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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 16

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16: Capitulo 16 16: Capitulo 16  “Los hombres no declaran la guerra con palabras, sino con sonrisas” El silencio se tensó entre las mesas como un hilo invisible dispuesto a romperse.

Las luces doradas del invernadero caían sobre los rostros con un resplandor tibio, pero debajo de esa calma aparente, algo más oscuro respiraba.

Alessandro inclinó la cabeza con una sonrisa tranquila, esa que usaba antes de destruir a alguien sin levantar la voz.

Sus ojos, sin embargo, se desviaron apenas un segundo hacia Danica.

La recorrió con descaro, lento, sin pudor, como si la estuviera desvistiendo con la mirada frente a todos.

El aire se le atoró en la garganta.

El rubor le subió a las mejillas, una mezcla de furia y nerviosismo que intentó ocultar bajando la vista.

Pero Alessandro lo notó… y sonrió.

—Vamos, Valentino —dijo despacio, su tono impregnado de una cortesía que sonaba a veneno—.

Qué coincidencia tan… deliciosa.

Su voz se deslizó por la mesa como un roce de acero.

—¿Por qué no te sientas con nosotros?

Así hacemos de esta noche algo realmente interesante.

Lucía soltó una risita ligera, encantada con la idea, sin captar el filo que cortaba el aire entre ambos.

Valentino, sin apartar la mirada de Alessandro, respondió con una sonrisa que le heló la sangre a Danica.

—Sería un placer.

Después de todo —sus ojos descendieron hasta la mesa, y luego volvieron a encontrarse con los del italiano—, este lugar es mío.

Sería descortés no acompañar a mis invitados.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una estocada.

Alessandro no perdió la compostura, pero el brillo en su mirada cambió: oscuro, afilado, casi divertido.

No esperaba menos.

El instituto podía ser suyo, sí… pero el restaurante, el terreno que pisaban esa noche, le pertenecía a Valentino.

Danica sintió el pulso del lugar acelerarse.

El sonido de los cubiertos, el murmullo del resto de los comensales, todo se fue apagando hasta que solo quedaron ellos cuatro en una burbuja de tensión sofocante.

Valentino se alejo de ellos con elegancia y caminó hacia ella.

Sus dedos encontraron los de Danica con una seguridad que la estremeció; su tacto fue firme, posesivo, y la guió sin soltarla hacia la nueva mesa, donde Alessandro ya los esperaba con una calma provocadora.

No había visto nunca esta fachada de Valentino; pero no podía decir si le disgustaba o no del todo, se dejo guiar por el como una chica obediente y callada, lo que jamas era con Alessandro.

Cada paso se sintió como un desfile en cámara lenta.

Danica podía sentir la mirada de Alessandro quemándole la espalda, cargada de una rabia silenciosa y de algo más peligroso: posesión.

Esa mirada la reclamaba por ser tan dócil con otro hombre, por permitirle a Valentino tocarla, guiarla, sonreírle con esa ternura que él nunca le ofrecía sin veneno.

Sintió su atención subir por su cuello, detenerse en la curva de su mandíbula y anclarse, implacable, en sus labios.

Lucía, ajena a la tensión que espesaba el aire, aplaudió suavemente.

—Qué emoción —dijo, riendo con un toque de coquetería—.

Esto parece una cena entre viejos amigos.

Valentino se giró hacia Danica y le corrió la silla con un gesto galante.

Su mano rozó la de ella con una calidez que la desarmó, y la ayudó a sentarse a su lado, justo frente a Alessandro.

Lucía ocupó el lugar junto al italiano, completando aquel cuadro cuidadosamente armado: dos parejas frente a frente, pero con la guerra latiendo bajo el mantel.

Danica evitó la mirada de Lucía, pero podía sentir la de Alessandro ardiendo sobre ella, constante, como una amenaza muda.

Sabía que no había nada de amistad en ese lugar.

Había poder, deseo, y una batalla que ninguno de los dos hombres estaba dispuesto a perder.

Valentino alzó su copa con elegancia y la chocó con la de Alessandro.

El cristal tintineó, agudo, como una campana fúnebre.

—Por los encuentros inesperados —dijo con voz baja y controlada.

Bajo la mesa, los dedos de Alessandro rozaron la pierna de Danica.

Fue un toque fugaz, intencional, como una marca invisible.

Ella contuvo la respiración, un escalofrío recorriéndole la piel mientras fingía que nada pasaba.

El brindis sonó hermoso.

Pero en realidad… era una declaración de guerra.

—Y por los viejos hábitos que nunca mueren —replicó Alessandro, sosteniéndole la mirada con una calma que solo hacía más evidente el desafío.

Lucía, sin captar el veneno que se mezclaba con el champagne, apoyó su mano sobre el muslo de Alessandro, deslizándola con lentitud bajo la mesa.

El gesto fue tan íntimo, tan calculado, que bastó para que Danica sintiera una punzada en el estómago.

Alessandro no la detuvo.

Por el contrario, inclinó la cabeza hacia Lucía y le rozó los labios con un beso distraído, sin apartar los ojos de Valentino.

Un golpe bajo.

Elegante, cruel y perfectamente ejecutado.

Danica sintió su corazón apretarse, una mezcla de celos, rabia y algo que odiaba reconocer; el viejo poder que Alessandro tenía sobre ella.

Valentino, en cambio, la miró con una calma distinta.

Su atención se centró completamente en ella, como si el resto del mundo se hubiera disuelto.

Le acomodó un mechón detrás de la oreja, con ese gesto dulce que siempre lograba romperle las defensas.

—No dejes que te afecte —susurró apenas, lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara—.

Esta noche es tuya, ¿recuerdas?

Sus palabras, tan simples, la anclaron.

La dulzura de su tono contrastaba con la tensión que vibraba a su alrededor.

En ese momento, un mesero interrumpió la escena, sirviendo los platos con la precisión de quien teme romper el aire que lo rodea.

Sus manos temblaban apenas al colocar las copas nuevas y retirar las vacías, como si comprendiera que lo que se libraba en esa mesa no era una simple cena, sino una contienda silenciosa.

Era la especialidad del chef: ravioli di aragosta con mantequilla de trufa blanca y salsa cremosa de prosecco.

El aroma se elevó entre ellos, envolvente, sutilmente dulce, mezclándose con el perfume de las flores del invernadero y el aire cargado de tensión.

Valentino se inclinó hacia Danica con una sonrisa cómplice, esa que lograba desarmarla sin esfuerzo.

—Lo preparé especialmente para ti —dijo, con un brillo cálido en los ojos que parecía encenderle el alma.

Danica sintió un estremecimiento recorrerle el cuerpo.

Intentó ignorar la mirada que ardía sobre su piel —la de Alessandro, fija, hiriente—, y tomó un bocado.

La suavidad del relleno se deshizo en su lengua con el sabor intenso y elegante de la trufa.

Era exquisito, delicado, casi sensual.

Valentino observó cada una de sus reacciones, fascinado.

—¿Y?

—murmuró—.

¿Le haces justicia al esfuerzo del chef?

Danica sonrió, bajando la mirada.

—Es… perfecto —susurró con voz temblorosa—.

Es lo más delicioso que he probado en mi vida.

Valentino inclinó un poco más el cuerpo hacia ella, con una sonrisa cargada de ese peligroso encanto que mezclaba ternura y deseo.

—Como tú —replicó suavemente, sin apartar los ojos de su rostro—.

Eres lo más delicioso que he probado en mi vida.

El sonrojo en las mejillas de Danica fue inmediato, una ráfaga de calor subiendo hasta sus oídos.

Él la observaba con una devoción tan genuina que por un instante olvidó dónde estaba.

Cada palabra suya le robaba el aire, cada mirada la hacía sentir que, por primera vez, alguien la veía por completo.

Lucía, ajena a la tensión que palpitaba entre los tres, continuaba dando besos dispersos por el cuello de Alessandro, dejando pequeñas marcas brillantes de carmín sobre su piel.

Sus dedos se deslizaban con familiaridad sobre el pecho del hombre, buscando su atención, reclamándola.

Pero él apenas la registraba.

Sus labios respondían mecánicamente, sin pasión.

Su copa giraba lentamente entre sus dedos, pero su mirada seguía fija en Danica, en el temblor de sus manos, en la sonrisa que le regalaba al maldito chef que ahora ocupaba el lugar que alguna vez fue suyo.

Era un castigo que él mismo había provocado, pero no estaba dispuesto a tolerarlo.

Lucía notó el silencio incómodo y, buscando desviar la conversación, se incorporó con una risa encantadora.

—Este lugar es maravilloso, Valentino —comentó, tomando un sorbo de vino—.

Pero dime… ¿por qué un restaurante tan fino dentro de un plantel universitario?

Valentino abrió la boca para responder, pero Alessandro fue más rápido.

—Porque me pareció una idea maravillosa —intervino con voz serena, con esa elegancia peligrosa que ocultaba la provocación—.

Quise premiar a mis alumnos más destacados con algo más que conferencias o medallas.

Y ya que Valentino era mi amigo en la universidad… —dejó que el comentario flotara, saboreando la tensión— pensé que haríamos un excelente equipo.

Lucía sonrió, impresionada.

—Qué gesto tan noble.

Se nota que se entienden bien —dijo Lucía, con una sonrisa encantada, mientras jugaba con el borde de su copa.

Valentino arqueó una ceja y la alzó con elegancia.

—Sí… aunque, si mal no recuerdo, hace casi cinco años que no nos veíamos ni hablábamos —replicó, con una calma tan pulida que dolía—.

Sinceramente, hasta a mí me sorprendió tu llamada.

Lucía ladeó la cabeza, curiosa, dejando su tenedor a un lado.

—¿Y cómo se conocieron ustedes dos?

—preguntó, señalando con un movimiento sutil a Danica—.

Vi algo en las revistas hace un tiempo, pero la verdad es que hace mucho dejé de creer en lo que dicen.

Alessandro esbozó una sonrisa imperceptible, mientras Valentino respondía antes que él pudiera intervenir.

—Fue por pura casualidad —dijo el chef, su tono cargado de una dulzura que rozaba la provocación—.

Aunque debo admitir que fue la mejor coincidencia de mi vida.

Lucía soltó una carcajada ligera.

—Supongo que es mejor confiar en las coincidencias que en la prensa —bromeó—.

Imagínate, una vez escribieron que me comí una lombriz para mantenerme delgada.

Danica no pudo evitar reír, bajando la mirada.

El comentario la tomó por sorpresa, y aunque detestaba admitirlo, Lucía le resultó genuinamente simpática por un instante.

Su risa era contagiosa, franca… y eso solo hizo que la incomodidad se profundizara.

La idea de que le agradara esa mujer —la que Alessandro había traído solo para provocarla— la irritó aún más.

Alessandro observó la escena en silencio, los dedos jugando con el tallo de su copa.

Su mirada se deslizaba lentamente de Lucía a Danica, como si midiera cada respiración, cada gesto.

La risa de Danica le atravesó el pecho como un recuerdo que no quería revivir.

Su sonrisa permaneció en su rostro, pero el brillo de sus ojos se volvió más oscuro.

Era la calma antes del terremoto.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pesado y cortante.

Lucía, al fin, abandonó los arrumacos y se concentró en su plato, maravillada por el sabor del ravioli.

Danica, en cambio, apenas podía tragar.

Sentía el peso de dos mundos colisionando sobre su piel: el calor de Valentino, dulce y protector, y la sombra de Alessandro, oscura, peligrosa, imposible de ignorar.

Los sonidos del restaurante —copas, cubiertos, murmullos lejanos— se desdibujaron hasta convertirse en un zumbido.

En esa mesa, solo quedaba la tensión, el deseo contenido y el eco de algo que nunca había terminado entre ellos.

Valentino tomó su copa y la alzó con suavidad.

Danica lo imitó, intentando no mirar al otro extremo de la mesa.

Las luces doradas del invernadero reflejaron el brillo del prosecco entre sus dedos.

Y mientras las copas tintineaban suavemente entre los cuatro, el aroma a trufa se mezcló con algo más denso, más carnal.

Una promesa muda.

Una guerra disfrazada de cena elegante.

Y esa noche, bajo el velo del lujo y el perfume, ninguno de los tres olvidaría quién dio el primer golpe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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