Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 18
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18: Capitulo 18 18: Capitulo 18 “A veces, el infierno no está hecho de fuego… sino de la persona que no puedes dejar de desear.” Alessandro no dijo nada más.
Solo la miró, con esa mezcla de arrogancia y deseo que siempre la confundía, como si cada gesto suyo estuviera diseñado para romperla… y sostenerla al mismo tiempo.
Sus ojos bajaron hacia el libro abierto entre ellos, y una sonrisa lenta, apenas visible, curvó sus labios.
—¿Así que leyendo sobre traiciones y cadenas?
—murmuró, deslizando un dedo por el borde de la página—.
Qué curioso… siempre pensé que tú preferías los finales felices.
—No todos los finales felices son dulces —respondió Danica, con la voz apenas un hilo, temblando entre desafío y deseo.
Él soltó una risa baja, oscura, la clase de sonido que se siente más en la piel que en los oídos.
Se sentó en el borde de la cama, tan cerca que el aire pareció arder entre ambos.
Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el roce de su rodilla contra la suya, el silencio cargado que los envolvía como un hechizo.
Sus dedos rozaron la sábana, avanzando con lentitud, como si el tiempo mismo se estirara para mirar lo que iba a suceder.
Hasta tocar el borde de su pijama de seda.
Solo un roce.
Pero bastó para que el pulso de Danica se desbocara, para que su respiración se volviera frágil, entrecortada.
—No deberías estar aquí —susurró, pero su voz carecía de fuerza, y ambos lo sabían.
—¿Y tú…?
—replicó él, inclinándose más cerca, tan cerca que su aliento se confundió con el de ella—.
¿De verdad querías que no viniera?
Cada palabra era un golpe suave, una provocación vestida de ternura.
Danica intentó apartar la mirada, pero Alessandro la tomó del mentón con dos dedos, con la precisión de quien sabe exactamente dónde tocar para desarmar.
Su tacto era firme, pero envenenadamente dulce.
—Dime la verdad, piccola… —susurró, con esa voz grave que parecía rozarle la piel—.
¿Pensaste en mí mientras leías esto?
El silencio se alargó.
Solo el crepitar leve de la vela y el murmullo distante de la televisión llenaban el cuarto.
Danica tragó saliva, intentando respirar, intentando recordar dónde terminaba el peligro y empezaba el deseo.
Él inclinó la cabeza.
Su nariz rozó la de ella, apenas.
Un contacto ínfimo… y aun así, la electricidad fue devastadora.
Su sombra la envolvía, y su perfume —esa mezcla de madera, humo y tormenta— era todo lo que quedaba.
—No te imaginas lo difícil que es mantenerme lejos cuando sé que sigues leyendo cosas así —murmuró, con un tono tan bajo que casi no parecía humano.
El corazón de Danica golpeaba con violencia, desafiando el silencio.
Y en ese instante, el mundo se redujo a eso: su respiración compartida, el roce de su piel y la peligrosa certeza de que, sin importar cuántas veces intentaran huir, siempre acabarían volviendo a ese punto.
Donde la oscuridad no se siente como miedo… sino como deseo.
El silencio se rompió cuando Alessandro la besó.
No fue un beso suave ni pedido.
Fue un roce firme, desesperado, que la hizo olvidar por un segundo dónde terminaba ella y comenzaba él.
El vino, el cansancio, la noche, todo se mezcló en un solo pulso que latía entre ambos.
Danica lo sintió —el sabor del peligro, el peso de todo lo que no debía sentir— y, aun así, no se apartó.
Tal vez era el alcohol.
Tal vez los celos que le había provocado ver a Lucía tan cerca de él.
O tal vez era simplemente la verdad que había intentado negar por demasiado tiempo.
Sus manos temblaron, dudaron, pero finalmente se aferraron a su camisa, como si esa tela pudiera detener el vértigo.
El beso se volvió más lento, más profundo, cargado de promesas que ninguno de los dos se atrevería a cumplir con la luz del día.
Cuando se separaron, apenas unos milímetros, sus respiraciones se entrelazaban como si el aire les perteneciera a ambos.
Él apoyó la frente contra la suya, los ojos cerrados, la voz temblando de contención, como si cada palabra que no decía se transformara en deseo.
Las manos de Alessandro descendieron por sus muslos, dibujando líneas de fuego sobre su piel.
El contacto era firme, pero no apresurado; cada caricia tenía la precisión de alguien que conoce el poder que ejerce sobre el otro.
Danica arqueó la espalda, sintiendo cómo el calor la envolvía, cómo su cuerpo respondía antes que su mente pudiera reaccionar.
La habitación se llenó de un silencio denso, cortado solo por la respiración entrecortada de ambos.
El aroma a vino, a madera y a piel se mezcló en el aire, volviendo el ambiente más espeso, casi irreal.
Alessandro alzó la vista.
Sus ojos, oscuros y encendidos, la devoraban sin tocarla.
El deslizo su mano descaradamente hasta llegar a la orilla de su ropa interior.
Danica sintió un estremecimiento recorrerle el cuerpo; era vulnerabilidad y deseo en una misma exhalación.
Sin pedir permiso, deslizo una mano dentro de ropa interior ya húmeda, acariciando su clítoris y provocando descargas eléctricas en todo el cuerpo de Danica; era la primera vez que alguien la tocaba, era la primera vez que se dejaba ir con un hombre y tenía que ser Alessandro.
Él estaba siendo brusco, mordisqueando la piel expuesta de su cuello, para él, ella ya no era virgen, ella ya habita tenido otras experiencias y no pensó en ser delicado; sus labios bajaron por su cuello, esparciendo besos y pequeños mordiscos por su piel y su mano libre paso acariciar los pechos de Danica, quien se retorcía con cada caricia oscura que él le daba.
—Eres mía, Danica —susurró, la voz ronca, temblando entre el control y el deseo.
El corazón de ella latía con fuerza, desafiando la lógica, la razón, todo lo que debía detenerla, sus gemidos eran fuertes y descontrolados, sentía que era cera liquida en sus manos.
En un movimiento rápido, Alessandro la tomó por las caderas y la lanzó sobre el colchón.
Danica soltó un pequeño jadeo —más sorpresa que queja— antes de sentir cómo el aire se llenaba del peso de su cuerpo, del fuego que emanaba de su mirada.
Él la observó como si fuera un secreto que ansiaba descifrar, un pecado al que no podía resistirse.
Con lentitud calculada, Alessandro despojó su cuerpo de la pijama y la fina tela que la cubría, dejando que el silencio se rompiera solo por el sonido de su respiración entrecortada.
La luz tenue del cuarto delineaba su piel, revelando cada curva, cada temblor.
Danica, con las mejillas encendidas, quiso cubrirse… pero el deseo en los ojos de él la dejó inmóvil.
Era una mirada que la desnudaba incluso antes de tocarla.
Él se inclinó, sus labios rozando su abdomen con besos tan suaves que parecían promesas.
Cada roce ascendía por su piel como fuego líquido, y Danica apenas pudo contener un suspiro.
El contraste entre la rudeza de sus manos y la delicadeza de sus besos la desarmaba.
—No sabes lo que me haces perder el control —murmuró él, con la voz ronca, quebrada por la necesidad.
Sus labios siguieron descendiendo, marcando el camino con una devoción oscura, mientras ella se arqueaba involuntariamente, atrapada entre el miedo y el deseo.
Alessandro la mantenía al borde, jugando con la distancia, con el poder que ambos sabían que tenía sobre ella.
Danica lo miró desde su posición, con el pulso desbocado y la mente hecha un caos.
No sabía si era el alcohol, los celos o el peso de todos los silencios que los habían separado… pero en ese instante solo podía pensar en él.
En su respiración, en su piel contra la suya, en lo prohibido que se sentía quererlo así.
Cuando él alzó la mirada y sus ojos se encontraron, fue como si el tiempo se detuviera.
Vio en sus ojos la malicia, como si de una cámara lenta se tratara, el saco su lengua y lamio cada parte de ella con una lentitud que hizo que hechara la cabeza hacia atrás.
Danica nunca creyó que una persona pudiera sentir tanto.
Era como si todas las emociones que había reprimido por años hubieran estallado en una sola noche, deseo, furia, ternura, miedo.
Alessandro la había mirado y tocado como si fuese algo sagrado y peligroso al mismo tiempo, como si la estuviera saboreando después de un ayuno demasiado largo, sus caderas se movieron apenas controlando las sensaciones; pero Alessandro la tomo por las caderas y la sostuvo contra su boca.
Se arrodillo en el colchón elevando a Danica, Su mente flotaba entre el vértigo y la rendición.
Cada suspiro se volvía más profundo, cada temblor más imposible de contener, hasta que el mundo se desdibujó por completo y una explosión de placer la partió en dos.
Lo último que recordó fue el calor de sus manos, el murmullo de su nombre escapando entre respiraciones y la sensación de que, por primera vez, no tenía control sobre nada.
Entonces, el sueño —o el vacío— la envolvió por completo.
La mañana llegó sin permiso.
Un rayo de sol se filtró entre las cortinas, cortando la penumbra con una luz dorada que cayó directo sobre su rostro.
Danica frunció el ceño, girando apenas para evitarlo, pero el resplandor la siguió, insistente, como si el día se negara a dejarla descansar.
El primer dolor punzante le atravesó la sien, lento pero constante, recordándole la botella de vino vacía que descansaba en el suelo, tumbada de lado, con una pequeña mancha carmesí que había caído sobre la alfombra.
Llevó una mano a su frente, intentando ordenar los pensamientos que llegaban en desorden, borrosos, como si alguien los hubiera revuelto durante la noche.
Su respiración se aceleró cuando notó las sábanas desordenadas, el perfume que aún impregnaba el aire —una mezcla de madera, humo y tormenta— y el eco del tacto que creía sentir todavía en su piel.
Alzó la vista, parpadeando varias veces, hasta que el reloj digital sobre la mesa de noche cobró forma entre la neblina de su resaca.
7:48 a.m.
Aún tenía tiempo para ducharse y vestirse antes de clases, aunque su cuerpo protestaba a cada movimiento.
El dolor de cabeza latía con su pulso, y la sensación de vacío en el estómago solo empeoraba la confusión.
Se incorporó despacio, con el cabello desordenado cayendo sobre los hombros.
Las sábanas parecían una metáfora de su mente: un caos de pliegues, sombras y restos de algo que no lograba definir.
La habitación estaba en silencio.
Demasiado silencio.
El vaso medio lleno sobre el buró, la botella vacía en el piso, el libro abierto junto a la almohada, y su pijama…
puesta.
Danica lo notó entonces.
El detalle.
Pequeño, pero imposible de ignorar.
Su pijama estaba perfectamente abotonada.
Como si alguien —¿ella misma?
¿o él?— se hubiese tomado el tiempo de cubrirla antes de que el sueño la venciera.
El corazón le dio un vuelco.
Buscó con la mirada, esperando encontrar alguna pista, una sombra, una nota, algo que confirmara lo que su mente se negaba a resolver.
Pero no había nada.
Solo el aroma.
El maldito aroma de Alessandro.
Tomó el libro con manos temblorosas.
La página estaba marcada justo en aquella escena.
La misma.
La misma que había leído antes de… ¿Antes de qué, exactamente?
Las imágenes se entrelazaban: la música suave, el vino, las palabras del libro, la sensación de calor subiendo por sus piernas, el roce de una voz que la llamaba por su nombre.
Pero al intentar recordarlo todo con precisión, la memoria se le escapó, como arena entre los dedos.
Danica cerró los ojos un momento, buscando aire.
Su corazón latía demasiado rápido, y el eco de su nombre —pronunciado con esa voz grave y oscura— aún parecía flotar en las paredes.
Se obligó a ponerse de pie.
Las piernas le temblaban, pero lo hizo.
Caminó hasta el ventanal, descorriendo apenas las cortinas.
El día se alzaba brillante sobre el lago, implacable.
El mundo seguía, indiferente.
Ella, en cambio, no sabía si acababa de despertar de un sueño… o de una mentira demasiado perfecta para haber sido real.
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