Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 10
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10: Capitulo 10 10: Capitulo 10 “¿Te protege de todo, incluso de lo que aún sientes por mí?” La sala principal de la casa del lago ardía con el resplandor dorado del fuego, proyectando sombras largas sobre las paredes de madera pulida.
El techo alto, sostenido por vigas oscuras, amplificaba el eco de cada respiración.
La chimenea de piedra crepitaba como un corazón latiendo en medio del silencio, y el ventanal —adornado con plantas que parecían susurrar al calor— mostraba el lago quieto, reflejando la noche como un espejo de obsidiana.
En el muelle, la luna se alzaba sobre el agua inmóvil, como un testigo mudo de lo que estaba por estallar.
Danica permanecía junto a Valentino, los dedos entrelazados.
Él le sostenía la mano con la calma de quien sabe que está pisando terreno enemigo, pero no piensa retroceder.
Cada mirada en la sala pesaba sobre ellos, pero Valentino no apartó la vista; la mantenía firme, anclada en Danica, como si el resto del mundo no existiera.
Fue Nicole quien rompió el silencio, con una sonrisa que sonó más a estrategia que a ternura.
—La mayoría ya conoce a Valentino —dijo, sus ojos recorriendo la sala hasta detenerse en Carlo y Alessandro—.
Pero esta noche no está aquí como chef, ni como el joven amable que nos atendió cuando anunciamos nuestro compromiso.
Giró la cabeza hacia su hija, su tono volviéndose más firme, casi desafiante.
—Esta noche está aquí como pareja de Danica.
Y quiero que sepan que cuenta con mi confianza… y que ella cuenta con mi apoyo, siempre.
Danica apretó la mano de Valentino.
Agradecida.
Nerviosa.
Consciente de que cada palabra de su madre encendía una chispa más en la mirada de Alessandro.
Carlo de la Marca, recostado en el sillón de respaldo alto, observaba la escena con la calma gélida de quien manda sobre todos en esa habitación.
Encendió un cigarro y, tras una larga calada, exhaló el humo con lentitud.
—Valentino… —murmuró, esbozando una sonrisa irónica—.
El chef romántico.
¿No eres también el que se llevó a mi futura hijastra en moto una noche cualquiera?
Dejó que el humo serpentease entre ellos antes de continuar, sin apartar los ojos del muchacho.
—Tarde, sin permiso… en pleno día de clases.
Un detalle encantador, ¿no crees?
Muy propio de un caballero.
El silencio cayó como un peso sobre el aire.
Danica se tensó, pero Valentino no bajó la mirada.
Carlo soltó una carcajada seca, breve, más una advertencia que una broma.
—Tranquilo, muchacho.
Si hablara en serio, no estarías aquí de pie.
Se levantó despacio, su sombra alargándose hasta ellos.
Al pasar junto a Valentino, le dio una palmada en el hombro.
El gesto sonó a reconocimiento… pero también a prueba.
—Te la llevaste en moto, ¿eh?
—dijo con una media sonrisa—.
Eso sí fue osado.
Supongo que tienes más agallas de las que aparentas.
—Solo quería impresionarla —respondió Valentino con serenidad.
Carlo arqueó una ceja, satisfecho.
—Pues lo lograste.
A más de uno, parece.
La frase cayó como una piedra.
Alessandro, apoyado contra la chimenea, sostuvo su copa de whisky con los nudillos tensos.
El líquido ámbar tembló, reflejando el fuego que ardía detrás de él.
No apartó la vista de Valentino; su mirada era pura advertencia, un recordatorio de quién dominaba realmente ese territorio.
Leandro, desde un rincón, alzó su copa con una sonrisa forzada que pretendía aliviar la tensión.
—¿Y si dejamos que el chico respire antes de interrogarlo como si esto fuera un juicio?
—Claro —dijo Carlo, exhalando una nube de humo antes de aplastar el cigarro en el cenicero de mármol—.
Vayamos a cenar.
Margaret está a punto de estallar si no aplaudimos su menú de cinco tiempos.
El murmullo general rompió la tensión que se había instalado en la sala.
Sillas rozaron el suelo, copas tintinearon.
Uno a uno comenzaron a dirigirse hacia el comedor… Todos, excepto Alessandro.
Danica sintió su mirada fija sobre ella, una presión invisible que le erizaba la piel.
El fuego de la chimenea reflejaba en sus ojos ese brillo oscuro y contenido que solo él tenía cuando algo —o alguien— despertaba su furia.
Trató de evitar su mirada, fingiendo acomodar la falda de su vestido.
No sirvió.
Alessandro se acercó sin hacer ruido, su sombra recortándose contra el resplandor rojizo del fuego.
—¿Qué intentas hacer, piccola?
—susurró, su voz grave rozándole el oído—.
¿Jugar a que él puede ocupar mi lugar?
Danica se tensó, pero no se apartó.
—No estoy jugando, Alessandro.
No hay nada que ocupar —replicó en voz baja, sin mirarlo.
Él soltó una risa corta, sin humor.
—Ah, ¿no?
—Su mano se deslizó por el borde de su brazo, sin llegar a tocarla del todo—.
Entonces, ¿por qué tiemblas cada vez que hablo?
—Porque me asquea tu arrogancia —respondió, con un temblor que no logró disimular.
Alessandro la observó por un instante más, el fuego reflejándose en sus pupilas como si ardiera algo mucho más profundo allí dentro.
—No me provoques, Danica.
No aquí —murmuró con esa calma peligrosa que anticipaba tormenta—.
No delante de nuestros padres.
Entonces se apartó, dejándola con la respiración atrapada y el pulso acelerado.
A lo lejos, la voz de Carlo los llamó.
—Vamos, Alessandro.
La comida no se sirve dos veces.
Él sonrió apenas, esa sonrisa que no prometía nada bueno, y caminó hacia el comedor.
Danica lo siguió, todavía sintiendo en la piel el rastro invisible de su presencia.
El comedor principal era una extensión del estilo rústico y majestuoso de la casa del lago.
Las paredes de madera oscura estaban adornadas con cuadros antiguos y lámparas de hierro forjado que despedían una luz cálida, casi dorada.
Una larga mesa de nogal pulido dominaba el espacio, cubierta con un mantel color marfil y centros de mesa de cristal con velas encendidas que reflejaban su luz en los cubiertos de plata.
Sobre la mesa, el banquete era una obra de arte: antipastos con aceitunas negras, pan recién horneado, platos humeantes de pasta al tartufo y copas de vino tinto que brillaban como sangre bajo la luz tenue.
Margaret, la sirvienta principal, supervisaba con mirada atenta mientras un mayordomo de cabello plateado abría las botellas, y dos jóvenes sirvientas servían los primeros platos con precisión coreografiada.
Carlo de La Marca presidía la cabecera de la mesa, impecable en su traje oscuro, A su derecha, Nicole Marie irradiaba elegancia: su vestido de seda azul, su sonrisa perfecta y una copa de vino blanco que giraba distraídamente entre sus dedos.
Frente a ellos, Danica estaba sentada al lado de Valentino, y en diagonal, frente a ella, Alessandro, cuya posición estratégica le permitía observar cada gesto, cada mirada, cada roce entre ambos.
La tensión era palpable, densa, como una corriente eléctrica recorriendo la mesa.
El tintineo de los cubiertos se mezclaba con el murmullo contenido de la conversación hasta que Carlo tomó la palabra, su voz grave resonando como un decreto.
—Tu restaurante ha llamado mucho la atención últimamente, Valentino —dijo, modulando cada palabra como si pesara oro—.
Incluso he escuchado que ciertas personas importantes están esperando meses por una reserva.
No está mal para alguien tan joven.
Valentino inclinó ligeramente la cabeza, con respeto.
—Gracias, señor De La Marca.
Me esfuerzo en cada detalle.
Cocina, ambiente… incluso la seguridad.
Carlo sonrió, con esa expresión impenetrable que podía significar tanto un cumplido como una advertencia.
—La seguridad —repitió, Alessandro, con una sonrisa torcida—.
En este mundo, eso lo es todo.
El subtexto no pasó desapercibido.
Alessandro apretó la copa.
—Me gusta ese enfoque —respondió Carlo con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos—.
Gente que cuida lo suyo suele saber cómo mantenerse con vida… y útil.
Quizá algún día podamos hablar de negocios.
Siempre es bueno tener amigos que sepan manejar el calor…
de una cocina y de la calle.
Valentino asintió con calma, aunque detrás de su compostura, los músculos de su mandíbula se tensaron apenas.
Lo entendía: era una prueba.
Pero mientras Carlo lanzaba cometarios de prueba hacia Valentino y este los esquivaba sin problema, las miradas entre Danica y Alessandro no paraban.
Danica bajó la mirada, sintiendo que se sonrojaba, por la forma en que Alessandro la miraba.
No era una simple mirada.
Era oscura, deseosa, encendida por un fuego que no sabía extinguirse.
Estaba furioso, sí… pero también hambriento.
Carlo levantó su copa.
—Entonces brindemos —dijo con un tono definitivo—.
Por el talento, la juventud… y las nuevas oportunidades.
Todos alzaron sus copas.
Incluso Alessandro, aunque su copa solo tocó el aire, nunca los labios.
—Por Danica y Valentino —dijo su madre, entusiasta—.
Me encanta verlos juntos.
Danica sintió un nudo en la garganta.
La bendición oficial había sido dada.
La cena continuó con un elegante desfile de platos: carpaccio, pasta fresca con salsa de trufa, vino tinto de reserva.
Las conversaciones flotaban, pero las miradas hablaban en otro idioma.
Alessandro no dejó de observarla.
Cada movimiento de su tenedor, cada vez que reía, cada vez que rozaba el brazo de Valentino.
Y ella lo sentía…
ese peso sobre la piel, como si sus ojos pudieran quemar.
La cena había terminado envuelta en el murmullo de copas y risas suaves.
El aire olía a vino caro, a madera húmeda y al perfume de las velas que se apagaban una a una.
Carlo y Nicole fueron los primeros en levantarse, despidiéndose con la elegancia ensayada de quienes saben dejar el poder sobre la mesa antes de retirarse.
—Disfruten la noche, ragazzi —dijo Carlo, besando la mano de su prometida y lanzando una última mirada evaluadora a Valentino antes de marcharse.
Leandro se sirvió una última copa de vino, brindó en el aire con una sonrisa torcida hacia Danica, y desapareció por el pasillo principal, dejando tras de sí el eco de sus pasos y el aroma a whisky.
El silencio que siguió fue casi íntimo.
Solo quedaban ellos tres.
Danica, buscando respirar lejos de las miradas, salió hacia la galería que daba al lago.
El aire nocturno la envolvió con su frescura, abriendo un poco más la abertura de su delicado vestido color gris perla—la tela se deslizó sobre su piel como un suspiro, dejando al descubierto casi por completo su ropa interior, romo un pequeñe reflejo, sus manos bajaron directo al dobladillo de su vestido para tratar de mantenerlo en su sitio.
Valentino la siguió, y se le escapo una pequeña sonrisa ante tan encantadora escena, tomo a Danica de la mano y la ayudo a bajar los escalones de piedra.
—Dame un segundo —dijo con suavidad, sacando su teléfono para atender una llamada—.
No tardo, bella.
Ella asintió y se giró hacia el lago, dejando que la brisa despeinara algunos mechones sueltos.
No escuchó el paso detrás de ella.
Solo lo sintió.
Alessandro.
Su presencia era un peso.
Una advertencia.
Cuando la mano de él la sujetó del brazo, Danica ni siquiera tuvo tiempo de girarse.
La empujó suavemente contra la pared de piedra, su cuerpo bloqueando toda escapatoria.
La luz de la galería caía sobre ellos, bañando su rostro con un resplandor dorado que lo hacía parecer aún más peligroso.
—¿Así que ya tienen la bendición?
—murmuró, su voz baja, cargada de un veneno dulce—.
Qué fácil fue para ti, ¿eh?
Danica intentó apartarse, pero él se inclinó más, hasta que su aliento rozó su cuello desnudo.
El escote de su vestido se había deslizado ligeramente por el movimiento, revelando más de lo que ella habría querido.
Alessandro lo notó.
Sus ojos descendieron, oscuros, posesivos.
—Sigues oliendo a mí —susurró, la voz ronca, casi animal—.
Aunque te vistan de princesa… aunque otro te toque… sigues siendo mía.
Sus labios rozaron su mejilla, bajando lentamente hacia el borde de su mandíbula.
Danica contuvo el aliento; cada fibra de su cuerpo gritaba que lo apartara, pero otra parte —la más enferma, la más suya— se quedó inmóvil, atrapada en esa contradicción.
Entonces, una voz atravesó la noche como un disparo.
—¿Interrumpo algo?
Valentino.
Su tono era tan sereno que dolía.
Caminaba hacia ellos con el teléfono aún en la mano, el brillo del metal del reloj reflejando la luz de la galería.
Alessandro giró despacio, con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.
—Claro que no —dijo—.
Solo le recordaba a Danica lo importante que es tener cuidado con los aliados.
Algunos pueden traicionarte… incluso con una sonrisa.
Valentino dio un paso más, sin apartar la mirada.
—Y algunos mueren creyendo que siguen teniendo poder —respondió tranquilo, con una calma letal—.
Pero el poder no se grita, Alessandro.
Se demuestra.
La tensión era una cuerda tirante, a punto de romperse.
El lago, el viento, el fuego lejano de la chimenea… todo parecía contener el aliento.
Danica se soltó del agarre de Alessandro, y Valentino la envolvió con su abrigo sin decir palabra.
El contraste entre el calor de la tela y el frío que él había dejado en su piel le arrancó un temblor involuntario.
Valentino la sujetó por la cintura, con una autoridad distinta, no forzada, sino protectora.
Por primera vez esa noche, Alessandro no dijo nada.
Solo los observó marcharse, con la mandíbula tensa y los puños cerrados, mientras su sombra se perdía entre las luces de la galería.
Caminaron unos metros bordeando el lago.
El silencio era denso, pero no incómodo.
La luna se reflejaba en el agua como una moneda de plata, y los pasos de ambos se mezclaban con el crujido de la madera húmeda bajo sus pies.
—En la universidad era otra persona —dijo Valentino finalmente, con el ceño levemente fruncido—.
Frío, sí… pero no así.
No tan territorial.
Danica tragó saliva, bajando la mirada hacia el reflejo distorsionado de la luna.
—Alessandro siempre ha sido así —susurró—.
Solo que ahora ya no lo disimula.
Él la miró un instante, su expresión suave pero inquisitiva.
—¿Qué tipo de relación tienen ustedes?
—preguntó Valentino sin rodeos, pero con esa calma controlada que usaba cuando algo realmente le importaba.
No había dureza en su voz, solo una peligrosa serenidad que lo hacía aún más intenso.
Danica sintió el corazón golpearle el pecho como si quisiera escapar.
Abrió la boca, pero las palabras parecían atoradas entre los labios.
Al final, habló apenas en un susurro: —Él era el hermano mayor de mi mejor amigo.
Valentino no respondió.
La observó con paciencia, con esa mirada que no necesitaba presionar, solo esperar.
Ella respiró hondo.
El aire frío del lago le quemó los pulmones.
—Y pronto será mi hermanastro —añadió, bajando la mirada con un dejo de vergüenza, como si el simple hecho de decirlo en voz alta lo hiciera más real.
El silencio cayó entre ambos, espeso como la niebla que se deslizaba sobre el agua.
El viento sopló con más fuerza, moviéndole los mechones sueltos del peinado y levantando apenas el borde del vestido que asomaba bajo la chaqueta de Valentino.
—¿Y te trata así por… eso?
—preguntó él finalmente.
No necesitó aclarar a qué se refería.
El así lo decía todo: las miradas que ardían demasiado, las palabras que dolían más de lo que deberían, esa forma en que Alessandro parecía marcarla sin tocarla.
Danica bajó la vista, cruzando los brazos bajo el abrigo.
—Siempre quiso controlarlo todo —murmuró—.
Siempre estuvo… cerca.
Pero ahora, cuando lo veo así, tan distinto… es como si no fuera él.
Como si algo dentro de él se hubiera roto Valentino dio un paso hacia ella.
La distancia entre ambos se volvió mínima, el aire denso, casi cargado de electricidad.
—¿Y tú, bella?
—preguntó con suavidad, su acento apenas un roce contra su piel—.
¿Qué sentís por él?
Danica levantó la mirada, sorprendida.
Durante un segundo, no supo qué decir.
Las palabras se le atascaron, y su respuesta salió atropellada, temblorosa.
—Nada.
—Casi escupió la palabra, demasiado rápido—.
Siempre fue el hermano mayor de Leandro, ¿sabes?
Siempre me cuidó… supongo que ahora también lo hace.
Como un hermano mayor.
Valentino la miró fijamente.
No dijo nada, pero la tensión en su mandíbula lo delató: no creía una sola palabra.
Ella apartó la vista, incapaz de sostenerle la mirada.
Mentirle dolía más que admitir la verdad.
No amaba a Alessandro… no como antes.
Pero dentro de ella, algo seguía latiendo con un pulso lento y enfermizo, un eco de lo que fue y no debía volver a ser.
Valentino la observó un instante más, luego se acercó lo suficiente para que el calor de su cuerpo la envolviera.
Su mano subió despacio, rozando la mejilla de Danica con el dorso de los dedos, como si temiera romperla.
—No tienes que explicarlo —susurró—.
A veces las heridas no se ven… pero igual sangran.
Danica cerró los ojos.
El viento, el murmullo del agua, el silencio del bosque alrededor… todo se detuvo cuando Valentino inclinó el rostro y rozó sus labios con los de ella.
No fue un beso apresurado, ni exigente.
Fue lento, suave, con una ternura que la desarmó por completo.
El sabor del vino aún flotaba entre ambos, mezclado con el frío de la noche y el calor de sus respiraciones.
Por primera vez en mucho tiempo, Danica no sintió miedo.
Solo paz.
Y un fuego distinto, más limpio, más real.
Cuando se separaron, él apoyó su frente contra la de ella, sin dejar de sonreír.
—Te prometo algo, bella… —susurró, con voz baja y segura—.
No voy a hacerte daño.
Ni a dejar que nadie más lo haga.
Danica lo miró, con el corazón latiendo demasiado rápido.
Y por primera vez, creyó en alguien.
En la terraza de la casa del lago, el ambiente estaba impregnado del aroma del vino caro y del sonido delicado del cristal chocando entre risas medidas.
Una fila de lámparas colgantes arrojaba un resplandor dorado sobre las mesas, donde los invitados charlaban en tonos suaves, envueltos en el lujo discreto que solo los De La Marca sabían sostener.
Desde allí, la vista al muelle era una pintura viva: la luna derramaba su luz sobre el agua inmóvil, y en el borde de la pasarela de madera, Danica y Valentino parecían esculpidos por la noche misma.
Él la sostenía con una mano en la cintura, la otra acariciando su mejilla antes de inclinarse para besarla.
El beso fue lento, casi reverente, con la elegancia de quien sabe que hay testigos, pero no le importa.
El viento movía suavemente los mechones sueltos del cabello de ella y hacía que el vestido —de seda pálida y espalda descubierta— se pegara a su silueta como una segunda piel.
Nicole, enfundada en un conjunto de satén verde esmeralda, observaba la escena con una sonrisa encantada.
Sostenía su copa de champán con los dedos perfectamente cuidados, mientras los pendientes de diamantes se mecían al compás de su risa.
—Míralos, Carlo —murmuró con un dejo soñador—.
Parecen salidos de una postal.
Él tiene clase, educación… y ese restaurante suyo es un éxito, ¿no es así?
Carlo De La Marca, sentado a la cabecera con la espalda erguida y la expresión indescifrable, giró su copa de whisky entre los dedos.
Su mirada era más fría, más calculadora.
Donde su prometida veía romance, él veía estrategia.
No solo observaba a un joven enamorado, sino a un posible socio… o un rival.
—Está bien posicionado —respondió con voz grave—.
Exclusividad, reputación impecable, contactos de alto perfil.
Si mantiene la cabeza fría, puede llegar lejos.
Nicole sonrió, complacida.
—Sería un buen agregado para la familia —dijo con naturalidad—.
Es amable, atento… y tiene buen gusto.
Carlo ladeó la cabeza apenas, sin apartar la vista del muelle.
—Mientras recuerde con quién se está relacionando —dijo al fin, con ese tono que no admitía réplica—, no tengo objeciones.
Unos metros más atrás, en la penumbra de una columna de mármol, Alessandro observaba en silencio.
El vaso en su mano seguía intacto, el hielo ya derretido.
Sus ojos eran dos brasas fijas sobre la escena… el beso, la mano de Valentino en la cintura de Danica, la forma en que ella sonreía contra sus labios.
Cada segundo era una herida abierta.
Leandro se acercó con paso despreocupado, copa en mano y media sonrisa en el rostro.
—Si aprietas un poco más la mandíbula, te vas a partir los dientes, hermano —murmuró sin apartar la vista del lago.
Alessandro no respondió.
Solo siguió observando.
Su respiración era lenta, pero sus nudillos blancos delataban la furia que contenía.
En la distancia, Valentino se apartó apenas para besar la frente de Danica y hacerla reír otra vez.
Nicole, ajena a las corrientes subterráneas que cruzaban la terraza, alzó su copa en dirección a Carlo.
—Por nuestra familia —brindó, con una sonrisa radiante—.
Y por los nuevos comienzos.
Carlo respondió con un leve asentimiento, aunque sus ojos seguían fijos en el muelle.
Fríos.
Medidos.
Analizando, como un hombre que no observa un romance, sino una jugada en un tablero mucho más grande.
Y mientras las copas tintineaban en la terraza, allá abajo, el beso entre Danica y Valentino seguía ardiendo bajo la luna… ignorante del fuego que, desde la oscuridad, comenzaba a encenderse en los ojos de Alessandro.
La noche había descendido en la casa del lago con una calma engañosa.
Las luces de la entrada principal bañaban la escalinata de piedra en una suave luz ámbar, mientras las conversaciones de la terraza se diluían a lo lejos.
La limusina esperaba con el motor encendido, discreta pero imponente, al final del camino.
Valentino sostuvo la puerta abierta con una mano, y con la otra buscó los dedos de Danica, entrelazándolos con cuidado.
Su mirada la recorría como si quisiera memorizar cada detalle antes de partir.
—Gracias por confiar en mí —murmuró, en voz baja, solo para ella.
Danica asintió con timidez, el corazón latiendo con fuerza bajo su vestido.
No sabía qué responder sin que se le notara el temblor en la voz.
Valentino acarició su mejilla con los nudillos, con un gesto lleno de ternura, y se inclinó con suavidad para rozar sus labios en un beso lento, dulce, cuidadoso.
No buscó más.
Solo el calor de ese instante y la respuesta temblorosa de ella.
Cuando se separaron, los ojos de Danica estaban ligeramente humedecidos, pero su sonrisa era real.
—Vuelve pronto —susurró.
Valentino asintió con una sonrisa ladeada, la misma con la que solía encantar al mundo desde sus cocinas, pero que ahora parecía reservada solo para ella.
Se dio la vuelta para entrar a la limusina, pero en el último segundo, su mirada se alzó.
En lo alto de las escaleras de la entrada, recostado contra el marco de la puerta, estaba Alessandro.
El mayor de los De la Marca no se movió, pero sus ojos eran dos brasas fijas en Danica y luego en Valentino.
No dijo una palabra.
No necesitó hacerlo.
Su expresión lo gritaba: Ella es intocable.
Y tú estás tentando a los demonios.
Valentino mantuvo el contacto visual por un segundo más del que debía.
No bajó la mirada.
Solo entró al auto con dignidad, y la puerta se cerró tras él.
La limusina se deslizó entre los árboles, alejándose hacia la ciudad.
Danica respiró hondo, pero apenas se giró hacia la puerta, Alessandro ya se había ido.
Danica entró a la casa con pasos silenciosos.
Desde la entrada, murmuró un suave “buenas noches”, sin esperar respuesta.
Las voces de los demás aún resonaban en la terraza, lejanas, como un eco de una noche que ya no le pertenecía.
Subió las escaleras con el corazón latiéndole despacio, arrastrando consigo la mezcla de emociones que le había dejado la despedida de Valentino, esta comenzando a sentir cosas maravillosas por ese chico increíble.
Al llegar a su habitación, se quitó el vestido con delicadeza, dejándolo colgado en el perchero de la esquina.
Abrió un cajón de su walk-in closet y sacó su pijama favorito: un conjunto de satén en color vino tinto.
El pantalón corto tenía encaje negro en los bordes, y el top, de tirantes finos, se pegaba sutilmente a su figura, dejando al descubierto parte de su espalda.
No era provocativo a propósito, pero el tejido suave sobre su piel le hacía sentir femenina… vulnerable.
Se recogió el cabello en una coleta alta y caminó descalza hacia la pequeña sala de estar dentro de su habitación.
Encendió la lámpara de lectura junto al sofá, y se agachó frente a la estantería.
Sus dedos pasaron por las cubiertas hasta detenerse en uno de sus libros favoritos de dark romance.
El título era discreto, pero el contenido no tanto.
Danica se dejó caer en el sofá, con las piernas cruzadas sobre los cojines y el libro abierto entre las manos.
La seda del camisón —de un tono marfil casi translúcido— se deslizaba sobre su piel con cada movimiento.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la lámpara de lectura y el tenue resplandor del fuego en la chimenea.
Afuera, el lago dormía bajo un cielo inmóvil.
Sumergida en la historia, sus labios se entreabrieron apenas.
Era una escena intensa, plagada de confesiones prohibidas y un deseo que se desbordaba entre los protagonistas.
Mordió su labio inferior sin notarlo, el pecho elevándose con cada palabra.
Entonces, la puerta se abrió de golpe.
El sonido seco la arrancó del hechizo.
Dio un respingo, apretando el libro contra su pecho.
Alessandro estaba en el umbral, con el ceño fruncido y la mirada ardiendo en sombras.
Entró sin decir una palabra, como una tormenta que se cuela sin permiso.
El brillo en sus ojos no era simple enojo: era algo más primitivo, oscuro… posesivo.
—¿Dime qué juego estás jugando?
—gruñó, cerrando la puerta con un golpe suave, pero definitivo.
Danica parpadeó, desconcertada.
—¿Qué?
No estoy— Él no la dejó terminar.
En dos zancadas ya estaba frente a ella.
Le arrancó el libro de las manos con un movimiento brusco, apenas contenido.
—¡Oye!
—protestó, poniéndose de pie—.
Devuélveme mi libro, Alessandro.
El tono de su voz —mezcla de furia y vulnerabilidad— le atravesó la coraza.
Por un instante, su rabia se quebró, y algo distinto, más curioso, más peligroso, le pasó por la mirada.
Alzó una ceja y sostuvo el libro a una altura suficiente para que ella no lo alcanzara.
Danica estiró el brazo, la seda de su pijama y lo expuesta que estaba frente a el.
Alessandro lo notó.
Lo odió.
Y aun así, no pudo mirar a otro lado.
Pasó las páginas con torpeza, hasta que una línea subrayada llamó su atención.
Se detuvo.
Sus ojos recorrieron el texto, y una sonrisa lenta, casi cruel, se dibujó en sus labios.
—Vaya… —murmuró con voz baja—.
Así que esto es lo que te entretiene antes de dormir.
Danica sintió el calor subirle a las mejillas.
—No es lo que parece.
—¿No?
—la interrumpió, avanzando un paso más, el libro aún en su mano—.
Aquí dice que él la acorrala, la obliga a admitir lo que siente… hasta que no le queda más que rendirse —leyó con un tono tan grave que la frase pareció adquirir vida propia en su boca—.
Dime, ¿es eso lo que te excita, Danica?
¿Qué te obliguen a confesarlo?
Ella retrocedió un paso.
El sofá golpeó la parte trasera de sus piernas, impidiéndole escapar.
Su respiración se volvió irregular.
Alessandro cerró el libro con un chasquido seco y lo dejó caer sobre la mesa de centro.
El sonido resonó entre ambos como un disparo.
—No tienes idea de lo que estás despertando —susurró, con una voz ronca que rozó su oído.
Sus ojos descendieron lentamente por el satén de su pijama, deteniéndose en cada curva, en cada tramo de piel expuesta.
Su respiración se volvió pesada.
No debería mirar.
Pero lo hizo.
Y la furia inicial comenzó a mezclarse con algo más… algo que no podía controlar.
El aire entre ellos vibraba.
Su presencia llenaba el cuarto como un perfume demasiado denso.
—Ese chef —escupió finalmente, la palabra cargada de veneno— no sabe lo que eres.
Ni lo que escondes.
Pero yo sí.
Danica lo miró con los labios entreabiertos, sin poder moverse.
Su voz tembló, pero no retrocedió.
—Sal de mi habitación, Alessandro.
El silencio que siguió fue insoportable.
Él no se movió de inmediato.
Solo la miró.
Largo.
Intenso.
Como si estuviera grabando cada detalle de su rostro, cada temblor de sus labios.
Finalmente, giró hacia la puerta.
Pero antes de salir, se detuvo.
No la miró.
Solo habló.
—La próxima vez… no vas a querer que me detenga.
El clic de la cerradura fue tan suave que apenas lo oyó.
Danica se dejó caer en el sofá.
Sus manos temblaban, el corazón martillaba en el pecho.
No sabía si temblaba de miedo… o de algo que ardía mucho más profundo.
El libro seguía abierto sobre la mesa, justo en la misma página.
Y las palabras parecían escritas para ella.
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