Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 17
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17: Capitulo 17 17: Capitulo 17 “Hay noches que no terminan cuando el reloj marca el final… sino cuando las miradas aún arden, incluso al despedirse.” La cena llegó a su fin entre el tintinear de copas y los murmullos que se disolvían en el aire como perfume caro.
El restaurante del invernadero, que durante horas había sido un escenario de sonrisas tensas y gestos medidos, comenzaba a vaciarse.
Las velas se consumían lentamente sobre las mesas, y el aroma del vino mezclado con flores húmedas impregnaba el ambiente.
Afuera, la noche del campus se extendía serena, iluminada por faroles que derramaban una luz dorada sobre los senderos de piedra.
Las hojas, húmedas por el rocío, crujían suavemente bajo los pasos de los estudiantes que regresaban a los dormitorios, entre risas y susurros de despedida.
Alessandro fue el primero en levantarse.
Le ofreció su mano a la modelo, quien se colgó de su brazo con una sonrisa tan amplia que parecía provocación.
Danica la observó, sintiendo cómo algo se retorcía dentro de su pecho.
Era una punzada pequeña, pero constante.
No quería admitirlo, ni siquiera ante sí misma, pero verla apoyarse en Alessandro con tanta confianza le resultaba incómodo.
Insoportable, quizá.
La risa suave de la modelo y sus dedos deslizándose por el antebrazo del italiano contrastaban con el silencio calculado de Valentino, quien permaneció sentado unos segundos más, observando la escena con una serenidad peligrosa.
Esa calma suya no era tranquilidad: era control.
Firmeza.
Un poder que no necesitaba imponerse con palabras.
—Una cena interesante —murmuró finalmente, incorporándose con elegancia y una sonrisa en los labios—.
Deberíamos repetirla algún día.
—Cuando quieras —replicó Alessandro con una sonrisa cortante, más reto que cortesía.
Lucía, por primera vez, captó la tensión que estos dos machos irradiaban.
Cruzó una mirada con Danica, cómplice y silenciosa.
Ambas sabían que aquella velada no había sido una simple reunión.
Había sido una partida de ajedrez.
Una guerra disfrazada de convivencia.
Al salir, el aire fresco de la noche las envolvió.
El cielo estaba despejado, tachonado de estrellas, y una brisa ligera movía los mechones sueltos de Danica, enfriando la piel de su cuello.
El murmullo de los estudiantes llenaba el jardín: parejas que se despedían, promesas murmuradas, risas que flotaban entre la niebla ligera que comenzaba a formarse cerca de la fuente.
Valentino se acercó a ella, y en ese instante, todo el bullicio pareció desvanecerse.
—¿Vas sola a los dormitorios?
—preguntó, su voz baja, con ese tono que siempre lograba hacerle olvidar dónde estaban.
Sus dedos rozaron el dorso de su mano, y Danica sintió que el corazón le temblaba un poco.
—Sí… tengo que estar en la habitación antes del toque de queda —respondió, intentando sonar tranquila.
—Te acompaño hasta el carrito —murmuró él, aún sin soltarla.
Caminaron unos pasos detrás de Alessandro y la modelo.
Él abrió la puerta del vehículo negro con esa perfección ensayada que tanto lo caracterizaba, ayudándola a subir con una atención casi teatral.
La mujer se inclinó hacia él, susurrándole algo al oído que provocó una risa leve.
Danica apartó la vista, aunque el gesto no bastó para silenciar la incomodidad en su pecho.
Antes de subir, Alessandro giró la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los de ella, un instante breve, pero lo suficientemente intenso para erizarle la piel.
No necesitó palabras: su mirada fue una advertencia.
Un recordatorio de que él seguía ahí, observando.
Esperando.
Valentino la atrajo hacia sí con un movimiento lento, su mano apoyándose en la cintura de Danica.
La cercanía la desarmó.
—Hasta mañana, tesoro —susurró, rozando sus labios con los suyos, un beso tan breve como prohibido.
Ella asintió, la voz apenas un hilo.
—Nos vemos mañana… —respondió, sin poder ocultar la mezcla de nervios y deseo que le vibraba en la garganta.
El carrito arrancó despacio.
El viento nocturno jugó con su cabello mientras observaba, a través del retrovisor, cómo las figuras de Valentino y Lucía se alejaban hacia el estacionamiento.
Las luces del invernadero parpadeaban a lo lejos, reflejándose en los cristales como brasas que se extinguían lentamente.
A lo lejos, la risa de la modelo resonó una vez más, ligera, casi burlona.
Danica apartó la vista hacia el camino que la llevaba a los dormitorios, intentando convencer a su mente de que no importaba.
Que no tenía por qué doler.
Pero el pecho le ardía igual, y el aire parecía demasiado frío para lo tarde que era.
Porque por más que quisiera negarlo, sabía que entre los tres no quedaba espacio para la calma.
No cuando todos estaban jugando con fuego… y ella seguía atrapada justo en medio del incendio.
El carrito se detuvo frente a los dormitorios, y Danica bajó despacio, aún con el corazón latiendo en un ritmo extraño, irregular.
El aire del campus estaba más frío a esa hora; una brisa cargada de humedad le erizó la piel mientras cruzaba el jardín silencioso.
Algunas luces seguían encendidas en las ventanas altas de los edificios, destellos cálidos que contrastaban con la serenidad de la noche.
Caminó despacio por el pasillo hasta llegar al comedor común.
El lugar estaba casi vacío, salvo por un par de copas abandonadas sobre la mesa de roble.
Una de ellas todavía tenía un resto de vino tinto y, sobre el borde, la inconfundible marca de un labial carmín: el favorito de Sofía.
El aroma dulce del vino mezclado con perfume flotaba aún en el aire, y la escena parecía contar una historia por sí sola: risas, copas alzadas, promesas desbordadas.
Sacó su celular del bolso y lo encendió por primera vez desde la cena.
Las notificaciones iluminaron su rostro con un resplandor tenue.
Entre ellas, un solo mensaje captó su atención.
Leandro: Espero que tu noche haya sido tan increíble como la mía; te deje una botella de tu vino favorito.
Por la mañana alguien pasará a limpiar este desastre.
Te quiero.
Danica sonrió para sí misma, divertida ante el pensamiento.
Sabía que ese par —Sofía y Leandro— estaban completamente enamorados, aunque fueran un par de cabezas duras que preferían discutir antes que admitirlo.
Exhaló un suspiro largo, sintiendo cómo la tensión del día empezaba, al fin, a disolverse.
Leandro.
Su otro hermanastro.
Su mejor amigo desde la infancia.
El único capaz de hacerla reír incluso cuando todo lo demás se derrumbaba.
“Supongo que Sofía no perdió el tiempo”, pensó con una sonrisa ladeada, imaginando el “desastre” al que él se refería.
Había algo reconfortante en esa normalidad: mientras ella navegaba un torbellino emocional entre dos hombres peligrosamente distintos, su hermano parecía encontrar equilibrio junto a alguien que realmente lo hacía feliz.
Cruzó el pasillo hacia la pequeña cocina, y en la cava empotrada que Leandro había diseñado con precisión casi artística, encontró la botella que él había dejado para ella.
Un vino tinto con etiqueta italiana, de esos que guardaba solo para las noches en que necesitaba pensar.
Tomó también una copa limpia del estante, sosteniéndola con cuidado, como si el cristal pudiera entender lo frágil que se sentía.
El pasillo hacia su habitación estaba envuelto en penumbra, apenas interrumpida por el zumbido de las luces y el leve eco de sus pasos descalzos sobre la alfombra.
Al llegar a la puerta, exhaló hondo, empujándola con suavidad.
El interior la recibió con la calidez de siempre: la fragancia floral que impregnaba las cortinas, la tenue iluminación dorada, y el orden perfecto de su refugio.
Dejó la botella y la copa sobre la mesa baja, encendió una vela de vainilla y comenzó a desabrocharse el vestido con movimientos lentos, medidos, como si al hacerlo pudiera desprenderse también del peso del día.
Frente al espejo, su reflejo la observó con un brillo extraño.
El rímel corrido, los labios aún teñidos por el vino, y en sus ojos… esa tormenta de emociones que no quería nombrar.
Celos.
Confusión.
Deseo.
Todo mezclado, enredado, como un hilo que se resistía a ser desenredado.
Se colocó su pijama de seda color vino —su favorito, suave como un suspiro— y caminó hasta el baño.
El agua tibia sobre su piel fue un alivio; las gotas se deslizaban por su cuello mientras el vapor empañaba el espejo.
—Necesito vacaciones emocionales… —murmuró, dejando escapar una risa corta, sin humor, mientras aplicaba la crema hidratante con movimientos lentos, casi meditativos.
Cuando regresó a su habitación, encendió la televisión.
No para ver nada en particular, sino para romper el silencio que pesaba demasiado.
Buscó una lista de reproducción, algo suave: jazz lento, con notas de piano que parecían flotar entre las sombras.
La música llenó el espacio, envolviéndola como un abrazo tenue.
Tomó la copa y la llenó hasta la mitad.
Dio un sorbo.
Dulce al inicio, con un final seco y elegante.
Como la noche que acababa de vivir.
Luego se acercó a la estantería junto a su escritorio y dejó que los dedos recorrieran los lomos de los libros, buscando alguno que calmara la marea dentro de su pecho.
Sus uñas rozaron el lomo negro de un ejemplar gastado: Las sombras del deseo, firmado únicamente con un seudónimo —“E.
D.”—.
Nadie sabía quién era la autora, solo que sus historias estaban prohibidas en varias universidades y eran famosas por su crudeza, por el modo en que el amor se mezclaba con la oscuridad hasta volverse indistinguible.
Danica lo tomó, recordando que había sido el libro que tenía entre las manos la última vez que Alessandro irrumpió en su habitación sin tocar.
Alessandro cerró el libro con un chasquido seco y lo dejó caer sobre la mesa del centro.
El sonido resonó entre ambos como un disparo.
—No tienes idea de lo que estás despertando —susurró, con una voz ronca que rozó su oído.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Se sentó en el borde de la cama, apoyando la espalda en el cabecero.
El resplandor de la televisión iluminaba suavemente su rostro mientras la vela titilaba a un costado.
Afuera, el viento movía las cortinas con un susurro que parecía hablarle en un idioma solo suyo.
Abrió el libro.
El vino en una mano.
Las palabras en la otra.
Y mientras la música continuaba su lento compás, Danica pensó —con una mezcla de melancolía y deseo— que tal vez esa era su forma de sobrevivir: encontrar paz entre la belleza, justo antes de que la oscuridad volviera a tocar la puerta.
Sumida en su lectura y con la música de fondo, después de algunas copas y de casi terminarse la botella de vino, llegó a esa parte del libro que prometía.
Su centro palpitó apenas leyó las primeras líneas: “Ella permanecía de rodillas, las muñecas unidas por grilletes de hierro bruñido que brillaban bajo la luz del fuego.
No temblaba, aunque la piedra fría del suelo la reclamaba como suya.
Frente a ella, su amado —el mismo hombre que había jurado protegerla— la observaba en silencio, con una mezcla de furia y lamento en la mirada.
—Dicen que eres una traidora del Reyno Cator —El Rey hervia de furia Ella alzó el rostro, la respiración entrecortada, y lo miró directamente.
Habia suplica en sus ojos, todo era un mal entendido —No te he mentido — Dijo sollozando— Yo no te he traicionado, yo te amo —Silencio, embustera —Grito el — Todo lo que me has dicho ha sido una mentira.
El Rey se acerco a ella y rasgo su vestido bellísimo, uno que el le había enviado a confeccionar.
—No te mereces esto — dejándola completamente desnuda, los ojos del Rey ardieron de deseo.
Según la nota anónima, la princesa prometida era una traidora y planeaba matarlo, no era la primogénita, era la bastarda, la enviada a matarlo.
El Rey ya no se contuvo.
Tomo a la chica por las caderas, ella se agita en sus manos pero el la tomo fuertemente por los muslos, situándola en su boca, habia deseado hacerlo desde que la conoció, nadie le habia negado nada al Rey, pero al ser su prometida habia aceptado sus condiciones.
No hasta que estuviéramos casados.
Pero eso ya no importaba, el Rey se sumergido en los pliegues de la traidora, su lengua experta ingresaba dentro de la chica, arrancando gemidos, de una chica que claramente no podía ser casta y pura…” Danica sintió un estremecimiento recorrerle la espalda, tan real que por un segundo pensó que el libro había cobrado vida.
Su respiración se volvió irregular, cada inhalación más profunda que la anterior, como si las palabras impresas hubiesen atravesado la página y se hubieran deslizado hasta su piel.
Cerró los ojos, dejándose envolver por el calor tenue de la habitación, por el aroma del vino, por la música suave que aún se filtraba desde la televisión.
El mundo parecía adormecido.
Hasta que lo sintió.
Una caricia leve, apenas un roce, ascendiendo por su pierna desnuda, tan lenta que su cuerpo tardó en reaccionar.
El tacto era cálido, seguro, con esa clase de autoridad que no pide permiso.
No escuchó la puerta abrirse.
No hubo pasos.
Solo el murmullo distante del viento y el roce de unos dedos que avanzaban despacio hasta posarse justo sobre su rodilla.
Por un instante pensó que soñaba.
Que el vino, el cansancio y las escenas del libro habían conspirado para fabricar una fantasía demasiado tangible.
Pero el roce volvió.
Más decidido.
Más real.
El aire de la habitación cambió, pesado, vibrante.
El perfume lo delató antes de que ella se atreviera a mirar: esa mezcla de madera oscura, tormenta y algo más profundo, algo que siempre le hacía olvidar cómo respirar.
Danica abrió los ojos con un sobresalto.
Alessandro estaba allí.
Inclinándose junto a la cama, los cabellos ligeramente desordenados, los ojos grises ardiendo con una intensidad que le heló y quemó al mismo tiempo.
—Dime que no me estabas esperando —susurró, su voz grave y rasposa, como si acabara de salir de un sueño igual al suyo.
El corazón de Danica se desbocó, ahogando cualquier palabra antes de que pudiera pronunciarla.
El libro resbaló de entre sus dedos y cayó sobre las sábanas abiertas, mostrando justo la página marcada por la traición y el deseo.
El eco de aquella historia —de la esclava, del castigo, del amor imposible— pareció mezclarse con el silencio entre ambos.
Y mientras las sombras danzaban en las paredes, ella no supo si seguía leyendo…
o si acababa de convertirse en la siguiente página.
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