Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 20
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: Capitulo 20 20: Capitulo 20 “Entre el deseo y el rencor hay una línea tan delgada…
que a veces se confunde con el placer.” El pasillo del edificio administrativo estaba en silencio.
Un silencio quirúrgico, tan pulcro que el eco de los tacones de Danica rebotaba contra el mármol como si delatara algo que no debía saberse.
El aire olía a limpieza, a madera encerada ya esa mezcla metálica del aire acondicionado que vibraba en un zumbido constante.
El chico del último año que la había acompañado se despidió con un gesto rápido, dejándola sola frente a la puerta con la placa de bronce que brillaba con su apellido grabado: “A.
De La Marca – Director”.
El reflejo dorado titilaba bajo la luz del pasillo como una burla del destino.
La recepción estaba vacía.
Ni la secretaria, ni los asistentes, ni siquiera los teléfonos sonando.
Solo el tic-tac del reloj de pared marcando el paso del tiempo, lento, insistente, como si contara los segundos antes de un desastre.
Danica tragó saliva.
Su garganta estaba seca, la boca le sabía a nervios.
Levante la mano y toque suavemente la puerta.
Un silencio breve.
Luego, la voz.
Tumba.
Profundo.
Inconfundible.
—Adelante.
Su corazón se detuvo un segundo antes de obedecer.
La manija giró bajo sus dedos y la puerta se abrió con un susurro apenas audible.
El despacho era amplio y ordenado, bañado por la luz que entraba desde el ventanal que daba al jardín interior.
Cortinas oscuras, paredes cubiertas por estantes de caoba, y un aroma tenue a tabaco y cuero.
Todo emanaba autoridad… y peligro.
Detrás del escritorio, Alessandro.
El traje negro perfectamente cortado, la camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los antebrazos, mostrando la piel tersa y la línea marcada de sus venas.
La mirada de él la recorrió con descaro, lenta, casi clínica, y la sonrisa que se formó en sus labios fue tan elegante como letal.
—Cierra la puerta, Danica.
Su voz no fue una orden.
Fue una trampa.
Ella la obedeció igual.
El clic del pestillo resonó como un disparo en el pecho.
Los recuerdos de la noche anterior la golpearon con fuerza.
Sus labios temblaron.
¿Había sido un sueño?
¿Una fantasía alimentada por el deseo y el vino… o realmente había ocurrido?
El calor que subió desde su abdomen hasta su rostro la traicionó.
Giró la vista hacia otro punto, incapaz de sostener esa mirada.
—¿Qué quieres?
—preguntó, intentando sonar firme, pero su voz le salió más ronca, más vulnerable de lo que habría querido.
Alessandro ladeó la cabeza con una sonrisa que destilaba provocación y dominio.
—No es manera de hablarle a tu Director, piccola.
El tono, suave y al mismo tiempo amenazante, le heló la piel.
Él se levantó del sillón y rodó el escritorio con paso lento.
Cada movimiento suyo estaba medido, elegante, casi felino.
—Anoche parecías confundida —dijo, acercándose, el brillo de sus ojos oscuros fijo en ella—.
Pensé que hoy las cosas estarían más claras.
Danica retrocedió un paso, pero no llegó muy lejos.
El escritorio detrás de ella se convirtió en una barrera.
Sus respiraciones se mezclaron.
El aire se volvió más denso.
Las palabras de él la golpearon con la fuerza de un recuerdo prohibido.
Las caricias.
El roce de su aliento en su cuello.
El peso de su cuerpo sobre el suyo.
El sonido de su propia voz, escapando entre gemidos que juró no volver a repetir.
No había sido un sueño.
—No sé de qué hablas —susurró, pero la negación se deshizo en el aire, temblorosa, casi un jadeo.
Alessandro la acorraló sin tocarla todavía, dejando que su presencia la envolviera como un incendio contenido.
El perfume de su piel la alcanzó: madera, especias, y algo oscuro, masculino.
Un olor que se le había quedado tatuado en la memoria.
—Oh, piccola mía —murmuró, con voz tan baja que apenas fue un roce de sonido—.
No tienes que fingir.
Tu cuerpo recuerda, aunque tu mente intente negarlo.
Su mano subió lentamente hasta su mejilla, y ella no se movió.
No porque no pudiera, sino porque algo en su interior —memoria muscular, instinto, deseo— la paralizó.
Los dedos de él rozaron su mandíbula, bajando por el cuello hasta el inicio de su pecho, un toque descarado, dueño, casi reverente.
El corazón de Danica latía desbocado.
Podía escucharlo en sus propios oídos, un tambor frenético que competía con su respiración entrecortada.
La vergüenza y el deseo se mezclaban en una maraña insoportable, como dos corrientes opuestas empujándola hacia el mismo abismo.
Quiso hablar, empujarlo, escapar… pero su cuerpo —traidor, débil, hambriento— se inclinó apenas hacia el calor que él emanaba.
Los ojos de Alessandro brillaron con una satisfacción oscura, casi devota.
—Eso es lo que más me obsesiona de ti —susurró, con esa sonrisa que no era del todo cruel, ni del todo tierna—.
Esa duda en tus ojos… esa parte de ti que no sabe si quiere huir o quedarse.
Su voz fue un roce, un veneno dulce que se deslizó por la piel de Danica como fuego líquido.
Ella levantó la vista, temblando.
Los ojos de ambos se encontraron y el aire se volvió insoportablemente denso.
Todo lo demás —el murmullo del aire acondicionado, el ruido lejano del pasillo, el mundo entero— desapareció.
Solo existían ellos dos y ese espacio cargado de una tensión peligrosa.
Su mente gritaba que debía irse.
Su cuerpo, en cambio, se negaba a obedecer.
—¿Qué me hiciste?
—susurró al fin, su voz apenas un hilo, quebrada entre miedo y anhelo.
Alessandro la observó en silencio.
Una calma inhumana lo envolvía, la calma de un depredador que no necesita apresurarse.
Sus pupilas, bañadas en un reflejo dorado por la luz del ventanal, la miraban con algo entre fascinación y deleite.
—Solo lo que tú me permitiste —respondió con ese tono ambiguo que podía ser verdad o veneno, promesa o castigo.
El silencio se estiró entre ellos, espeso, cargado de algo que no podía nombrarse.
El contacto frío de la madera detrás de ella la ancló a la realidad.
Aun así, Alessandro no se movió; o más bien, lo hizo con esa lentitud calculada que lo volvió más peligroso.
Cada paso suyo la obligaba a contener el aliento.
Su mano se apoyó en el escritorio, a un costado de su cuerpo.
La otra rozó apenas su mentón, guiándola a mirarlo.
Su proximidad era una condena.
El perfume de su piel —mezcla de madera, cuero y algo más oscuro— la envolvía por completa.
Su rostro se inclinó hacia el de ella, los labios a un suspiro de distancia.
Danica sintió el roce de su respiración contra la boca, el peligro de ese beso que no terminaba de llegar.
Y entonces, con la voz tan baja que la hizo estremecerse, él susurró: —Dime, piccola, ¿crees que Lucía sería una buena pareja para la boda de tu madre?
—¿Q-qué…?
—balbuceó ella, sin entender—.
¿Por qué me preguntas eso?
Él suena, una mueca lenta, cruel y perfectamente compuesta.
—Solo curiosidad.
—Su tono goteaba ironía—.
Esta tarde estará en casa para la prueba del vestido de dama.
El corazón de Danica se estrujó con fuerza.
El aire parecía irse del cuarto.
No entendía por qué, pero cada palabra de Alessandro la hería con precisión quirúrgica.
Ese era su talento: saber exactamente dónde dolía.
Los labios de él seguían peligrosamente cerca, tan cerca que apenas un movimiento bastaría para borrar la distancia.
Ella parpadeó, confundida, la garganta apretada.
No sabía si quería abofetearlo o besarlo.
No sabía por qué ese hombre parecía disfrutar tanto destruyéndola poco a poco.
Alessandro la observó en silencio un instante más, sus dedos trazando el borde de su mandíbula con un descaro deliberado.
El contacto era tan leve que dolía.
—No deberías mirarme así —murmuró él, casi en un suspiro—.
Porque cuando lo haces… me dan ganas de recordarte cómo me rogabas anoche.
Danica se quedó en móvil.
El aire se volvió más pesado que antes.
Y sin embargo, por primera vez, no retrocedió.
Solo lo miró, con los ojos llenos de rabia, deseo y algo mucho más peligroso: la necesidad de entender por qué, entre todos los hombres del mundo, tenía que ser él quien la hiciera temblar así.
El silencio entre ambos se rompió cuando Alessandro se separó finalmente, con una media sonrisa en los labios.
El brillo dorado de sus ojos parecía burlarse de ella, satisfecho de haber desatado justo lo que quería.
—Puedes irte, Danica —dijo con voz suave, casi educada, pero con ese filo invisible que la hacía sentir diminuta—.
No querría que llegues tarde a clases.
—¿Eso era todo?
—replicó ella, incrédula.
Él se encogió de hombros, encontrando indiferencia mientras regresaba a su escritorio.
El sonido de sus pasos sobre la alfombra era casi insultante, seguro, sereno, dueño de todo el espacio.
—Por ahora, sí —añadió sin mirarla—.
Bueno… tu madre quieres que estes en casa antes de las 8:00 pm —Eres un idiota —escupió al fin.
Alessandro levantó apenas la mirada, esa media sonrisa arrogante jugando otra vez en sus labios.
—Y aún así, no puedes dejar de temblar cuando me acerco —murmuró, apenas audible, pero lo suficiente para enloquecerla.
Eso fue lo último.
Danica perdió el control.
Lo empujó con fuerza en el pecho —no tanto por dañarlo, sino por liberarse del hechizo asfixiante que él ejercía sobre ella— y, con el rostro encendido, le levantó el dedo del medio sin dudar.
—Vete al infierno, Alessandro.
Él soltó una carcajada baja, oscura, que resonó en toda la oficina como un maldito eco.
—Ya estoy allí, piccola.
Tú solo lo haces más interesante.
Danica giró sobre sus talones antes de responder algo de lo que pudiera arrepentirse.
El aire del pasillo la toca como un balde de agua helada.
Necesitaba salir de allí antes de que su cuerpo volviera a traicionarla.
Sus pasos resonaron en el piso de mármol mientras caminaba sin mirar atrás.
El corazón aún le latía con fuerza, el perfume de Alessandro seguía pegado a su piel, y cada recuerdo reciente se mezclaba con la rabia de haberlo dejado salirse con la suya… otra vez.
Cuando por fin se dobló hacia el corredor principal, trató de recomponerse: respiró hondo, se acomodó el cabello y caminó hacia la salida del edificio.
El sol del mediodía filtrado por las ventanas altas le devolvió algo de color al rostro.
Sin embargo, algo captó su atención.
A través del ventanal del pasillo, una escena se desplegaba en la calle lateral, justo en el restaurante del invernadero de Valentino.
Danica se detuvo en seco.
Lucía.
Lucía estaba entrando por la puerta principal del restaurante.
Y lo hacía con un descaro que le heló la sangre.
Llevaba un vestido negro largo, entallado, de tela transparente que dejaba ver absolutamente todo.
Cada paso suyo era una provocación; el brillo del sol delineaba las curvas bajo la tela, y el movimiento de su largo cabello hacía que pareciera una aparición diseñada para causar daño.
Nadie, ni siquiera Valentino, podría encontrar indiferencia ante una entrada así.
Danica observó en silencio, paralizada, sin saber si lo que sentía era sorpresa, enojo o una punzada de celos que no quería reconocer.
Lucía se detuvo frente a la anfitriona, sonriendo con una seguridad insultante y, sin esperar indicaciones, avanzó hacia el interior del restaurante.
El corazón de Danica se contrajo.
— ¿Qué demonios estás haciendo…?
—murmuró, casi sin voz, mientras apoyaba una mano contra el vidrio.
Todo en su interior gritó que eso no era casualidad.
Lucía no hacía nada sin un motivo.
Y si había elegido precisamente ese lugar —el restaurante donde Valentino solía recibirla a ella—, entonces aquello era una declaración.
Un movimiento en un tablero de un juego que Danica aún no sabía cómo jugar.
La campana del edificio sonó, marcando el cambio de clase, pero ella seguía ahí, mirando la silueta negra de Lucía desaparecer tras las puertas de cristal, con una certeza helada hundiéndosele en el pecho, esa mujer queria todo lo que a Danica le pertenece.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com