Susurros de las Profundidades - Capítulo 22
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22: Último intento 22: Último intento La puerta tembló con un golpe seco que pareció sacudir el aire del pasillo.
Ethan dejó el teléfono sobre la mesa como quien deja una vela que aún humea, y se levantó a medias, sin la prisa de quien todavía no acepta lo inevitable.
Cuando abrió, Samuel estaba ahí, empapado de lluvia y certeza; la cara sudada, la mandíbula apretada, los ojos cargados de algo parecido a terror tranquilo.
—Tenías que irte —dijo Samuel sin rodeos, la voz rasposa—.
Escuché ruidos en la calle.
Esto va en espiral, Ethan.
Serás el siguiente.
Ethan apoyó la espalda contra el marco y dejó que la lluvia le pegara en la cara como si buscara ser despertado.
Sonrió con un gesto amargo.
—Era obvio —replicó, mirando a Samuel con esa calma cortante—.
Esa cosa me miró igual que aquella noche con Noa.
Lo viste.
Lo viste clavándome la mirada.
Me eligió.
Samuel respiró hondo, la determinación hundiéndose en cada sílaba.
—Ahora solo nos queda estar juntos y huir, encontrar alguna manera de que esa cosa se olvide de nosotros.
— —No debiste dejar a las chicas solas.
— — Ethan, las chicas están bien, vamos, tú sabes que estarán bien.
Ahora no son su objetivo.
Por ahora tiene su mirada fija en tí.
Ethan le lanzó una mirada seca, casi irónica.
—¿Y si no quiero huir?
—dijo—.
¿Qué vas a hacer, Samuel?
¿Me arrastras de la manga cuando el durmiente me quiera?
¿Me llevas sujeto con una cuerda como a un perro?
No funcionará.
Samuel clavó la mirada.
Había rabia, pero también un afecto brutal en su voz.
—Si te quedas, me quedo contigo.
No hay “arrastrarte” Te saco de aquí o me quedo y te saco de cualquier forma.
Entiéndelo: no pienso quedarme de brazos cruzados mientras mis amigos mueren.
Ethan cerró la puerta un poco más, como si moviera una pieza dentro de su cabeza.
—No me salves por orgullo, Samm.
Si me vas a salvar, hazlo porque crees que debo vivir.
No por tus ganas de ser el héroe.
Samuel tragó saliva.
Sus dedos golpearon la madera de la puerta y por un segundo pareció que iba a romperla.
—Te conozco —dijo con voz baja—.
Sé que no vas a pedir ayuda.
Pero no me importa.
¿O prefieres que mañana vayan por ti y te encuentren como encontramos a Noa?
Ethan dejó escapar una risa breve y amarga, que no llegó a ser sonrisa.
Samuel inclinó la cabeza, despreciando la ironía con la que Ethan trataba la vida.
Por un segundo, la lluvia y la ciudad parecieron detenerse.
—Haz lo que quieras —murmuró—.
Pero me llevo tu linterna, tus llaves y te quito el teléfono si hace falta.
Tú no vas a ir solo a ese show.
Ethan miró la tormenta por la ventana y, sin moverse aún, dijo con voz casi apagada: —Si acaso logramos escapar de esa cosa por 4 días… quizás tengamos una oportunidad de romper el ciclo.
Samuel extendió la mano, firme, sin dramatismos.
Había urgencia en ese gesto pero también ternura.
—No prometo nada —contestó—.
Solo que ahora mismo no te dejo solo.
La ciudad pareció inhalar; un golpe sordo, lejano, como si algo pesado se moviera por los adentros del mundo.
Ninguno de los dos lo nombró.
Lo sintieron.
Y sin hablar, Samuel cerró la puerta detrás de ellos, un gesto que fue a la vez protección y abandono.
— —Vamos a la iglesia —dijo Samuel, con esa firmeza testaruda que solo aparece cuando está asustado.
La lluvia golpeaba el parabrisas con fuerza, distorsionando las luces de la calle en líneas líquidas.
—No podemos quedarnos aquí a que simplemente la muerte venga a buscarnos.
Ambos fueron por sus abrigos y tomaron algunas cosas que crearían que quizás les podrían resultar útiles, el botiquín del baño, una vieja mochila para exploración y excursiones entre otras cosas, sin más se subieron al auto.
Samuel encendió el auto sin mirar a Ethan, como si la simple acción fuera una decisión moral que no necesitaba debate.
Ethan se reclinó en el asiento, los brazos cruzados, el rostro apenas iluminado por los reflejos del tablero.
—¿A cuál?
—preguntó con ironía amarga—.
¿A la de siempre?
¿O a la que crees que tiene “mejor señal” para que Dios conteste esta vez?
Samuel apretó los dientes, pero no respondió al ataque.
—Un lugar sagrado es un lugar sagrado —dijo simplemente—.
No voy a dejar que esa cosa venga por ti sin pelear.
Ethan suspiró, cansado, como quien ya aceptó su guillotina.
—No va a importar.
Si nos quiere, nos encuentra.
No importa dónde.
—Cállate y ponte el cinturón —escupió Samuel.
El motor rugió, las luces encendieron la noche… y entonces, sin que ninguno lo notara, la ruta comenzó a cambiar.
Primero fue un desvío que ninguno recordaba haber tomado.
Luego una señal de tránsito que parecía fuera de lugar.
Después un silencio extraño en la radio, como si algo hubiera cortado la señal.
Ethan aún seguía renegando por la idea de Samuel — ¿Qué harás?
¿vas a rociarlo con agua bendita, o te pondrás a rezar hasta que baje un ángel a defendernos?
Samuel simplemente lo miro de reojo un instante.
—No tengo ni idea, pero sé que Dios no dejara que ese engendro entre en su casa— Ethan se incorporó, frunciendo el ceño.
—¿En qué momento tomaste la carretera del bosque?
Samuel no contestó de inmediato.
Sus manos apretaron el volante.
Sus ojos se movieron rápido, analizando el camino, las sombras, los árboles altos que se inclinaban sobre el asfalto como si escucharan.
—No la tomé… —susurró.
—Samuel.
—La voz de Ethan tembló por primera vez—.
¿A dónde mierda estamos yendo?
Samuel tragó saliva.
—A la iglesia.
Eso puse en la dirección.
Lo juro.
Pero el GPS estaba muerto.
La pantalla negra.
Sin señal.
Sin rutas.
Solo el camino avanzando… como si el auto estuviera siendo empujado, no conducido.
Las luces del coche iluminaban un bosque denso, húmedo, con troncos retorcidos y hojas oscuras.
La carretera se volvía más estrecha, más inclinada, más improbable.
El aire dentro del auto se hacía espeso.
Ethan miró por la ventana.
Los árboles estaban demasiado quietos.
Demasiado expectantes.
—Samuel… —susurró—.
Creo que algo… nos está guiando.
Samuel no quiso admitirlo, pero el sudor en su frente ya hablaba por él.
Y entonces… Un sonido lejano.
Gutural y ancestral.
Como un gemido que se arrastra por la madera húmeda.
Como huesos golpeando el tronco de un árbol.
Ethan se enderezó en su asiento.
—Dime que fue el viento.
Samuel negó sin hablar.
Otro sonido.
Más cercano.
Un chasquido seco.
Algo moviéndose con patas agiles, veloces… demasiado veloces.
Samuel apretó el acelerador.
El coche avanzó como un latido desesperado.
Pero entre los árboles… una figura se movió a su ritmo.
Altísima, runas nórdicas brillaban de su piel por debajo de su pelaje.
La silueta quebrada de algo que ya no tiene forma humana… pero alguna vez la tuvo, su cuerpo era semejante al de un licántropo, pero su cabeza era el cráneo desnudo de un alce, sus patas eran de caribú y sus astas de ciervo.
Ethan observó su silueta de entre los árboles.
El corazón se le detuvo.
—Samuel… no desaceleres.
No desaceleres nunca.
Porque esa cosa… la del cuento que esa mierda nos contó.
Ese wendigo… Ya viene siguiéndonos.
El bosque se volvió más denso.
Más oscuro.
Más… hostil.
Y entonces el auto tosió.
Una vibración metálica.
Un sonido quebrado y el motor murió.
Así, sin lógica.
Sin previo aviso.
Como si alguien hubiera apagado su vida con dos dedos.
Las luces parpadearon una vez… dos… y murieron también.
Samuel golpeó el volante.
—¡No, no, no, no jodas…!
¡Vamos, carajo!
¡Vamos!
—giró la llave—.
¡Arranca!
El motor gimió… pero no volvió.
Ethan sintió cómo algo frío le resbalaba por la columna.
—Samuel… —susurró, mirando el parabrisas empañado—.
No es el auto.
Samuel golpeó de nuevo, desesperado.
—¡Tiene que ser el auto!
¡Tiene que serlo!
Pero los dos lo sabían.
El bosque estaba demasiado callado, ni siquiera los animales hacían ruido alguno, como si cada criatura del bosque se hubiera ocultado.
No había lluvia.
No había viento.
Solo ese silencio… el silencio de un depredador respirando cerca.
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