Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 11
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11: Capitulo 11 11: Capitulo 11 “A veces el amor no duele por lo que falta, sino por lo que nunca debería haber existido” Danica se quedó sola, la habitación sumida en una calma engañosa tras la tormenta que había sido Alessandro.
Cerró la puerta con mano temblorosa y se apoyó contra ella unos segundos, tratando de recuperar el aliento, de recuperar el control que él siempre venía a arrebatarle.
Su mirada se desvió al libro, aún sobre la mesa, abierto en esa página que Alessandro había hojeado con burla, justo donde las palabras se volvían caricias y deseo.
Sentía aún el rubor en sus mejillas, el calor en su vientre…
y no por las letras, sino por cómo él la había mirado.
Como si ya supiera que eso era lo que la encendía.
Como si ya lo tuviera todo planeado.
Se recogió el cabello en un moño flojo, reloj marcaba pasada la medianoche.
Se hundió en el sofá, con las piernas cruzadas y un suspiro resignado.
Tomó el libro y lo cerró con cuidado, sin ganas de seguir leyendo.
Su mirada vagó hacia la ventana.
Desde allí, podía ver el reflejo del lago bajo la luz de la luna.
Todo parecía perfecto.
Tranquilo.
Y sin embargo, dentro de ella, el caos era absoluto.
—¿Por qué tú, Alessandro…?
—murmuró, más para la noche que para sí misma—.
¿Por qué me haces sentir todo esto?
La vulnerabilidad la cubrió como una manta silenciosa.
El peso de la tensión, de los sentimientos mezclados, del miedo y el deseo.
Cerró los ojos, dejando que el silencio la envolviera.
Se quedó dormida así, encogida sobre el sofá, la cabeza recostada en un cojín, los labios ligeramente entreabiertos.
Su respiración se volvió rítmica y suave.
Como si, al menos por unas horas, pudiera escapar de todo.
Fue entonces cuando la puerta se abrió lentamente.
Alessandro entró sin hacer ruido, el rostro ya no torcido por la rabia, sino ensombrecido por una duda casi dolorosa.
La encontró allí, dormida, pequeña entre los cojines, envuelta en la tela delicada del pijama y en su propia paz.
Se quedó quieto un momento, observándola.
Podía irse.
Sabía que debía hacerlo.
Pero sus pies no respondieron.
Avanzó en silencio y se agachó frente a ella.
Una de sus manos, sin que pudiera evitarlo, apartó un mechón de cabello que le cubría la mejilla.
La tocó con una delicadeza que no conocía en sí mismo.
—Siempre tan hermosa…
—susurró, apenas audible.
Se la quedó mirando, sus pensamientos enredados.
Ella dormía profundamente, ajena a su presencia, ajena a la manera en que su existencia lo desarmaba.
La tomó entre sus brazos con lentitud.
Su cuerpo se acopló al suyo como si lo reconociera, como si no importaran las líneas que se suponía que no debían cruzar.
Caminó hacia la cama, sintiendo el calor de su piel a través de la tela fina.
La acomodó con un cuidado casi reverente.
Subió la sábana hasta su cintura, se quedó arrodillado junto a la cama.
Su mirada se deslizó por sus facciones: las pestañas largas, la curva suave de su boca, la forma en que su pecho subía y bajaba con cada respiración tranquila.
Se apoyó con los codos sobre sus rodillas, frotándose las manos como si quisiera arrancarse algo de encima.
—No puedo tocarte —murmuró, sin atreverse a alzar la voz—.
Pero no puedo dejar de pensarlo.
Ni un maldito segundo.
Cerró los ojos un momento.
En su interior, la lucha era brutal.
Nunca nadie le había hecho perder el control así.
Nunca nadie le había dado miedo…
ni esperanza.
—¿Por qué tú, Danica?
¿Por qué tú y no otra?
Se puso de pie con lentitud, incapaz de arrancarse la mirada de encima.
Finalmente, retrocedió, salió de la habitación sin cerrar la puerta del todo.
Desde el pasillo, aún podía oír su respiración serena.
Y esa paz, esa luz que ella tenía, fue lo que más lo aterraba.
Danica se movió ligeramente bajo las sábanas, el cuerpo aún pesado por el sueño.
El calor del abrazo que la había envuelto hacía unos minutos aún parecía palpitar sobre su piel.
Sus labios se entreabrieron en un suspiro suave, su mente atrapada entre el mundo real y el de los sueños.
Sintió algo.
Una presencia.
Tal vez una sombra.
Tal vez solo un eco.
Pero no tuvo miedo.
En su estado adormilado, lo sintió familiar.
—¿Alessandro…?
—susurró apenas, como si su subconsciente lo nombrara sin permiso.
Él se había detenido a la mitad del umbral, aún con una mano en el marco de la puerta.
Se tensó al oír su nombre, como si lo hubiera convocado con una magia peligrosa.
—¿Eres tú… o solo un sueño más?
—murmuró Danica, sin abrir los ojos.
Su voz era suave, ronca, vulnerable.
Alessandro no respondió.
No se atrevió.
Ella se removió en la cama, acurrucándose contra la almohada, los labios aún curvados por la confusión del momento.
—Aún te amo… —susurró, como si se lo dijera a una ilusión—.
Pero no logro entenderte… eres como un fuego que me quema y me congela al mismo tiempo..
Las palabras lo atravesaron como un puñal.
Alessandro cerró los ojos.
Por un segundo, todo su mundo pareció tambalearse.
Las barreras, la rabia, el orgullo, su maldita necesidad de control.
Todo eso tembló con una simple frase nacida del corazón de una chica medio dormida.
Se acercó con pasos lentos, sin hacer ruido.
Se inclinó sobre ella, observándola con una intensidad contenida.
Danica ya se había hundido otra vez en el sueño, el rostro relajado, sereno, como si no acabara de revelar un secreto tan devastador.
Alessandro la observó durante largos segundos, con la garganta cerrada y el pecho agitado.
Le acarició apenas la mejilla con el dorso de la mano, con una ternura que nadie le había visto jamás.
—Y yo no sé cómo dejar de hacerte daño…
—susurró, tan bajo que ni el silencio lo alcanzó a escuchar del todo.
Se enderezó finalmente, cruzó la habitación y salió sin mirar atrás.
Cerró la puerta con el mismo cuidado con el que alguien se aleja de lo único que lo hace sentir vivo.
Pero Danica, aún dormida, frunció ligeramente el ceño.
Como si, en el fondo, supiera que el sueño no era del todo un sueño.
La luz matutina se filtraba delicadamente a través de las cortinas de lino blanco, tiñendo la habitación de un suave tono dorado.
El canto de los pájaros del lago se colaba desde el jardín, armonizando con la calma que reinaba en el cuarto de Danica.
Hasta que unos nudillos golpearon con dulzura la puerta.
—Dani, cariño, despierta —la voz de Nicole Marie atravesó la madera, animada y llena de emoción—.
Hoy vienen los diseñadores.
Es hora de las primeras pruebas del vestido, no podemos llegar tarde.
Danica soltó un gemido ahogado y se giró sobre las sábanas.
El recuerdo de la noche anterior permanecía como un vaho entre su conciencia y el sueño.
Se tocó el pecho, donde sentía aún un leve calor… como si las palabras que susurró hubieran sido escuchadas.
—Cinco minutos —murmuró adormilada.
Pero la puerta se abrió igualmente.
Nicole entró en la habitación con una taza de té de jazmín en mano, vestida con un elegante conjunto crema y perlas en las orejas.
Se veía radiante.
Emocionada.
Casi etérea.
—Nada de cinco minutos, jovencita.
Hoy es importante.
Quiero que estés conmigo mientras ajustan el vestido.
—Se sentó al borde de la cama y dejó la taza en la mesa de noche—.
Además, Valentino me dijo anoche que te veías preciosa.
Y créeme, Carlo no puede estar más feliz con que salgas con un chico como él.
Danica abrió lentamente los ojos y alzó una ceja mientras tomaba la taza con las dos manos.
—¿Tan temprano ya estamos hablando de Valentino?
Nicole sonrió, acariciándole el cabello suavemente.
—No quiero presionarte.
Pero es un buen chico.
Tiene futuro, es respetuoso… y te mira como si fueras un milagro.
Eso es difícil de encontrar, Dani.
Danica bajó la mirada hacia el té, con una sonrisa cansada pero sincera.
—Gracias, mamá.
—Ahora, arriba —dijo Nicole levantándose con gracia—.
Los diseñadores llegaran dentro de poco.
Quiero que estés impecable.
Cuando Nicole salió de la habitación, Danica se quedó unos segundos más sentada en la cama, con la taza humeante entre los dedos.
Un suspiro largo escapó de sus labios.
Vestidos, bodas, Valentino, Alessandro… Todo parecía agolparse de golpe en su mundo.
Y recién estaba comenzando el día.
El salón estaba ubicado en la segunda planta de la casa del lago, en una ala privada que Carlo había hecho acondicionar especialmente para que mi madre diseñara su vestido de novia y los de sus pequeñas damas.
Era un espacio amplio y luminoso, con altos ventanales que dejaban entrar la luz natural del lago y grandes espejos de cuerpo entero empotrados en las paredes.
El suelo de madera oscura contrastaba con las delicadas cortinas marfil y los rollos de telas finas acomodados sobre una mesa larga de roble.
Todo olía a lavanda, a hilo recién cortado y a elegancia.
Danica entró con paso lento, todavía algo dormida, pero deslumbrada por el ambiente.
Vestía una bata de satén blanco con su nombre bordado en letras doradas, una de las tantas prendas que su madre le habia diseñado exclusivamente.
Su cabello caía en suaves ondas sobre los hombros, y tenía un rubor natural en las mejillas.
Se sentía nerviosa.
Aquello ya no era un simple evento, era una presentación… una introducción formal al mundo De La Marca.
—Ah, allí está nuestra princesa —dijo Nicole con entusiasmo desde un sofá tapizado en terciopelo gris perla.
Junto a ella estaban dos diseñadores italianos, impecablemente vestidos de negro, con metros en el cuello y una libreta de bocetos entre manos.
Saludaron a Danica con una leve reverencia.
—Signorina De La Marca, un honor —dijo uno de ellos con un acento marcado—.
El vestido que probaremos hoy ha sido diseñado exclusivamente para usted, con aprobación directa del señor Carlo.
Danica tragó saliva.
Por primera vez, sintió que parte de su resistencia se aflojaba un poco.
Tal vez no todo era tan opresivo como creía.
Tal vez, solo tal vez… podía permitirse soñar.
Se miró en el espejo una vez más.
El reflejo le devolvió la imagen de una joven perfecta, envuelta en tul y encaje, con una sonrisa ensayada y los ojos de quien intenta creer en un futuro limpio, sin sombras.
Un futuro con Valentino.
El chico que la hacía reír.
El que no levantaba la voz, el que la miraba como si fuera la única certeza en su mundo.
Eso debía ser el amor, ¿no?
La calma, la ternura, la seguridad.
Eso era lo correcto.
Pero mientras los diseñadores ajustaban el velo sobre su hombro, algo dentro de ella se estremeció.
Un pensamiento, una imagen fugaz… Unos ojos grises, una voz baja, una caricia que no debería seguir sintiendo en la piel Alessandro.
Su nombre cruzó su mente como un suspiro peligroso.
Como una corriente helada que apagaba cualquier idea de serenidad.
Él era todo lo que no debía desear, y sin embargo… su cuerpo, su corazón y cada sombra de su alma lo recordaban incluso cuando intentaba olvidarlo.
—¿Estás bien, cariño?
—preguntó Nicole, notando el leve temblor en sus manos.
Danica forzó una sonrisa, bajando la vista hacia el vestido.
—Sí… solo estaba pensando.
—Piensa en cosas bonitas —respondió su madre con su voz super positiva que Danica tanto odiaba Pero solo asintió, el eco de esas palabras resonó distinto dentro de ella.
Porque no estaba segura de merecer algo bonito.
Ni de poder amar sin miedo.
Cuando los diseñadores se retiraron y el salón quedó en silencio, se acercó lentamente al ventanal.
El lago brillaba con los destellos del sol sobre el, y por un instante, su reflejo se mezcló con el paisaje.
Ahí estaba ella: dividida entre dos mundos.
Uno que la calmaba… y otro que la consumía.
Cerró los ojos.
Inspiró profundo.
El corazón, sin embargo, no obedecía.
Porque, aunque lo correcto tenía el rostro amable de Valentino… la tormenta que la mantenía viva siempre llegaba con el nombre de Alessandro.
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