Susurros de las Profundidades - Capítulo 6
- Inicio
- Todas las novelas
- Susurros de las Profundidades
- Capítulo 6 - 6 El sacerdote
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
6: El sacerdote 6: El sacerdote En Italia, una mujer que había pasado por momentos horribles en su vida, una ensalada de traiciones, abandono culpa pronto descubriría que el mundo es aún peor de lo que la mente humana puede llegar a concebir.
Sus padres venían de familias influyentes, tan distintas culturalmente y al mismo tiempo tan idénticas, su padre era de nacionalidad China; había venido a Italia para evitar la ferviente competencia comerciante de sus tierras así que decidió fundar su imperio mercantil en Italia.
Su madre venia de familia hondureña, dicha familia al tener grandes éxitos empresariales no tardaron en abandonar sus tierras para seguir mejorando su estatus social y disfrutar de los beneficios del primer mundo.
Casi como un matrimonio feudal de tiempos antiguos; los padres de Mina se casaron para aumentar el poder de sus respectivas empresas, por lo cual el nacimiento de Mina parecería más bien un arreglo político que otra cosa.
La vida de Mina Ming; siempre estuvo llena de lujos, la palabra opulencia no basta para describir la realidad en la cual ella vivía, aun así en su mente no habían recuerdos de felicidad.
Era riqueza hueca, una familia sin amor, una mansión que parecía palacio mas nunca un hogar.
No fue criada en un nido de amor, fue educada y entrenada entre finanzas, comercio y contabilidad.
Al crecer y madurar la belleza de su cuerpo era un dulce barniz para su vida hueca, se resistió incontables veces a los constantes arreglos nupciales que sus padres preparaban para ella.
Hasta que por fin conoció a alguien con el cual parecía que el mundo podría tener un poco de color, de paso como bonus era el tipo de hombre que sus padres aprobarían, venia de una notable familia de abogados todos de intachable historial, era “perfecto”.
Sin embargo, sin darse cuenta Mina se casó con lo que tantas veces reusó, un hombre que simplemente veía por los intereses económicos en el cual el amor no era mas que una emoción de adorno a la superficialidad.
Aún cuando él la traicionó, los padres de mina parecían favorecer a dicho hombre, pues él durante los años de matrimonio impulsó legalmente a las múltiples empresas de su familia.
Él quitaba muros legales para el crecimiento de los bienes familiares, a los padres de Mina les favorecía estar bien con él y no con ella.
Pese a múltiples obstáculos mina consiguió divorciarse y escapar de aquel mundo, buscó un lugar retirado en Italia una zona apartada de grandes ciudades escandalosas y allí ella fundó una hermosa floristería.
Aunque ella luchaba contra su depresión interior, no había nada que pudiera llenar el vacío de su alma.
Una noche, mina acababa de cerras su floristería y se dirigía a casa, su auto pinchó llanta de manera extraña, todo ocurrió tan rápido, tan espontaneo que parecía imposible atribuirlo a un mero accidente.
Tras superar el susto de casi dar vuelta, sacó su celular e intentó llamar a algún servicio de grúa pero la señal estaba completamente muerta, salió de su auto tratando de conseguir señal, pero nada parecía mejorar.
La mujer alzó su celular tratando de conseguir un poco de señal, y tras mover un poco su dispositivo móvil un pequeño cuadro parecía ser recibido, ella comenzó a caminar en dicha dirección buscando conseguir mejor recepción.
Sin darse cuenta fue rodeada por varias sombras, murmullos y risas pérfidas hacían presencia alrededor de ella, y de la nada varios hombres se abalanzaron sobre ella y se la llevaron entre golpes y forcejeo.
La noche caía como un muro sobre un barrio olvidado en las afueras.
Mina forcejeaba con las sogas que le apretaban las muñecas, pero no había forma de soltarse.
La habían arrastrado desde la calle hasta este sótano húmedo, donde el olor a cera derretida se mezclaba con el del hierro oxidado y la podredumbre.
—¡Por favor, suéltenme!
—gritaba, su voz quebrada, cargada de un pánico que ya le quemaba la garganta—.
¡Alguien, ayúdeme!
Nadie contestó.
Solo el eco de su súplica, absorbido por las piedras del recinto.
Las figuras encapuchadas se movían en círculo, murmurando letanías que resonaban como zumbidos de insectos.
En el centro, sobre un altar tallado con símbolos incomprensibles.
Había una mujer, semi desnuda, cubierta únicamente por una túnica ropa que dejaba muy poco a la imaginación, ella guiaba a todos los demás presentes con ademanes mientras conjuraba en idiomas antiguos rezos blasfemos.
Acostaron a Mina sobre el altar profano; inmovilizada, el frío del mármol se pegaba a su espalda desnuda donde le habían arrancado parte de la ropa a tirones, como si quisieran despojarla no solo de tela, sino de dignidad.
Allí entre risas depredabas y rezos profanos le cortaron la ultima de las prendas.
Ella lloraba asustada, con su corazón y respiración agitadas, su cara estaba enrojecida por vergüenza y la presión arterial elevada.
La líder del culto levantó un cuchillo ritual, su hoja curvada brillaba bajo la luz de las velas.
Mina trató de apartar la vista, pero el reflejo metálico la obligaba a mirarlo, como si esa arma tuviera vida propia.
—Tu corazón será la ofrenda —entonó la voz grave del sacerdote, cada palabra cayendo sobre ella como una sentencia.
Mina se revolvió con violencia, pateando, doblando las rodillas, arañando con desesperación.
El altar no cedió; las sogas crujieron, hundiéndose más en su piel.
El aire se volvió espeso, cargado de incienso y sudor.
Sus lágrimas resbalaban mezclándose con el cabello pegado a la frente.
El círculo de encapuchados empezó a golpear el suelo con palos o báculos, marcando un ritmo tribal que retumbaba en sus costillas.
El sonido era tan fuerte que casi ahogaba su respiración.
Cada golpe era un segundo menos, cada eco un recordatorio de que nadie vendría en su ayuda.
Su mente gritaba: No quiero morir así.
No quiero morir sola.
El cuchillo bajó lentamente hasta quedar suspendido sobre su pecho.
El filo brilló con un destello húmedo, como si saboreara con anticipación la carne que iba a abrir.
Mina lanzó un alarido desgarrador, un grito que era a la vez súplica, rabia y terror absoluto.
En ese instante, justo cuando el filo estaba a punto de rozar su piel, la tensión se hizo insoportable.
las paredes del sótano—.
Sacerdote del único Dios verdadero… y carnicero de toda plaga que sirva al enemigo.
Un disparo más, y otra figura encapuchada se desplomó con un agujero perfecto en el corazón.
Abraham caminaba despacio, apuntando, disparando con precisión quirúrgica, como si llevara toda la vida repitiendo este rito.
Cada vez que un cuerpo caía, murmuraba un versículo de condena.
La sacerdotisa, con el cuchillo aún en mano, le escupió con desprecio: —¡Hijo del Durmiente!
Eres un error nacido de la pesadilla de aquel que duerme bajo las aguas.
¡Tu amo es débil ante Nyarlathotep!
La sonrisa de Abraham se ensanchó.
—Deberías elegir mejor tus últimas palabras en este mundo, —Alzó la espada—.
Yo sirvo al único Dios verdadero y mi alma solo se postra ante la voluntad del Eterno, no conozco a ningún otro dios.
El combate se volvió masacre.
Abraham se movía como un predador: rebanaba gargantas con la cruz-espada, disparaba a bocas abiertas, rompía huesos con la culata del arma.
No había piedad en sus ojos, solo un fervor sádico, casi extático, como si cada vida segada fuera una comunión personal con la eternidad.
Los cánticos del culto se ahogaron en gritos.
Las velas temblaban al ritmo de los disparos, y el mármol del altar se tiñó de rojo.
Mina, inmóvil por las sogas y aturdida por el terror, apenas podía respirar.
Su mente no entendía si aquello era salvación o un horror peor.
La sacerdotisa invocó criaturas deformes para tratar de detener a Abraham, monstruos interdimencionales con cuerpos purulentos y pulsantes, las criaturas trataban de detener al sacerdote con sus extremidades retorcidas.
Mientras Abraham luchaba contra las aberraciones de la otra dimensión, la sacerdotisa lanzó un hechizo poderoso el cual separó una especie de luz obscura, negra como la noche con tenues colores aceitosos de violeta y purpura del cuerpo de Abraham, este calló de rodillas.
– ¡Sin los dones de tu padre, no eres nadie!- Vociferó la sacerdotisa mientras los monstruos se abalanzaron sobre el sacerdote para destruirlo mientras estaba débil.
Sin embargo Abraham consiguió levantarse y decapitar a dos de las criaturas, dio un salto para atrás marcando distancia entre él y sus atacantes.
-Mi fuerza no proviene de la abominación que tu llamas “durmiente” ¡Mi fuerza proviene de mi fé!- El aire se volvió insoportable.
El cuchillo de la sacerdotisa cayó al suelo cuando la espada de Abraham la atravesó limpiamente.
Sus labios aún intentaron maldecirlo, pero solo salió un borbotón de sangre.
Una a una las aberrantes criaturas que trataron de destruirlo fueron eliminadas de manera violenta por el cazador.
El silencio final fue más pesado que los gritos.
Abraham limpió el filo de su espada en la túnica de un cadáver, murmurando una oración gutural en latín que sonaba tanto a rezo como adoración y gratitud.
Mina sollozó, sus ojos nublados por el shock.
Quiso gritar, pero solo salió un gemido ahogado.
Su visión se oscureció lentamente mientras el cansancio y el horror la vencían.
Se desmayó sobre el altar, mientras Abraham la miraba con ojos tan tristes como cansados.
El sonido de campanas lejanas flotaba en su sueño pesado.
Mina abrió los ojos de golpe, jadeando, y lo primero que vio fue un techo de piedra abovedado, iluminado por una tenue luz de velas.
El olor ya no era a incienso rancio ni a sangre… sino a hierbas medicinales y aceite limpio.
Estaba recostada sobre una cama estrecha, cubierta por mantas ásperas pero cálidas.
Llevaba ropa sencilla: una túnica blanca de lino, demasiado grande para su cuerpo, que sustituía los harapos en que había quedado envuelta la noche anterior.
Al incorporarse, un dolor agudo en los brazos y tobillos le recordó las sogas que la habían marcado.
Levantó las manos: estaban vendadas con precisión, limpias, cuidadas.
Su respiración se aceleró.
—Tranquila.
—La voz era grave, serena.
Abraham estaba sentado en un banco de madera, con un crucifijo colgado sobre el pecho y la cabeza inclinada como si meditara.
Sus lentes descansaban en el suelo, uno de los cristales quebrado.
Mina, presa de un reflejo instintivo, le lanzó un puñetazo con la poca fuerza que le quedaba.
El golpe le rompió el armazón metálico de los lentes contra el rostro.
Abraham ni siquiera levantó la mano para detenerla.
Solo sonrió.
—Bien —murmuró, tocándose suavemente la mejilla sin enojo alguno—.
Eso significa que tienes fuerzas para defenderte.
Su tono era paternal, tan opuesto a la furia homicida que había visto en el sótano que Mina se quedó helada.
No entendía cómo aquel depredador de la noche anterior, el monstruo que había cercenado hombres y bestias con éxtasis, podía ahora hablar con calma de un padre consolando a una hija.
—¿Dónde… dónde estoy?
—preguntó con voz quebrada, retrocediendo hasta chocar con el cabecero de la cama.
Abraham se inclinó hacia ella, pero sin brusquedad, como quien se acerca a un animal herido.
—En un lugar seguro.
Una abadía, donde la voluntad de Dios aún es refugio.
Tus heridas han sido atendidas.
Nadie volverá a tocarte.
El corazón de Mina golpeaba con violencia.
Negaba con la cabeza, los ojos desorbitados.
—No… no puede ser.
Tú… tú no eres humano.
Él guardó silencio un momento, y luego respondió con una serenidad desconcertante: —Soy un hombre, Mina.
Un hombre que vive para ser látigo de la voluntad del Altísimo.
Lo que viste anoche no era para ti, sino para las bestias que osaron profanar la tierra con su maldad.
Mina lo observaba, temblando.
El mismo rostro que había sonreído entre disparos y sangre ahora irradiaba paz.
Y esa contradicción era, quizá, más perturbadora que la masacre misma.
Con la luz del día filtrándose por las altas ventanas de piedra.
El aire olía a pan recién hecho y a flores frescas.
Frente a ella, Abraham al verla incorporarse, dejó el libro a un lado y se acercó.
—Despacio, no te apresures —dijo con voz cálida, casi paternal, ofreciéndole una mano para ayudarla a sentarse.
Sobre una mesa de madera, la esperaba un desayuno sencillo: un cuenco de avena con miel dorada, rodajas de fruta fresca y un vaso de jugo recién exprimido.
Abraham acercó la bandeja con delicadeza, como si se tratara de un ritual solemne.
—Debes recuperar fuerzas.
Esto es ligero, pero te hará bien.
Mina lo observó en silencio, sin saber cómo reaccionar.
La imagen del hombre que la noche anterior había segado vidas como un azote divino se desmoronaba frente al gesto tranquilo y atento de quien ahora parecía un hermano mayor, incluso un protector.
Al pasar por el pasillo, dos monjas que transportaban jarras de agua se detuvieron.
Una dejó escapar un suspiro involuntario al cruzar la mirada con Abraham; la otra bajó el rostro de inmediato, con las mejillas encendidas.
Él las saludó con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa serena, sin darle mayor importancia, y siguió con su tarea de cuidar a Mina.
La atmósfera era de paz absoluta: solo el repicar lejano de las campanas, el murmullo de las oraciones y la figura de Abraham, guapo, imponente, pero sorprendentemente gentil.
Su presencia llenaba el lugar de seguridad, como si ningún mal pudiera atravesar los muros mientras él estuviera allí.
Mina bajó la mirada al cuenco frente a ella, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía respirar sin miedo.
Mina comía despacio, intentando recuperar fuerzas.
El cuenco de avena con miel y la fruta fresca parecían extrañamente irreales después de todo lo vivido.
Aún tenía en la mente las imágenes de la noche anterior, como si hubieran sido un mal sueño que la seguía incluso en la vigilia.
Finalmente, no aguantó más y levantó la mirada.
—¿Quién… quién es usted?
—preguntó con voz temblorosa.
Abraham la observó en silencio por un instante, sus ojos claros fijos en los de ella, y respondió con la serenidad de quien carga con siglos de fe en sus hombros: —Mi nombre es Abraham.
Un soldado de Dios.
Las palabras se clavaron en ella, sencillas y firmes.
No había arrogancia, ni necesidad de explicar más.
Solo la certeza de alguien que sabía exactamente quién era.
Mina bajó la vista y siguió comiendo en silencio unos segundos antes de atreverse de nuevo: —Lo de anoche… esas cosas… ¿qué fue todo eso?
Él le colocó suavemente una manta sobre los hombros, como si quisiera apartar la conversación con el mismo gesto con que apartaba el frío.
—Ya todo pasó.
No necesitas preocuparte más —dijo con una calma paternal—.
Ahora estás a salvo.
Mina quiso insistir, pero su voz se apagó en el aire.
Algo en el rostro de Abraham, esa mezcla imposible entre dulzura y un acero inquebrantable, le decía que no obtendría respuestas… al menos no todavía.
En ese instante, Abraham se tensó imperceptiblemente.
Sus ojos parecieron perder el foco, como si escuchara un murmullo distante en un idioma que nadie más podía oír.
Un silencio invisible recorrió el claustro.
El aire cambió de peso.
Para Mina, solo fue un instante incómodo en que Abraham guardó silencio, su respiración volviéndose más lenta.
Para él, era otra cosa: en lo profundo de su espíritu, como un eco lejano, supo que en algún lugar del mundo el equilibrio había sido quebrantado.
Abraham parpadeó y volvió a sonreír, sin dar señales de lo que acababa de sentir.
—Come tranquila —dijo suavemente mientras con cuidado colocaba un collar de rosario con crucifijo en el cuello de Mina.
—.
Ningún mal puede alcanzarte.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com