Susurros de las Profundidades - Capítulo 23
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23: La última carrera 23: La última carrera Ethan tomó el teléfono.
Sin señal.
Miró el tablero.
Muerto.
Miró el camino detrás de ellos… sin luces, sin rastro del mundo.
—Nos acaban de poner la mesa —murmuró—.
Y nosotros somos el plato principal.
Samuel tragó saliva.
—No salgas del auto.
Pero Ethan ya estaba mirando por la ventana.
Y allí estaba.
De pie al borde del camino.
Entre dos árboles torcidos.
El wendigo.
No oculto ni en una posición de ataque.
Solo… de pie, observándolos.
Su figura era altísima, una silueta rota.
El cráneo de alce brillaba bajo la poca luz, los cuernos húmedos reflejando gotas como si fueran lágrimas.
El cuerpo —retorcido, flaco, pero poderoso— parecía respirarse a sí mismo.
Quieto.
Inmóvil.
Como un vigilante ancestral.
Como un juez.
Como quien ya decidió algo.
El aire dentro del auto se espesó.
Ethan sintió que su propio corazón hacía ruido dentro de su pecho.
—No está escondido —susurró—.
No está cazando.
Está… disfrutando.
Samuel apretó el volante tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.
—No abras ninguna puerta —ordenó—.
Ni una ventana.
No hagas ruido.
Pero el wendigo no se movía.
No avanzaba.
No retrocedía.
Solo… observaba.
Como si quisiera que ellos memorizaran su forma.
Como si la espera fuera parte del ritual.
Como si supiera que el miedo de los humanos es más nutritivo cuando se cocina lento.
Ethan sintió un temblor recorriendo sus piernas.
—Samuel… —susurró, sin apartar los ojos de la criatura—.
Está esperando.
—¿Esperando qué?
Ethan no respondió.
Porque el wendigo, finalmente… Giró apenas la cabeza.
No se acercó.
No atacó.
Solo giró el cráneo de alce hacia ellos…
y sonrió.
Una sonrisa sin labios.
Sin músculos.
Solo un cráneo… adoptando un gesto imposible.
Una sonrisa hecha para quebrar voluntades.
Samuel se inclinó hacia él.
—No dejes de mirarlo —dijo en un hilo de voz temblorosa—.
Si miras hacia otro lado… puede que ya no esté donde lo dejaste.
Ethan siguió mirando, pero su garganta ardía.
Porque esa cosa… Esa cosa llevaba observándolos desde antes que el auto se apagara.
Y ahora solo esperaba el primer error.
El primer pestañeo.
La primera grieta del alma.
El primer sabor de miedo.
La lluvia se dejó caer como si el cielo llorase por sus muertes inminentes; luego de un par de horas la lluvia se detuvo, pero todo seguía mojado aun después de haber pasado más tiempo, el agua de la lluvia había mojado la tierra creando lodazales por todos lados, las raíces de algunos árboles quedaron expuesto.
Las gotas resbalaban lentas por el parabrisas como si el tiempo se hubiera vuelto viscoso, detenido en un instante perpetuo de desesperación.
Dentro del auto, Samuel y Ethan luchaban contra el pánico… y contra el silencio.
—Intenta otra vez… —murmuró Ethan, sin fuerza.
Samuel giró la llave con torpeza.
Solo un clic.
Nada más.
El motor estaba muerto.
Llevaban horas atrapados ahí.
Habían revisado el capó, golpeado cables, gritado, rezado, golpeado el volante… nada.
Cada intento fallido era un hilo más que se rompía dentro de ellos.
La criatura comenzó a acercarse, sin ocultarse simplemente aprovechaba cada vez que alguien no lo observaba para aproximarse un poco más Primero, a unos 120 metros.
Después, a 100.
Ahora… 60.
Parado entre los árboles, de frente, inmóvil.
Sin pestañear.
Sin agacharse.
Sin correr.
Solo ahí.
Viéndolos.
Saboreándolos, deleitándose con su desesperación.
El horror no era lo que hacía… Era lo que aún no hacía.
Ethan respiraba agitado, pegado a la puerta del copiloto, con los ojos enrojecidos de tanto mirar sin parpadear.
—¿Por qué no se mueve?
—preguntó con la voz rota, como si hablar pudiera ahuyentar la pesadilla—.
¿Por qué no hace nada…?
Samuel no respondió.
Tenía las manos temblorosas sobre el volante.
Le dolían los nudillos de tanto apretar.
Los minutos pasaban como siglos.
Afuera, las hojas se agitaban con el viento.
Un cuervo graznó, pero el wendigo no se inmutó.
Solo respiraba… si es que eso era lo que hacía.
Su pecho se movía, sí, pero no al ritmo humano.
Era errático.
Como un cuerpo que aprendió a simular vida, pero no sabía cómo imitarla bien.
Y entonces, cuando Ethan volvió a mirar… —¡Mierda…!
—se apartó bruscamente del vidrio— ¡Está más cerca!
El monstro reaccionó ante el susto de los jóvenes.
Una sonrisa seca, abierta, sin labios.
Como si disfrutara el sabor del miedo en el aire.
Como si el tiempo mismo fuera un banquete que estaba cocinando lento.
—Nos está jugando —susurró Samuel, sin dejar de mirar—.
No tiene prisa.
No necesita correr.
Sabe que no iremos a ninguna parte, pueda que incluso esté usando brujería para que esto no funcione.
Samuel, se bajó del auto ya no podía soportar más el encierro tenía que intentar una vez más obligar al auto a que funcionara; pero sin saberlo, había activado el momento.
—¡Vamos, por favor, prende de una maldita vez!
—gritó Ethan desde el asiento del conductor, girando la llave como si eso pudiera cambiar el destino.
Samuel golpeó el capó desde afuera.
—¡Reacciona, maldito pedazo de…!
Y en ese instante… lo dejaron de mirar.
Y eso fue todo lo que el wendigo necesitaba.
El Wendigo dio un paso.
Uno solo.
Pero esa pisada pesó como una campanada en el corazón de ambos.
Porque no era solo un paso.
Era una sentencia.
Y entonces… habló para si mismo.
-La espera ya concluyo… se terminó el tiempo de gracia…- Su voz emanó del cráneo con tonalidad rasposa y sombría.
Lento, articulando cada hueso como si cada vértebra fuera un fragmento de cuchilla al moverse.
Su espina dorsal sobresalió, marcando una curva grotesca bajo una piel tensa y agrietada.
El cuello, largo, se ladeó con un crac seco.
La mandíbula se abrió hasta un ángulo imposible, y una lengua oscura como tinta cayó hasta su pecho.
Las garras —largas, sucias, curvadas— se afilaron contra el suelo sin necesidad de moverse.
Solo al estar de pie, el wendigo ya era el terror en su forma más pura.
Pero ahora… Ahora estaba en posición de caza.
El crujido no fue de ramas.
Fue del aire mismo desgarrándose.
El wendigo se abalanzó con una velocidad imposible para su tamaño, una fusión de hueso, garra y hambre ancestral.
La tierra no crujió: se partió.
Las sombras no lo acompañaron: huyeron de él.
Samuel apenas lo vio en el rabillo del ojo.
—¡Samuel mueve el culo!
¡¡AHORA!!
—gritó Ethan; su amigo resbaló con el fango y terminó tropezando hacia la puerta.
El wendigo ya estaba encima.
El cráneo de ciervo, ahora empapado en una baba densa y negra, se estrelló contra el parabrisas.
El cristal resistió medio segundo.
Luego: crasshhh!
Samuel se lanzó adentro justo cuando una de las garras pasó rozando su espalda.
Ethan gritó y giró la llave otra vez, pero solo hubo clic clic clic.
—¡¡NO NO NO!!
—¡Traba las puertas!
¡¡TRÁBALAS!!
El wendigo rugió, pero no como un animal: como un horno encendido en el alma del bosque.
Como si todos los espíritus antiguos vomitaran su rabia a través de una garganta podrida.
Las garras se estrellaron contra la puerta izquierda: CLANG El metal se dobló como papel húmedo.
Samuel lo empujó con las piernas desde adentro, llorando, gritando, maldiciendo, mientras Ethan golpeaba el tablero.
El wendigo no se detenía.
No tenía apuro.
Tenía hambre y el banquete ya no estaba corriendo.
El auto temblaba.
Cada golpe retumbaba como un trueno seco en el corazón del bosque.
Una garra atravesó el techo.
Otra rasgó el capó.
Y sus ojos obscuros y sombríos como el mismísimo hades, no estaban enfocados en el auto…sino en ellos.
Samuel y Ethan, presas atrapadas, sabían que no había rescate.
Solo caos, garras y el sonido de su desesperación.
El crujido metálico fue tan brutal como un hueso fracturándose.
El Wendigo arrancó parte del techo con una garra, como si fuese papel mojado, y de un zarpazo logró sujetar a Samuel por la pierna.
Un grito seco salió de su garganta mientras era alzado por el aire, su cuerpo chocando contra el interior del auto antes de quedar colgando, medio dentro, medio fuera.
—¡SAMUEL!
—gritó Ethan desesperadamente, abriendo la puerta contraria con una patada, sin pensarlo, sin plan, solo fuego en el pecho.
Corrió hacia la bestia y se le lanzó a la espalda.
Sus brazos se enredaron en el cuello del monstruo, sus puños golpearon el cráneo desnudo, inútilmente, como golpear piedra ancestral.
El Wendigo apenas pareció notarlo… hasta que se molestó.
Con un movimiento seco de su cuerpo desgarbado, lo sacudió como si fuera una toalla mojada.
Ethan voló unos metros, aterrizando de espaldas con un quejido seco.
El aire le salió de los pulmones.
La criatura se giró hacia él, los ojos vacíos como el abismo de una fosa sin fondo.
Pero justo cuando su mandíbula se abría para un nuevo ataque, un sonido metálico la distrajo: —¡AAAAARGH!
—Samuel, con la pierna sangrando y los ojos encendidos de rabia y miedo, había arrancado un fierro retorcido del interior del auto.
Con un rugido más desesperado que heroico, lo hundió contra el costado del monstruo, clavándolo hasta la mitad.
La criatura retrocedió un paso.
Sin temor o ira.
Solo… lo miró.
Como si estuviera impresionado, lo estaba analizando o quizás solo se estaba divirtiendo.
Samuel aprovechó para tomar a Ethan por el brazo y levantarlo.
—¡Vamos, cabrón, vamos!
—dijo entre dientes, arrastrando a su amigo.
Ambos corrieron.
Heridos, cojeando, apenas respirando.
Detrás de ellos, el Wendigo no los persiguió de inmediato.
Los dejó avanzar unos metros.
Solo unos metros.
Luego comenzó a seguirlos de cerca, ocultándose entre las sombras.
Y cuando estuvo cerca… apareció frente a ellos sin haber cruzado el camino.
Como si el bosque mismo conspirara a su favor.
Como si el tiempo se deformara para divertirse con el sufrimiento humano.
Una garra se alzó y rozó la espalda de Ethan.
Apenas un rasguño.
Pero la sangre saltó como si hubiese sido un tajo profundo.
—¡MIERDA!
—gritó Ethan, apretando la herida.
Samuel también recibió un zarpazo en el hombro.
No mortal.
No suficiente para detenerlos.
Justo suficiente… para que doliera.
Para que supieran que seguía ahí.
Que podría matarlos cuando quisiera… pero no lo haría aún.
El Wendigo los saboreaba.
No su carne.
Su miedo.
A veces los dejaba avanzar.
A veces los alcanzaba en silencio y desgarraba la ropa, la piel, una costilla.
Luego retrocedía.
Jugaba.
Como un gato con dos ratones rotos.
Cada jadeo de Ethan era un sollozo ahogado.
Cada paso de Samuel era una promesa de no morir.
Pero en el fondo de sus mentes ya lo sabían: no estaban corriendo hacia la salvación… solo estaban prolongando su agonía.
La vieron casi al mismo tiempo.
La iglesia emergía entre los árboles como un cadáver de piedra, vieja, agrietada, con la cruz torcida hacia un costado, apenas visible entre la niebla.
No parecía un refugio… parecía una promesa rota.
Pero era lo único.
—La… la iglesia… —jadeó Ethan, con los ojos empañados—.
Samuel… mira… Samuel alzó la vista.
El corazón le dio un vuelco brutal en el pecho.
—Corre —dijo—.
CORRE.
Corrían arrastrando los pies, el cuerpo roto, los pulmones incendiados.
Cada paso era un insulto a la lógica: seguían vivos cuando no deberían estarlo.
Y entonces… La nada cobró vida.
No hubo aviso alguno; cual relámpago negro, una fuerza los separó.
Samuel escuchó el grito antes de ver qué había pasado.
—¡¡SAMUEL!!
Ethan fue arrancado del suelo como un muñeco viejo.
Las garras del Wendigo lo sujetaron por el torso y lo arrastraron hacia la oscuridad del bosque, la hierba abriéndose a su paso, los troncos rompiéndose como costillas secas.
—¡¡ETHAN!!
—gritó Samuel, girándose, tropezando.
El sonido que siguió no fue humano.
Fue el ruido de algo siendo preparado para comer.
Samuel sintió que algo se rompía dentro de él.
No pensó.
No dudó.
Metió la mano en el bolsillo de su chamarra y sacó el rosario.
Las cuentas estaban tibias por su propio sudor.
La cruz raspada.
Vieja.
Real.
Corrió hacia la oscuridad aun sabiendo que estaba yendo al matadero.
—¡¡SUÉLTALO!!
—rugió, llorando.
El Wendigo ya tenía a Ethan contra el suelo.
La mandíbula se abría lentamente, ese ángulo imposible, la lengua negra colgando, el aliento a tumba envolviéndolo todo.
Samuel se lanzó.
No fue heroísmo.
Fue desesperación absoluta.
Con ambas manos, empujó el rosario dentro de las fauces abiertas del monstruo, hundiendo las cuentas entre dientes y encías podridas, forzando la cruz contra lo profundo de su garganta.
El efecto fue inmediato el Wendigo aulló.
No como antes.
No como un depredador.
Fue un alarido de odio puro, como si algo le quemara por dentro.
Se irguió violentamente, sacudiendo la cabeza, golpeando árboles, desgarrando el aire con sus garras.
Una reacción visceral, furiosa… dolor verdadero.
Ethan cayó al suelo, rodando, tosiendo sangre.
—¡Levántate…!
¡LEVÁNTATE!
—gritó Samuel, arrastrándolo.
La iglesia estaba ahí.
A metros.
Ya podían tocar el muro con los dedos.
Pero el Wendigo no huía del dolor.
El dolor solo había encendido algo peor.
Con un bramido ensordecedor, la criatura se lanzó.
Los cuernos impactaron primero.
Samuel sintió el golpe como si el mundo se partiera.
Su cuerpo voló y se estrelló contra el muro de la iglesia, la piedra fría robándole el aire, la vista volviéndose blanca.
Ethan cayó cerca, sin fuerzas para ponerse de pie, ni siquiera podía gritar.
El Wendigo no perdió tiempo.
Sujetó a Samuel por el torso y lo estampó una y otra vez contra la pared, el sonido sordo de hueso contra piedra mezclándose con el eco hueco del templo vacío.
Y entonces… mordió.
La mandíbula se cerró sobre el hombro de Samuel.
Hubo un crac húmedo.
El dolor fue incandescente, absoluto.
Samuel gritó, pero el grito se rompió en su garganta cuando la criatura arrancó carne, masticando lento, deliberado, como si quisiera que cada segundo enseñara una lección.
Los dientes desgarraban músculo, tendones, arrancando trozos que colgaban antes de desaparecer entre las fauces.
La sangre empapó la piedra de la iglesia.
Samuel ya no golpeaba.
Ya no luchaba.
Solo temblaba, lloraba… mientras el Wendigo empezaba a comerlo, disfrutando cada mordida.
Ethan, desde el suelo, solo podía mirar, sus sentidos estaban aturdidos, su cuerpo adormecido por el dolor y la fatiga.
CONTINUARÁ….
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