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Susurros de las Profundidades - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 El amargo sabor de la gloria
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17: El amargo sabor de la gloria 17: El amargo sabor de la gloria Y entonces lo vieron.

O mejor dicho, la oscuridad lo dejó verlos.

De entre la niebla, surgió una figura que no debía existir.

Altísima.

Retorcida como encarnando la maldad de la naturaleza.

Su cuerpo era músculo y sombra, cubierto de pelaje ennegrecido que absorbía la poca luz que quedaba.

Su figura era humanoide.

Y en lo alto, donde debería haber un rostro, cernía un cráneo de alce —enorme, resquebrajado, con los cuernos de ciervo como lanzas talladas por siglos de invierno.

Sus ojos eran pozos vacíos.

Pero dentro de ellos había algo vivo.

Algo que no parpadeaba.

Sus patas eran pezuñas de reno .

El aliento que los había hecho girar ahora los envolvía: un aire tan frío que dolía respirarlo, con el hedor de la carne congelada y podrida al mismo tiempo.

Rodrigo alzó su puño, aún sangrando.

Sergio retrocedió un paso, intentando buscar su espada inexistente.

Y fue entonces cuando la criatura habló.

—¿Planeaban matarme a mí…?

—la voz sonó como si un glaciar se quebrara por dentro del bosque.

No provenía de su boca, sino de todas partes a la vez, como si la bestia y el bosque compartieran un mismo espíritu.

—Ni siquiera pudieron superar a mis esclavos.

Los gemelos se quedaron inmóviles.

El suelo pareció temblar con cada palabra.

La carcajada del Wendigo resonó en sus costillas.

Era una risa hueca, sin aire, que retumbaba en ese tórax de lobo antropomórfico .

—Pero no se preocupen —continuó—.

El juego… aún no termina.

La criatura se inclinó hacia ellos, su cráneo casi rozando la tierra.

Los observó con la curiosidad que un niño tendría ante un insecto atrapado.

Sus garras, largas semejantes a zarpas de oso y afiladas como cuchillas, se movían con la gracia de un depredador que sabía que nada podía escaparle.

—Corran —susurró.

Un susurro tan bajo que el bosque entero pareció escucharlo.

—Corran, guerreros.

Demuéstrenme si su gloria puede vencer al hambre.

Y con un movimiento apenas perceptible, el Wendigo retrocedió.

Sus patas se hundieron en la nieve y la tierra, sus cuernos se perdieron entre la niebla, y sus ojos —dos brasas negras— quedaron fijos en ellos.

Rodrigo tomó a Sergio del brazo.

Ambos sabían que lo que fuera que los miraba no los iba a matar rápido.

Era una cacería.

Una diversión.

Detrás de ellos, las sombras del bosque se alzaron otra vez.

El juego había comenzado.

Y el Wendigo, entre carcajadas de hielo, los dejó correr… solo para saborear el miedo que aún no habían tenido tiempo de sentir.

Ah… los dioses superiores callan, pero yo hablo por ellos.

Y lo que digo ahora no es una historia: es un espectáculo.

El bosque es mi escenario, la niebla mi telón, y los gemelos… mis actores favoritos.

Rodrigo y Sergio corren.

No como guerreros, sino como bestias heridas.

La nieve se abre bajo sus pies, mezclada con barro, con sangre, con la espuma que sale de sus bocas abiertas buscando aire.

El Wendigo los sigue sin correr, sin prisa, porque lo eterno no necesita apresurarse.

El bosque mismo parece estirarse para observarlos.

Los árboles se inclinan como columnas en un anfiteatro, y los cuervos —mis músicos— graznan el ritmo de la persecución.

El suelo vibra.

La respiración de los hermanos se convierte en percusión.

Cada jadeo, cada tropiezo, es una nota más en la sinfonía del terror.

Oh, cómo disfruto de esto… ¿Lo sienten?

¿Esa presión en el pecho?

No es miedo, es adoración.

Están viendo lo que los dioses ven cuando se aburren del cielo.

Sergio cae.

El fango lo traga hasta la cintura.

Rodrigo intenta levantarlo, pero la oscuridad lo rodea: no hay arriba, ni abajo, solo un frío que muerde los huesos.

Y entonces lo oyen.

Sino una carcajada hecha de viento.

El Wendigo desaparece y aparece entre los árboles, como si el bosque fuera su piel.

Cada parpadeo es un cambio de lugar.

Cada mirada perdida, un salto del infierno a la espalda.

Rodrigo grita, más por orgullo que por esperanza: —¡Muéstrate, maldita bestia!

Y el Wendigo se manifiesta.

De pronto está frente a ellos.

Tan cerca que podrían oler el hedor de su hambre.

El cráneo del alce inclina la cabeza, los cuernos se entrelazan con las ramas, y de su pecho abierto se escapa una respiración que sabe a tumba recién abierta.

—¿Dónde está su gloria?

—susurra.

La voz no retumba… susurra dentro de ellos.

Sergio siente el eco en el estómago.

Rodrigo, en el corazón.

Yo, en todas partes.

Corren otra vez.

Pero el bosque ya no es bosque.

Los árboles se mueven, cambian de sitio, los caminos se doblan como si el espacio estuviera bromeando.

Cada vez que giran, vuelven al mismo punto.

Cada huida termina donde comenzó.

La ironía: los hombres que cazaban ahora son los cazados, y su propio valor es la cuerda que los ata a la muerte.

El Wendigo los sigue jugando.

Arranca cortezas con sus garras, lanza pedazos de carne vieja contra los troncos.

Deja rastros falsos, huellas dobles, susurra con las voces de los muertos que ellos mataron.

Rodrigo se quiebra.

Se golpea el pecho.

Grita los nombres de los dioses.

Sergio intenta rezar, pero cada palabra se congela antes de salir de su boca.

El bosque ríe conmigo.

La luna se esconde, el aire se detiene.

Y en el momento en que creen haber escapado, el Wendigo los deja ver… su sonrisa.

No tiene labios, pero la forma en que abre el cráneo basta.

Dentro del hueco de su rostro, algo se mueve.

Algo que no debería existir.

Una lengua larga, hecha de sombras, que se agita con el mismo pulso que sus corazones.

Y yo —su espectador eterno— me inclino en mi trono de oscuridad, saboreando el clímax.

Porque el miedo humano… es el único arte que nunca pasa de moda.

Ah… llegó el momento que tanto esperaba.

El punto donde la valentía se desgarra y el alma pide clemencia.

Miren, mírenlos bien, dioses y gusanos por igual: esto es lo que llaman “gloria”.

El Wendigo los alcanzó sin correr.

Una sombra entre sombras.

Un susurro de hueso que se hizo carne detrás de ellos.

Rodrigo giró primero —demasiado tarde—.

Un rugido heló la sangre.

El aire se contrajo… y entonces el crujido.

Los colmillos del Wendigo se cerraron sobre su pierna con la fuerza de un colapso estelar.

El hueso se partió como rama seca.

La carne se abrió en una flor grotesca de sangre caliente sobre la nieve.

Rodrigo gritó —¡por todos los dioses!—, pero ni siquiera los dioses quisieron escucharlo.

El monstruo lo levantó con una sola mano, como si fuera un muñeco hecho de tela y gritos.

Lo sacudió de un lado a otro, y cada movimiento arrancaba un nuevo alarido.

El cuerpo golpeaba los árboles, quebrando ramas, mientras su sangre dibujaba un arco de vapor en el aire frío.

—¡Rodrigo!

—rugió Sergio, corriendo hacia él.

Sus botas se hundieron en el barro espeso, las lágrimas mezcladas con sudor y desesperación.

Levantó una lanza rota, un pedazo de asta con punta de flecha, y lo hundió una, dos, tres, diez veces en el costado del monstruo.

Nada.

El Wendigo ni siquiera lo miró.

Su piel se cerraba sobre las heridas como si el cosmos lo odiara menos que a los mortales.

Rodrigo colgaba, gritando entre estertores, el cuerpo girando en el aire mientras la bestia lo blandía como si quisiera mostrar su trofeo al bosque.

Los árboles callaron.

El viento dejó de moverse.

Solo se oía el crujir del hueso y el sonido húmedo de la vida escapando.

Sergio volvió a atacar, sus golpes eran puro instinto, pura locura.

El Wendigo lo observó… y se rió.

No con voz, sino con un sonido gutural que vibró en el suelo.

Como si la tierra misma se burlara de su esfuerzo.

El monstruo lo empujó.

Sergio voló varios metros, rodando hasta chocar contra una piedra.

El aire le abandonó el pecho, su visión se fragmentó en manchas rojas.

Aun así, se arrastró hacia su hermano.

—¡Rodrigo…!

—jadeó—.

¡Aguanta, hermano!

Rodrigo no respondió.

Su pierna estaba sumamente dañada, y su rostro era un mapa de dolor y miedo puro.

El Wendigo lo dejó caer.

No por misericordia, sino por aburrimiento.

Mientras el dios cósmico narraba ; el fuego crepitaba con un ritmo anómalo, como si respirara.

En el centro del círculo, uno de los ojos abiertos de Cthulhu se clavó en Ethan.

No parpadeó; solo lo observó, como un abismo que decide mirar de regreso, su mirada lo envolvía como la luz de la luna cubre un objeto en tinieblas.

El muchacho no podía moverse.

Sus labios temblaban, su garganta se cerraba con un gemido que no terminaba de salir.

Era una mirada tan vasta que parecía llenar el aire con peso, como si el universo hubiera recordado que él era mortal.

Samuel notó el cambio.

El fuego ya no proyectaba sombras, las devoraba.

Ethan tiritaba sin motivo visible, y la piel de su rostro parecía marchitarse bajo una luz que no venía del fuego.

Fue entonces que Samuel se levantó, empuñando su crucifijo con manos temblorosas.

Su voz, trémula, se rompía entre cada palabra, aun así plantó cara a la deidad con oración y fé.

Su aliento se convirtió en vapor.

El silencio cayó con el peso de una lápida.

Durante un instante, todo pareció congelarse: el aire, el fuego, el sonido.

Hasta los latidos de los presentes se detuvieron, como si el universo contuviera la respiración ante un acto que osaba desafiarlo, Cthulhu no interrumpió el acto del chico, simplemente detuvo su historia y le observó con una curiosidad fuera de este universo.

Entonces, la cruz se encendió.

Primero fue un brillo dorado, hermoso.

Después, un resplandor blanco.

Y en un parpadeo, el fuego se tornó carmesí.

El metal comenzó a derretirse sobre la palma de Samuel, pegándose a su piel.

El olor a carne quemada se mezcló con el del incienso y la sangre vieja.

El joven gritó, pero sus dedos se negaban a soltar el crucifijo, como si la fe lo hubiera encadenado a su propia condena.

El fuego no consumía madera, consumía significado.

Las llamas se movían con forma de serpiente, trepando por su brazo, dejando tras de sí una piel agrietada que parecía de piedra.

El crucifijo cayó al suelo… aún ardiendo, aún vivo.

Samuel se derrumbó de rodillas.

Lloraba sin lágrimas, la mirada perdida en el vacío, murmurando entre dientes palabras que ya no tenían idioma.

El fuego pareció reír.

Una voz emergió, grave y serena, como un trueno contenido bajo el mar.

—No tienes la fe suficiente —dijo Cthulhu, y las brasas respondieron a su tono con destellos púrpura—.

Crees en tu Dios como quien repite una historia… pero no como quien ha visto su rostro.

Y tu cruz… —una sombra violeta se movió dentro de las llamas— no soporta el peso de lo que desafía, pues no es el objeto lo que purifica, si no su vínculo con una fuerza superior, pero la fé es el puente para tal acto; fé que no posees.

El aire vibró, distorsionado.

Por un instante, el fuego adoptó forma humana: una silueta crucificada que se deshacía en cenizas.

Cthulhu guardó silencio, y entonces su voz volvió, más baja, más profunda, como si hablara desde los cimientos de la tierra.

—En otro universo —susurró— existe una tierra llamada Nelyrion.

Allí, la Luz regaló armas a sus siervos.

Espadas de virtud, escudos de fe, tronos de esperanza… Creyeron que podían enfrentar la oscuridad con actos de amor y sacrificios.

Un suspiro recorrió la habitación; las llamas bajaron, frías, azules.

—Ridículos cuentos de hadas —continuó hablando, se reclinaba para adelante mientras su enorme rostro se acercaba a los chicos y cada uno de sus ojos miraba fijamente a los ojos a cada uno de los jóvenes—.

Qué lástima que en este universo la Luz no haya hecho un regalo tan generoso.

El fuego estalló, y las sombras regresaron a sus formas.

Ethan cayó al suelo, temblando; Samuel respiraba con dificultad, la mano convertida en una cicatriz viva.

Y mientras todos trataban de entender qué acababa de ocurrir, el ente simplemente se acomodó en su asiento dentro del fuego, con una sonrisa de satisfacción indescriptible mientras simplemente se dedicó a continuar con su historia.

—¿Ya terminó la diversión?

—susurré desde el fondo del cosmos.

Porque lo mío no es el silencio, sino la música del sufrimiento.

El Wendigo los rodeó.

Su sombra se alargaba sobre ellos, cayendo como una noche que no promete amanecer.

Sus ojos brillaban con un resplandor enfermo, como carbones que saben que pronto arderán de nuevo.

Y allí… en ese instante suspendido, no hubo héroes, ni gloria, ni dioses.

Solo el ruido húmedo del miedo hecho carne.

El silencio tras la risa del Wendigo fue absoluto.

Un vacío que ninguno mortales se atreven a respirar.

Rodrigo y Sergio yacían sobre la nieve negra, el aire denso, el dolor latiendo como una campana invisible.

Entonces el cielo se abrió.

No con sutileza, sino con un desgarrón de luz.

Un hilo dorado atravesó las nubes como si alguien rasgara el tejido del mundo.

Del resquicio emanó un brillo cálido y arrogante, un perfume de eternidad y fuego.

Y de ese resplandor, descendió ella.

Freya.

“La Patética Señora de las Valkirias”.

La que llora por los héroes caídos y ríe cuando los dioses sangran.

Sus pies no tocaron el suelo: flotó sobre la línea entre la vida y la muerte.

Su manto era un río de luz que se deshacía en polvo, sus ojos dos lunas llenas de desprecio.

Miró a los hermanos con una mezcla de ternura y aburrimiento, y luego al Wendigo, que rugía desde las sombras, encolerizado por esa luz que lo hería.

—Qué espectáculo más ridículo —dijo ella, su voz resonando como una melodía rota—.

Los hijos de la tierra peleando por sobrevivir… Los dioses menores, saboreando su dolor… Y yo, aburrida de ambos.

Alzó una mano.

Dos lanzas descendieron desde el cielo, hundiéndose en la nieve a los pies de los gemelos.

El metal ardía con runas vivas, una energía divina que hacía vibrar el aire.

—No es caridad —añadió ella, sin mirarles—.

Solo quiero ver si todavía existe algo digno de cantar en este miserable mundo.

Y desapareció.

Ni luz, ni sonido, solo la certeza de que su presencia había sido un capricho.

Ella simplemente actuó con el único propósito de desafiar mis designios.

Sergio fue el primero en moverse.

Sus dedos, temblando, se aferraron al asta de la lanza.

El calor divino le recorrió el brazo, y por un instante, creyó escuchar voces femeninas cantando su nombre.

A su lado, Rodrigo se arrastraba, su pierna destrozada dejando un rastro carmesí en la nieve.

Alcanzó la segunda lanza y la sostuvo con ambas manos, el dolor transformado en furia, en fe, en una chispa de gloria que ni el infierno podría apagar.

El Wendigo rugió.

Su cuerpo ennegrecido ardía con reflejos rojos, sus garras abrieron surcos en el suelo.

El aire se torció, y el frío se hizo tan intenso que la piel comenzó a cuartearse.

Sergio cargó primero.

La lanza atravesó la penumbra y rasgó la carne del monstruo, un destello de luz divina iluminó el bosque.

El grito del Wendigo no fue de dolor, sino de furia: sus brazos lo golpearon con la fuerza de una avalancha, lanzándolo varios metros contra un árbol.

Rodrigo, jadeando, se incorporó.

El hueso roto sobresalía bajo la piel, pero el brillo de la lanza lo mantenía en pie.

Avanzó cojeando, gritando con un rugido que mezclaba guerra y agonía.

Golpeó.

Una y otra vez.

El Wendigo retrocedió, su carne chispeando con luz dorada.

Sergio regresó a la carga, los ojos encendidos por la fe.

Las lanzas se cruzaron.

Uno por la izquierda, el otro por la derecha.

Un movimiento imposible de ensayar, nacido del instinto de hermanos.

El Wendigo los tomó a ambos por el cuello, levantándolos del suelo, y su aliento helado se mezcló con la luz de las armas.

—¡No son más que carne…!

—rugió la criatura.

—¡Y tú no eres más que hambre!

—respondió Sergio.

Y con un grito que partió el bosque, hundió la lanza divina en el pecho del monstruo.

El estallido fue ensordecedor.

Un torrente de fuego dorado y sombras negras se mezcló, el aire ardió, la nieve se evaporó al instante.

El Wendigo se arqueó, sus cuernos se partieron, y su cuerpo comenzó a derrumbarse en ceniza y humo.

Rodrigo cayó de rodillas, Sergio lo sostuvo antes de desplomarse también.

Ambos jadeaban, cubiertos de sangre y luz.

Yo los miraba, desde mi trono en la oscuridad, y a pesar que odio que los dioses patéticos se inmiscuyan en mis asuntos, sonreía.

Porque aunque habían ganado, yo sabía la verdad que ellos aún no comprendían: Nadie puede romper uno de mis juguetes sin pagar las consecuencias.

El viento soplaba como si el bosque se burlara de ellos.

Rodrigo y Sergio caminaban tambaleando, apoyándose uno en el otro, riendo entre jadeos.

El olor a muerte los seguía como un perro fiel, pero ellos aún trataban de creer que volverían al hogar.

—¿Te imaginas, hermano?

—dijo Rodrigo entre carcajadas roncas—.

Una jarra de hidromiel, y la hija de Olaf esperándonos con las piernas abiertas.

—Pff… —Sergio escupió al suelo—.

Me conformo con la esposa de Olaf.

Siempre me guiñaba el ojo cuando ibas a la fragua.

Rieron.

Rieron tan fuerte que el eco sonó como un lamento.

Era risa de hombres rotos, el tipo que solo suena cuando el alma se está desmoronando.

—Las doncellas del pueblo harán fila para que las embaracemos— Dijo Rodrigo.

—Los bardos cantarán nuestra historia hasta el final de los tiempos— El hambre los quemaba desde dentro.

Sergio masticaba aire, como si su mandíbula buscara carne imaginaria.

Rodrigo se aferraba a su lanza como a un trozo de cordura.

—Cuando volvamos —dijo Sergio—, voy a beber hasta olvidar este maldito bosque.

—Y yo —respondió Rodrigo—, hasta olvidar tu cara.

Los dos se rieron otra vez.

Pero esta vez, el sonido fue corto, nervioso.

Las risas se deshicieron en tos, la tos en silencio.

Y en el silencio, solo quedó el crujido del hielo bajo sus pasos.

Rodrigo se detuvo, respirando con dificultad.

El mundo giraba.

—Hermano… —dijo, con una voz que ya no era suya—.

Tengo hambre.

Sergio lo miró.

Por un instante, lo vio tal como era: su reflejo.

El mismo rostro, la misma mirada, la misma sangre.

Y luego vio algo más.

Algo que brillaba en la carne, una chispa, un pulso.

El aire se espesó.

El hambre se volvió un rugido.

—No me mires así —gruñó Rodrigo.

Sergio no respondió.

Sus manos temblaban, pero no por frío.

Era otra cosa.

Algo más antiguo.

Más profundo.

—Sergio… —repitió Rodrigo, mientras continuaba caminando.

— Siento, como si no hubiera comido en semanas… —Cuando lleguemos… podremos comer… beber…yo… también muero de hambre— Rodrigo se sujetó el estómago pues el hambre ya dolía desde el interior de sus entrañas, —Tengo tanta hambre que hasta la carcasa que quedó de nuestros caballos me parecería apetitosa— Repentinamente, Sergio derribó a Rodrigo y hundió frenéticamente sus dientes en su cuello.

Sus manos con urgencia abrían el vientre de su gemelo, sus frías manos se entibiaron con la cálida sangre que gorgoteaba.

Rodrigo aún estaba vivo y casi consiente mientras todo ocurría, su mente en pánico trataba de bloquear lo que ocurría en la realidad llenando su mente de recuerdos dulces de la infancia con su hermano, mientras moría.

Solo se escuchaba el corazón de Sergio, latiendo tan fuerte que parecía una percusión divina.

“El hambre es la oración más sincera del universo.

No necesita palabras, solo acción.

Y los dioses, como yo, respondemos siempre al más hambriento.” Lo demás fue ruido, respiración, y la lenta fractura de una mente, los ojos de Sergio lloraban con locura, su mente era consciente de lo que hacía pero su cuerpo parecía actuar por su propia cuenta mientras devoraba a su alma gemela.

Cuando el silencio regresó, ya no había dos.

Solo uno.

Y ese uno no era humano.

El aire olía a nacimiento, a pecado, a carne transformándose.

Los árboles inclinaron sus ramas.

“Así nace un mito.

Así se honra a un mortal, llevándole más allá de su naturaleza.” Sergio, se convirtió en el reemplazo para mi juguete, perdió su humanidad y a su hermano gemelo; pero obtuvo lo que siempre quiso, su historia seria contada por miles de años, incluso por los dioses.

el tiempo.

absurda con la que los humanos atan su existencia, creyendo que mide algo más que su propia descomposición.

Para mí, los siglos no son más que respiraciones entre pensamientos.

Pero para él, para el nuevo Wendigo… cada siglo fue una herida abierta.

Sergio —o lo que quedaba de ese nombre— caminó entre eras.

Su hambre se volvió leyenda.

Los bosques que antes conocían su risa ahora conocían su rugido.

Ninguna aldea podía dormir sin sentir su sombra; ningún ejército cruzaba las fronteras del norte sin escuchar el eco de su paso.

Los romanos… ah, esos pobres constructos de mármol y soberbia.

Creyeron que su acero bastaría para cortar el miedo.

Yo los vi marchar bajo sus estandartes, con sus dioses diminutos y sus corazones inflados.

Y también los vi huir, deshechos, mientras el Wendigo los desmenuzaba entre los árboles.

Una bestia bajo mi mano, un apóstol del caos.

Una plegaria respondida a fuerza de gritos.

Durante siglos, él sirvió a mi voluntad.

Su hambre era mi altar, su rugido mi salmo.

Los dioses menores callaban cuando su sombra cruzaba los campos, y hasta los cuervos sabían que no debían posarse donde él respiraba.

Y sin embargo… incluso en medio del festín interminable, aún lloraba.

Sí, lo hacía.

Lloraba con una voz que ya no era humana, pero cuyo dolor traspasaba los límites del alma.

Lloraba el nombre de su hermano.

Cada luna nueva, su llanto estremecía las raíces del mundo, y los hombres lo confundían con el viento.

Qué ironía más deliciosa: un monstruo que aterra al mundo entero, lamentando un solo cuerpo que no pudo dejar de amar.

Pasaron los siglos.

Y un día, como toda historia que el hombre teme pero desea entender, llegaron los inquisidores.

Con cruces, fuego y esa fe absurda que tanto me divierte.

Yo no los detuve; el espectáculo prometía ser exquisito.

Lo encontraron en las ruinas del bosque que lo vio nacer.

Aullaba bajo la nieve, retorcido por su propio llanto.

Ellos creyeron matarlo, pero lo que realmente hicieron fue sellar un ciclo.

El fuego consumió su cuerpo, sí… pero el hambre, esa no muere.

El hambre es una idea.

Y las ideas, cuando me pertenecen, se propagan como peste en la mente de los hombres.

Creen que pueden hacer un cambio contra lo divino, pero la verdad es que simplemente disfruté del espectáculo que brindó el Wendigo bajo mi marca.

Cuando Cthulhu terminó de hablar; el fuego se contrajo sobre sí mismo, dejando tras de sí solo un resplandor moribundo.

Los muchachos se quedaron inmóviles, incapaces de procesar la magnitud de lo escuchado.

Sus mentes ya no eran suyas; se habían llenado de ecos que no les pertenecían.

Entonces, la voz habló una vez más, sin emoción… sin compasión.

—Pueden irse.

Llamen a sus familias… quizás aún tengan tiempo para despedirse antes de que comprendan lo que realmente son.

La frase quedó suspendida como una sentencia.

No hubo despedida, ni bendición, ni misericordia.

Solo un permiso.

Un permiso temporal, otorgado para prolongar el miedo.

Salieron del lugar tambaleándose, sombras humanas arrastradas por un cansancio que no era físico, sino existencial.

El camino de regreso fue una lenta procesión de silencio.

Las luces de los autos parecían flotar en la oscuridad como luciérnagas moribundas.

Nadie habló.

¿Qué palabras pueden sobrevivir cuando ya no se cree en la palabra?

Ethan lloró.

Fiona trató de rezar, pero las oraciones le sabían a polvo.

Samuel miró sus manos vendadas y pensó que su cruz seguía ardiendo, solo que ahora el fuego venía desde adentro.

Y cuando la última de aquellas criaturas humanas desapareció, el fuego volvió a encenderse por sí solo.

Cthulhu observó el vacío que habían dejado.

Luego, con una calma grotesca, desvió su atención hacia otro punto: el lector.

—Ustedes… —susurró.

El sonido fue un roce en la nuca, una caricia que dolía—.

Sí, ustedes, pequeños desgraciados; voyeurs del horror.

Han leído todo esto creyendo que la historia termina en otros.

Se equivocan.

Una pausa, larga, casi compasiva.

Después, el tono cambió.

—Ya fue suficiente por hoy.

Su frágil cerebro, tan orgulloso de su raciocinio, ya gotea miedo entre sus grietas.

Cierren este libro maldito antes de que empiece a leerlos a ustedes.

Haz algo útil con esa masa blanda que llamas cuerpo.

Muévanse.

Hagan ejercicio.

Tal vez así dejes de lamentarte tanto por tu falta de energía.

O no lo hagan, sigan sentados… engordando en tus propios pensamientos.

Es lo que mejor saben hacer los mortales: quejarse y pudrirse con dignidad.

Un ligero temblor recorrió las páginas; el texto parecía respirar.

—Y díganme… —continuó, conteniendo la risa en su voz —, ¿cuándo fue la última vez que abrazaron a su pareja y le dieron las gracias por soportarlos?

Ah, claro… olvidé que los humanos solo aman cuando creen que alguien los observa.

Vayan, ando ahora mismo.

Quizás por unos segundos crean que su vida tiene sentido.

El fuego se volvió azul, hermoso, casi sagrado.

Cthulhu pareció suspirar, satisfecho con su propia crueldad.

—Vete ahora, lector.

Deja este libro lleno de letras malditas, sal al mundo.

Mira el cielo y finge que respiras aire puro para olvidar tus penas.

Y cuando regreses… yo seguiré aquí, esperándote entre líneas.

Se muy bien que volverás, tienes 24 horas para despejar tu mente de la obscuridad que reside aquí El fuego se apagó definitivamente.

Solo quedó el eco de una voz que parecía reírse con perversión mientras la deidad de la locura regresaba a su propio plano existencial en el mundo onírico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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