Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 14
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14: Capitulo 14 14: Capitulo 14 “El deseo puede parecer dulce, hasta que descubres que también sabe a sangre.” El reflejo del espejo le devolvía una versión de sí misma que parecía salida de un sueño, o quizá de una vida que no le pertenecía del todo.
El vestido —de un tono marfil con destellos dorados que se encendían al menor movimiento— abrazaba su cuerpo con la suavidad del satén, delineando cada curva con una elegancia casi peligrosa.
Los finos tirantes se cruzaban en su espalda desnuda, dejando a la vista su piel clara, donde la luz temblaba como si respirara.
El lazo que ceñía su cintura marcaba la fragilidad y el poder que convivían en ella, y el vuelo ligero de la falda rozaba sus rodillas, como si el propio vestido supiera que esa noche debía insinuar más de lo que mostraba.
Su cabello, suelto y perfumado con un toque de vainilla y jazmín, caía en ondas sobre su espalda, brillando como un velo líquido bajo la luz dorada del tocador.
En sus muñecas, las finas pulseras que le había regalado su madre tintineaban con cada movimiento, pequeñas promesas de afecto y protección.
Y en sus labios, un toque sutil de color —apenas una rosa apagada— daba a su sonrisa un matiz ambiguo, entre inocencia y tentación.
Respiró hondo.
El aire le tembló en el pecho.
Por un instante, creyó escuchar los latidos de su propio corazón resonar en la habitación.
Cada uno más fuerte que el anterior, recordándole que, pese a todo, seguía viva… y nerviosa.
Había pasado tanto tiempo encerrada en su propio miedo, en sus dudas, que esa sensación de expectación la desbordaba.
Se sentía extrañamente ligera, como si el simple hecho de ponerse ese vestido la liberara de algo que no sabía nombrar.
Sonrió a su reflejo.
Una sonrisa tímida, pero real.
Por primera vez en semanas, se sintió simplemente feliz.
El pasillo la recibió con un silencio espeso, casi solemne.
La luz tenue de las lámparas acariciaba las paredes, proyectando sombras largas y doradas.
La puerta corrediza que separaba su habitación de la de Leandro seguía cerrada, y un leve aroma a vino tinto y madera persistía en el aire, recordándole su conversación de aquella tarde: palabras medidas, silencios incómodos… y una mirada que prefirió no interpretar.
Cerró con cuidado.
Sus dedos temblaron apenas sobre el pomo.
Luego echó a andar con paso ligero, dejando que el sonido de sus tacones llenara el pasillo con un ritmo acompasado, elegante, casi musical.
El elevador descendió con una suavidad hipnótica.
Danica se apoyó en el barandal y dejó que su mirada se perdiera a través del cristal.
Afuera, el campus se extendía bajo el resplandor del crepúsculo: luces cálidas entre los árboles, caminos dorados que serpenteaban hasta perderse en la penumbra.
Las luciérnagas artificiales titilaban como pequeñas constelaciones danzando entre los invernaderos, y el aire olía a flores húmedas, a promesas recién abiertas.
Sintió un cosquilleo en la piel, una mezcla de emoción y nervios que la hizo sonreír sin darse cuenta.
No sabía si era la cita, el vestido, o el simple hecho de salir a respirar después de tanto tiempo, pero todo dentro de ella latía distinto esa noche.
Al llegar al nivel inferior, el carrito eléctrico la esperaba frente a la entrada principal.
Blanco, reluciente, con asientos de cuero claro y una cesta trasera decorada con flores recién puestas.
Danica subió con cuidado, recogiendo el vuelo del vestido para no arrugarlo.
El asiento se sentía frío al principio, pero enseguida el motor vibró con un suave murmullo.
Acomodó las manos en el volante, miró hacia el sendero iluminado que conducía al restaurante del invernadero… y sonrió de nuevo.
Mientras conducía por los senderos del instituto, la brisa nocturna jugaba con su cabello, deslizándose entre las ondas doradas y perfumadas con el aroma dulce de las gardenias que bordeaban el camino.
El aire estaba impregnado de humedad y vida; las flores recién abiertas derramaban su fragancia, y las luces del sendero se reflejaban sobre el pavimento como pequeños espejos de luna.
Cada curva parecía conducirla más lejos de la rutina, más cerca de algo que no sabía definir: una emoción, una promesa, tal vez la idea ingenua de que el destino, por una vez, podía ser amable.
El murmullo del motor era un susurro constante, casi un acompañamiento a los latidos acelerados de su corazón.
El viento le rozaba los brazos desnudos, y sintió que el frío no la alcanzaba; estaba demasiado llena de esa mezcla de nervios y anticipación que solo la juventud —y la posibilidad de algo nuevo— puede dar.
Las primeras estructuras del invernadero se alzaron en la distancia, bañadas por una luz dorada que parecía emanar de la tierra misma.
Los cristales reflejaban el cielo nocturno como una cúpula de estrellas, y entre ellos se entrelazaban ramas, enredaderas y guirnaldas de flores que colgaban en cascadas perfumadas.
Desde fuera, el lugar parecía un santuario suspendido entre el bosque y el sueño, un templo de cristal respirando bajo la luna.
Danica redujo la velocidad.
El sonido de las ruedas sobre el camino empedrado se volvió un murmullo suave, casi reverente.
Frente a ella, las puertas del invernadero se abrían con un arco de hierro forjado cubierto de rosas blancas y jazmines.
Al cruzarlas, una ráfaga de aire cálido la envolvió con el perfume denso de la naturaleza viva.
El interior era un espectáculo.
El techo de cristal se alzaba alto, dejando que la luz de miles de pequeñas lámparas suspendidas imitara las constelaciones.
Árboles jóvenes crecían entre las mesas, sus raíces abrazando los cimientos y sus ramas extendiéndose por encima de los comensales, entrelazadas con flores silvestres, orquídeas y pequeñas luces que parecían flotar en el aire.
Las paredes estaban cubiertas por helechos y plantas trepadoras, y el sonido distante del agua cayendo por una fuente central completaba la atmósfera con un eco sereno, casi hipnótico.
El restaurante se distribuía entre los claros naturales del invernadero, con mesas redondas cubiertas de lino color marfil, copas de cristal fino y candelabros que ardían con una luz ámbar.
En el centro, una pasarela de piedra y raíces conducía a una terraza interior, donde un pequeño cuarteto de cuerdas interpretaba una melodía suave, italiana, melancólica.
Era un sueño traído directamente desde Italia, con la elegancia de un jardín florentino y la intimidad de un rincón secreto escondido dentro del internado.
Danica estacionó el carrito junto a un muro cubierto de hiedra y bajó lentamente.
Sus tacones tocaron el suelo húmedo, y el eco de ese sonido se mezcló con la música y el murmullo de las conversaciones lejanas.
Por un momento, se quedó quieta, observando el reflejo de las luces sobre el cristal y el vaivén de las sombras entre los árboles.
Todo era perfecto.
Y sin embargo, una parte de ella —esa que no confiaba del todo en la felicidad— no pudo evitar preguntarse si la belleza de aquel lugar era también una advertencia.
Aun así, sonrió.
Echó los hombros hacia atrás, respiró profundo… y dio su primer paso hacia el interior del sueño.
Danica cruzó el umbral de cristal, y por un instante sintió que todo el mundo se detenía.
El aire del invernadero era cálido, perfumado, casi embriagador; una mezcla de pétalos, vino y tierra húmeda.
La luz se filtraba desde los techos como una lluvia dorada, y el murmullo de las conversaciones flotaba sobre un fondo de música suave que parecía deslizarse entre las flores.
El lugar estaba lleno.
Varias mesas se encontraban ocupadas por parejas jóvenes, algunos de sus compañeros del instituto.
Todos vestidos con elegancia, con esa mezcla de nervios y encanto que tenía cualquier cita universitaria.
Había risas discretas, brindis, dedos que se rozaban sobre el mantel… y, sin embargo, cuando Danica avanzó un poco más, notó que las miradas se movían con ella.
No eran directas ni descaradas, pero estaban ahí: curiosas, contenidas, como si su sola presencia despertara una intriga silenciosa.
Quizá era el vestido.
O tal vez era esa sensación de no encajar del todo, de caminar entre la gente como un secreto mal guardado.
Aun así, no bajó la mirada.
Se obligó a sonreír, a moverse con la serenidad que tanto le costaba fingir.
Entonces lo vio.
Valentino estaba esperándola cerca de la escalera que conducía al segundo nivel.
Su camisa negra, arremangada hasta los codos, contrastaba con la luz dorada del ambiente, y el reloj de acero brillaba en su muñeca con un destello frío.
Al verla, dejó la copa que sostenía y sonrió con esa calma suya que siempre parecía desarmarla.
—Creí que la noche no podría mejorar —murmuró al recibirla, ofreciéndole su mano.
El contacto fue leve, pero suficiente para que a Danica se le erizara la piel.
Él la guió a través del pasillo principal, entre mesas adornadas con arreglos de lavanda y velas flotantes.
Cada paso los alejaba del bullicio y los acercaba a un ambiente más íntimo.
La escalera de caracol que ascendía al segundo piso estaba construida de hierro negro y vidrio templado.
Las barandillas estaban cubiertas por enredaderas vivas y pequeñas luces suspendidas como luciérnagas encantadas.
A medida que subían, el murmullo del restaurante se transformaba en un rumor lejano, y el aire se volvía más cálido, más impregnado de perfume floral y notas de vino.
Arriba, el ambiente era distinto.
El segundo piso se extendía como una terraza interior, con una vista completa del invernadero.
Las mesas estaban más separadas, rodeadas de cortinas de hojas que caían desde el techo como cascadas verdes.
En una esquina, una fuente de mármol dejaba caer un hilo constante de agua sobre piedras lisas, y el sonido era tan delicado que parecía acompañar la respiración de los presentes.
Valentino la condujo hasta una mesa pequeña junto a una pared de cristal cubierta de orquídeas blancas.
Desde allí podía verse todo: el reflejo de las luces sobre el piso, las sombras que bailaban entre los árboles, y el cuarteto de cuerdas tocando en el centro del invernadero.
El lugar era un sueño suspendido en el aire.
Una burbuja de calma y belleza construida solo para ellos.
Valentino corrió su silla con un gesto cortés, sin apartar la mirada de ella.
—Espero que te guste este lugar —dijo con una voz baja, aterciopelada—.
Lo prepararon hace poco… pero cuando lo vi, supe que debía traerte aquí.
Danica lo miró, incapaz de decir nada por unos segundos.
La luz se reflejaba en su piel, en sus ojos oscuros, y todo parecía tan perfecto que dolía un poco.
Asintió despacio, dejando escapar una sonrisa suave.
—Es hermoso, Valentino… parece sacado de otro mundo.
Él se inclinó levemente sobre la mesa, con esa sonrisa ladeada que hacía que el tiempo pareciera detenerse.
—Tal vez lo sea —susurró—.
Y esta noche, ese mundo es solo tuyo.
Y en ese instante, mientras las flores se mecían por una brisa imperceptible y la música envolvía el aire como un hechizo, Danica comprendió que había cruzado una línea invisible: una de esas que separan lo cotidiano de lo inolvidable.
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