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Susurros de las Profundidades - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 El castigo por la curiosidad
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2: El castigo por la curiosidad 2: El castigo por la curiosidad Ah… llegaron.

(Chasquea la lengua con fastidio) Miren cómo vienen arrastrando sus mentes curiosas otra vez.

¿De verdad no tienen nada mejor que hacer que venir a oler mi aliento?

(Hace un gesto perezoso: las almas que torturaba son arrojadas dentro de una enorme pecera de cristal negro.

Sus gritos se apagan, quedando como burbujas que estallan lentamente, un coro ahogado que vibra en el fondo).

Siéntense.

Aquí, junto al fuego.

Aquellos que firmaron cuentan desde ya con mi protección, pero los que no han firmado están por su cuenta.

Si aun hay algo que funciona en sus diminutas mentes, vayan y asegúrense de haber firmado.

Respiren hondo: ¿lo sienten?

Ese aroma espeso, salado, el mismo que se queda en los dedos cuando comen papas fritas.

(Cthulhu sonríe con un deleite cruel) Van a necesitar algo para acompañar esta historia.

(Chasquea los dedos.

El aire se ondula y aparece una súcubo: piel aceitunada brillante como obsidiana pulida, cabello cayendo en cascadas, cuernos delicadamente curvos.

Camina lenta, exagerando cada balanceo de cadera, como si cada paso fuera una invitación prohibida.

Su lengua se pasea por sus labios mientras coloca la bandeja frente a ustedes).

En la bandeja: hamburguesas enormes, pan dorado, carne chorreando jugos, queso derretido goteando como lava, papas doradas que crujen con solo mirarlas.

Un refresco helado deja perlas de condensación deslizándose por el vaso como gotas de sudor.

La súcubo sonríe, una sonrisa húmeda y peligrosa, y se queda de pie observando mientras el aroma llena la habitación.

Vamos, muerdan.

Dejen que la grasa les escurra por la barbilla.

Sientan el pan deshacerse, el queso pegárseles al paladar.

Disfruten.

Porque lo que viene después… (Cthulhu se deja caer en su trono, los tentáculos acomodándose como raíces vivas alrededor de ustedes).

…hará que cada bocado les sepa diferente.

(El fuego se apaga, quedando solo su voz en la oscuridad).

Escuchen.

Hoy les contaré de un niño…” No un héroe.

No un mártir.

Solo un pequeño cerdito con la boca siempre llena de grasa y el corazón latiendo al ritmo del aceite de freidora, de ojos castaños obscuros, moreno y regordete.

Amaba las hamburguesas de la cafetería del pueblo.

Eran su misa, su comunión.

Pero lo que lo desvelaba era el misterio: ¿Cómo podían ser tan deliciosas?

No importaba que tan temprano lograra que sus padres lo llevaran a dicha cafetería, las hamburguesas siempre estaban ya hechas y listas para entregar.

Esa pregunta lo llevó a mentir.

Dijo que iba a dormir en casa de un amigo… y en cambio se escabulló en la madrugada, el pueblo muerto de silencio, hasta la cafetería.

Se ocultó entre los botes de basura.

El olor lo golpeó como un puño: sangre vieja, grasa quemada, hueso chamuscado.

(Rió despacio, con toda la perversión y cinismo que habitan en la obscuridad de su ser), oh, los curiosos siempre me dan los mejores recuerdos… Miró por la ventana trasera.

La cocina era un altar.

Cuchillos colgaban como campanas de iglesia.

Las paredes estaban manchadas de marrón oscuro, y en el centro de la mesa había un cuerpo humano abierto en canal: costillas separadas, pulmones flácidos, vísceras sangrando en cubetas.

Los dueños reían, sus bocas demasiado largas, la piel suelta como un disfraz.

Uno cortaba tendones con un ritmo casi musical; otro molía carne y tarareaba una canción de cuna.

El niño retrocedió, el corazón en la garganta.

El suelo crujió.

Tres cabezas se giraron a la vez.

—Miren qué lindo —dijo uno, relamiendo el cuchillo—.

La cena vino sola.

Lo arrastraron adentro.

Las uñas dejaron surcos en el suelo.

El niño pataleaba, arañaba el aire, hasta que lo golpearon en el estómago y le pusieron una mordaza sucia.

—Quieto, cerdito —dijo otro—.

Vamos a abrirte despacio para que no te pierdas el espectáculo.

Le desgarraron la camisa.

Pasaron el filo del cuchillo por su vientre, solo lo suficiente para dejar una línea roja.

—Primero las piernas, ¿verdad?

—bromeó uno—.

Que vea cómo se fríen mientras aún está vivo.

(Ah, el terror en su mirada… puedo sentir cómo su alma tiembla.) El niño tironeaba de las cadenas hasta que la piel de sus muñecas se abrió.

Las lágrimas le corrían por las mejillas, su respiración era un jadeo frenético.

Uno de los ghouls tomó grasa caliente y la dejó caer sobre su hombro.

El niño gritó contra la mordaza.

—Shhh —susurró el más alto, sonriendo—, guarda voz para cuando te estemos fileteando.

El cuchillo bajó… ¡CRAAASH!

La puerta trasera estalló en astillas.

Allí estaba Abraham.

Su sombra llenó el marco, crucifijos golpeando su pecho, los ojos como brasas en el vacío.

—¡Atrás, engendros!

—rugió, y su voz sacudió las paredes.

Entonces comenzó la carnicería.

Sus cuchillas se movieron como salmos hechos acero.

La primera atravesó la garganta del ghoul más cercano, el chorro de sangre dibujando arcos en el techo.

El segundo gritó y saltó sobre él; Abraham lo recibió con una carcajada demente y lo empaló contra la pared, presionando hasta oír el crujido de las costillas.

El último intentó huir.

Abraham lo sujetó por el cráneo y lo aplastó contra la plancha caliente.

El siseo fue un canto agónico; el olor a carne quemada llenó la cocina.

Y Abraham… rió.

Una risa rota, fanática, como un hombre que ha encontrado a su Dios en medio del derramamiento de sangre.

—¡Así purifica el Señor!

—gritó, mientras remataba al último con una estocada que partió su espina dorsal.

La cocina quedó en silencio.

Solo el goteo de la sangre, ploc, ploc, ploc, marcaba el tiempo.

Abraham respiraba agitado, las manos ensangrentadas, el rostro en una mueca de placer.

Por un instante parecía gozar más que los monstruos que acababa de matar.

Entonces miró al niño.

Lo sujetó con fuerza y lo libró de cadenas y mordaza, lo agarro de la cabeza y lo revisaba frenéticamente.

¿Te mordieron?

Preguntó psicótica mente -no!- gritó el niño en llantos Su expresión cambió.

El fanático desapareció, y en su lugar quedó un hombre cansado.

Se agachó, le limpió las lágrimas con el pulgar y lo abrazó para consolarlo.

—Ya pasó —dijo, ahora con una voz suave, casi paternal.

Lo levantó en brazos, lo cubrió con su propio abrigo y salió de la cafetería.

Caminó con él hasta su casa, tocó la puerta y esperó a que los padres lo recibieran.

—Está a salvo —fue lo único que dijo antes de marcharse en silencio, dejando huellas de sangre en el camino.

(Suspiro, largo y satisfecho.) Qué hermoso, ¿no lo creen?

El niño vivirá.

Pero cada vez que muerda una hamburguesa, cada vez que huela grasa caliente, volverá a esta cocina, recordará que casi se convirtió en una y también de que su deleite era un banquete de cadáveres.

Y yo… yo reiré con cada bocado.”  (Cthulhu con voz grave, áspera, como un portón oxidado cerrándose): “Ya tuvieron suficiente.

(Hace un ademán con una garra y el fuego vuelve a encenderse en un estallido) Fuera de aquí.

¿Creen que pueden quedarse aquí para siempre?

No son mis invitados… son mi entretenimiento, y el espectáculo terminó por hoy.

(Sus tentáculos golpean el suelo, el eco retumba en la caverna hasta hacer temblar las piedras.

Los gritos de las almas en la pecera se intensifican un momento antes de apagarse de nuevo).

Vuelvan mañana, si se atreven.

Traigan su apetito.

Las historias son más sabrosas cuando ustedes tiemblan de hambre.

(La súcubo se inclina, su cola ondulando con provocación.

Cthulhu la toma de ella con un tirón fuerte y violento, haciéndola gemir bruscamente, y la atrae hacia las sombras apegándola a sí mismo).

(De una pecera cercana, uno de sus tentáculos se extiende y saca el alma de una mujer, todavía temblando.

La sostiene como si fuera un trofeo brillante; ella súplica de manera intensa por piedad, pues sabe lo que le espera ).

Tengo asuntos que atender.

(Su mirada, pulsante y palpitante se extiende a cada lector y uno de sus ojos amarillos se clava en ti por última vez).

¡Lárguense!

Mañana podrán abrir el libro nuevamente.” Los que no continúen con la lectura mañana…  A esta hora exactamente, yo mismo enviaré a buscarlos.

Nadie abandona mi reino sin pagar el precio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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