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Susurros de las Profundidades - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Lágrimas de Sirena
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19: Lágrimas de Sirena 19: Lágrimas de Sirena Y muy lejos, en la fractura del tiempo humano… la marea comenzó a moverse.

La marea llegaba y se retiraba con la misma indiferencia con la que el tiempo sigue su curso sin mirar atrás.

La playa estaba vacía, un pliegue de tierra donde el viento dibujaba mensajes que nadie más leería.

Se sentó en la orilla, las rodillas dobladas, las manos hundidas en la arena húmeda.

Miraba el horizonte como quien espera una respuesta que sabe no llegará —pero la espera lo calmaba, por un instante lo hacía humano.

La luna estaba baja sobre el mar, tan grande que parecía un ojo vigilante.

Abraham se sentó en la arena, sintiendo que el rastro espiritual que había seguido durante horas… se disolvía.

O tal vez lo estaban apagando deliberadamente.

No seguía ya rastro alguno; la disonancia que había perseguido toda la tarde se había vuelto un rumor en su cabeza, una nota desafinada que no podía atrapar.

En la distancia, olía a sal, a algas muertas y a un lejano hierro de mar; y era ese olor, extraño y familiar, lo que le heló la sangre: una voz que creía enterrada lo llamaba con un timbre que era a la vez memoria y traición.

El agua comenzó a moverse.

No como una ola: como un cuerpo.

Una silueta salió de entre las sombras líquidas, ascendiendo con gracia animal, dejando un rastro de espuma luminosa.

Era hermosa —demasiado hermosa—: piel perlada, cabello empapado que caía como seda negra, curvas marcadas con la suavidad de una tentación antigua, ojos felinos de un verde profundo.

Una sirena… pero no una cualquiera.

Su propia madre.

—Abraham… —susurró ella, con una voz tan dulce que podía haber sido veneno—.

Hijo mío.

Por fin te tengo tan cerca sin que huyas o me lances tus rezos como cuchillos.

Él no se levantó.

Ni retrocedió.

Solo la miró con un desprecio seco, contenido, casi quirúrgico.

—No me sigas llamando así —escupió él—.

No somos nada.

Ella avanzó unos centímetros más, arrastrándose por la arena con movimientos que parecían coreografiados para seducir incluso a un dios.

Cada gesto suyo era un intento de desarmarlo: los labios entreabiertos, la mirada herida, la sonrisa que sabía dónde doler.

—Abraham, mi pequeño milagro roto… ni aunque me odies podrás borrar esto —tocó su propio pecho, luego señaló el de él—.

Yo te llevé nueve meses.

Y aunque reniegues de tu padre… llevas su sangre.

Y su instinto.

Él entrecerró los ojos.

Ella sonrió, triunfal.

—No finjas pureza, amor —murmuró—.

Te he visto pelear.

Te he visto matar.

Disfrutas la cacería igual que él.

A veces… incluso más.

Abraham inspiró lentamente.

Sus manos se cerraron con tal fuerza que los nudillos crujieron.

—El asesino es él —respondió con voz firme—, no yo.

—¿Ah, sí?

—ella ladeó la cabeza, divertida, sensualmente cruel—.

¿Y todas esas sectas que destruiste?

¿Todos esos monstruos, hijos de alguien, a los que exterminaste?

¿Sabes quién paga esas facturas ante los dioses exteriores?

Tu padre.

Abraham no parpadeó.

—No es mi problema.

Ella rió.

No un sonido ligero: un sonido que seducía y humillaba al mismo tiempo.

—Eres igual que él, aunque te arranques la piel rezando.

Tienes la furia del abismo.

La sangre de un rey dormido en los huesos.

Dios no puede borrar lo que eres.

Abraham inclinó la cabeza apenas un instante, y la sombra de un odio antiguo cruzó su mirada.

Su voz se volvió fría y letal, mientras desenvainaba uno de sus sables señalando con la punta a su progenitora.

—Si no existiera el mandamiento… —dijo despacio— ya te habría matado.

Ella se quedó inmóvil.

Pero él continuó, sin suavidad: —Aunque pensándolo bien… esos preceptos fueron dados a los humanos.

Y tú… —la miró de arriba abajo, con repulsión y lástima mezcladas— ya no lo eres.

La sirena tembló.

No de miedo: de furia contenida.

De dolor.

De amor torcido.

—Abraham, por favor… No viniste por casualidad.

Te traje para advertirte… Tus acciones están marcando a tu padre.

Lo están desangrando.

Si sigues así, lo matarás.

—Ojalá —dijo él.

Ni una emoción.

Ni un temblor.

Una condena pronunciada con devoción.

Ella retrocedió medio metro, como si hubiera recibido un golpe invisible.

El mar detrás de ella se encrespó, como reflejando su angustia.

—¿En serio deseas su muerte… y la mía?

Abraham se puso de pie.

—Deseo que todo lo que viene del abismo arda… hasta que solo quede Dios.

El silencio cayó entre ambos como un juicio.

La sirena lo miró largo rato.

Triste.

Rota.

Y aún así… intentando seducirlo con la mirada.

—Te estás condenando, hijo mío… Abraham dio media vuelta.

—Estoy purificando mi alma putrefacta.

Y si cargaste con la espada, al menos míralo: alguien pagó por tu cruz y no fue tu Dios.

Fue otro.

Fue alguien que no ordenó el caos que estás creando.

¿Y qué has ganado, Abraham?

¿Una conciencia limpia?

¿Un país menos corrupto?

O siquiera… ¿más silencio dentro?

Él se puso de pie sin responder y se marchó por la playa, el rosario brillando tenue entre sus dedos.

Detrás de él, la sirena empezó a llorar.

Y cada lágrima que caía en la arena ardía como ácido, abriendo pequeños cráteres humeantes, la alta temperatura convertía la arena alrededor de los cráteres en cristal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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