Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 13

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Susurros de Sangre y Deseo
  4. Capítulo 13 - 13 Capitulo 13
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

13: Capitulo 13 13: Capitulo 13  “ A veces, la calma más dulce es solo el silencio que precede a la tormenta.” El final del primer período siempre dejaba una sensación extraña: una mezcla de alivio y agotamiento que impregnaba el aire del instituto como un perfume tenue, difícil de descifrar.

Los pasillos olían a papel, a tinta ya café derramado; las voces de los estudiantes se entrelazaban con el eco metálico de las taquillas cerrándose una tras otra, un ritmo constante que parecía marcar el fin de la rutina académica.

Danica caminaba despacio, abrazando sus libros contra el pecho.

Llevaba el uniforme del equipo de porristas: la falda azul marino que se movía con cada paso, mientras la diminuta camisa se ajustaba a su cuerpo.

Su cabello, recogido en una coleta alta, dejaba escapar algunos mechones dorados que le rozaban el rostro con la brisa del pasillo.

La luz que entraba por los ventanales alargaba su sombra sobre el suelo de mármol pulido, y el sonido suave de sus zapatos se mezclaba con las risas y murmullos que se desvanecían a lo lejos.

Había algo casi melancólico en aquel ambiente.

Una calma engañosa, una sensación de fin y de inicio al mismo tiempo, como si el instituto entero —con sus torres, su disciplina y su belleza impecable— suspirara agotado de tanto fingir perfección.

El aire era fresco, impregnado del perfume de los jardines que rodeaban el edificio.

Desde los ventanas del primer piso podía verse cómo las hojas secas del otoño caían lentamente, mecidas por una brisa que parecía traer secretos.

Danica ajustó la correa de su bolso y descendió por la escalera lateral que conducía a la planta baja, donde se encontraron los casilleros personales.

Aquella zona era más silenciosa, casi subterránea, bañada por una luz tenue que parecía flotar entre las paredes de piedra.

Los pasos resonaban con un eco íntimo, como si cada movimiento tuviera su propio reflejo en la penumbra.

Los casilleros se extendían en largas hileras de acero frío, brillando con un matiz metálico bajo las lámparas.

Algunos estaban cubiertos con fotografías, pequeños espejos, notas escritas con marcadores de colores y pegatinas que hablaban de amistades y promesas adolescentes.

El suyo, en cambio, destacaba entre todos.

Era de un azul profundo, oscuro y elegante, como la hora azul que los navegantes aman justo antes de que el sol desaparezca en el horizonte.

Esa tonalidad que no es noche ni día, sino un instante suspendido entre ambos.

En la esquina superior, una diminuta insignia plateada con sus iniciales —DM— relucía con discreción.

Era sobrio, misterioso, perfectamente ella.

Giró la combinación con un movimiento ágil y el clic metálico del cierre rompió el silencio.

Dentro, todo estaba ordenado con una precisión casi obsesiva: carpetas apiladas por color, un pequeño perfume de cristal tallado, una libreta de tapa de cuero negro con bordes dorados, sus patines de práctica envueltos en una funda de terciopelo y la sudadera oficial del instituto doblada con esmero.

Todo olía a limpieza, a tinta fresca ya un leve rastro de su fragancia favorita —jazmín y ámbar—.

Sacó sus cosas con calma, dejando que el silencio la envolviera.

En ese instante, la quietud del lugar le resultó extrañamente familiar.

Como si el mundo entero se hubiera detenido para dejarla pensar… o para observarla.

Y.

En lo mucho que había cambiado su vida en tan poco tiempo.

En cómo, sin darme cuenta, había pasado de ser una chica más entre uniformes y clases a convertirse en alguien que todos miraban con una mezcla de curiosidad, deseo y temor.

Había aprendido que la atención podía ser un regalo o una condena, dependiendo de quién la reclamara.

Mientras cerraba el casillero, el metal pulido devolvió una imagen fugaz de sí misma.

Por un segundo, no se reconoce.

Los ojos claros que la observaban desde el reflejo ya no eran los mismos de antes: se habían vuelto más fríos, más conscientes… como si hubieran aprendido a mirar el mundo con una mezcla peligrosa de prudencia y deseo.

Había en ellos un brillo nuevo, el tipo de luz que solo aparece después de atravesar demasiadas sombras.

Suspiró.

El sonido metálico del casillero al cerrarse resonó en el pasillo vacío, y el eco se desvaneció igual que sus pensamientos.

A veces sentí que el lujo del instituto era solo una máscara.

Bajo los uniformes impecables, las sonrisas medidas y los nombres de familias poderosas, latía algo más oscuro.

Hambre.

Secretos.

Sombras que se movían entre los pasillos, disfrazadas de elegancia.

Deslizó los libros dentro del bolso y caminó hacia la salida que daba al estacionamiento interno.

Desde allí, los carritos eléctricos esperaban alineados como piezas de porcelana, brillando bajo la luz ámbar del atardecer.

El viento del pasillo exterior le revolvió suavemente el cabello.

Entre las columnas de mármol, el cielo se teñía de un gris dorado, un tono melancólico que parecía prometer calma… justo antes de romperse.

El carrito la aguardaba junto a la fuente central, donde el agua caía con un murmullo casi hipnótico.

Se sentó en el asiento delantero, subió el motor con un nivel zumbido, y el vehículo comenzó a avanzar lentamente por los senderos adoquinados.

A medida que se alejaba de los edificios principales, el paisaje se transformaba.

Los jardines se extendían como un lienzo vivo: rosales carmesí, lirios blancos, jacintos púrpura.

El aroma floral impregnaba el aire, mezclándose con la brisa fresca del atardecer.

A lo lejos, el edificio de ladrillos donde se alzaban los dormitorios emergía entre los árboles, cubierto de enredaderas y flores trepadoras que se mecían con la brisa.

Las ventanas, amplias y antiguas, atrapaban los últimos destellos del sol como espejos de ámbar, devolviendo un resplandor melancólico sobre la fachada.

Parecía un refugio arrancado de otro tiempo, demasiado bello para ser real… o quizás demasiado perfecto para no esconder algo.

El carrito se deslizó suavemente hasta detenerse frente a la entrada principal.

Danica aparcó en uno de los lugares designados, y por un momento se quedó quieta, observando el reflejo dorado del cielo en los ventanales.

Todo allí tenía una calma engañosa, una belleza que parecía respirar bajo la piel del silencio.

Tomó su bolso, alisó la falda de su uniforme y descendió del vehículo.

El sonido de sus pasos se mezcló con el canto distante de las cigarras y el suave rumor del agua que corría desde una fuente cercana.

El aire olía a piedra húmeda ya flores frescas.

Cuando cruzó el arco cubierto de hiedra que daba a la puerta principal, el conserje del edificio —un hombre de figura robusta, cabello canoso y ojos serenos— la observó con una sonrisa cordial.

Estaba acomodando unas cajas de madera junto al umbral.

—Señorita Danica —la saludó con respeto, limpiando las manos en un pañuelo—Llegó algo para usted hace unos minutos.

—¿Para mí?

—preguntó ella, arqueando una ceja, con un matiz de sorpresa que intentó disimular.

El hombre avanzaba y, tras apartarse un poco, tomó un ramo envuelto en papel color crema, atado con un lazo de seda blanca.

Las flores eran tulipanes rosas con bordes marfileños, tan frescos que aún conservaban diminutas gotas de rocío en los pétalos.

Bajo la luz del atardecer, cada uno parecía hecho de cristal húmedo.

Danica los sostuvo con ambas manos, sintiendo cómo el frío de los tallos contrastaba con el calor que ascendía por su piel.

Un aroma suave, dulce y limpio se alzó de entre las flores, llenándole los pulmones de algo que no supo nombrar.

Entre los tallos, asomaba un pequeño sobre cerrado.

Lo abrió con cuidado, con la curiosidad latiéndole bajo los dedos.

La simple idea de verlo hizo que algo en su pecho se aflojara.

Había pasado demasiado tiempo sintiéndose atrapado entre obligaciones, miradas que la juzgaban y silencios que pesaban más que las palabras.

Pero con él… todo parecía más simple.

Más humanos.

Apretó el ramo contra su pecho y sonriendo.

No la sonrisa diplomática que solía usar frente a los adultos, sino una genuina, suave, casi infantil.

El conserje la observar con una expresión discreta, casi cómplice, como si entendiera algo que ella aún no se atrevía a decir.

—Son hermosas flores, señorita —comentó con amabilidad.

—Sí —respondió ella, su voz templada por la calidez del momento—.

Son perfectos.

Danica caminó hacia el elevador, el sonido de sus pasos amortiguado por la alfombra.

Llamó al ascensor y, al cerrarse las puertas, el perfume de los tulipanes llenó el pequeño espacio, envolviéndola en una fragancia dulce y prometedora.

Durante el trayecto, algo en el aire cambió.

Una sensación breve, casi invisible… la certeza de que alguien la observaba.

Giró la cabeza.

Nada.

Solo el reflejo de su propia figura en el espejo del ascensor.

Suspiré, restándole importancia, aunque su pulso se mantuvo levemente alterado.

No podía evitar sentir que algo —o alguien— seguía su rastro, incluso en los lugares donde debería sentirse seguro.

Las puertas se abrieron con un sonido suave, y el aire familiar del pasillo la recibió, la calidez del interior la envolvió.

Pero se detuvo en seco.

La pared corrediza que dividía su dormitorio del de Leandro estaba abierta de par en par.

El gimnasio privado brillaba con el reflejo del sol a medio día, pesas perfectamente alineadas, toallas dobladas y música instrumental sonando muy baja desde algún altavoz.

Pero lo que más llamó su atención fue el olor.

Comida recién separada.

Un aroma a salsa cremosa, pan horneado y vino tinto flotaba en el aire.

La cocina —que quedaba del lado de Danica— estaba impecable, con la mesa servida para dos.

Platos de porcelana blanca, un par de copas dispuestas, velas esperando ser encendidas y una botella de vino esperando ser abierta.

Leandro estaba junto a la encimera, con el cabello ligeramente despeinado y la camisa blanca arremangada hasta los codos.

Sonreía, entretenido, mientras colocaba cubiertos con precisión casi militar.

—¿No fuiste a clases?

—preguntó ella, arqueando una ceja mientras dejaba el bolso sobre el sillón.

Él levantó la mirada, sonriendo con una calma que siempre le resultaba tranquilizadora.

—Digamos que hoy tuve una mejor lección… —respondió con un tono perezoso, observando cómo ella colocaba los tulipanes sobre la mesa.

Danica llenó un florero con agua y empezó a arreglar las flores con delicadeza, cortando los tallos con una tijera dorada.

Leandro la observaba desde el otro lado del mostrador, con los brazos cruzados y una media sonrisa que no intentaba disimular.

—¿Qué?

—preguntó ella, al notar su mirada.

—Nada —replicó él, divertido—.

Es solo que te ves ridículamente feliz haciendo eso.

—Haciendo qué?

—frunció el ceño, aunque el rubor le subió al rostro.

—Arreglando flores.

Pareces una niña con su primer ramo —dijo Leandro con una media sonrisa, observándola desde la barra.

Su tono era burlón, pero había en su voz algo cálido, casi tierno—.

Aunque deberías decirle a Valentino que se detenga… ya no caben más flores en este departamento.

Danica lo fulminó con la mirada, pero la sonrisa le traicionó.

—No es cierto.

Aún hay espacio en la mesa del rincón.

—No, no lo hay —replicó él, con esa ironía suave que usaba para provocarla—.

La próxima vez tendrás que dormir abrazada a ellas.

Ella nego con la cabeza, riendo apenas.

Colocó el florero en el centro de la mesa; el agua capturó el reflejo rosado de los tulipanes, y por un segundo, el mundo pareció girar más lento.

Pensó en la nota de Valentino, en la forma en que la firmaba solo con una letra… y su sonrisa se ensanchó sin poder evitarlo.

Pero mientras el silencio llenaba el aire, Leandro servía vino en dos copas con un gesto más lento, más contenido.

Sus ojos, que antes tenían brillo juguetón, ahora se habían ensombrecido.

—Solo espero que Valentino sepa —murmuró al fin, con voz grave— que si alguna vez te última, tienes dos hermanos que darían la vida por ti.

Danica lo miró, enternecida.

Sabía que lo decía con sinceridad, pero también sabía que si Alessandro escuchara esa frase, la haría literal.

Él no protegería: destruiría.

Y aunque la idea la estremecía, también la conocía demasiado bien.

Aún así, excita con suavidad, evitando que el ambiente volviera demasiado solemne.

—¿Y todo esto?

—preguntó, alzando la vista hacia la mesa servida—.

¿Acaso invitas a Sofía a venir?

El cambio en el rostro de Leandro fue inmediato.

La sonrisa se apagó.

—Sí… —respondió después de un breve silencio, llevándose una mano al cabello, visiblemente incómodo—.

Estamos intentando… retomar las cosas.

Danica arrastró una de las sillas del comedor y se sentó, observándolo con curiosidad.

Tomó su copa y la giró entre los dedos, dejando que el vino respirara.

El aroma era cálido, envolvente, y sin embargo, algo en el aire se había tensado.

En su mente la frase “niños jugando a ser adultos” resonó nuevamente.

—Y ¿cómo va eso?

—preguntó con una mezcla de picardía y preocupación.

Leandro soltó una risa baja, sin humor, y apoyó las manos sobre la encimera.

—Mal —admitió al fin, con una dureza contenida—.

Muy mal.

Danica alzó una ceja.

Él bebió un sorbo de vino y continuó.

—Creí que la conocía, Danica.

Pensé que era solo… insegura, intensa.

Pero hay algo más.

No sé cómo explicarlo.

Es como si no supiera estar sola, como si necesitara llenar cada vacío con alguien… o con algo.

Se detuvo, buscando palabras.

La mandíbula le tembló apenas.

—No esperaba descubrir ese lado de ella.

Esa…voracidad.

No es simple deseo, es una especie de hambre constante, como si nada le bastara.

La tensión en su voz era palpable.

El cristal de la copa en su mano vibró apenas, hasta que un leve chasquido rompió el silencio.

Danica lo vio cerrar los puños con fuerza.

Un segundo después, la copa se estalló entre sus dedos.

El vino corrió por la encimera, mezclándose con la sangre que caía en hilos finos desde la palma de Leandro.

Él no dijo nada.

Solo respiró hondo, la mirada perdida, como si la rabia y la decepción se mezclaron en un solo golpe de aire.

—Leandro… —susurró ella, levantándose de inmediato.

Él suena, apenas.

Una sonrisa rota, forzada.

—Estoy bien —dijo, con voz baja, mientras tomaba una servilleta para limpiarse la sangre—.

Solo…

me cansé de pensar que podía arreglar a la gente.

Danica lo observó en silencio.

Por primera vez, no vio al Leandro tranquilo y bromista que conoció, sino al hombre que llevaba dentro; alguien que sentía demasiado, que amaba con brutalidad, que intentaba contener un fuego que, si se desbordaba, podía destruirlo todo.

Y entonces lo comprendió.

Eran iguales.

Leandro y Alessandro.

Distintos rostros del mismo impulso: controlar para proteger, poseer para no perder.

Ambos necesitaban tener el mundo bajo sus manos para no romperse.

Danica desvió la mirada, con el corazón apretado.

Afuera, el viento golpeando los ventanas, arrastrando el eco del atardecer que moría.

El silencio entre ellos se volvió casi solemne, solo interrumpido por el leve goteo del vino derramado cayendo al suelo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo