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Susurros de las Profundidades - Capítulo 18

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18: Un tribunal cósmico 18: Un tribunal cósmico El fuego del salón volvió a encenderse, como si hubiera pasado solo un parpadeo desde la última vez que habló.

Y sin embargo, el aire… era distinto.

La voz del dios no llegó de inmediato.

Solo un murmullo, un sonido de fondo: el roce de pensamientos que no pertenecían a este mundo.

—Ah… ya están aquí otra vez —dijo Cthulhu con una calma ausente—.

Veinticuatro horas… para olvidar lo que vieron.

Qué lentos son los cerebros humanos.

Pero su tono no era el mismo.

No hablaba directamente a sus visitas nada más; hablaba entre otras voces.

Parecía estar atendiendo algo más, una conversación que se desarrollaba en planos que no podían coexistir en la mente humana.

Detrás de él, el gran salón se agitaba.

Las columnas de obsidiana estaban cubiertas por líquenes que destellaban en tonos turquesa, y del techo colgaban lámparas hechas con esqueletos de peces abisales.

Sirenas de belleza enfermiza corrían descalzas, dejando rastros de agua y escamas que brillaban con cada paso.

Sus cuerpos, mitad carne y mitad coral, se inclinaban reverentes ante su amo.

Llevaban objetos envueltos en membranas translúcidas, reliquias que goteaban luz como sangre líquida.

Cthulhu las recibía con una multitud de tentáculos que surgían de su trono como raíces vivas, absorbía cada artefacto en su cuerpo como si lo disolviera en su conciencia.

Mientras tanto, seguía murmurando… pero no se sabía con quién.

—Sí… sí, lo sé —respondió a algo que nadie más escuchaba—.

No, no son dignos aún… pero miran, y eso los alimenta.

Oh, ¿crees que pueden entenderte?

Qué gracioso… Uno de los tentáculos se agitó y partió el aire como un látigo.

Una sirena chilló en una lengua imposible; su canto sonó como el cristal rompiéndose bajo el agua.

Cthulhu ni siquiera la miró.

—Disculpen, —dijo de pronto, casi distraído, con una cortesía tan falsa que dolía—.

Los asuntos del abismo no se detienen, ni siquiera para su débil curiosidad.

El fuego que iluminaba el salón comenzó a inclinarse hacia un solo punto, como si el espacio mismo estuviera respirando.

Las criaturas marinas continuaban moviéndose, apilando grimorios, sellos, máscaras, corazones fosilizados.

Todo era preparado para algo.

Cthulhu habló otra vez, sin apartar la mirada del vacío que tenía enfrente.

Observen, si creen que eso no los destruirá.

El espectáculo está por comenzar… y aunque crean que no lo entienden, su inconsciente sí lo hará.

Una sonrisa invisible recorrió el salón.

El aire olía a sal, a pecado y a eternidad.

Entonces, Cthulhu alzó uno de sus ojos, apenas un fragmento de su atención, y lo dirigió hacia el lector: —Silencio.

No interfieran.

El abismo está hablando.

Y el cosmos entero pareció contener la respiración, el universo parecía estar demasiado atento incluso hasta para respirar.

El salón de Cthulhu estaba sumamente cambiado a las veces anteriores no se parecía a ningún palacio humano.

Era un lugar de belleza insoportable, tan majestuoso que resultaba enfermizo.

Los suelos, hechos de mármol oscuro cubierto por un velo de agua que jamás se secaba, reflejaban los destellos verdosos que caían desde candelabros suspendidos con cadenas de coral.

En las paredes, esculturas imposibles —mitad carne, mitad piedra— parecían respirar, exhalando un vapor tibio que olía a incienso, sal y óxido.

El trono era un abismo.

Una caverna viviente formada por tentáculos que se movían con lentitud perezosa, como si cada espira soñara por su cuenta, entre todos los tentáculos formaban un trono mullido y cómodo.

Allí descansaba el dios de la locura, con su mirada extendida en direcciones opuestas, atento a conversaciones que no existían en ningún idioma humano.

Cada palabra que murmuraba se oía como un coro de voces discordantes que provenían de lugares distintos del espacio.

Una frase podía comenzar detrás del lector y terminar dentro de su cabeza.

Había también sillones de escamas blandas, envueltos en el resplandor de antorchas líquidas que caían desde las alturas.

Era un lugar demasiado cómodo, casi adictivo.

El aire tenía temperatura de caricia y cada respiración sabía a sueño.

Mientras Cthulhu conversaba con entidades invisibles —respondiendo a preguntas que no se habían formulado—, el salón vibraba.

Los pilares destellaban como si condujeran impulsos nerviosos en lugar de electricidad.

Las sirenas, guardianas del salón, se movían entre cada rincón con la gracia de sacerdotisas y la sonrisa de depredadoras.

Una de ellas se inclinó demasiado cerca, tan cerca que su cabello mojado rozó la mejilla de uno de los presentes.

Su voz era un canto, un susurro que parecía deslizarse entre los huesos.

—Shhh… no lo interrumpan, dulces espectadores —murmuró con ternura venenosa—.

Nuestro señor está atendiendo cosas más altas que sus pobres pensamientos.

¿No sienten la vibración bajo sus pies?

Es su mente… derritiéndose un poco.

La otra rió, una risa como burbujas que estallan en lo profundo del océano.

Sus ojos, negros y brillantes, observaban al lector con una compasión fingida.

—Él los ve, ¿saben?

Aunque parezca ocupado.

Los ve respirar, los ve temblar… incluso los ve intentar entender.

Qué tiernos son cuando creen que pueden comprender lo incomprensible.

Ambas se acercaron aún más, sus cuerpos húmedos reluciendo bajo la luz azul del abismo.

Había algo hipnótico en sus movimientos: no caminaban, flotaban entre destellos, cada paso una danza que arrastraba el aire.

—Váyanse, hermosos mortales —susurró la primera, acariciando con la voz.

—Sí, márchense —añadió la segunda, con un tono dulce, casi maternal—.

Nuestro amo no los necesita… por ahora.

Guarden su cordura, antes de que el eco los reclame también.

Detrás de ellas, Cthulhu continuaba hablando con las otras voces, sus múltiples bocas pronunciando lenguas que parecían desgarrar la realidad.

Por momentos se reía; otras veces suspiraba como si recordara algo imposible.

Y en el centro de todo, el fuego del salón —ese fuego que no quemaba, sino que pensaba— crecía lentamente, absorbiendo reflejos, gestos y nombres.

Las sirenas sonrieron.

Una de ellas se volvió hacia el lector por última vez, su voz un canto que dolía por lo hermoso: —Corran, criaturas curiosas… Este salón no fue hecho para ustedes, sino para los que ya se rindieron a él.

Detrás, el salón siguió respirando.

Cthulhu nunca dejó de hablar.

Solo cambió de dimensión.

El tribunal no era un lugar: era una arquitectura viva.

Un útero de estrella muerta, con paredes de carne cósmica translúcida, atravesadas por venas que brillaban como constelaciones rotas.

El orden era absoluto, perfecto, obsesivo; un templo de precisión tan exacta que cualquier pensamiento fuera de lugar provocaba dolor.

En el centro, Cthulhu estaba suspendido.

No con cadenas físicas, sino con ecuaciones vivientes, fórmulas que se apretaban en torno a su carne como tentáculos de geometría.

Cada vez que respiraba, una runa ardía.

Cada vez que recordaba su propio nombre, una cadena se tensaba y le abría surcos de luz en la piel.

Y aun así sonreía.

A la derecha, Shub-Niggurath, la Madre de la Carne Infinita.

Su forma era un bosque palpitante de bocas que rezaban sin sonido.

Su mirada estaba llena de deseo enfermo, ternura y resignación.

Ella lo había amado por eones.

Pero hoy, debía ser Jueza.

A la izquierda, Nyarlathotep sostenía una balanza hecha de cráneos diminutos que aún susurraban.

Su sonrisa era una herida.

—Se abre el juicio —dijo, su voz convertida en millones de voces superpuestas—.

Cthulhu, dios bajo, arquitecto de tormentos, custodio del orden en la locura… Se te acusa de permitir que tu descendencia, Abraham el Cazador, destruya templos dedicados a nuestros nombres.

Se te acusa de interferir con planos que no te pertenecen.

Se te acusa de insubordinación.

¿Niegas estas acusaciones?

El silencio se tensó.

Los universos contuvieron el aliento.

Cthulhu rió.

Una risa baja, húmeda, que hizo vibrar los cimientos del tribunal.

—Niego —susurró— su derecho a juzgarme.

Sirvo a la descendencia de mi abuelo Yog-Sothoth, y a sus aliados soy sumiso.

Pero ustedes… —su cabeza se inclinó con un desprecio lento— Ustedes solo recuerdan la justicia cuando son ustedes quienes sangran.

Las cadenas reaccionaron con violencia.

Se tensaron.

Se iluminaron.

Penetraron carne y pensamiento.

De las heridas brotaron pequeños universos, nacidos agonizantes y muertos al tocar el suelo.

Nyarlathotep sonrió.

—Hablas de equilibrio, pero tu hijo arrasó templos enteros… ¿Y ahora pretendes llamarlo orden?

Cthulhu lo miró como se mira a un insecto que pretende filosofar.

—Cuando otros reciben el daño, lo llaman “justicia”.

Pero cuando lo reciben ustedes, entonces es blasfemia, sacrilegio, crimen imperdonable.

Parecen humanos.

El tribunal se estremeció.

Planos enteros se fracturaron como vidrio.

Shub-Niggurath cerró los ojos.

Y habló sin mover la boca.

La voz se deslizó dentro de la mente de Cthulhu como perfume antiguo: > Calla, amado.

Te están provocando.

No pronuncies más desafío; podrían sellarte por toda la eternidad.

Cthulhu respondió desde dentro del dolor, sin dejar que nadie más oyera: > Si la justicia requiere mi silencio, entonces la justicia está enferma.

Si el orden necesita mi rendición, entonces el orden es débil.

Ella tembló.

Los corazones múltiples dentro de su cuerpo cambiaron de ritmo, rompiendo el equilibrio.

Era lo más cercano a llorar que una diosa podía permitirse.

> Te he amado incluso cuando fuiste una abominación.

Pero debo mantener el equilibrio… aunque tu caída me desgarre a mí con ella.

Cthulhu inclinó la cabeza.

Calma absoluta y orgullo inquebrantable.

> Entonces mírame caer.

Y llámalo justicia.

Nyarlathotep dio un paso adelante, la balanza brillando como una sonrisa asesinada.

—Basta de silencios, Que continúe el juicio.

Nyarlathotep avanzó con una gracia insoportable.

No caminaba: se deslizaba, como si cada átomo del tribunal estuviese preparado para abrirse a su paso.

La balanza de cráneos vibraba en sus manos, y de ella comenzó a manar un sonido: risas diminutas, risas de niños… pero distorsionadas, como si hubiesen sido grabadas en habitaciones cerradas sin aire.

—Hermanos del infinito —anunció, con la teatralidad de un verdugo que disfruta el filo—, esta es la tercera vez que las constelaciones se alinean para dar a Cthulhu la oportunidad de corregirse.

Las cadenas de geometría se tensaron.

Pese al desbordante dolor que le producían Cthulhu no gimió.

Solo observó.

—Tres eras —continuó Nyarlathotep—.

Tres ciclos donde se le permitió demostrar modestia, obediencia, adaptación.

Y sin embargo… Su mano se alzó.

La balanza dejó de reír.

Ahora gritaba.

Pequeñas almas atrapadas en cráneos milenarios gritaban en una lengua que hacía arder la piel.

—Solo vemos orgullo.

Arrogancia.

Desprecio por la autoridad.

El tribunal murmuró —no con voces, sino con tectónica, con terremotos, con montañas que se estremecían en planetas desconocidos.

Nyarlathotep sonrió.

—Y ahora, además… ha permitido que su linaje se convierta en un azote.

Un hijo suyo, Abraham el Cazador, destruye templos, masacra sectas, arranca símbolos, profana altares… No en nombre del caos.

No por una voluntad superior.

Ni siquiera en nombre de la guerra.

Sino en nombre de algo tan patético e insignificante como la humanidad.

Ah.

Eso sí dolió.

Porque el tribunal entero sabía lo que significaba: Cthulhu no actuaba desde la rabia.

Sino desde la convicción.

La peor clase de rebelión.

Nyarlathotep extendió su mano y las ecuaciones vivientes que encadenaban a Cthulhu cambiaron de forma: Ya no eran meros símbolos de sujeción.

Ahora eran instrumentos.

Cuchillas de geometría pura.

Ángulos imposibles que cortaban no carne, sino significado.

Cada corte no solo abría la piel— sino también destruían su alma.

Cthulhu sintió mil cuerpos suyos desgarrarse simultáneamente mientras las cadenas penetraban entre su carne hasta sus órganos internos y recorrían sus viseras hiriéndole por dentro.

Y aun así… sonrió.

Shub-Niggurath tembló.

No con miedo.

Con dolor de amante.

—Nyarlathotep —dijo, su voz reverberando como un océano de gargantas—.

La sentencia aún no ha sido declarada.

Nyarlathotep inclinó la cabeza, y su sonrisa fue un espejo roto.

—Estoy presentando pruebas, mi reina.

Se volvió hacia Cthulhu.

—Defiéndete, si puedes.

Cthulhu alzó la mirada.

Sus ojos no eran solo ojos.

Eran matrices de existencia.

Torres de pensamiento cristalizado.

—¿Defenderme?

¿Ante quién?

Se irguió, las cadenas sangraron luz pues su icor dorado y purpura se derramaba entre las cadenas.

—No veo aquí a ningún hijo de Yog-Sothoth.

No veo a aquellos ante quienes sí soy sumiso.

Solo veo a los que han deseado mi caída desde el principio.

El tribunal se estremeció como un océano de nervios expuestos.

Cthulhu continuó: —Y es curioso.

Cuando ustedes ordenaron masacres de razas enteras, lo llamaron doctrina.

Cuando ustedes destruyeron galaxias, lo llamaron equilibrio.

Pero cuando la sangre toca sus propios altares… Entonces lo llaman crimen.

Su voz se volvió baja.

Íntima.

Letal.

—Por más dioses que sean actúan más bien como los humanos.

Shub-Niggurath cerró los ojos.

Su voz interior se derramó dentro de él: > Por favor.

Detente.

No tienes aliados presentes.

No puedes ganar esta vez, trato de ayudarte pero tu alboroto solo lo complica todo aún más.

Cthulhu respondió con suavidad que desgarraba: > Nunca busqué ganar.

Solo busqué no arrodillarme ante ellos.

Nyarlathotep alzó la balanza.

Los cráneos lloraron.

Las cadenas se tensaron.

Toda realidad contuvo el aliento.

El juicio estaba lejos de terminar.

Pero la guerra ya había comenzado.

El tribunal estalló en voces.

No voces humanas: frecuencias que quebraban la materia.

—¡Que sea destripado!

—¡Que su nombre sea borrado!

—¡Que su linaje se extinga!

—¡Cuélguenlo de las entrañas y que su carne decaiga en fragmentos sin alma!

Cada sentencia era un terremoto.

Cada palabra una orden de ejecución.

Shub-Niggurath se alzó.

No había rabia en ella.

Solo peso.

—Cthulhu, hijo del Abismo, portador del Orden en la Locura… por tercera vez te ofrecemos enmienda.

Sus mil bocas lloraban sangre negra.

—Y por tercera vez respondes con orgullo.

Nyarlathotep sonrió.

Las cadenas se tensaron, y el cuerpo de Cthulhu se arqueó como una constelación rota.

—Entonces —dijo Shub-Niggurath— que sea— Pero no terminó.

Porque algo entró.

No desde una puerta.

No desde un portal.

Desde un ángulo.

Una grieta súbita en el espacio, un filo donde no debía haber borde.

Y de allí emergió él: El Rey de los Mon no Inu.

No aulló.

No rugió.

No se inclinó.

Solo caminó con reverencia solemne desde su retorcido ser.

Su cuerpo era una espiral imposible de huesos, membranas y geometrías que no conocían la simetría humana.

Los tentáculos de su abdomen se movían lentamente, como si respiraran silencio.

Los cuernos de ciervo, rotos y alargados, semejaban antenas buscando algo más allá del cosmos.

Nyarlathotep no tardó en tratar de echarle del lugar cual perro vagabundo.

—Retírate.

No eres más que un esclavo —escupió—.

Tu presencia mancilla el estrado.

El Rey no levantó la cabeza.

Pero su voz… ah, su voz.

Era un murmullo escuchado al mismo tiempo en todos los sueños de la humanidad.

—No tengo derecho de estar aquí —dijo.

El tribunal se tensó.

—No soy más que polvo y obediencia.

Una bestia moldeada por la voluntad de mi amo.

Se giró hacia Cthulhu.

No solo con servidumbre.

Con devoción.

—Pero el que me envía sí tiene derecho.

Un silencio total.

Los dioses dejaron de respirar.

Los planos dejaron de vibrar.

Hasta Nyarlathotep enmudeció.

Porque el aire cambió.

El tribunal se volvió líquido.

Las paredes dejaron de existir.

Tiempo y espacio recordaron que eran solo ropa prestada.

Y entonces apareció.

No con luz.

No con forma.

Con presencia.

Unas burbujas aceitosas, translúcidas, suspendidas en el aire como gotas de un océano que no corresponde a ningún mundo.

Pero dentro de cada burbuja había universos.

Tierras naciendo.

Estrellas colapsando.

Seres orando.

Seres llorando.

Seres siendo jamás concebidos.

Los dioses —todos— se inclinaron.

Shub-Niggurath bajó la cabeza, temblando desde sus raíces.

Nyarlathotep sonrió… pero su sonrisa se quebró en silencio.

Y Cthulhu… Cthulhu se postró sin ser obligado.

No por miedo.

No por sumisión.

Por linaje.

Yog-Sothoth habló.

No con palabras únicamente.

Con verdad.

> Yo soy la puerta y el guardián de la puerta.

Yo soy el que todo lo sabe y el que todo lo ve.

Nadie juzga a mi linaje sin que yo observe.

Los dioses callaron.

El juicio no había terminado.

Pero el equilibrio del tribunal había cambiado.

Las burbujas translúcidas flotaban sin peso, pero cada una contenía el peso de todas las eras.

El tribunal entero quedó suspendido en un pulso único, como si el tiempo hubiese sido inhalado y aún no exhalado.

Shub-Niggurath inclinó la cabeza ante su progenitor, toda su vastedad convertida en silencio reverente.

Nyarlathotep le reverenció con un gesto… pero su sonrisa desapareció.

Yog-Sothoth habló.

No hubo sonido ni lenguaje como lo que entendemos por lenguaje.

Solo verdad: > “Esto no es juicio.

Es teatro.” Las cadenas alrededor de Cthulhu se aflojaron solas, no por misericordia, sino porque ya no tenían legitimidad.

El Rey de los Mon no Inu se arrodilló, plegándose sobre sí mismo como un recuerdo antiguo.

Nyarlathotep dio un paso hacia adelante, mientras trataba de hablar con lisonjas.

—Mi señor, este juicio fue convocado según los decret— La presencia de Yog-Sothoth lo atravesó.

No como castigo si no como recordatorio.

Nyarlathotep enmudeció por completo, el amo del engaño y maestro de la mentira quedó completamente mudo por un instante.

Las burbujas se expandieron, y con ellas visión: Se mostraron escenas, no del presente, sino de la intención detrás del juicio: La envidia de los dioses menores.

La humillación ceremonial buscada.

El deseo de destruir a Cthulhu no por justicia, sino porque su existencia irritaba sus egos.

Las estrellas mismas parecieron retroceder.

Yog-Sothoth habló otra vez: > “No se juzga al orden usando el capricho como balanza.” La frase cayó como una sentencia que ningún universo podía contradecir.

Shub-Niggurath sintió alivio y vergüenza… mezcladas.

Nyarlathotep tembló, solo por dentro, donde nadie pudiera verlo.

Cthulhu levantó la cabeza.

No sonrió.

No se jactó.

Solo observó, en silencio.

Yog-Sothoth continuó: > “La tercera alineación ha pasado.

El tiempo de examen no ha dado fruto.

Ni para él.” Las burbujas giraron.

> “Ni para ustedes.” Los dioses exteriores se tensaron, como niños reprendidos frente a una verdad que no pueden discutir.

Entonces, la sentencia final: > “Este juicio queda anulado.

Será repetido solo cuando el equilibrio pueda sostenerlo.” Las cadenas desaparecieron.

El tribunal se deshizo como un sueño que ya no recordaba por qué existía.

Y antes de retirarse, Yog-Sothoth dejó caer una última frase.

Sin afecto.

Sin rabia.

Solo estructura: > “La próxima vez… juzgaremos a todos los que se digan ser dioses.” La presión sobre el cosmos se detuvo.

Las burbujas se disolvieron.

Yog-Sothoth desapareció de la realidad con la misma facilidad con que uno parpadea.

El silencio regresó.

Cthulhu quedó libre… pero no victorioso.

Los dioses, avergonzados, dispersos.

Shub-Niggurath no lo miró.

Porque si lo hacía… el tribunal sabría.

El Rey de los Mon no Inu se acercó a su amo y se inclinó profundamente.

—Esperaré tus órdenes, Padre de las estrellas devoradoras.

Cthulhu no habló.

Su risa no volvió.

Solo se incorporó sin hacer ruido.

Y dijo, suave, cruel y perfectamente sereno: —La próxima vez será mi turno de mover las piezas e inclinar la balanza.

El tribunal se disolvía.

Las constelaciones que formaban los muros comenzaron a plegarse sobre sí mismas, regresando a la geometría primordial.

La luz descendió y el orden volvió al vacío.

Cthulhu no fue liberado.

Solo fue desatado lo suficiente para seguir siendo él.

Nyarlathotep guardó su balanza.

Los demás dioses se retiraron con murmullos de resentimiento y hambre de justicia pendiente.

Y cuando Cthulhu se volvió para abandonar el círculo de juicio, ella habló.

Shub-Niggurath no levantó la voz.

No invocó truenos ni coro místico.

Solo habló… como quien pronuncia una consecuencia que ya está escrita en el tejido del universo.

Su mirada lo siguió, suave como una despedida y tan devastadora como una profecía: > —Cuando despiertes… ellos aprenderán ante quién, y cómo, arrodillarse.

No hubo drama.

No hubo anuncio celeste.

Solo verdad.

Cthulhu no respondió.

Su silencio fue aceptación.

Y su sombra, al marcharse, fue la promesa.

El Rey de los Inu no Mon siguió sus pasos sin girar la cabeza.

Sin celebrar.

Sin llorar.

Porque las bestias leales no festejan el retraso de la guerra.

Esperan el despertar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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