Susurros de las Profundidades - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 El deseo de las Estrellas
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3: El deseo de las Estrellas 3: El deseo de las Estrellas Vaya… (Se inclina hacia ustedes, el humo de la pipa dibuja espirales verdes en el aire) Miren quiénes volvieron.
(Deja escapar una carcajada baja, burlona) ¿Qué?
¿Tan desesperados estaban por regresar?
¿O es que no tienen vida propia allá arriba en su pequeño mundo?
Bien.
Prefiero a los obedientes.
Los que saben cuándo sentarse y esperar a que yo hable.
(Aspira de la pipa, exhalando un humo que huele a sal, hierro y tormenta lejana).
Siéntense.
Hoy estoy de buen humor.” (Dos seguas entran en escena: mujeres altas, de piel ceniza, con cráneos de caballo por cabeza, cabelleras largas y negras cayendo sobre sus blancos vestidos primorosos, si no fuera por ese cráneo putrefacto de caballo serían una belleza cósmica con sus voluptuosos cuerpos femeninos y sus despampanantes vestidos.
Sus pezuñas resuenan en el suelo de piedra.
Entre ambas sujetan a la súcubo : sus piernas tiemblan, la cola arrastrándose, el cuerpo aún brillante de sudor y cubierta de todo tipo de fluidos.
La levantan con cuidado, casi reverencia, y la conducen fuera de la sala.
Cthulhu las observa de reojo, sonríe apenas con picardía y morbo en su expresión, y vuelve a fijar sus siete ojos en ustedes).
“Llegaron justo a tiempo.
Y vaya que me alegra.
No hay nada peor que contar una historia para uno mismo.” (la sala se oscurece hasta que sólo él y su trono son visibles.) (Aspira de la pipa; el humo verde forma constelaciones fugaces en el aire) Ustedes, pequeños gusanos, deberían sentirse honrados: no todos los mortales tienen el privilegio de conocer a las hijas de Cthulhu.
Yo las amo; no como ustedes entienden el amor, pero disfruto el terror que llevan sembrando desde hace milenios, desde que yo fuí encerrado y sellado como el durmiente.
Una vez al año, durante trece noches, descienden sobre su mundo.
Estrellas voraces, hijas de Shub-Niggurath y de mi sangre, nacidas de su quinta vagina para devorar y recordarles cuán frágiles son los mortales de los distintos planetas.” (Sonríe, mostrando colmillos imposibles de contar) “Pongan atención.
Hoy no verán cocinas ni niños grasientos.
Hoy verán el cielo abrirse y bajar a las que ustedes llamaron tzitzimime.
Y cuando termine esta historia, mirarán las estrellas de otra manera…” “Siempre que ustedes miran al cielo no hacen más que pedir deseos, Pero mis hijas bajan para arrancárselos de las entrañas” La camioneta se detuvo en el borde de la selva oaxaqueña a media tarde, cuando el calor huele a óxido y resina.
El doctor Emiliano Vargas descendió primero; detrás de él, su esposa, Laura Serrano, ajustó la mochila y apartó con la mano una nube de mosquitos.
El financista, Charles Collins, apareció con una sonrisa de hotel y unos lentes oscuros que no lograban ocultar su fastidio.
Dos policías locales, Sargento Medina y Oficial Torres, los escoltaban por orden del comandante municipal: en la región se habían reportado desapariciones en los últimos días; el campamento arqueológico no estaría solo.
—No me malinterpreten —dijo Collins, abanicándose con un folleto—, adoro el patrimonio cultural… cuando produce titulares.
Descubran algo grande y todos ganamos.
Medina se acomodó el fusil.
—Nuestra orden es acompañarlos, doctor.
La gente tiene miedo.
Hablan de luces y de… cosas en el monte.
Si pasa algo, salimos en cuanto caiga el sol.
Una anciana de rebozo gris, de pie junto a la vereda, cruzó la mirada con Laura.
—No es buena fecha, hija —susurró—.
Las estrellas están hambrientas.
Torres sonrió con cansancio, como quien ya escuchó demasiadas leyendas.
Nadie respondió.
Trabajaron hasta el anochecer.
Bajo la luz dura de las lámparas, Laura limpió una estela cubierta de glifos; sus dedos avanzaban con la delicadeza de quien despierta a un animal dormido.
—Emi, mira esto… —susurró—.
Figuras femeninas descendiendo desde un cielo lleno de signos.
Aquí repite itlatepani… tlatlacualiztli.
“Cosecha de sangre”.
Y este conjunto… tzitzimime.
Emiliano acercó la linterna.
—Estrellas devoradoras —tradujo, con un escalofrío que le pareció ridículo—.
Mito apocalíptico.
—O gancho publicitario —rió Collins—.
No citen eso en el informe o nos lo van a comprar los youtubers.
Emiliano notó el perfume de Laura, uno nuevo, demasiado caro para una campaña.
Notó también la forma en que Collins se inclinaba cuando ella hablaba, el roce leve y familiar de hombro con hombro.
Se lo tragó.
Hasta la noche.
El campamento quedó en silencio a la hora de las ranas.
Emiliano salió de su tienda sediento y vio la de Laura vacía.
La buscó entre cajas y herramientas hasta oír un murmullo detrás de la carpa del almacén.
Asomó.
Laura y Collins estaban demasiado cerca para ser inocentes.
Ella sostenía unas notas, su cabello estaba revuelto y su maquillaje casi desteñido por rose constante.
Él, con la voz baja, decía algo que Emiliano no alcanzó.
Vio los dedos de Collins rozando el antebrazo de su esposa, mientras su otra mano terminaba de ajustar sus vestimentas.
Vio el anillo de Laura girar solo, flojo.
—Con razón tanto interés en venir con nostros… —dijo Emiliano, y el metal en su voz cortó el aire.
Laura dio un paso atrás.
—Emi, por favor… —No es lo que parece —intervino Collins, sonriente—.
Yo solo— —¿Desde cuándo?
—preguntó Emiliano, sin mirar a Collins—.
¿Desde cuándo?
Laura apretó las hojas contra el pecho.
—Fue un error.
Solo… solo estábamos hablando.
Medina apareció por el sendero con la linterna levantada.
—¿Todo bien por aquí?
Emiliano iba a responder cuando lo sintieron.
Primero fue un zumbido lejano, como transformadores eléctricos en verano.
Luego, un tirón en el estómago, como cuando el ascensor baja demasiado rápido.
El cielo parpadeó.
Las estrellas se movieron.
No fue una ilusión.
El firmamento se abrió por costuras invisibles y columnas de luz cayeron en silencio, veloces, como lanzas ardiendo.
El campamento vibró.
Las lámparas chisporrotearon.
El zumbido se volvió catarata.
—Santo Dios —dijo Torres, y el fusil le tembló en las manos.
Cayeron.
Eran mujeres altísimas, bellas como esculturas y horribles como enfermedades viejas: cráneos expuestos en sus cabezas calavericas, cabelleras de fuego que no quemaba, armaduras de hueso pegadas a la piel, manos con falanges largas como agujas.
Sus ropas parecían estar hechas de polvo estelar condensado en una especie de seda fina y adornada con distintas gemas desconocidas en la tierra.
Cada paso olía a ozono y sangre seca.
La primera tzitzimime miró a Collins como a un trozo de fruta madura.
Lo tomó del esternón con dos dedos, le hundió las uñas y arrancó la ropa de un simple tirón como si levantara la tapa de una caja.
Collins chilló como un cerdo en el matadero mientras ella hundía sin dificultad sus manos en el pecho de él; el sonido se quebró cuando ella apretó el corazón con delicadeza y lo levantó palpitando, aún conectado por tendones brillantes.
La luz de las lámparas hizo destellar las costillas abiertas, húmedas.
Otra de ellas, juguetona, tiró del intestino como quien despliega una cinta; el bucle relucía rojo y nacarado, y al caer al suelo soltó un vapor tenue de hierro caliente.
—¡Fuego!
—gritó Medina, y disparó.
Las balas golpearon hueso y rebotaron con chasquidos secos.
La segunda tzitzimime se volvió hacia él; en un parpadeo estaba encima.
Lo alzaron por la cintura; uno de sus cuernos óseos le atravesó el tórax por debajo de la clavícula y salió por la espalda en un crac húmedo.
Medina tosió espuma rosada; su pulmón perforado silbó como una válvula.
La criatura lo clavó contra la estela de piedra; el cuerpo tembló un instante más y quedó colgando, chorreando por la rugosidad de los glifos.
Torres trató de correr.
La tercera lo alcanzó de la nuca, giró la muñeca y el atlas estalló con un chasquido limpio; la cabeza quedó mirando hacia atrás; la mandíbula se aflojó, y un hilo de saliva se estiró hasta el suelo.
Ella tiró, arrancó la cabeza con un tirón seco, y la columna cervical salió como un manojo de anillos marfil que tintinearon al caer.
—¡Laura, corre!
—vociferó Emiliano, arrancándola de allí.
No miraron atrás.
La selva se tragó sus pasos.
El aire sabía a metal y savia.
Detrás, en el campamento, la catarata de gritos y golpes se hizo lejana y luego cesó, reemplazada por un rumor de masticación lenta, de huesos rompiéndose bajo muelas que no eran humanas.
Caminaron hasta que la madrugada volvió gris el borde del mundo.
No hablaron en todo el día.
No comieron.
No se tocaron.
Cuando por fin alcanzaron la carretera, un camionero los llevó hasta el pueblo más cercano.
Declaraciones.
Preguntas.
Papeles.
Nadie creyó nada.
Al tercer vuelo de conexión, ya en su país de origen, Emiliano pidió un taxi sin mirar a Laura.
En casa, esa tarde, empacó.
—Emi, amor, hablemos —dijo Laura, con la voz hecha trizas—.
Fue una estupidez, te lo juro.
Tengo miedo, yo… —se le quebró la frase—.
No me dejes ahora.
Emiliano sostuvo el asa de la maleta un segundo más.
Podía oler todavía el humo del campamento en su ropa.
Dejó la maleta junto a la puerta y se encerró en el estudio con una botella y las notas de la estela.
El mundo entero de Emiliano se desmoronaba ante sus ojos.
(La cordura de los mortales es tan frágil, están tan cimentados en el mundo que conocen, y se sienten poderosos al declarar “si nadie lo ha visto entonces no existe” que cuando algo les quita la venda de los ojos simplemente su mundo entero colapsa tan solo por no ser como lo habían imaginado) El pobre hombre lloraba como un niño que se había roto el brazo por ir rápido en su bicicleta, él amaba la arqueología con todo su corazón casi tanto como amaba a su esposa y explorar el mundo sin ella ya nunca más tendría sentido.
Pero saber que ella fornicaba con otro hombre hacía que el sintiera asco con tan solo pensar en ella de los puros celos.
Efectivamente Emiliano no tenía deseo o razón alguna para vivir.
La noche cayó espesándose en los ventanales.
Emiliano; estaba roto por dentro, el descubrimiento de las criaturas, el trauma y el horror de la carnicería que había presenciado, que lo creyeran loco y ahora era el principal sospechoso por la muerte de los policías y Collins; había subrayado cinco veces cosecha de sangre cuando escuchó el primer grito.
No fue un grito común.
Fue un desgarrón en la casa, un vidrio que se raja desde adentro.
Emiliano corrió por el pasillo.
Las tzitzimime estaban en el dormitorio como si el techo hubiese sido agua: dos figuras inmensas llenando el espacio, la luz de sus cabelleras lavando las paredes.
Laura temblaba en el suelo; una de ellas la sujetaba por las caderas con la facilidad de quien toma una jarra; la otra hundía la mano en el abdomen y sacaba puñados de vísceras que relucían, goteando sobre la madera como estrellas caídas.
A cada latido, un chorro dibujaba puntitos en la alfombra, una constelación que nacía y se apagaba.
—¡No!
—dijo Emiliano, pero fue un hilo de aire.
Las criaturas alzaron la vista hacia él con un desinterés perfecto.
Lo vieron.
No lo tocaron.
Siguieron comiendo como si él fuera una lámpara, un mueble más.
El tiempo se detuvo, y cuando volvió a avanzar Laura ya no gritaba.
Emiliano se quedó de pie hasta que el dormitorio recuperó su tamaño y las ventanas volvieron a ser ventanas.
Las tzitzimime salieron como brisa que se apaga, dejando un silencio que no pertenecía a ninguna casa humana.
( Cthulhu rió.
Lo escuchan, ¿verdad?, en ese sitio de la cabeza donde no hay palabras.
“¿Lo ven?
Ni yo desperdicio la ironía.
Ella fue su banquete.
Él, su audiencia.”) La botella de whisky seguía en el estudio.
Emiliano la tomó con dedos que no sentía y bebió a tragos ciegos.
En el vidrio del marco de una foto —una excavación antigua donde ambos reían llenos de polvo—, las luces de la ciudad parecían clavarse en el cielo como puntillas.
“¿Y qué les horroriza de esto?
Ustedes hierven langostas vivas, deshuesan reses colgadas de ganchos, pican vísceras y lo llaman cena familiar.
Otros, un tanto más hipócritas creen que por comer ensaladas no hubo vidas perdidas para llenar su plato y se jactan de ser santos, y sacerdotes de la vida.
Aun cuando la agricultura mata muchos mas animales y destruye mas ecosistemas que la crianza de bestias para el consumo.
No se engañen.
Ustedes también son dioses de mataderos.
La única diferencia… es que yo no tengo la hipocresía de negarlo.” El cielo, afuera, estaba limpio.
Vacío.
Como si no hubiera ocurrido nada.
Como si nunca ocurriera nada.
(Las luces se encendieron todas de golpe, y Cthulhu cerró su libro de golpe, las visiones en el humo se detuvieron, la colosal bestia se estiró acomodando cada hueso de su cuerpo, puso a un lado su enorme libro y comenzó a servirse una copa de vino, el cual tenia un poderoso aroma frutal y a licor potente, ambos aromas inundaron la gran sala; muchas almas gritaron ahogadas desde sus peceras al anhelar un simple sorbo del vino) (Cthulhu con dulzura venenosa y macabra en su voz dirigió sus palabras para ustedes nuevamente): -“Duerman.
Por hoy ha sido suficiente, si les muestro más de cómo es el universo realmente; sus cerebros saldrían licuados por su nariz y sus oídos..
Mañana podrán volver por un poco más.
(Con una expresión extasiada dio un sorbo de manera elegante y educada a su copa de vino, y movió ligeramente su cabeza en señal de deleite provocado por los gritos de agonía que emanaba de las almas en las peceras) Puedo garantizar que seguirán perdiendo la inocencia con cada página… por ahora disfruten del cielo.
Esta noche es hermosa y las estrellas resplandecen tanto como el año pasado, ”
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