Susurros de las Profundidades - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Un Futuro incierto
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21: Un Futuro incierto 21: Un Futuro incierto —Pongan atención al espejo.
— Ordenó el dios de la locura mientras el espejo parecía enfocarse en Ethan el cual estaba sentado en la mesa, con su cena servida, pero él simplemente tenia la mirada fija y perdida en su plato, sin comer nada simplemente respiraba automáticamente con su mente en blanco.
No pasará del día de mañana sin que yo haya cosechado su alma El espejo místico continúa mostrando a Ethan, inmóvil, con la respiración automática de quien mira sin ver.
La atención de Cthulhu está fija en él… pero su mente se expande, abre otro sendero, y en un parpadeo de su conciencia ya está caminando en un prado infinito cubierto de rosas carmesí.
Allí está Shubniggurat, esperándolo.
Su presencia lo envuelve como una marea antigua.
Ella habla primero, con un tono entre irritado y preocupado: —No debiste comportarte así en el juicio.
Has provocado tensiones innecesarias… incluso para ti.
Cthulhu no la mira de inmediato.
Su atención sigue dividida: una parte clavada en Ethan, otra paseando lentamente entre las flores.
—Hice lo que consideré adecuado.
—responde con un desinterés elegante, casi juguetón—.
Y sigo sin arrepentirme.
Shubniggurat suelta un suspiro profundo.
El prado no era un prado; era un suspiro eterno suspendido en la existencia.
Rosas de múltiples tipos y colores; negras, rojas, rosas.
Vivas y latiendo como pequeños corazones que abrían y cerraban sus pétalos al ritmo de algo que ningún humano podría entender al escuchar.
Cthulhu estaba allí —o al menos una extensión suya— sentado entre las flores como si el universo fuera un sofá demasiado pequeño para él.
Su respiración seguía pesada, por fatiga milenaria.
Shub-Niggurath emergió entre las rosas como un eclipse caminando.
No había nada maternal en ella; era majestad, sensualidad, poder vivo.
Ella se detuvo frente a él.
Lo miró con esa mezcla de juicio y deseo que solo dos entidades antiguas pueden compartir.
—No entiendo tu tolerancia hacia ese mortal —dijo, su voz como terciopelo presionado contra una espada—.
La creación no lo necesita.
Tú tampoco.
Cthulhu la observó con la calma que tiene el océano antes de tragarse un continente.
—No es asunto tuyo que yo tolere —respondió, y la forma en que pronunció “tuyo” no era desprecio, sino un juego entre dos entidades antiguas—.
Abraham vive porque quiero que viva.
Ella se acercó un paso, tan lento que cada pétalo a su alrededor parecía inclinarse ante ella.
—¿Quieres…?
—susurró, como si saboreara la palabra—.
Desde cuándo tus caprichos valen más que el equilibrio del abismo.
—Desde siempre —replicó él, sin agresión, solo certeza.
Shub-Niggurath sonrió.
No era una sonrisa dulce: era una sonrisa que podía inaugurar una guerra.
—Si no lo matas tú, lo haré yo.
Cthulhu inclinó la cabeza ligeramente, como quien escucha una melodía lejana que solo él conoce.
—No soy quien para impedírtelo —dijo—.
Eres mi superior… Y mi delicia.
Ella entornó los ojos: esa mezcla exacta entre amenaza y caricia.
—Pero tampoco me ayudarás —dedujo.
—No —respondió él, con la misma suavidad que tendría alguien diciendo “no quiero más té”.
Ella se acercó más.
Las rosas se arqueaban bajo sus pies.
—¿Y por qué no?
¿Temes que tenga razón?
Él la miró… como solo un dios mira a otro dios cuando comparten siglos de intimidad salvaje.
—Si lo matas —dijo con una quietud que pesaba más que un rugido— No voy a llorarlo.
Pero tampoco voy a felicitarte.
Ella apoyó una de sus ramas como si fuera una mano sobre su pecho, donde su exoesqueleto se abría con un pulso lento, casi erótico.
—Entonces lo haré por mí —susurró—.
No por ti.
No por él.
Cthulhu exhaló, un sonido húmedo, grave, casi satisfecho.
—Haz lo que quieras.
Pero no esperes que me alegre si lo logras.
Abraham no muere fácil… y sería un fastidio que alguien más apague su luz antes de que yo decida hacerlo.
Shub-Niggurath rió suavemente, una risa que doblaba la realidad.
—Tu terquedad me sigue divirtiendo —dijo—.
Aunque no sé cuánto te durará.
Ella se volvió, su distancia abría rosas detrás de ella como heridas nuevas.
Cthulhu la observó irse… sin impedirlo, sin apoyarlo.
Solo disfrutando verla.
Al mismo tiempo desde la otra realidad, aún seguía prestando suma atención a lo que acontecía con Ethan.
El teléfono vibró como un insecto en la noche.
Ethan lo sacó del bolsillo con dedos que no sentían del todo su tacto; la pantalla era un rectángulo pálido que le devolvía su propio rostro cansado.
Respiró una vez, lenta, como quien afina la cuerda antes del último acorde.
—Hola —dijo.
Su voz era un hilo gastado, una voz que se había hecho pequeña por dentro.
—Hijo —contestó su madre, más temprano en la voz que en las palabras—, ¿estás bien?
Se te escucha raro.
Hubo una pausa larga.
El mundo fuera del hilo telefónico seguía: la lluvia en la calle, un motor lejano, el latido sordo de las cosas que persisten.
Pero dentro del pecho de Ethan todo era un tictac más claro, una cuenta regresiva que marcaba cada palabra.
—Solo… quería oírlos —murmuró—.
Solo decirles gracias.
El teléfono guardó el silencio con respeto.
Su padre carraspeó, como soltando un nudo.
—No hables así, muchacho —dijo él—.
¿Qué te pasa?
¿Dónde estás?
Ethan miró la ventana sin verla.
Afuera, las luces reflejaban sobre el asfalto y se estiraban como manos que intentan alcanzar algo que ya no existe.
No quiso mentir.
No le sirvió mentir nunca.
—Estoy… aquí… en mi casa… —respondió con calma—.
La que ustedes me compraron y yo nunca les agradecí como es debido.
Quería agradecerles.
Por todo.
Por las tardes en las que me esperaron en casa.
Por las veces que fingieron no ver mis errores.
Por creer en mí cuando yo no me creía.
Su madre respiró hondo; la voz se le quebró un poco, pero intentó mantener la compostura.
—Ethan… no digas esas cosas.
Vendrás a casa mañana y hablamos.
¿Ya Comiste?
Él sonrió, una curva pequeña y triste.
—Comí.
Comí lo que pude.
Pero no era por hambre.
Era por recordar.
Por pensar en ustedes mientras me… distraía.
—¿Estás solo?
—preguntó el padre, ahora más firme, protector en el tono.
—Sí —dijo Ethan—.
Estoy solo y tranquilo.
No tengo miedo de lo que venga.
Tengo miedo de dejar pasar tiempo sin decir las cosas.
Y quería decirles esto: los amo.
Gracias por aguantarme.
Gracias por enseñarme a poner una bombilla, a leer un libro, a no arrodillarme sin luchar.
Hubo un silencio que no era vacío: era densidad de recuerdos.
Unas palabras encajaban detrás de otras, como piedras que ya habían sido pulidas.
—Te queremos, hijo —dijo la madre con voz rota—.
No hagas locuras.
Vuelve.
—No es una locura —replicó él con suavidad—.
Es la verdad.
Solo quería que lo supieran antes de… antes de que esto cambie.
Si algo pasa, que lo sepan.
El padre respiró, como si quisiera agarrar esa voz en su mano y no soltarla.
—Nos vemos cuando te veamos.
Recuerda que aquí tienes casa.
Ethan apretó el teléfono contra la mejilla por un segundo más largo de lo necesario.
Sentía en la garganta un calor antiguo, una especie de absolución mundana que no venía de ningún altar.
La llamada terminaba y con ella un círculo que se cerraba.
—Los amo —susurró, y colgó.
El silencio volvió.
Esta vez fue absoluto y total, una presión que se acomodó alrededor de su nuca como una corona de vidrio.
Sabía que era cuestión de tiempo.
Lo sabía con la calma de quien se ha reconciliado con su destino y, aun así, decide agradecer.
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