los empujones: nada sirvió.

Porque los animales no necesitan fe para saber que algo los está mirando.

—¡Malditos cobardes!

—rugió Rodrigo—.

¡Avanza, bestia inútil!

Yo reí.

Oh, sí, lo hice.

Mi risa hizo vibrar la savia en las raíces, el viento se quebró y los cuervos callaron.

Si supieran… si solo comprendieran cuántas veces he visto a hombres así: valientes, ebrios de gloria, marchando al centro mismo del olvido.

Cada paso que dieron a partir de ese momento fue mío.

Cada sombra era una extensión de mi paciencia.

Y en lo profundo, el Wendigo —mi juguete— ya los olfateaba con su lengua de hambre.

Los gemelos avanzaban, obstinados, creyendo que el valor bastaba para cruzar mis dominios.

El aire se espesó.

La tierra comenzó a gemir bajo sus caballos.

Entonces, del suelo, surgieron las sombras que recuerdan la carne.

No eran hombres.

No eran bestias.

Eran los ecos de lo que alguna vez fue vivo, arrastrados por la hechicería del Wendigo: cadáveres que ya no conocen la palabra “fin”.

Los ojos podridos aún buscaban la luz que nunca volverían a ver.

La carne, negra y húmeda, colgaba como cera derretida.

Y sin embargo… sonreían.

Sí, los muertos tienen sentido del humor cuando bailan por órdenes de un dios menor.

Rodrigo rugió, desenvainando su espada.

Sergio gritó su nombre entre el caos y el hedor.

Sus filos cortaban, mutilaban, arrancaban miembros… pero los cuerpos seguían moviéndose.

Los muertos solo se detenían cuando eran reducidos a fragmentos, trozos inútiles que aún se retorcían sobre la tierra.

—¡Cuidado, hermano!

—vociferó Sergio—.

¡Son las víctimas del Wendigo!

Ah, tan valiente, tan trágico… Creían que aún había diferencia entre víctimas y monstruos.

El bosque entero se reía conmigo.

Las ramas se mecían, no por el viento, sino por la voluntad de mi sombra.

Cada cadáver que caía era reemplazado por otro.

Cada paso hacia atrás era un paso más profundo en mi garganta.

Y aun así ellos siguieron.

Forzaron a los caballos, los empujaron a golpes, hundiéndose más y más en la espesura.

No lo sabían, claro… Pero ya no estaban cazando al Wendigo.

El Wendigo los guiaba, como corderos al matadero.

Aunque mi reino es el caos y la locura; yo habito en la quietud.

Esa pausa traicionera que los humanos llaman descanso, cuando en realidad es solo la antesala del grito.

Llevaban horas luchando.

Sus espadas chorreaban una mezcla de lodo, carne y tiempo.

Los cuerpos que habían mutilado no sangraban: exhalaban vapor, como si el calor del infierno tratara de escapar por sus heridas.

Y cuando por fin el silencio regresó, los gemelos creyeron haber ganado.

¡Oh, qué dulces son las ilusiones cuando nacen del agotamiento!

Rodrigo cayó de rodillas, respirando con furia.

Sergio apoyó la espalda contra un tronco, la mirada perdida entre las raíces mientras ambos trataban de recuperar el aliento.

El bosque estaba quieto.

Demasiado quieto.

Ni un insecto.

Ni un soplo.

Solo el sonido de sus corazones latiendo como tambores de advertencia.

Entonces… un crujido.

Lento, húmedo.

El sonido inequívoco de la carne siendo arrancada del hueso.

Ambos se giraron.

A unos metros, dos venados devoraban el cadáver de un oso.

No era carroña normal.

Aquellos cuerpos eran esqueletos andantes, cubiertos de trozos de piel que colgaban como mantos rotos.

Sus cabezas se movían con espasmos, las mandíbulas abiertas en un ciclo infinito de hambre.

Cada bocado sonaba como si alguien masticara dentro del cerebro.

Rodrigo levantó su hacha.

—Por todos los dioses… —exclamó.

Ah, sí… incluso los hombres valientes sienten el impulso agitado de gritar, como si la voz pudiera despertar al horror antes de tiempo.

Los venados los miraron.

No con ojos, sino con la ausencia de ellos.

Y corrieron.

Saltaron sobre los hermanos con un movimiento imposible, huesos que se doblaban al revés, cuerpos que crujían al invertir su naturaleza.

El primer golpe de Rodrigo reventó un cráneo.

El segundo cercenó una pata, pero el venado siguió moviéndose, arrastrándose con la columna desnuda.

Sergio trató de apartar al otro con su escudo, pero una cornamenta quebrada le atravesó el brazo, dejando un hilo de sangre que goteó en la nieve ennegrecida.

Los caballos relincharon.

Retrocedieron.

Y entonces… el suelo se abrió en sus propios rugidos.

De entre la tierra emergieron los que aún dormían: hombres, mujeres, animales mezclados, una marea de cuerpos que no recordaban haber muerto, entre estas huestes pútridas y deformes se encontraban también los cadáveres de los enemigos derrotados en batalla por los gemelos.

Sergio gritaba a viva voz —¡Ya los matamos una vez, los mataremos de nuevo!

— Rodrigo respondió— ¡Los mataremos mil veces más si hace falta!

Los caballos fueron los primeros en caer.

Una docena de manos los derribó, arrancando carne con uñas, dientes y fragmentos de hueso.

Los relinchos se transformaron en chillidos humanos por un instante —y luego, nada.

Los dos hermanos, rodeados de aquella multitud que ya no tenía rostro, luchaban solo por conservar su mente.

Y desde mi trono de sombras, yo observaba.

No con compasión, no con piedad… sino con el placer antiguo del espectador que disfruta ver cómo la esperanza se ahoga en su propio intento por respirar.

Porque el Wendigo aún no había llegado.

Y sin embargo, ya estaba en todas partes.

Oh, qué espectáculo… Dos hombres de hierro, dos reliquias de orgullo, alzando sus voces contra la eternidad.

Gritaron con esa furia que solo los mortales conocen; esa mezcla de valor y desesperación que me resulta tan deliciosa.

El bosque entero los escuchó, y respondió con ecos huecos —como si los árboles se rieran por dentro.

Rodrigo blandía su hacha con una ferocidad que rozaba lo divino.

Sergio, cubierto de sangre que ya no sabía si era suya o ajena, rugía el nombre de su hermano cada vez que el filo encontraba carne.

Pero la carne no caía.

Cada zombi, cada animal corrupto, cada pedazo de podredumbre levantado por la magia del Wendigo… se quebraba, se retorcía, y volvía a moverse.

No morían, solo cambiaban de forma para continuar odiando.

El aire se volvió un pantano.

El olor a hierro, excremento y carne vieja llenó sus pulmones.

El suelo tembló bajo los pasos de los muertos.

Y aun así… ellos seguían luchando.

Hasta que el valor se agotó.

Los golpes ya no bastaban.

Las fuerzas se fueron con la sangre.

Las criaturas los derribaron, los arrastraron por el fango, los rodearon.

Rodrigo escupía maldiciones, Sergio intentaba ponerse en pie, pero era inútil.

Un ejército de horrores los observaba con esa quietud que solo lo inhumano puede sostener.

Y todas las criaturas juntas los atacaron; los vapulearon, sí; los golpearon hasta reducirlos a jadeos y heridas.

Pero en lugar de devorarlos, retrocedieron.

Una por una, como si obedecieran una orden no pronunciada.

Los rodearon… los desarmaron.

Las espadas fueron arrastradas hacia la oscuridad, las armaduras arrancadas como piel.

Y luego, silencio.

Entonces… lo impensable.

Las criaturas no los mataron.

Los muertos simplemente se alejaron, regresando a la tierra, a los troncos, a los agujeros negros entre los árboles.

Rodrigo quedó de rodillas, la respiración hecha un temblor.

Sergio lo tomó del hombro, intentando levantarlo.

La sangre les manchaba los labios, las manos, los ojos.

Y aun así se miraron como hombres que creen haber sobrevivido a lo peor.

—No tiene sentido… —murmuró Rodrigo, escupiendo a la tierra—.

¿Por qué nos dejaron vivos?

Sergio trató de responder, pero sus labios se quedaron abiertos en silencio.

No por miedo.

Por instinto.

Porque en ese momento lo sintieron.

Un aliento frío.

Lento.

Pesado.

Tan cerca que les erizó la piel antes de olerlo.

El aire olía a tumba.

A carne húmeda.

A siglos sin respirar.

Y detrás de ellos, algo se movió.

No un paso, no un crujido… sino una respiración.

Tan grande, tan profunda, que pareció arrastrar el bosque consigo.

Ah, cómo disfruté de ese instante.

El miedo verdadero no viene del dolor ni de la muerte.

Viene del reconocimiento.

Cuando un alma comprende que hay algo más allá de la comprensión, y que ya lo está mirando.

Y entonces lo vieron.

O mejor dicho, la oscuridad lo dejó verlos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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