Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 12
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12: Capitulo 12 12: Capitulo 12 “Entre risas, vino y secretos… siempre hay un silencio que pesa más que todos.” El penthouse de Danica era el refugio perfecto para una noche de chicas.
Las luces cálidas del salón se reflejaban en los ventanales enormes que daban a la ciudad; abajo, las calles brillaban con el resplandor de los autos y los anuncios luminosos, mientras una ligera bruma subía desde el puerto, envolviendo todo en un tono dorado y misterioso.
Dentro, el ambiente era puro confort.
El suelo estaba cubierto por mantas suaves y mullidas, cojines de terciopelo color vino y almohadas de todos los tamaños.
En el centro, una mesa baja de madera clara sostenía una tabla de charcutería perfectamente organizada: rodajas de prosciutto, quesos curados, higos, uvas, fresas, chocolates artesanales y copas de vino rosado.
A su alrededor, frascos pequeños de cremas, mascarillas coreanas, esmaltes de colores y brochas de maquillaje se mezclaban con un caos encantador.
Todo olía a fresas, vino y velas aromáticas de vainilla y jazmín.
—¡Esto es oficial, chicas!
—exclamó Melisa, alzando su copa con una sonrisa radiante—.
Nuestra primera pijamada desde que empezó el año escolar.
Sofía soltó una risa breve, ya con una mascarilla verde cubriéndole la mitad del rostro, y un par de rodajas de pepino perfectamente alineadas sobre sus ojos.
—¿Viste la vista desde el balcón?
—dijo alzando la voz—.
Juro que parece una escena de película.
Si tuviera esa vista, jamás saldría de aquí.
Danica sonrió, sentada en el suelo con el cabello recogido en una trenza floja.
Vestía una pijama de satén color champaña con encaje en los bordes, y tenía los pies descalzos, envueltos en calcetines rosas.
Por primera vez en semanas, se sentía liviana.
Casi normal.
—No exageren —dijo, aunque la sonrisa en sus labios la traicionaba—.
Es solo un departamento… con una cocina que no uso y una bañera que parece más grande que mi habitación del instituto.
—¿Y un walk-in closet más grande que mi casa?
—replicó Melisa con tono teatral, estallando en risas.
Danica se recostó sobre un cojín, tomando un trozo de queso con una galleta.
—Bueno, eso sí —admitió entre risas.
Melisa se llevó una fresa a la boca, suspirando.
—Tu madre esta vez se sacó un diez, Dani.
Este lugar parece sacado de una revista.
La rubia soltó una risa cansada pero sincera.
Tenía razón.
El penthouse era demasiado.
Aunque cada rincón escupida la opulencia de Carlo, el lugar era increíble, no podía creer si quiera que su madre lo hubiera escogido para ella.
Cada año, las chicas tenían la tradición de organizar una pijamada semanal.
Al ingresar al internado, juraron que sería aún más fácil reunirse los miércoles para ponerse al día o un jueves cualquiera para desconectarse del caos académico.
Pero la realidad había sido distinta.
Entre prácticas del equipo de porristas, tareas y las eternas obligaciones extracurriculares, la rutina había devorado sus planes.
Melisa había decidido unirse al taller de taquigrafía —una elección que a nadie sorprendió—.
Le fascinaban las cosas antiguas: las cartas, los diarios, los cuadernos de cuero.
Decía que había romance en las palabras escritas a mano, y en un mundo saturado de pantallas, ella se negaba a dejar morir lo analógico.
Su alma vieja encontraba belleza en lo que el resto consideraba anticuado Sofía, en cambio, había elegido el camino opuesto: el taller de expresión escénica y presencia personal.
Según ella, era el lugar “ideal para pulir su talento natural”.
En realidad, lo disfrutaba porque la hacía brillar.
Adoraba los halagos, las luces, las miradas sobre ella.
Vivía por la atención —y lo sabía—.
Siempre impecable, siempre con un perfume nuevo, siempre lista para capturar cada ojo que se posara en la habitación.
Y Danica, por su parte, ni siquiera había tenido tiempo de elegir un taller.
Entre las nuevas responsabilidades, las pruebas de vestidos, las eternas comidas con los De La Marca y la maraña de emociones que no lograba desenredar, todo lo demás había quedado en pausa.
Cada día era una sucesión de eventos que simplemente la arrastraban.
No había espacio para pensar, ni para detenerse a sentir.
A veces, mientras se miraba en el espejo del baño, con el maquillaje impecable y una sonrisa perfectamente ensayada, se preguntaba en qué momento había empezado a vivir en automático.
Esa noche, sin embargo, el mundo parecía haberse detenido.
El ambiente era perfecto: música suave flotando desde el altavoz, luces tenues bañando las paredes en reflejos dorados, y un aroma envolvente de vino y flores frescas que llenaba cada rincón del penthouse.
Las chicas estaban exhaustas tras una semana particularmente intensa, pero el cansancio se disolvía entre risas, confesiones y pequeños chismes que las devolvían a su burbuja de normalidad.
Sofía revolvía los esmaltes con aire distraído, eligiendo un tono borgoña que contrastaba con su pijama color marfil.
Melisa, en cambio, rellenaba las copas de vino con precisión casi ritual, asegurándose de no derramar ni una gota sobre el mantel improvisado de mantas y cojines.
—Entonces —dijo Sofía, con una sonrisa traviesa, como si por fin llegara al tema que llevaba horas esperando—, ¡cuéntanos por fin de Valentino Roche!
—Sabía que eso iba a llegar —suspiró Danica, dándole un trago al vino y tratando de mantener la compostura.
—Tienes que contarnos —insistió Melisa, dándole un codazo cómplice—.
Fue muy descortés de tu parte que nos enteráramos como todos los simples mortales.
—Somos tus mejores amigas —vociferó Sofía, fingiendo indignación mientras agitaba el pincel de esmalte.
Danica bajó la mirada, una sonrisa tenue escapándosele sin permiso.
—Fue… bonito.
Diferente —admitió—.
Me hizo sentir segura.
Tranquila.
Hubo un breve silencio, solo interrumpido por el crujido de las velas derritiéndose lentamente.
—¿Y Alessandro?
—intervino Sofía, con esa prudencia medida que usaba cuando sabía que pisaba terreno peligroso.
Melisa aprovechó el momento para levantarse de un salto, descalza, con la copa aún en la mano —Necesitamos más vino si vamos a hablar de “ese” tema —anunció con dramatismo.
Corrió hacia la cocina, el sonido de sus pasos amortiguado por las alfombras, y unos segundos después se escuchó el tintinear de las botellas al abrir la nevera.
Regresó con una sonrisa triunfal, sosteniendo una nueva botella de rosado frío que levantó como si fuera un trofeo.
—Listo, sigan hablando.
No pienso perderme esto —dijo al dejar la botella sobre la mesa improvisada, donde las luces cálidas se reflejaban en el cristal, haciendo que el vino brillara como un rubí líquido.
Danica giró la copa en su mano, observando cómo el líquido se deslizaba suavemente, dejando una fina cortina sobre el cristal.
Respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos, mientras el calor del vino y el ambiente relajado le daban valor para confesar algo que llevaba demasiado tiempo reprimiendo.
—Él… extraño —comenzó, la voz baja, como si tuviera miedo de romper algo frágil en el aire—.
Nuestros padres están comprometidos, eso claramente nos convierte en hermanastros… —¡Tabú!
—interrumpió Sofía, en un intento dramático de cortar la tensión, mientras pasaba los dedos por el esmalte de sus uñas recién pintadas, un gesto nervioso y juguetón a la vez.
—Cállate —la silenció Melisa, colocando una mano sobre el brazo de Sofía con firmeza—.
Déjala terminar.
Danica respiró profundo y continuó, sintiendo cómo sus palabras la hacían temblar ligeramente.
—No sé cómo explicarlo… hay algo entre nosotros —soltó un suspiro, llevando la copa a los labios y luego alejándola nuevamente—.
Es como si él fuera el mismísimo rey del infierno… y yo deseara quemarme en él.
Melisa y Sofía intercambiaron una mirada cómplice.
Ambas conocían ese peligro; ambas sabían que Danica no podía evitar sentirlo.
Melisa, con su típica serenidad, le tocó la mano con ternura, tratando de anclarla a la realidad.
—Dani —dijo, con suavidad—.
Sabemos que te atrae, pero recuerda quién eres y qué quieres.
Danica esbozó una sonrisa rápida y algo forzada, de esas que aprendió a perfeccionar con los años para fingir seguridad incluso cuando todo su mundo estaba patas arriba.
—Pero para mí, Alessandro es historia antigua —dijo, bebiéndose el resto de su copa de un solo trago, intentando convencerse más a ella misma que a las demás.
Melisa respiró hondo y asintió, mientras Sofía rodaba los ojos y arqueaba una ceja.
—Bueno… mejor —dijo Sofia—.
Pero cuéntanos de Valentino… ¿ya lo han hecho?
Danica se quedó congelada, el rubor subiendo por su cuello y quemándole las mejillas.
Miró a Melisa, quien estaba recostada sobre un montón de cojines, descalza, con la mascarilla verde a medio retirar y los ojos brillando con curiosidad traviesa.
—N-no… —dijo, tartamudeando, sintiéndose ridícula—.
No… todavía.
No estoy lista.
Sofía soltó una carcajada suave y se inclinó hacia ella, apoyando un codo sobre las mantas y la barbilla en la mano —¡Bah!
No es para tanto, Dani —dijo con tono despreocupado—.
No es como que pierdas algo importante, al principio duele… pero luego te acostumbras y se siente increíble y cuando llegas al orgasmo es como si explotaras en millones de partículas y la relajación es inmediata.
Danica la miró, un poco sorprendida por la sinceridad y la calma de Sofía.
La liviandad con la que hablaba de algo tan íntimo parecía casi liberadora.
Melisa, por el contrario, estaba firme en sus convicciones, apoyando la idea de esperar hasta el matrimonio —Y está bien —dijo con suavidad, pero con determinación—.
No hay prisa, Dani.
Lo que importa es que tú decidas.
Y sé que algún día llegará alguien que valga la pena.
Alguien que respete tu tiempo y tus límites.
Danica sonrió, sintiéndose extrañamente aliviada.
La tensión que había cargado durante semanas, la presión de sentir que debía encajar en algo que no estaba lista para asumir, comenzó a disiparse lentamente.
Sofía la empujó suavemente con el hombro, aún riendo —Ves, no es el fin del mundo.
Y ahora, ¡a disfrutar de la pijamada!
Más vino, más chocolates, más risas.
Nadie nos apura aquí.
Melisa sirvió otra ronda de copas mientras Danica se acomodaba entre los cojines, apoyando la cabeza en uno grande y mullido, y dejando que la calidez de la habitación, el aroma a vino y flores, y las risas de sus amigas la envolvieran.
—Sí —dijo Danica, más relajada—.
Esta es nuestra noche.
Nadie nos roba esto.
Por un instante, la ciudad allá afuera, con su ruido y sus reglas, desapareció.
Solo quedaba la risa, los secretos compartidos, las confidencias, y la sensación de estar exactamente donde debía estar: rodeada de quienes la conocían de verdad, quienes la aceptaban y la cuidaban, incluso cuando ella misma dudaba de sí.
Y mientras la música suave seguía flotando por el penthouse, mezclándose con el aroma de vino, chocolate y crema de rosas, Danica comprendió que esa noche, entre almohadas, risas y confesiones, había encontrado un refugio que ningún chico, ninguna tormenta, ninguna obligación podría arrebatarle.
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