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Susurros de las Profundidades - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 un vaticinio trágico
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4: un vaticinio trágico 4: un vaticinio trágico (La sala está en penumbra.

El gran trono vacío se alza en la distancia.

No hay humo de pipa.

No hay tentáculos golpeando el suelo, incluso las almas de las peceras parecen estar en reposo.

Solo el sonido de agua, goteando en algún lugar lejano, y un murmullo que parece provenir de las paredes.) Decenas de siluetas se mueven en la penumbra.

Sirenas de piel plateada nadan en los estanques que rodean la sala, sus colas se arquean como látigos de seda.

Tritones con cuerpos musculosos y ojos completamente negros arrastran cofres cubiertos de algas, acomodándolos a lo largo del salón.

Criaturas con cabezas de pez martillo portan lámparas bioluminiscentes que proyectan círculos verdes sobre las paredes de piedra, iluminando las peceras donde las almas siguen flotando en su tormento silencioso.

Una de las sirenas abandona el agua y se arrastra por el suelo con movimientos lentos y sensuales.

Su cuerpo está cubierto de escamas que parecen espejos rotos, brillando con reflejos turquesa.

Sus dedos palmeados gotean agua mientras se apoya en el borde de una mesa y les sonríe a ustedes con colmillos finos y puntiagudos.

—Mi señor no está —dice, con voz líquida, casi un canto de ballena que hace vibrar el aire—.

Está… ocupado.

(Gira la cabeza hacia el trono vacío y suelta una risita aguda, como el sonido de vidrio rompiéndose bajo el mar.) —No se preocupen.

Su ausencia no significa que estén a en peligro “por ahora”.

Detrás de ella, un pez-humanoide pasa cargando un cetro de coral cubierto de runas.

Otro barre el suelo con una red hecha de cabellos trenzados.

Todo el salón parece vivo, preparándose para algo que ustedes no pueden comprender.

La sirena avanza un poco más, su cola se enrosca en el suelo, y los mira con deleite cruel.

—Siéntense.

Él sabe que están aquí.

Y cuando regrese… él decidirá que hacer con ustedes.

(Se retira hacia la piscina, deslizándose en el agua con un chapoteo suave.

El salón queda en silencio, roto solo por los ruidos lejanos de las criaturas trabajando.

El trono sigue vacío, pero la sensación de ser observados permanece.) – “Día de Museo” En algún lugar de Estados unidos, un grupo de adolescentes universitarios viaja en autobús, su destino era un museo muy importante con una visita ya orquestada por la universidad.

El autobús universitario avanzaba lento entre el tráfico matinal.

En el interior, el caos era absoluto.

Miyu Takahara, con el uniforme perfectamente arreglado y el cabello lacio cayéndole hasta los hombros, hojeaba un libro de ocultismo en japonés.

Sus gafas resbalaban por su nariz, pero ella no apartaba la vista.

—No entiendo por qué no puede sonreír nunca —murmuró Jada Morales, que no había callado desde que salieron del campus—.

¡Si vamos al museo!

¿Quién no se emociona con eso?

—Tal vez porque no todas somos chismosas profesionales —respondió Fiona Rabenwood, la pelirroja, sin levantar la mirada de su tablet.

Tecleaba rápido, escribiendo algo que sonaba demasiado académico para el humor del grupo.

Diego Herrera, sentado de medio lado, aprovechó el silencio momentáneo para hacer ruidos de pedo con la boca.

—¡Atención pasajeros!

—anunció con voz de locutor—: Hemos llegado al túnel del aburrimiento, favor de apagar cerebros.

Rebecca O’Neill rió con su voz chillona y le dio un manotazo en el hombro.

—¡Eres un idiota!

—dijo, masticando chicle y revisando su reflejo en la cámara del celular—.

Pero al menos haces que esto no sea tan deprimente.

Ethan Blackwoods, (atlético y con la chamarra del equipo de fútbol, se inclinó hacia ellos).

—No se pasen, algunos queremos llegar con energía para la visita.

—¡Tú solo quieres tomarte fotos para tu Instagram!

—lo acusó Diego, y todos rieron, excepto Samuel Brooks.

El chico más alto del grupo miraba por la ventana, serio.

Sus brazos cruzados parecían una advertencia.

—Ya cállense, ¿sí?

—dijo con voz grave—.

Hay gente que sí quiere escuchar la explicación de los guías.

—Ay, tranquilo, Hulk —replicó Jada, con las cejas levantadas—.

No te va a dar un infarto por reír un poco.

Noa Kayashi, con audífonos colgados al cuello, levantó la vista de su laptop solo para registrar el momento con su cámara.

—Esto va directo al chat de grupo —dijo, sonriendo por primera vez en todo el viaje.

El autobús se detuvo.

El museo era imponente: columnas de piedra, un vestíbulo que olía a madera encerada y aire acondicionado.

La profesora los reunió en la entrada.

—Comportamiento ejemplar, chicos —advirtió, mirando especialmente a Diego y Rebecca—.

El grupo se internó en las salas, y el bullicio se transformó en murmullos.

Cada vitrina brillaba con piezas prehispánicas, códices, máscaras de jade.

Miyu se quedó atrás, observando una estela tallada.

—Esto es… —murmuró, como si se hablara a sí misma— un relato de sacrificio.

Fiona se acercó a verla, con genuino interés.

—Sí… y no está en los textos oficiales.

Apunta eso, podría ser material para tu tesis.

Mientras tanto, Rebecca y Diego posaban frente a un jaguar disecado, fingiendo que les atacaba para las selfies.

Ethan trataba de que no derribaran la cuerda de seguridad.

Samuel observaba a todos con desaprobación.

Era caótico.

Era bullicioso.

Era el grupo más poco uniforme que la universidad había podido reunir.

Pero, de alguna forma, estaban todos allí.

El grupo de ocho caminaba en fila irregular por el amplio vestíbulo del museo.

Las columnas blancas reflejaban la luz de la tarde, y el eco de sus pasos se mezclaba con las explicaciones de la guía, que hablaba de esculturas mesoamericanas.

—No puedo creer que tengamos que escribir un ensayo sobre esto —murmuró Diego, el payaso del grupo, mientras fingía esculpir algo invisible con las manos—.

“La influencia de los olmecas en el arte contemporáneo”, bla, bla, bla… Rebecca soltó una risita y le dio un codazo.

—Por favor, Diego, no seas aburrido.

Además, las esculturas tienen su encanto.

—Hizo un giro de cadera exagerado—.

Mira esta pose, es casi sexy.

—¿Sexy?

—bufó Samuel, el rudo, cruzándose de brazos—.

Eso es un jaguar decapitado.

Ethan, el chico popular, tomó una selfie con la escultura detrás.

—Perfecto para el feed.

#Cultura #Aprendiendo —dijo, y su celular emitió el sonido de un disparo de cámara.

—No puedo contigo —rió Fiona, la pelirroja, sacando su libreta—.

Ustedes están aquí para hacer bulla, yo para sacar A+.

—Siempre tan estudiosa —comentó Noa, ajustándose los lentes mientras revisaba en su tablet un modelo 3D de la misma pieza que tenían enfrente—.

Pero Fiona tiene razón, miren la inscripción: es fascinante.

Parece una secuencia de calendario, pero no coincide con el sistema maya clásico.

—Traducción: —intervino Jada, apoyando las manos en las caderas— “Esto es importante y yo soy la única que lo entiende”.

Todos rieron, excepto Fiona, que rodó los ojos.

—Cuando tengan pesadillas por no estudiar para el examen, no vengan a pedirme mis apuntes.

—Relájate, Fiona —replicó Rebecca, sonriendo de forma pícara—.

La vida no es solo estudiar.

—Algunos no necesitamos estudiar —dijo Ethan, encogiéndose de hombros—.

Yo solo paso el examen con encanto natural.

Samuel le lanzó una mirada de advertencia.

—Algún día ese “encanto” te va a meter en problemas.

El grupo continuó recorriendo el museo.

Entre risas y comentarios, parecía imposible que fueran a estar en peligro algún día; eran un pequeño caos en movimiento, unidos por algo que ni ellos entendían del todo.

Había algo entrañable en verlos discutir, molestarse y reconciliarse en cuestión de segundos, como si fueran una familia improvisada.

La entrada del museo estaba decorada con columnas labradas con glifos antiguos.

Al pasar, una placa ilegible decía algo como “Xochit Klinik: Casa de Espíritus estelares”.

El grupo avanzó entre salas de jade, obsidiana, cerámica policromada y máscaras funerarias.

El guía observaba al grupo con ojos sabios.

—Bienvenidos.

En esta sala encontrarán representaciones de Quetzalcóatl, Tláloc, Chaac, el dios maya Itzamná, y las estrellas que para los antiguos eran portadoras de destino.

Rebecca infirió: —¿Y los jaguares?

Siempre veo jaguares en las piezas.

El guía asintió: —Claro.

El jaguar era símbolo del inframundo, de la noche.

En la cultura maya se le llamaba Balam, protector de los muertos.

En Oaxaca, los zapotecas lo representaban como Cocijo, combinación del dios de la lluvia con el rayo.

Fiona se acercó a una estela grabada con figuras de hombres y estrellas.

—Esto aquí muestra a un Itzamná señor del cielo, sosteniendo una estrella caída —comentó con voz baja—.

Y este glifo parece ser del calendario maya, como si marcaran el momento en que las estrellas bajan.

Noa, revisando una tablet, comentó: —En los códices mixtecos se habla de “las que bajan del cielo para devorar”, seres estelares vengadores.

Hay paralelos entre esos mitos y lo que nos han contado las leyendas del altiplano.

—¿Entonces esto no es solo mito?

—dijo Diego, medio en broma—.

Si ustedes creen en eso, yo puedo creer que los alienígenas inventaron esto.

Fiona se acercó con curiosidad y algo de timidez.

—Los mexicas hablaban de Cihuateteo, mujeres espíritus que emergían al amanecer, habitantes del camino debajo del sol.

Temidos por su fuerza sobrenatural.

—Exactamente —dijo el guía—.

Estas piezas no son solo arte, son memoria viva de quienes miraron el cielo en la noche profunda.

Samuel frunció el ceño, caminando más lentamente.

—¿Y si esas estrellas que bajan… no vienen solo para contar leyendas?

El grupo siguió, murmullando.

Para extraños observadores, parecían estudiantes curiosos.

Pero ya entre ellos había preguntas: ¿cuáles eran solo mitos?

¿qué pasaría si alguno era real?

a siguiente sala era más oscura, con vitrinas iluminadas que parecían flotar en penumbra.

Estatuillas, códices y figuras de barro representaban criaturas extrañas.

El guía se detuvo frente a un mural.

—Aquí verán algunos de los seres más temidos por las culturas prehispánicas —dijo, bajando un poco la voz—.

Señaló primero una figura con cuerpo de perro y cola de mono.

—Este es el Ahuitzotl, un monstruo de los lagos.

Según los mexicas, vivía en aguas profundas y arrastraba a los incautos con su cola para devorarlos.

—¿O sea que ni nadar tranquilos podían?

—rió Diego, ganándose un codazo de Samuel.

El guía lo ignoró y continuó: —En esta vitrina, la figura de Cipactli, el monstruo primordial, mitad pez y mitad cocodrilo, del que los dioses crearon la tierra.

Y aquí… —señaló una escultura diminuta— están los aluxes de la cultura maya, pequeños guardianes de la selva.

Si no se les deja ofrenda, pueden perderte en el bosque o enfermarte.

—Como los duendes de los cuentos —dijo Jada, fascinada—, pero con peor humor.

Fiona, con el ceño fruncido, leía la cédula.

—Dice que los campesinos de Yucatán aún les piden permiso antes de construir… —comentó, con un dejo de respeto—.

Noa, entusiasmado, añadió: —Miren esto: Yoaltepuztli, espíritu nocturno de los mexicas.

Lo describen como una masa negra que devora todo sonido al pasar.

Como un agujero en la realidad.

Rebecca se estremeció y bromeó: —¿Y no tienen algo menos creepy, como una princesa?

—No —respondió el guía, con una sonrisa seria—.

Pero sí está el Hurakán, el corazón del cielo para los mayas.

dios de la tormenta, el que con un soplido trajo el diluvio.

—Ese sí suena cool —dijo Ethan, imaginando rayos saliendo de sus manos.

Finalmente, el guía señaló un grabado de forma humanoide con brazos largos.

—En Honduras y Guatemala se habla del Sisimite, un hombre-bestia de las montañas.

En el norte, en las tribus cheroqui, se menciona al Raven Mocker, espíritu que roba la vida de los enfermos para alargar la suya.

Samuel cruzó los brazos, pensativo.

—Lo inquietante es que tantas culturas distintas tengan criaturas que cazan humanos.

El grupo quedó en silencio por un momento, hasta que Diego rompió la tensión: —Bueno, si alguna aparece, yo corro primero.

El más lento es el que muere.

—Genial, Diego —dijo Fiona, ajustándose los lentes—, ya sabemos a quién sacrificar.

Las risas volvieron y el grupo siguió avanzando, dejando al lector con la incómoda sensación de que esas figuras no estaban tan dormidas como parecían.

El guía del museo suspiró por enésima vez.

—Si van a seguir riéndose en cada sala, háganlo en silencio.

—Se pasó la mano por la frente y añadió—: Bien, pueden explorar el resto por su cuenta.

Nos vemos en la salida en treinta minutos.

Sin esperar respuesta, se perdió entre las columnas, aliviado de desentenderse del grupo.

—Uf, por fin —murmuró Rebecca, sacando el celular para tomarse una selfie con una escultura.

Pero Jada ya no la escuchaba.

Había quedado petrificada frente a una vitrina apartada, casi oculta en la penumbra.

—Ey… ¿y esto?

—preguntó, con un hilo de voz inusualmente serio.

En el interior, protegidas por cristal blindado, había páginas ennegrecidas y quebradizas, cubiertas de símbolos y glifos que parecían moverse con la luz.

—Eso… —Fiona se acercó despacio, con el ceño fruncido detrás de sus lentes—.

Eso no es cualquier códice.

—¿Por qué lo dices?

—preguntó Noa, fascinándose—.

Parece latín, creo.

Fiona tragó saliva.

—De hecho es griego antiguo… Es un fragmento del Liber Dormiens… el Libro del Durmiente.

Se supone que está perdido.

—¿Libro del qué?

—rió Diego—.

Suena a creepypasta.

—No es broma —replicó Fiona, tensa—.

Hay leyendas sobre este libro.

Dicen que contiene rituales para “despertar” cosas que no deben despertar… Noa; tenía una mirada pícara y una gran sonrisa traviesa en su rostro mientras miraba con atención la vitrina: —¿Por qué un códice de cultura prehispánica, está escrito en griego antiguo?— Eso no tiene sentido ni lógica.

Miyu sonrió como el gato del cuento de Alicia, sus ojos brillando de emoción.

—Róbalo.

Miyu sonrió como el gato del cuento de Alicia, sus ojos brillando de emoción.

—Róbalo.

—¡¿Qué?!

—Fiona retrocedió un paso, el corazón golpeándole el pecho—.

No, no, no… están locos.

Esto debe valer millones.

—Solo dos páginas —insistió Miyu, sus labios curvados en una sonrisa desafiante—.

Piensa en lo que podríamos descubrir.

Rebecca dio un paso al frente y se inclinó hacia Fiona, chasqueando la goma de su chicle con un sonido casi burlón.

—Vamos, cerebrito, siempre con tus notas y tus exámenes.

Hoy podrías hacer algo que valga la pena.

¿O prefieres seguir siendo la niña buena que obedece las reglas?

Jada cruzó los brazos y sonrió de medio lado: —¿De qué sirve ser la más lista si nunca haces nada emocionante?

Vamos, es solo papel viejo.

Diego, con una sonrisa cómplice, fingió narrar como comentarista deportivo: —Atención, señores, Fiona está frente a la decisión de su vida.

¿Se quedará como la sabelotodo aburrida… o pasará a la historia?

Ethan apoyó un brazo en la vitrina y le guiñó un ojo.

—Dale, Rabenwood.

Usa ese cerebro para algo épico por una vez.

Samuel, que hasta ahora había estado en silencio, se interpuso entre Fiona y el cristal: —Esto no es un juego —dijo, su voz grave llenando el silencio—.

Ignorando si hay algo maldito con esos papeles viejos nos podemos meter en problemas legales muy serios.

Pero nadie lo escuchaba.

Las sonrisas del grupo eran como un muro alrededor de Fiona.

Sus orejas ardían, la garganta se le cerraba.

Podía sentir el sudor en las palmas de sus manos.

Y las páginas parecían… llamarla.

Bajo la luz, los glifos parecían girar levemente, como si respiraran.

—Esto es una pésima idea… —susurró, pero el aire apenas salió de su boca.

Noa, entusiasmado, se agachó para buscar la cerradura de la vitrina.

—Déjamelo a mí —dijo, sacando un pequeño clip con una sonrisa casi infantil—.

Esto será fácil.

El clic de la cerradura sonó más fuerte de lo que esperaban.

De inmediato, el museo pareció contener la respiración: el aire se volvió más frío, el murmullo lejano de otros visitantes quedó ahogado por un silencio espeso.

Fiona, temblando, deslizó las manos por el cristal abierto y tomó dos páginas con extremo cuidado.

Por un segundo juró que las letras se reacomodaron, formando un ojo que la observaba antes de volver a su lugar.

Guardó los fragmentos en su mochila.

Nadie habló.

Incluso Rebecca dejó de sonreír.

Salieron casi corriendo de la sala, el sonido de sus pasos resonando demasiado fuerte.

—Acabamos de condenarnos —susurró Samuel, quedándose atrás, sin mirar a nadie.

—O de hacer historia —replicó Miyu, la única que sonrió.

El grupo caminaba rápido por el pasillo, con las mochilas apretadas contra el pecho.

—¿Soy yo, o fue demasiado fácil?

—preguntó Ethan, mirando hacia atrás.

—Demasiado —dijo Samuel, con el ceño fruncido—.

¿Por qué esa vitrina no tenía sensores?

Debería haberse encendido algo.

Diego reía en voz baja para aliviar la tensión.

—Tal vez las cámaras estaban apagadas.

—Pero su voz se quebró un poco al final.

Noa revisó su celular.

—El wifi está muerto —murmuró—.

No hay señal.

Nada.

Pareciera que el propio cosmos estuviera conspirando para asistir a estos torpes ladronzuelos.

Fiona se detuvo.

Algo se movía por el suelo, a lo lejos, como una sombra líquida que se deslizaba entre las columnas.

No era un guardia.

No era humano.

Antes de que pudiera decir algo, la sombra se disipó en silencio, como si el suelo la absorbiera.

—¿Lo vieron?

—susurró, pero nadie respondió de inmediato.

Rebecca tragó saliva y luego de unos segundos se atrevió a hablar: —Lo que sea que haya sido… ya no está.

Las luces del pasillo parpadearon y volvieron a la normalidad, como si nada hubiera ocurrido.

A lo lejos, una cámara de seguridad giró lentamente… pero no apuntó a ellos.

Samuel murmuró algo antes de seguir caminando.

—No me gusta nada de esto.

El grupo salió al vestíbulo con el corazón acelerado.

Ninguna alarma sonó.

Ningún guardia apareció.

El museo parecía seguir respirando en silencio, como si hubiera decidido mirar para otro lado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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