Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 15
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15: Capitulo 15 15: Capitulo 15 “Nada destruye más que el deseo disfrazado de ternura… y la mirada de quien sabe exactamente cómo hacerte sangrar con solo aparecer.” El tintineo del cristal resonó como un presagio.
Las copas de champagne acababan de llegar, su burbujeo dorado ascendiendo en espirales diminutas, como si cada burbuja contuviera un secreto a punto de revelarse.
El aroma del vino espumoso se mezclaba con el perfume floral del ambiente, creando una fragancia delicadamente intoxicante.
Valentino tomó una de las copas con la naturalidad de quien nació para moverse en lugares así.
Su mano, firme y elegante, sostenía el tallo con precisión mientras la inclinaba apenas hacia Danica.
Sus ojos, oscuros y profundos como un secreto nocturno, la observaron con una intensidad que hizo que el aire pareciera vibrar entre ambos.
—Por ti —murmuró, su voz deslizándose con una cadencia baja, aterciopelada, casi peligrosa—.
Y por la suerte de haber coincidido esta noche.
Danica respondió con una sonrisa que intentó parecer segura, aunque el temblor leve de sus dedos la delataba al rozar el cristal.
La copa estaba fría, húmeda, y al contacto, un estremecimiento le recorrió el brazo hasta el pecho.
El primer sorbo fue dulce.
El líquido dorado se deslizó por su garganta con un cosquilleo efervescente, pero el sabor —que debía ser ligero y alegre— le dejó un eco amargo en el fondo de la lengua.
Un presentimiento.
Un roce de algo oscuro, escondido bajo tanta belleza.
Valentino.
Su voz llenaba el espacio entre ambos con palabras suaves, triviales, de esas que en cualquier otro momento la habrían hecho sonreír.
Le hablaba de la cosecha del vino, de cómo el invernadero había sido restaurado con cristal templado importado de Florencia, de un chef que preparaba platos que parecían arte.
Pero Danica ya no escuchaba.
El murmullo del restaurante había cambiado.
Sutil al principio.
Un desplazamiento de energía casi imperceptible.
Risas que se apagaban, conversaciones que se interrumpían a los medios.
Luego, un giro de cabezas.
Una oleada de atención contenida que se movió como una corriente invisible desde la entrada principal hasta el corazón del invernadero.
Danica notó cómo el aire se volvió más denso, cómo el perfume de las flores se mezclaba con una nota nueva: un aroma a madera, una colonia cara ya peligro.
No necesitó mirar para saber quién era.
Lo sentí antes de verlo.
Como si su cuerpo reconociera una presencia que la mente aún se negaba a aceptar.
Giró lentamente la cabeza.
Alessandro.
Caminaba con paso medido, arrogante sin esfuerzo, cada movimiento suyo perfectamente calculado para dominar la atención de todos.
Su traje negro —entallado, impecable, su camisa blanca semi abierta, dando a entender que se estaba “relajando”, su cabello oscuro, perfectamente peinado hacia atrás, brillaba bajo las luces del techo de cristal.
— absorbería la luz del invernadero haciendo que esta se rindiera ante su sombra Pero no fue su presencia lo que cortó el aire, fue la chica a su lado.
Danica sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago, se le cerro la garanta y casi se olvido de respirar.
La mujer que lo acompañaba avanzaba a su lado, rozando apenas su brazo con el suyo.
Alta, de piel ligeramente dorada, curvas perfectas contenidas en un vestido rojo que parecía estar hecho de fuego líquido.
Su cabello castaño oscuro caía en ondas pesadas sobre los hombros desnudos, y cada paso suyo desprendía un aroma embriagador a jazmín.
Tenía los labios carnosos, de un rojo intenso, y las facciones delicadas de una musa de galería: mandíbula fina, pómulos definidos, pestañas infinitas.
Era bellísima.
Una mujer en toda la extensión de la palabra.
El tipo de belleza que no solo se mira, sino que se siente.
Su sola presencia parecía alterar el aire, espesarlo.
Danica no supo si fue el golpe de celos o el desconcierto, pero el champagne se le volvió ácido, una quemadura lenta bajándole por la garganta.
Valentino notó el cambio.
Giró la cabeza hacia la entrada y, en cuanto la vio, la sonrisa se le borró de los labios.
Su mandíbula se tensó apenas, como si algo incómodo acabara de instalarse entre ellos.
Danica intentó respirar.
No podía.
El invernadero, antes lleno de música y murmullos, se sintió de pronto como una vitrina de cristal cerrada.
Cada mirada parecía clavarse en ellos, cada sonido se disolvía en el eco de su propia respiración.
La copa tembló entre sus dedos.
Una gota de champagne resbaló por su muñeca y se mezcló con el pulso acelerado bajo su piel.
Entonces lo vio.
Alessandro.
Subía los escalones con esa calma insolente que le era tan natural, los ojos oscuros llenos de algo que no era simple indiferencia: era dominio.
A su lado, la mujer —de labios carnosos, piel dorada y facciones tan delicadas que parecían esculpidas para ser adoradas— lo seguía con una sonrisa apenas curvada.
Su vestido rojo, ajustado y brillante, se movía con la cadencia de una provocación deliberada.
Cada paso de ella era un recordatorio cruel de lo que Danica no quería admitir: que lo seguía amando, aunque lo odiara.
Alessandro y su acompañante fueron conducidos por el personal hasta la sección privada del invernadero.
Sin saberlo, los llevaron exactamente al área donde Valentino y Danica se encontraban.
El aire se volvió espeso, eléctrico.
Alessandro se dejó caer en su asiento con una elegancia que bordeaba la arrogancia.
Tomó la copa que un mesero acababa de servirle y, sin apartar la mirada de Danica, la alzó en un brindis mudo.
Su sonrisa era puro veneno: lenta, oscura, intencionada.
Danica sintió ese contacto invisible recorrerle el cuerpo como un roce de fuego.
Intentó mirar a otro lado, pero él no se lo permitió.
Su mirada la sostenía, la quemaba, la desnudaba sin tocarla.
Y luego vino la risa.
Esa risa baja, divertida, casi cruel, que siempre había sabido cómo romperle la calma.
El sonido de su burla se mezcló con el tintinear de las copas, y fue peor que un golpe.
Los celos hervían en su interior, una mezcla de rabia, deseo y algo más oscuro, más peligroso.
¿Quién era esa mujer?
¿Por qué tocaba su hombro de esa forma?
¿Por qué la miraba a ella, a Danica, con esa media sonrisa de triunfo?
Valentino exhaló despacio.
Sus ojos pasaron de Alessandro a la mujer, luego a Danica.
Dejó la copa con un golpe seco sobre la mesa.
—Qué curioso —murmuró, con una sonrisa afilada que no alcanzó sus ojos—.
No puedo resistirme a saludar.
Su voz tenía filo.
Y cuando se levantó, lo hizo con esa calma tensa que precede a una tormenta: peligrosa, elegante, imposible de ignorar.
Danica lo siguió con la mirada, los labios entreabiertos, el pulso repicando como una alarma en sus sienes.
Cada paso que Valentino dio hacia Alessandro y aquella mujer sonó más fuerte que la música, como si el suelo mismo presintiera lo que estaba por ocurrir.
El murmullo en el invernadero pareció bajar un tono.
El aroma dulce de las flores se mezcló con el perfume costoso, con el roce del cristal y el rumor del agua que caía desde la fuente central.
Y, aun así, nada lograba suavizar la electricidad que empezaba a cargarse en el aire.
Alessandro lo vio venir.
Su sonrisa se ensanchó apenas, ese gesto arrogante y tranquilo que en él era una provocación calculada.
Apoyó el brazo sobre el respaldo de la silla con estudiada indiferencia, mientras la mujer a su lado giraba el rostro hacia el recién llegado.
Era hermosa de una manera casi peligrosa: piel de porcelana dorada, facciones finas, labios carnosos pintados en un rojo que parecía sangre, y ojos color miel que destellaban con curiosidad.
El vestido se aferraba a su cuerpo como una segunda piel, brillante, audaz, y cada movimiento suyo parecía hecho para ser mirado.
Valentino llegó hasta la mesa con una calma engañosa.
Su respiración era lenta, pero la tensión en su mandíbula lo traicionaba.
Su sombra se extendió sobre ellos antes que su voz.
—No esperaba verte aquí, Alessandro —dijo, bajo pero firme, con ese tono que contenía más amenaza que cortesía—.
Ni mucho menos… acompañado.
Alessandro arqueó una ceja, reclinándose hacia atrás con una elegancia casi teatral.
—El gusto de la coincidencia —replicó, su voz arrastrando las sílabas con perezoso encanto—.
Y bueno, no podía rechazar una cena con una invitada tan encantadora.
Sus dedos rozaron la mano de la mujer, un gesto mínimo pero lleno de intención.
Ella sonrió, apenas, con la naturalidad de quien no sabe que está en medio de un campo minado.
Valentino no apartó la mirada.
Su sonrisa era un filo cubierto de terciopelo.
—¿No vas a presentarnos?
—preguntó con un tono tan suave que solo los que lo conocían sabían reconocer el veneno escondido allí.
—Claro —respondió Alessandro, disfrutando cada segundo de la tensión que crecía entre los tres—.
Ella es Lucía Fontenelle… una de las modelos de la firma de tu madre, ¿no es así, Danica?
El nombre cayó como un cristal rompiéndose en silencio.
Lucía Fontenelle.
Danica sintió el corazón cerrarse en un puño.
El rojo del vestido, la elegancia, la sonrisa perfecta… Todo encajaba.
Demasiado bien.
Alessandro lo sabía.
Y lo estaba haciendo a propósito.
Desde su mesa, la atmósfera se volvió insoportablemente densa.
El perfume de las orquídeas, el murmullo de las conversaciones, incluso la música de cuerdas que llenaba el aire, todo sonaba lejano, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese instante.
Valentino sonrió.
Una sonrisa tensa, vacía, sostenida con la fuerza de quien sabe que perder el control sería un lujo demasiado caro.
—Sí —murmuró—.
Claro que lo es.
Qué… coincidencia.
Sus palabras cayeron entre ellos como un desafío contenido.
Alessandro sostuvo su mirada un segundo más, hasta que el silencio entre ambos se volvió casi físico, tan espeso que se podía sentir vibrar entre los cuerpos.
Luego giró su copa con calma, observando el reflejo dorado del champagne resbalar por el cristal.
—El mundo es pequeño, ¿no te parece?
—dijo, sin apartar los ojos de Danica, aunque hablaba con Valentino.
Lucía sonrió suavemente, sin captar del todo lo que latía bajo la superficie.
Pero los tres sabían.
Los tres entendían.
Esto ya no era una coincidencia.
No era solo una cena.
Era una partida cuidadosamente iniciada, donde cada gesto era una jugada, cada mirada un reto.
Y Alessandro, con esa sonrisa indolente y los ojos ardiendo de algo más que simple interés, acababa de mover la primera pieza del juego.
El salón de baile estaba inundado de luces cálidas y murmullos de conversaciones.
Los novios se movían torpemente al ritmo de una balada romántica, mientras los invitados aplaudían con sonrisas forzadas, algunos más interesados en sus copas que en la pareja que celebraba su unión.
Sin embargo, Danica apenas podía fingir interés.
Sentada en una esquina de la mesa principal, tamborileaba los dedos contra el mantel blanco, su mirada fija en la puerta.
Valentino no estaba allí.
Y eso la carcomía.
Había pasado toda la tarde reprimiendo una mezcla de ansiedad y enojo, preguntándose si él se atrevería a plantarla.
No era como si le importara demasiado, se decía a sí misma, pero el hecho de que no estaba allí, en un evento donde todos los ojos estaban puestos en ella y su círculo más cercano, la hacía sentir humillada.
**¿Qué clase de hombre deja a alguien como yo esperando?**, pensó mientras apuraba el último sorbo de champagne en su copa.
Sofía y Leandro, tan empalagosos como siempre, reían en la mesa contigua, completamente ajenos al drama interno que Danica vivía.
Cedric y Melisa, por otro lado, ni siquiera habían tenido la decencia de aparecer en el salón.
**Claro que sé dónde están**, pensó con una sonrisa amarga.
**En algún rincón oscuro, haciendo exactamente lo que todos imaginan.** Pero lo que más le molestaba no era la ausencia de Cedric ni el exceso de afecto de Sofía y Leandro.
No, lo que realmente le hervía la sangre era Alessandro y esa chica.
Ronín.
**¿Quién demonios se llama Ronin?** El nombre le sonaba tan ridículo como la sonrisa perpetua que ella llevaba puesta.
Alessandro, con su puerta altivo y su aire de superioridad, parecía disfrutar cada segundo al lado de esa mujer.
Danica apretó los labios.
Alessandro siempre había sido un idiota, pero ahora parecía un idiota feliz.
Y eso la enfurecía.
Decidió que ya había tenido suficiente.
Dejó la mesa con un movimiento brusco, ignorando las miradas curiosas de algunos invitados, y salió al balcón.
El aire fresco le golpeó el rostro, calmando un poco el ardor en sus mejillas provocado tanto por el alcohol como por su creciente frustración.
El mar se extendía frente a ella, oscuro y misterioso bajo la luz de la luna.
El viento jugaba con su vestido largo, haciéndose ondear como si fuera parte del paisaje nocturno.
Por un momento, se permitió cerrar los ojos y dejar que la brisa acariciara su piel.
**Esto sí vale la pena**, pensó.
Si algo podía rescatarse de esta noche era este lugar.
Los La Marca sabían cómo elegir escenarios perfectos para cualquier evento.
Era casi poético estar allí, sola bajo las estrellas, mientras el resto del mundo seguía girando dentro de esas cuatro paredes.
De repente, un roce cálido recorrió su espalda desnuda, despertándola de sus pensamientos.
Su cuerpo se tensó al instante, pero antes de girarse ya sabía quién era.
—Un penique por tus pensamientos —dijo aquella voz inconfundible.
Danica sonriendo antes de volverse lentamente hacia él.
Allí estaba Valentino, tan magnífico como siempre, con ese aire despreocupado que tanto le irritaba y fascinaba al mismo tiempo.
Su traje negro impecable realzaba sus ojos oscuros, y su cabello ligeramente desordenado le daba un toque rebelde que parecía diseñado para romper corazones.
—Qué atractivo —dijo ella con un tono sarcástico, aunque no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa genuina—.
¿Qué te retuvo tanto?
Valentino la observa con una mezcla de diversión y algo más oscuro que Danica no supo identificar del todo.
—Negocios —respondió con simpleza mientras tomaba su mano con una naturalidad que la hizo estremecer—.
Vamos a bailar.
Danica lo miró fijamente durante un segundo, intentando descifrar si hablaba en serio.
Pero antes de que pudiera responder, él ya la estaba guiando de regreso al salón.
El murmullo de las conversaciones disminuyó notablemente cuando cruzaron las puertas.
Aunque ella intentó ignorarlo, no pudo evitar notar cómo las miradas se clavaban en ellos mientras avanzaban hacia la pista de baile.
Valentino no parecía afectado en lo más mínimo por la atención que estaban recibiendo.
De hecho, parecía disfrutarla.
Danica, por otro lado, se sentía atrapada entre el deseo de desaparecer y el impulso de mostrarle al mundo que estaba exactamente donde debía estar: al lado del hombre más codiciado de la sala.
Cuando finalmente llegaron al centro de la pista, él colocó una mano firme en su cintura y comenzó a guiarla al ritmo de la música.
Danica sintió cómo el calor subía por su cuerpo mientras sus ojos se encontraban con los de Valentino.
Había algo en su mirada que la hacía sentir vulnerable y poderosa al mismo tiempo.
—¿Sabes que todos nos están mirando?
—murmuró ella, tratando de sonar despreocupada.
—Déjalos mirar —respondió él con una sonrisa ladeada—.
No hay nada más fascinante que una mujer hermosa disfrutando del momento.
Danica sintió cómo un rubor subía por sus mejillas, pero no apartó la mirada.
En ese instante, todos los demás desaparecieron: Alessandro y Ronin, Sofía y Leandro, incluso Cedric y Melisa.
Solo existían ellos dos.
Sin embargo, no todos compartían esa visión idílica.
Desde una esquina oscura del salón, unos ojos ámbar los observaban con una intensidad que bordeaba el odio puro.
La figura permanecía inmóvil, pero su mandíbula apretada y los puños cerrados hablaban más que cualquier palabra.
Mientras tanto, Danica y Valentino seguían bailando como si fueran los únicos en el mundo.
La sonrisa enamorada en el rostro de ella no pasó desapercibida para nadie en la sala.
Algunos susurraban entre sí; otros simplemente observaban con curiosidad o envidia abierta.
Las cámaras no tardaron en aparecer, capturando cada giro y cada mirada cómplice entre ellas.
Danica sabía que esas fotos estarían en todas partes al día siguiente, pero no le importaba.
Por primera vez en toda la noche, sentí que todo estaba exactamente como debía estar.
O al menos eso creía.
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