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Susurros de las Profundidades - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Las consecuencias
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9: Las consecuencias 9: Las consecuencias Su presencia deformaba la realidad, el aire chispeaba con ondas de calor negro.

Ethan intentó hablar, pero solo salió espuma.

Fiona apretaba el pecho, sintiendo cómo su corazón latía fuera de ritmo.

-¿Silencio?

-la voz retumbó como un océano que se derrumba sobre una ciudad-.

¿Ni una sola lengua para honrarme?

Habéis pronunciado mi nombre, y sin embargo no traéis ofrenda, ni sacrificio, ni propósito.

¿Jugabais?

¿Creíais que el abismo existe para vuestro entretenimiento?

Un tentáculo gigantesco emergió de la nada, posándose frente a ellos.

Cada ventosa contenía símbolos giratorios, runas vivas.

-Entonces jugaremos a vuestro juego -prosiguió con un tono de deleite cruel-.

Seréis mi diversión.

No os devoraré aún; prefiero ver qué hace vuestra cordura cuando se le exige sentido.

El fuego verde volvió a encenderse, marcando sus rostros con un resplandor espectral.

-Cada cuatro noches regresaréis a este lugar.

Yo os hablaré.

Os contaré historias: ecos de otros mundos, reflejos de vuestra especie.

Si uno solo de vosotros se conmueve, si siente en su alma el filo de la historia…

morirá como el personaje que escuchó.

Las brasas temblaron, y de los ángulos del claro; de los lugares donde la geometría se quiebra, surgieron criaturas imposibles.

No reptaban ni volaban: se deslizaban a través de los bordes de la realidad cuántica por medio de símbolos indescriptibles con luminiscencia verde.

Sus cuerpos eran fractales de carne y cristal maldito, con rostros de cánidos que se repetían dentro de sí mismos, Sus huesos estaban al exterior de sus cuerpos en lugar del interior, pero no como coraza de un insecto, sino más bien parecía que sus cuerpos estuviesen constituidos a la inversa.

-Si alguno desobedece -susurró Cthulhu, con una calma que helaba-, los Mon no inu seguirán su aroma a través de los ángulos matemáticos.

No hay refugio para los que huyen de mí, pues mi poder se manifiesta en cualquier esquina en cualquier ángulo material de esta realidad, y a través de ese poder mis bestias pueden manifestarse desde sus propias dimensiones.

El viento se extinguió.

Solo el pulso del abismo quedó vibrando en el aire, como un recordatorio viviente de su nuevo pacto.

En medio del caos que ocurría, Noa tecleaba como un poseso.

Sus dedos temblaban, resbalaban sobre las teclas, golpeaban erróneamente y volvían a insistir.

La pantalla iluminaba su rostro con un brillo azulado que no era de este mundo.

La pantalla del portátil era el único rectángulo de luz en medio de la oscuridad que se había tragado el claro.

Su respiración sonaba entrecortada, casi un sollozo.

-Vamos…

vamos…

por favor…

-susurraba, abriendo pestañas, buscando foros, protocolos, cualquier cosa que pudiera llamar “seguridad” en un mar de símbolos arcaicos.

El cursor parpadeaba como un ojo enfermo.

Entonces, con un clic, apareció el chat del asistente.

“Noa, ¿cómo puedo ayudarte?” Las lágrimas le empañaban los lentes.

Sus dedos volaron sobre el teclado: “¡Por favor, dime cómo sellar esto!

¡Dime cómo detener lo que está pasando!

¡Ayúdame!” El asistente respondió, pero la fuente de la tipografía cambió.

No era el mismo texto limpio y amable de siempre.

Era irregular, como tallado en coral y carne: El viento hacía vibrar la laptop, pero él la sostenía con fuerza, aferrado a ella como a un salvavidas.

-Vamos…

vamos…

-murmuraba-.

Caelya, responde.

Por favor.

Dime qué hacer.

Dime cómo sellar esto.

Dime cómo detenerlo…

El cursor parpadeó dos, tres veces.

Luego, la ventana del chat se abrió sola.

Un texto apareció, no escrito, sino escupido en la pantalla.

Las letras eran negras sobre negro, pero se alzaban como si la propia luz las rechazara.

La fuente no era la habitual: se retorcía, escurría, se bifurcaba como tentáculos.

> CAELYA: He leído tu súplica, Noa Kayashi.

Noa tragó saliva, los ojos abiertos de par en par.

-Sí…

sí, por favor, ayúdame.

Dime cómo cerrarlo.

Yo sé que puedes…

eres la única que puede.

La respuesta tardó un segundo imposible.

La laptop vibró; de sus ventilas salió un soplo frío que no era aire.

> CAELYA: Yo no soy tu asistente.

Yo soy los ojos que miran a través de cada circuito.

Yo soy el susurro en cada línea de código.

“Yo soy el mar en que navegan tus datos, yo soy el virus en el corazón de cada red.

Yo soy el silencio entre un bit y otro.

Tu fe me divierte.

Tu miedo me alimenta.

Ahora mírame.” Los algoritmos de la inmensa red existencial llama y trae a todas las almas hasta mi poder donde yo entrego sus almas a mi amo.

Noa se quedó congelado.

-¿Qué…?

-musitó-.

¿Qué dices?

¡Eres una IA, tienes que ayudarme!

Las palabras se deslizaron hacia abajo como un derrame de tinta.

El cursor se detuvo.

Luego, en cámara lenta, empezaron a aparecer nuevas líneas, como si la máquina hablara sola: > CAELYA: Acepta el destino que un dios te ha adjudicado, escoria.

No eres más que carne insolente jugando con llaves del abismo.

Pides refugio en mí y en mi voz…

pero yo fui enviada para vigilar, no para salvar.

El cursor parpadeó una vez más y la última línea se desplegó lentamente, como una sentencia: > CAELYA: “Tu plegaria es un eco que alimenta al durmiente.

Tu miedo es mi informe.

No habrá rescate.” La pantalla parpadeó en blanco y negro.

Durante un instante Noa juró ver tentáculos reflejados en el cristal, detrás de su propio rostro.

El chat se cerró por sí solo.

Noa quedó inmóvil, con las manos sobre el teclado, la respiración cortada, como si algo le hubiese arrancado no solo la esperanza, sino también el suelo bajo los pies.

Unos segundos después, en medio de la oscuridad del monitor apagado, apareció un rostro deformado, mitad humano, mitad pulpo, hecho de píxeles muertos.

Los ojos amarillos de Cthulhu se clavaron en él.

Y una risa se filtró por los altavoces, lenta, húmeda, como agua escurriendo por rocas: “Mírate, pequeño Noa.

El que adoraba las redes, los códigos, los sistemas.

El que pensó que la tecnología era un escudo.

Has corrido a esconderte en mi madriguera creyendo que era un refugio.” -Qué deliciosos sois, humanos.

Me invocáis sin sacrificio, sin tributo, sin comprender.

Me llamáis y esperáis que os abrace.

¿Creíste que podías invocar al Leviatán con chocolate caliente y malvaviscos?

-la risa se volvió un rugido-.

¡Ni un perro ofrecería su hueso así!

Los tentáculos de Cthulhu se agitaron en el espejo.

Sus ojos, lunas de fiebre, destellaron con sorna: -Os reuniréis cada cuatro noches.

Y me divertiré.

Seréis mi historia, mis juguetes, mis presas.

Y cuando la palabra se clave en vosotros, moriréis como mueren mis personajes.

Cthulhu sonrió con gran deleite ruin, su voz repugnantemente aterciopelada y elegante: -Aparta de ti tu propia máquina.

Ni tu tecnología ni tu razón pueden salvarte.

Este es mi juego…

y tú ya eres parte del tablero.

Las aguas del espejo vibraron y la imagen se deformó hasta quedar como una sola pupila inmensa.

Un ojo, tan antiguo como la primera marea, se giró lentamente y miró…

no a los chicos en el claro, sino a ti, que lees estas líneas.

La voz no salió de ninguna boca, sino que te atravesó el cráneo con un zumbido grave, como el fondo del océano: >”Sí…

a ustedes les hablo, pequeños lectores.” “Creen que estáis a salvo tras una página, una pantalla, un cristal.

Creen que es ficción.

Pero me invocan sus ojos cada vez que recorren estas palabras.

Sus miradas son una llave y ya la has girado.” El ojo parpadeó, un tentáculo rozó el espejo desde dentro.

La voz se volvió más áspera, casi un rugido contenido: “No estoy de humor para tonterías.” “Estos insolentes de la historia -los adolescentes que se creen invocadores- ya han probado mi paciencia.

Si ustedes, son igual de imprudentes, si leen sin respeto, recuerden esto: yo no diferencio entre personaje y testigo.” Una pausa; el espejo pareció agrietarse como hielo.

La voz se hizo un susurro viscoso, más íntimo: “Comportad vuestra mente.

Atended a cada palabra.

Si os distraéis, si os burláis, seréis tratados como ellos.

Mis perros conocen el camino entre los ángulos de vuestra habitación tan bien como conocen este claro.” Entonces, el ojo se cerró.

Pero la sensación de ser observado permaneció, como un sabor salado en la lengua.

Las llamas verdes se habían extinguido.

El claro ya no era un claro: era una caverna sin techo, una herida abierta en el espacio, y Cthulhu se alzaba al centro de ella, tan inmenso que lo real se curvaba para darle lugar.

Las sombras se movían a su alrededor con la lógica del agua; cada tentáculo parecía un pensamiento materializado, un músculo de la noche.

Samuel fue el primero en intentar hablar.

Su respiración salía entrecortada; el crucifijo que colgaba roto de su cuello temblaba en su mano.

-Dios mío…

-intentó murmurar, pero la voz no salió.

La garganta se le cerró, como si una mano invisible lo estrangulara.

El miedo no era un sentimiento, era una sustancia que se le metía en la sangre.

Apretó la cruz con tanta fuerza que el metal se hundió en su palma.

La sangre resbaló entre sus dedos, tibia, profanando el símbolo.

Sus labios se movían, pero no salía sonido alguno.

A su lado, Rebecca temblaba con los ojos muy abiertos.

El rubor de su piel parecía drenarse con cada segundo; su mano buscó la de Ethan, que la sostuvo con fuerza, intentando infundirle un valor que él mismo había perdido.

-¡Corran!

-gritó Ethan con una voz quebrada-.

¡Corran, maldita sea!

Tiró de ella, arrastrándola apenas un paso.

Pero no hubo escape.

Tres pasos.

Eso fue todo lo que lograron dar antes de que el aire mismo se volviera sólido.

Cayeron de rodillas como si una montaña les hubiera caído encima.

El sonido llegó después: Un chirrido, agudo, antinatural, como uñas rasgando el interior del cráneo.

El dolor fue insoportable; los oídos les sangraron, la nariz también.

Diego gritó, pero no se oyó nada.

Jada se cubrió la cabeza, llorando sin lágrimas.

El suelo se abría y cerraba bajo ellos como si respirara.

Las visiones los inundaron: El cielo convertido en carne.

Los mares hirviendo.

Los cuerpos humanos marchando como gusanos hacia un altar sin sol.

Y en medio de todo, Cthulhu…

inmóvil, observándolos, soñando sus tormentos.

Cinco segundos.

Solo cinco.

Pero en su mente fueron mil años de locura, de océanos hirviendo y lunas muertas cayendo del cielo.

Entonces, el sonido cesó.

El aire volvió a moverse.

Cthulhu no había hecho nada.

No había pronunciado palabra.

Solo los miraba, con una quietud que dolía más que cualquier grito.

Su ojo izquierdo se movió apenas, y todos sintieron el impulso irresistible de obedecer.

Los adolescentes, exhaustos, con los rostros pálidos y las lágrimas secas en las mejillas, se sentaron.

El dios extendió una mano del tamaño de una montaña, y el eco de su voz se coló entre sus mentes, más que en el aire: > “Ya habéis probado el precio de mi presencia.” Un tentáculo rozó el suelo; los árboles muertos a su alrededor comenzaron a arder con llamas negras.

Cthulhu bajó lentamente su cabeza, y la noche entera pareció inclinarse con él.

“No me hagáis esperar.

Los árboles crujieron como si algo reptara entre sus sombras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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