Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 19
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19: Capitulo 19 19: Capitulo 19 “A veces, lo más cruel no es el pecado… sino la duda que deja su perfume en la piel.” La mañana llegó como un eco difuso, suave y punzante a la vez.
Danica abrió los ojos con una sensación extraña en el pecho: un vacío que dolía y una presión en la sien que la hacía sentir atrapada entre dos mundos.
La luz que se filtraba por las cortinas era demasiado clara, casi cruel, dibujando líneas doradas sobre su piel desnuda y fría.
Nada de eso lograba disipar la niebla en su mente.
El cuarto olía a jabón… y Alessandro.
A recuerdos confusos, al vino derramado, a una mezcla de placer y culpa que no terminaba de evaporarse.
No sabía en qué momento había dejado la copa vacía, ni cómo su cuerpo había terminado bajo el agua caliente de la ducha.
Solo recordaba la sensación de querer lavarse algo que no se iba, algo que no estaba en su piel, sino mucho más profundo… en su alma.
Suspiró, llevándose una mano a la cabeza.
El dolor era punzante, sordo, como si hubiese dormido después de un golpe.
Le dolía el cuello, los hombros, incluso las piernas.
Y aunque intentaba recordar, la memoria le devolvía apenas fragmentos rotos: la botella vacía, la voz grave de su hermano hablando con Sofía, el vino… luego nada.
Su respiración se aceleró.
El corazón le martillaba con fuerza al mirar alrededor.
La botella estaba vacía sobre la mesa de noche, igual que la copa.
Su libro seguía abierto entre las sábanas, con las páginas arrugadas como si unas manos lo hubieran apretado.
Su cuerpo se sentía distinto, adolorido, vulnerable… pero estaba perfectamente vestida.
Como si alguien la hubiese cuidado.
O… la hubiese vestido.
Cerró los ojos con fuerza, buscando calma.
Tenía que ser un sueño.
Todo eso debía ser solo un mal sueño.
Trató de enfocarse en lo simple: el cajón del tocador, la ropa doblada, el perfume en la repisa.
Se obligó a moverse.
Abrió el armario y tomó el uniforme deportivo del instituto: una falda blanca de tablas, corta y liviana, que caía apenas unos centímetros sobre los muslos; una blusa azul marino ceñida al cuerpo, con cuello en “V” y el emblema bordado del instituto en el lado izquierdo; calcetas altas y sus tenis blancos.
Al vestirse, se detuvo frente al espejo.
Su reflejo la observaba con una expresión que no reconocía.
El brillo de su piel parecía distinto.
Y entonces lo vio.
Una marca.
Una línea rojiza en el cuello, apenas visible, como el trazo de unos labios o el rastro de unos dientes.
Bajó la mirada, y encontró otras, más abajo, en su clavícula, en el inicio de su cadera… los contornos de unos dedos que parecían haberla sujetado con fuerza.
El aire se le atascó en la garganta.
No podía recordar nada, pero su cuerpo sí lo hacía.
Y eso la aterraba.
Se dejó el cabello suelto, dejándolo caer en ondas para cubrir lo que pudiera.
Se ajustó la falda con torpeza y se obligó a salir.
El corazón le golpeaba tan fuerte que casi podía oírlo.
Atravesó el pasillo y la sala, que la noche anterior parecía un territorio de guerra entre Leandro y Sofia.
Ahora todo lucía impecable: los cojines acomodados, los ventanales brillantes, la mesa reluciente con vista a la ciudad bañada por la luz de la mañana.
El silencio la recibió como una bofetada.
Todo estaba tal y como Leandro había prometido: limpio, en orden, sin rastros de la del desorden.
Solo una nota en el refrigerador, escrita con su letra desordenada: “Hoy no estaré en el instituto.
¡No faltes a clases!
—L.” Danica bufó, medio sonriendo.
—Tan mandón como siempre —murmuró con sarcasmo, aunque en el fondo su voz temblaba.
Se quedó un momento quieta, mirando las letras torcidas.
El hervidor pitó detrás de ella y, casi por instinto, preparó una taza de té.
El aroma a manzanilla llenó la cocina, suave y cálido.
Lo llevó a sus labios con lentitud; el calor reconfortó su garganta… pero no su alma.
Dejó la taza a medio terminar, tomó su bolso y caminó hacia el elevador.
El sonido metálico de las puertas al cerrarse la hizo tensarse.
Cada pitido que marcaba un piso menos era una punzada en su cabeza.
Sentía el corazón en la garganta, las sienes latiendo con fuerza, y la confusión mezclándose con un tipo de vergüenza que no sabía explicar.
Sacó sus lentes de sol del bolso y se los puso, ocultando sus ojos enrojecidos.
La cruda moral y física se entrelazaban, retorciéndose dentro de ella.
Cuando las puertas del elevador se abrieron, el aire fresco del lobby la golpeó de frente.
El mármol blanco, las lámparas colgantes y el aroma a café recién molido formaban un escenario demasiado brillante para su estado.
—¡Dani!
—La voz de Sofía resonó con energía desde la entrada, interrumpiendo el zumbido en sus oídos.
Danica levantó la vista, y allí estaban: Sofía, con su coleta alta y esa sonrisa brillante que parecía inmune a los dramas del mundo, y Melisa, con el uniforme perfectamente planchado, impecable como siempre, pero con ese destello curioso que anunciaba interrogatorio.
El mundo parecía seguir su curso habitual: el sonido de los autos afuera, el aroma a café del lobby, los pasos de otros estudiantes cruzando las puertas de cristal.
Solo Danica se sentía fuera de lugar, como si aún no hubiese despertado del todo de una pesadilla envuelta en terciopelo.
—Por fin —exclamó Sofía, acercándose para abrazarla del brazo—, creímos que te habías quedado dormida.
—Llegas justo a tiempo —añadió Melisa con una sonrisa traviesa—.
Así que… ¿cómo te fue anoche?
Danica parpadeó, intentando mantener la voz estable.
—¿Anoche?
—No te hagas —bufó Sofía, arrastrándola suavemente hacia la salida—.
Valentino, la cena, el invernadero… ¡queremos todos los detalles!
Melisa rodó los ojos con diversión.
—Y no te atrevas a decir “bien”, porque eso no nos sirve de nada.
Danica suspiró.
Por un instante pensó en mentir, en decir que todo había sido perfecto, pero las palabras se atragantaron en su garganta.
Tal vez necesitaba contarlo, aunque fuera un poco, solo para aligerar el peso en el pecho.
—Al principio fue increíble —admitió con voz baja, casi como si no quisiera oírse a sí misma—.
El lugar era precioso, Valentino estuvo… dulce, atento.
Todo parecía ir demasiado bien.
—¿Demasiado bien?
—preguntó Melisa, frunciendo el ceño—.
Eso suena a giro inesperado.
Sofía la miró de reojo, desconfiando.
—¿Qué pasó, Dani?
Danica apretó los labios, vacilando.
—Él apareció —susurró finalmente.
Las dos se detuvieron al mismo tiempo, como si el aire se hubiera cortado.
—¿Quién?
—preguntó Sofía, aunque ya lo sabía.
—Alessandro —respondió Danica, su voz un hilo.
El silencio que siguió fue breve, pero cargado.
Sofía fue la primera en reaccionar, con un bufido furioso.
—Ese idiota… —murmuró, y su tono fue lo bastante alto como para que dos chicas que pasaban a su lado voltearan curiosas—.
No puedo creer que haya tenido el descaro de presentarse.
Melisa abrió los ojos con sorpresa.
—¿Con quién estaba?
Danica tragó saliva.
—Lo peor — Dijo mientras se tocaba la cabeza por el dolor — con una de las modelos de mi madre, Con Lucia Fontenelle.
Sofía apretó el brazo de Danica con fuerza.
—Y tú ahí, con Valentino… ¡qué asco!
Ese hombre no tiene límites.
Danica intentó sonreír, pero la mueca se rompió antes de formarse.
—No sé qué fue peor —dijo, con una honestidad que le tembló en la voz—, si verlo con otra o darme cuenta de que me dolió.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Y en cuanto las dijo, algo dentro de ella se encogió.
Melisa bajó un poco la voz, mirándola con ternura.
—Dani, es normal que duela.
No puedes apagar lo que sentiste de un día para otro, aunque él no lo merezca.
Danica asintió, pero su mente ya no estaba ahí.
El rostro de Alessandro volvía una y otra vez a su cabeza, como una sombra que se negaba a disiparse.
Esa sonrisa falsa, arrogante, se mezclaba con recuerdos que jamás debería evocar en público: su respiración cerca de su oído, el calor de su piel, esos ojos dorados devorándola con una malicia que la hacía temblar.
No sabía si era deseo o rabia lo que le apretaba el pecho.
Tal vez ambas cosas.
Danica se estremeció y notó cómo un rubor le subía por el cuello hasta las mejillas.
Se obligó a parpadear, a volver al presente, a las voces de sus amigas que sonaban lejanas, como si hablaran desde otra habitación.
Inspiró hondo, buscando serenidad donde solo había confusión.
—Fue como si quisiera probar algo —dijo al fin, sin mirarlas, la voz apenas un hilo—.
Como si necesitara que lo viera.
Sofía bufó, cruzándose de brazos.
—Eso fue exactamente lo que hizo.
Sabía que ibas a estar ahí.
Es su forma de provocarte… de recordarte que aún puede hacerlo.
Las palabras la atravesaron más de lo que quiso admitir.
Danica se detuvo justo frente a las puertas del edificio principal; el sol le golpeó el rostro y le arrancó un suspiro.
Se acomodó los lentes oscuros con gesto automático, como si el cristal pudiera esconder el caos que sentía.
—Bueno… lo logró —susurró, apenas audible.
Por un instante, el mundo se detuvo.
El murmullo de los estudiantes, los pasos, los motores, todo sonaba lejano, ajeno.
¿Por qué seguía dejándole tanto poder sobre ella?
¿Por qué, después de todo lo que le había hecho, su cuerpo aún lo recordaba con esa mezcla absurda de miedo y anhelo?
Sofía rompió el silencio con un tono más ligero.
—Mira, olvídalo.
Hoy después de clases vamos de compras.
Necesito zapatos nuevos para el vestido que voy a usar en la boda de tu madre.
Eso arrancó una risa breve de Danica, una que dolió más de lo que alivió.
—Definitivamente me hace falta una tarde de compras.
Melisa asintió, decidida.
—Entonces está dicho: hoy toca terapia de compras.
Las puertas del edificio se cerraron tras ellas, y Danica, por un instante, sintió el tirón invisible del recuerdo: el vino derramado, las manos de Alessandro sobre su piel, su voz grave y oscura pronunciando su nombre.
El estómago se le contrajo.
Intentó sonreír, fingir normalidad, pero sabía que en el fondo no había escapado de nada.
Solo había aprendido a ocultarlo mejor.
Sofía agitó las llaves del carrito y Melisa subió primero, acomodando su bolso lleno de carpetas y cosméticos.
El pequeño vehículo eléctrico se deslizó por los caminos del campus entre árboles dorados y grupos de estudiantes que reían, café en mano.
El trayecto hasta el edificio de clases siempre se sentía más corto cuando iban juntas.
El sonido de la música baja que salía del estéreo se mezclaba con sus voces.
Danica observaba el paisaje pasar, distraída, mientras Melisa hablaba de la primera clase del día y Sofía miraba su teléfono, sonriendo a ratos.
Aparcaron frente al edificio de los salones, bajaron y caminaron por el pasillo lleno de estudiantes hasta los casilleros.
Un murmullo constante llenaba el aire: puertas metálicas abriéndose, libros golpeando el interior, risas y el aroma a perfume y papel nuevo.
—No te puedes salvar de contarnos, Sofí —dijo Danica, cerrando su casillero con un golpecito.
Una sonrisa traviesa curvó sus labios—.
¿Cómo van las cosas con Leandro?
Sofía, que se inclinaba sobre su propio casillero, se detuvo un instante.
—¿Con Leandro?
—repitió con una risita forzada—.
No hay mucho que contar, en serio.
Melisa levantó una ceja.
—Por favor.
Te conozco, Sofí.
Si no pasara nada, no estarías sonriendo como idiota cada vez que vibra tu teléfono.
Sofía exhaló, dejando escapar una risita nerviosa antes de apoyarse contra las taquillas.
—No sé… —dijo finalmente, mirando al suelo—.
Me gusta divertirme, salir, tener citas, pero una relación seria… no estoy segura.
Danica frunció el ceño, cerrando el libro que acababa de sacar.
—¿Y eso por qué?
Sofía suspiró.
Su tono cambió, más suave, con una sombra de tristeza.
—Porque él tuvo su oportunidad, Dani.
Cuando se fue, algo cambió.
No puedes simplemente regresar y fingir que el tiempo no pasó.
—Su sonrisa fue pequeña, frágil, apenas un intento de fortaleza—.
Aunque… supongo que todavía duele un poco.
Las palabras flotaron entre ellas, pesadas.
Danica la observó en silencio, sintiendo una punzada en el pecho.
Era como si, sin querer, Sofía hubiese hablado también por ella.
El eco de sus propios recuerdos la golpeó: la forma en que Alessandro la había mirado la noche anterior, su sonrisa cínica, el roce de su piel en la oscuridad… y su propio nombre escapando de sus labios entre gemidos.
Su corazón dio un vuelco; la sangre le subió al rostro tan rápido que tuvo que apartar la vista.
Fue entonces cuando una voz masculina rompió el aire.
—¿Danica de la Marca?
—preguntó un chico alto, de cabello oscuro y porte impecable.
Era uno de los mayores, último año, con la insignia dorada del consejo estudiantil en la solapa.
Las tres se giraron a la vez.
Danica hizo una mueca ante el apellido utilizado, su madre aun no se casaba con Carlo y Alessandro no dejaba de cambiarle sus apellido todo el tiempo.
—Sí, soy yo.
El chico le extendió una hoja doblada.
—El director quiere verla en su oficina.
Dijo que era importante.
El corazón de Danica comenzó a latir con fuerza, cada golpe resonando en su pecho como un tambor.
—¿Ahora?
—preguntó, intentando sonar casual.
—Sí—respondió él, con una sonrisa diplomática— pidió que no se retrasara Sofía y Melisa intercambiaron una mirada.
—Ve —dijo Sofía, tocándole el brazo—.
Te vemos mas tarde en clases.
Danica asintió, pero el aire se sentía más pesado.
Mientras el chico la guiaba por el pasillo, la mente de Danica comenzó a correr.
Cada paso que daba hacía que los recuerdos de la noche anterior regresaran con más fuerza: el vino, el tacto firme de unas manos sobre su cintura, una voz ronca murmurando su nombre.
Su maldita boca y su maldita lengua.
El corazón de Danica comenzó a latir con fuerza, su estómago se contrajo.
¿Y si no había sido un sueño?
¿Y si todo lo que recordaba… realmente había pasado?
La vergüenza se mezcló con un miedo que no sabía nombrar.
Tragó saliva y apretó los labios, intentando mantener el paso firme mientras su pulso se desbocaba, resonando en su cabeza como un secreto que no quería revelar.
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