Susurros de las Profundidades - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 La invocación
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8: La invocación 8: La invocación (Esta vez el salón era tan vasto que ningún ojo humano podía abarcarlo de un vistazo.
Las columnas parecían árboles ahogados, retorcidas de coral negro y hueso antiguo; se alzaban hacia un techo invisible del que colgaban lámparas llenas de un líquido fosforescente que goteaba en silencio.
Cada gota caía sin romperse, quedaba suspendida a medio aire, temblando como si dudara entre caer y ascender.
El suelo estaba hecho de placas de piedra húmeda, lisas como mármol pulido pero cálidas al tacto, como piel viva.
El olor era una mezcla de salmuera, hierro y algas en descomposición, con un fondo dulce e incómodo, como de flores podridas.
Las paredes no eran del todo sólidas: a veces se ondulaban como una membrana de agua, dejando ver fugazmente paisajes imposibles, ciudades sumergidas, cadáveres de estrellas flotando en la nada.
En enormes peceras incrustadas en la pared, las almas translúcidas se retorcían sin sonido pues todo grito era ahogado por el agua que las llenaba.
Algunas giraban en círculos, otras golpeaban el cristal con manos espectrales que no dejaban huella.
El resplandor de las lámparas les arrancaba destellos verdes y azules, como si fuesen medusas o peces abisales atrapados en un sueño eterno.
En el centro, sobre un estrado que parecía trono y arrecife a la vez, se alzaba un sillón ciclópeo tallado en una sola pieza de piedra oscura.
Era un asiento, un altar y un nido, complementado con mullidos cojines y telas aterciopeladas.
Allí reposaba Cthulhu.
Sus tentáculos colgaban perezosos como ramas sumergidas, y su piel, moteada de tonos verdes, negros y violetas, relucía como aceite bajo la luz enferma de las lámparas.
Un cáliz enorme, tallado en concha negra, descansaba en uno de sus brazos; el líquido dentro era espeso, vino salobre y oscuro como sangre de ballena.
La voz de Cthulhu vuelve a resonar, todo alrededor del trono parece respirar con total paz y placer, todo excepto las almas dentro de las peceras obviamente) Así que habéis vuelto… Los que esperaron, mis fieles, traen aún el sabor del silencio en la lengua.
Vuestros ojos han conocido el vacío y habéis aprendido a temblar en él.
Vosotros sois dignos de entrar.
Se que sus mentes han vuelto libres de peso y culpa innecesaria, si hicieron su ritual como es debido, justo ahora han de tener lleno de gozo su corazón y esperanza que yo podré fracturar.
si no cumplieron como es debido el ritual que les ordené entonces sus sentimientos no serán mas que una ofrenda pútrida al universo.
Pero los otros… los impacientes… los que devoraron estas páginas sin aguardar los tres días ordenados… Vuestra impaciencia me asquea.
Vuestra ansiedad me resulta tan ruidosa como moscas sobre un cadáver.
Habéis roto el pacto y os habéis arrancado mi protección con vuestras propias manos.
Ahora leéis desnudos, descalzos, sin mi sombra sobre vosotros.
Yo veo cada paso que dais.
Sé quién obedeció y quién profanó el tiempo que se les dio.
No os engañéis: mi memoria es más larga que vuestras vidas.
Y aun así, estáis aquí.
El océano no pregunta si la gota es digna; simplemente la traga.
Entrad, pues.
No seréis recibidos con calidez, sino con frío.
Los fieles probarán conocimiento.
Los desobedientes, su propio remordimiento.
Continuad… y que cada palabra os pese como piedra en la boca.
Un sirviente diminuto en comparación con su amo —algo entre crustáceo y monje— se asomó desde un arco lateral llevando otra copa.
Cthulhu apenas levantó uno de sus ojos como lunas amarillas; con un simple gesto de garra, lo despidió.
La criatura retrocedió reverente hasta perderse en la penumbra.
Cthulhu se recostó más profundamente en el sillón.
Sus tentáculos se acomodaron como serpientes satisfechas; uno de ellos jugueteó con el borde del cáliz antes de beber un sorbo largo y silencioso.
El sonido del líquido al ser tragado fue como una corriente marina oculta en la oscuridad.
Entonces habló.
Su voz no salió de su boca: surgió de todas partes a la vez, de las piedras, del líquido suspendido, del corazón de los que escuchaban.
Era profunda, aterciopelada y fría como el fondo del océano: “Ya casi está aquí el momento.
Los humanos —siempre tan frágiles, siempre tan hambrientos de misterio— están a punto de cometer su acto más estúpido: invocarme sin motivo, sin precio, sin peso.
Un error irreparable que yo no pedí, y que sin embargo aceptaré… porque así se tejen las corrientes del abismo.” Mientras hablaba, uno de sus tentáculos se alzó, trazando un círculo en el aire.
Allí apareció un espejo vertical de agua aceitosa y luz púrpura, flotando sin marco.
Sus bordes se ondulaban como alas de mantarraya.
En su interior no se reflejaba el salón, sino un vago parpadeo de rostros humanos, una ciudad nocturna, manos temblorosas sosteniendo páginas antiguas.
“Desde aquí veréis lo que yo quiero que veáis.
Yo no intervendré en esto —no es mi capricho, sino el suyo—.
Mirad, escuchad y aprended.
Yo seguiré bebiendo mi vino y atendiendo asuntos más importantes… mientras vuestra especie se hunde un poco más en su propia marea.” (Cthulhu giró lentamente el cáliz, observando cómo el líquido giraba en espirales lentas.
El salón entero pareció inhalar con él, un pulso de mar profundo que se expandió hasta las peceras.
Las almas se aquietaron, flotando como plumas muertas en agua inmóvil.
El espejo latía mostrando imágenes.
Y Cthulhu sonrió con la paciencia de un depredador que ya sabe cómo terminará la cacería.) El fuego chisporroteaba en el claro.
El aire olía a humo, a pasto húmedo y a dulces chamuscados.
Diego, de piel canela y cabello negro rizado que le caía en mechones rebeldes sobre la frente, sonreía con esa expresión contagiosa que siempre traía problemas.
Agitaba un palito con un malvavisco inflándose en la punta.
Había traído una bolsa entera de golosinas y la ofrecía con la naturalidad de quien convierte cualquier reunión en fiesta.
Fiona, la pelirroja de piel clara y pecas dispersas sobre la nariz, sostenía un cuaderno lleno de garabatos y símbolos copiados de las páginas robadas.
Sus lentes reflejaban la luz del fuego; cada tanto los empujaba con el dedo mientras hablaba con voz baja y nerviosa.
A su lado, Miyu Takahara, de piel tersa y pálida con cabello lacio azabache hasta los hombros, parecía lo opuesto: confiada, con la barbilla en alto y los ojos almendrados brillando de emoción, observando a los demás como si fuera la única que entendiera realmente lo que tenían entre manos.
Jada, morena de manos color canela clara y cabello rizado teñido sutilmente en puntas doradas en zonas clave de su cabello, se dejó caer sobre un tronco, cruzando los brazos.
—De verdad, no puedo creer que vine hasta aquí solo para hablar de papel viejo —murmuró, rodando los ojos con dramatismo.
Ethan Blackwoods, alto y atlético, de piel bronceada y cabello castaño perfectamente peinado hacia atrás, estaba de pie, brazos cruzados sobre su pecho con gesto protector aunque apenas disimulaba el aburrimiento.
Samuel Brooks, en cambio, de complexión fuerte, piel color ébano y cabello corto corte casi militar, permanecía más apartado, la espalda recta, la mirada seria clavada en las llamas como si estuviera vigilando a todos.
Noa Kayashi encendía su laptop, intentando captar señal en medio de la nada; su piel ligeramente pálida reflejaba el brillo azul de la pantalla y su cabello oscuro caía sobre sus ojos mientras tecleaba.
El brillo del nerd que siempre busca control en medio del caos estaba ahí, visible en cada clic nervioso.
Rebecca, rubia de piel lechosa y ojos azul grisáceo, se había tumbado boca arriba en la hierba, riendo sola mientras grababa un story con el fuego de fondo, mordiéndose el labio inferior para contener una sonrisa traviesa.
(La voz de Cthulhu retumbó como una marea distante, cargada de sarcasmo) “Oh, qué cuadro tan tierno.
“Niños jugando a ser brujos en el bosque… con malvaviscos, nada menos.
¿Qué tan idiota hay que ser para importunar a un dios?
¿Invocarme con canciones de campamento y chocolate caliente?” La fogata crepitaba.
Fiona pasaba páginas con dedos temblorosos, señalando glifos oscuros a Miyu, quien asentía con entusiasmo depredador.
Samuel no apartaba los ojos del cuaderno, aunque no decía nada.
—Estos símbolos… —susurró Fiona— hablan de un “ojo” que siempre observa.
Creo que es una metáfora.
—¿Metáfora?
—Miyu sonrió, mostrando dientes blancos, casi felinos—.
Suena más como una invitación.
“Invitación… sí.
Golpeen la puerta del abismo y veamos quién responde.
Qué patético: robaron lo que no entienden, y ahora creen que su cháchara de fogata los convierte en sabios.” (Una pausa, acompañada de un bostezo pesado)“Yo debería agradecerles, si no fuera una falta de respeto tan notable claro… la estupidez humana es la sal de mi banquete.” Jada lanzó un suspiro largo, su cabello rizado brillando bajo la luz del fuego.
—¿Y qué ganamos con todo esto?
¿Asustarnos entre nosotros?
Diego levantó el malvavisco ennegrecido como si fuera un cetro.
—Ganamos una buena anécdota, ¿qué más quieres?
Rebecca carcajeó, su risa alta mezclándose con el chasquido del fuego.
—Cuando nos arresten por vandalismo de museo, me aseguraré de que el titular diga que fue idea de Samuel.
—No tiene gracia —gruñó él, pero sus palabras se perdieron en nuevas risas.
“Ah, la comedia.
Incluso al borde de la condena, estos cachorros se ríen.
Qué adorable.
Qué deliciosamente absurdo.” El sillón de Cthulhu crujió mientras se recostaba más, acomodando tentáculos como si fueran bufandas.
“Pronto, esas risas sonarán muy diferente.
Y yo… yo estaré escuchando.” La noche era fría, y el grupo se había reunido frente a la fogata improvisada Las llamas crepitaban mientras el vapor del chocolate caliente subía en espirales perezosas.
El cielo parecía una sábana negra, sin luna, como si alguien la hubiera borrado con intención.
Diego, envuelto en una cobija y con un malvavisco a medio tostar, fue el primero en romper el silencio: —Les juro que si aparece un fantasma, me tiro al fuego antes de que me agarre.
Jada soltó una risa corta.
—Por favor, Diego, te asustas hasta cuando el microondas pita.
Fiona acomodó su tablet en las rodillas, el brillo de la pantalla tiñéndole el rostro de azul.
—Ya que estamos todos, quiero mostrarles lo que logré traducir.
—Su tono era serio, casi académico—.
El texto habla del Durmiente, “aquel que descansa bajo las aguas y sueña el mundo”.
Ethan frunció el ceño.
—¿Como un dios?
—Más que eso —respondió Fiona sin levantar la vista—.
Un ser anterior a toda vida, antes de los dioses, antes del tiempo.
Noa, siempre con su laptop al alcance, tecleó unos segundos.
—Encontré algo.
—Su voz se volvió grave—.
Hay foros y páginas antiguas que lo mencionan.
En algunos lugares lo llaman Leviatán, en otros Dagon, y en la mitología más reciente… Cthulhu.
—Levantó la vista, como leyendo desde la mismísima Wikipedia—.
“Todos los nombres se refieren a una misma entidad primigenia, símbolo del caos dormido bajo el mar.
Diversas sectas aseguran que su despertar marcará el fin de la cordura humana.” Un silencio breve siguió a sus palabras.
El fuego chasqueó, como si aprobara la lectura.
—Bueno, eso fue… perturbador —dijo Rebecca, dándole un trago a su taza—.
¿Y por qué demonios tenemos esas páginas entonces?
Fiona suspiró.
—Porque alguien —miró a Miyu con cejas arqueadas— pensó que sería divertido robarlas.
Miyu se encogió de hombros, sonriendo con descaro.
—Ya, ya, no te pongas intensa, cerebrito.
Al menos sirvió de algo.
He estado aprendiendo griego antiguo para descifrar más rápido los símbolos.
—¿Ah, sí?
—Fiona ladeó la cabeza con ironía—.
Pues si tanto sabes… ¿por qué no haces tú la invocación?
El comentario cayó como una piedra al fuego.
—¿Qué?
—rió Miyu, nerviosa—.
¿Hablas en serio?
—Muy en serio —replicó Fiona, cruzándose de brazos—.
Dijiste que sabías lo suficiente.
Demuéstralo.
Jada chasqueó la lengua.
—Vamos, Miyu.
No te vas a echar para atrás, ¿verdad?
Rebecca sonrió.
—Sí, doctora locura.
¿Dónde quedó tu valentía japonesa?
Samuel intentó intervenir, pero el resto del grupo ya reía y coreaba el nombre de Miyu como si fuera un reto escolar.
Fiona la miraba fija, la misma mirada con que una presa observa al cazador sabiendo que esta vez los papeles están invertidos.
Miyu tragó saliva, pero su sonrisa no se quebró.
—Está bien… ustedes lo pidieron.
Sacó de su mochila una hoja amarillenta.
El fuego hizo que los glifos en ella parecieran moverse, retorcerse.
—Escuchen y recuerden esto cuando el cielo se agriete —murmuró en griego arcaico.
Su voz adquirió un ritmo hipnótico, y el viento se volvió más pesado, como si contuviera la respiración.
El último eco de su voz se perdió entre las brasas.
Nadie se rió.
Nadie aplaudió.
Por un segundo, todos sintieron que el mundo mismo se inclinaba hacia ellos.
Ahora sabrán perfectamente lo que ocurre con aquellos que no muestran el sagrado respeto que merece lo desconocido y lo antiguo.
El viento cambió.
Primero fue un suspiro suave, como si la noche respirara.
Luego, un rugido.
Las llamas de la fogata se torcieron hacia un costado, y las sombras bailaron sobre los rostros de los ocho amigos, deformándolos en muecas irreconocibles.
Miyu sostenía el papel con ambas manos.
Su voz, al principio vacilante, comenzó a ganar fuerza, resonando con una cadencia antinatural.
—Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn… Hiad Cthulhu… Hiad Cthulhu… Las palabras sonaban como si no pertenecieran a garganta humana.
El aire se espesó; el fuego siseó con un tono que no era el del viento.
Desde los árboles cercanos, un murmullo de alas comenzó a formarse: cuervos, decenas, tal vez cientos, revoloteando en espiral sobre ellos.
Fiona retrocedió, su tablet cayó al suelo.
—¿Qué… está pasando?
—Debe ser una coincidencia —balbuceó Noa, sin apartar la vista del cielo, donde los pájaros giraban como una tormenta viva.
Miyu seguía recitando.
Su voz se quebraba entre la emoción y la demencia.
El viento soplaba tan fuerte que las chispas de la fogata se alzaban en columnas anaranjadas.
Y entonces, lo dijo: —Hiad Cthulhu!
Hiad Cthulhu!
Un estruendo invisible recorrió el suelo.
Las ramas se doblaron con un crujido seco.
Los cuervos chillaron al unísono, como si algo los hubiese quemado desde dentro, y huyeron en bandadas desordenadas hacia la nada.
El fuego se apagó.
Solo quedó el sonido de su respiración y un zumbido profundo, como un corazón gigantesco latiendo bajo la tierra.
Samuel no lo soportó más.
—¡Basta!
—gritó, arrebatándole las páginas a Miyu—.
¡Esto no es un juego, maldita sea!
Rasgó una esquina del manuscrito, pero antes de destruirlo, un golpe brutal lo lanzó hacia atrás.
Ethan, con el rostro desencajado, lo había golpeado sin previo aviso.
—¡No te atrevas a romperlo!
—rugió, los ojos inyectados de furia—.
¡No entiendes nada!
Samuel se levantó tambaleando y le devolvió el golpe.
El ruido de los puños rompiendo carne retumbó como truenos.
El resto del grupo observaba en silencio, con sonrisas estúpidas y miradas vacías.
Noa intentó separarlos, pero Ethan lo empujó de un manotazo.
—¡No te metas, idiota!
—gritó, y su voz sonó… diferente, más grave, casi gutural.
Miyu, de pie junto al fuego moribundo, levantó el rostro hacia el cielo sin luna.
Su cabello volaba con el viento y una sonrisa torcida se dibujaba en sus labios.
—El que gane… —dijo excitada, con voz sensual— tendrá una noche conmigo.
Las risas histéricas estallaron entre los demás.
Jada y Rebecca aplaudían; Diego gritaba vítores como si fuera un espectáculo.
Samuel y Ethan se golpeaban sin medida, sin razón, con la brutalidad de animales enjaulados.
Rebecca con amplia sonrisa, el que pierda yo le haré una mamada de consolación.
El aire olía a ozono y a miedo.
Por un instante, el fuego volvió a encenderse solo, en un tono verdoso, proyectando sombras imposibles sobre el suelo.
Fiona miró a Miyu —y por un segundo juró que la veía distinta, con los ojos vacíos y la piel más pálida que el fuego.
El rugido del viento se convirtió en un grito.
Y, justo antes de que alguien más hablara, el cielo pareció abrirse con un parpadeo… Fiona tomó las hojas de papel que estaban en el suelo y se las dio a Miyu.
—¡Que mierda pasa con ustedes!
— Gritó Samuel mientras forcejeaba con Ethan, —No dejan de actuar extraño desde que encontraron esas malditas hojas— De un fuerte empujón logró apartar a Ethan de él —¿No se dan cuenta de lo que ocurre?— Samuel miró su collar de crucifijo en el suelo; se había roto por la pelea, entonces se arrodilló para recogerlo.
—Este me lo regaló mi abuelo— dijo con un suspiro nostálgico.
De inmediato Ethan parpadeó como si estuviera despertando de un sueño profundo.
—Mierda… perdón viejo, no… no sé qué me pasó, por favor Samuel perdóname amigo, prometo llevarlo a la joyería para que lo arreglen — Samuel respiró fuertemente tratando de calmarse, ya solo paremos esta tontería quiero irme a casa.
Muy tarde, pues la invocación había terminado y de inmediato el mundo entero parecía haber quedado por completo en penumbra, no había ruido ni de los insectos ni de los animales, el viento incluso ya no hacía ruido alguno.
Pareciera que el propio cosmos tenía miedo de interrumpir algo.
El silencio se rompió con un zumbido grave, tan bajo que no venía del aire sino del interior de sus cuerpos.
El suelo tembló, las brasas levitaron y el fuego se plegó hacia adentro, volviéndose un remolino verdoso que no proyectaba luz, sino ausencia de luz.
De él emergió algo.
Primero, una sombra que no tenía dirección.
Luego, ojos… demasiados ojos, abiertos dentro de la sombra como lunas cubiertas de aceite.
Cada parpadeo era un terremoto visual.
Una presión invisible los forzó a arrodillarse.
Nadie gritó; sus gargantas estaban selladas.
Entonces, la voz.
No venía de ninguna parte.
Era el mar golpeando dentro de sus cráneos, el rugido de una mente más antigua que el lenguaje.
—¿Por qué me habéis llamado?
—tronó Cthulhu—.
¿Por qué una raza tan pequeña osa tocar las puertas del sueño?
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