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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 21

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21: Capitulo 21 21: Capitulo 21  “Las mentiras pueden desvanecerse… pero las miradas que lo dicen todo, no.” El murmullo del centro comercial era un refugio cómodo después de un día largo de clases.

Los pasillos brillaban con luces suaves y escaparates tentadores.

El aire olía a perfume caro, café recién molido y cuero nuevo.

Danica caminaba entre Sofía y Melisa, con una bolsa de compras en una mano y el celular en la otra.

Detrás de ellas, como una sombra impecablemente vestida, iba Marco, el guardaespaldas que Alessandro había asignado “por precaución”.

Su puerta era tan serio que contrastaba con la ligereza del grupo.

Aun así, Danica sabía que no era opcional.

Horas antes… Al salir del instituto, un sedán negro esperaba junto al portón principal.

Marco estaba allí, firme, con las manos cruzadas frente al pecho.

Cuando Danica se acercó, frunciendo el ceño, él habló con la calma de alguien que no negocia.

—Orden directa del señor De La Marca, señorita.

No puede desplazarse sola por la ciudad sin mi supervisión.

—¿Del señor Carlo?

— Pregunto Danica confundida —No — Dijo en tono serio — Órdenes del Joven Alessandro —No necesito una niñera —replicó ella, con la voz baja pero firme.

El hombre ni siquiera pestañeó.

—Yo tampoco necesito trabajar con adolescentes caprichosas, señorita Danica.

Sin embargo, aquí estamos.

El tono le arrancó una mueca de sorpresa.

Sofía y Melisa esperaban unos pasos atrás, con risitas burlonas.

Danica apretó los dientes, consciente de que discutir era inútil.

Así que solo ascendió, resignada.

—Bien.

Pero mantente lejos.

Muy lejos.

Marco avanzó una sola vez, sin emoción.

—Dos pasos atrás serán suficientes.

Ahora.

— Deberías decirle que se relaje un poco —murmuró Sofía en voz baja mientras entraban a una boutique—.

Da miedo ver cómo te sigue hasta cuando vas a probarte ropa.

—Créeme, ya lo intenté —respondió Danica, girando levemente la cabeza hacia atrás.

Marco, con su porte implacable, se detuvo justo un tiempo para no tropezar con ella—.

Pero su definición de “relajarse” es quedarse dos pasos atrás en lugar de uno.

—Eso no es relajarse, eso es acosar con estilo —bromeó Melisa, soltando una risa ligera.

Sofía arqueó una ceja y miró de reojo al hombre de traje.

Marco observaba un escaparate de relojes con una concentración tan falsa que resultaba cómica.

—Bueno, al menos es guapo —dijo Sofía, cargando la cabeza, con esa sonrisa coqueta que usaba cuando sabía que alguien la estaba mirando—.

Si me persiguiera un guardaespaldas así, yo también lo dejaría.

—Sofía, tú dejarías que te siguiera hasta el fin del mundo si te prometes cargar tus bolsas —replicó Melisa, entre risas.

Danica se negó divertida, aunque en su sonrisa había un dejo de cansancio.

El grupo se detuvo frente a una boutique elegante, toda en tonos crema y dorado.

Sofía fue la primera en entrar, atraída por un vestido rojo que parecía diseñado para el pecado.

Melisa la siguió, todavía riendo, mientras Danica se quedaba un momento atrás, observando el reflejo de las tres en el cristal.

Por un instante, no se reconoció del todo en su propio rostro; Había algo distinto en su mirada, algo que no sabía si era deseo o duda.

—¡Danica!

—la llamó Melisa desde adentro—.

¡Tienes que ver esto!

Cuando entró, Sofía salió del probador.

El vestido carmesí se ceñía a su figura como una promesa peligrosa: escote medido, tela brillante, una tentación con forma de sonrisa.

Marco levantó la vista, como por reflejo, y su ceño se frunció apenas.

— ¿Qué opinas, guardaespaldas?

—preguntó Sofía, girando sobre sí misma, provocadora.

El chico no dijo absolutamente nada, pero su mirada recorrió el cuerpo de Sofia con tremendo descaro, las mejillas de su amiga se sonrojaron y corrio tímida al probador, con el corazón acelerado.

En ese momento, la puerta de la boutique se abrió, y una voz masculina interrumpió la atmósfera ligera.

—¿Melisa?

La joven se giró sorprendida.

Cedric estaba de pie frente a ellas, con su chaqueta de mezclilla y el cabello despeinado por el viento.

No era el chico perfecto, ni el más refinado, pero había algo en su presencia —esa mezcla de arrogancia y torpeza contenida— que hacía que el aire cambiara.

Melisa parpadeó, insegura.

Habían pasado varios días desde la fiesta, desde aquel caos que ninguno quería recordar.

Pero él la miraba distinta.

Como si no estuviera viendo a la misma chica.

Sus ojos bajaron, por un segundo apenas, recorriendo la línea nueva de su silueta: las curvas que la adolescencia había escondida y que ahora parecían florecer solo porque él estaba ahí.

El silencio se cargó de algo que ninguno de los tres supo nombrar.

Sofía fue la primera en hablar, con un tono dulce, casi travieso —Vaya… parece que alguien se quedó sin palabras.

Cedric soltó una risa baja, forzada, llevándose una mano a la nuca, pero no apartó la mirada de Melisa.

—Supongo que… crecen demasiado rápido.

Melisa rodó los ojos, intentando fingir molestia, aunque el leve rubor que ascendía por sus mejillas la traicionaba.

Danica lo notó enseñada; La tensión entre ambos era sutil, casi inocente, pero estaba ahí, palpitando entre respiraciones contenidas.

—¿Y tú qué haces aquí, Cedric?

—preguntó Danica, cruzando los brazos con fingida indiferencia, aunque sus ojos brillaban con un dejo de diversión—.

No me digas que también vienes a comprar vestidos.

—Estoy con unos amigos —respondió él, con media sonrisa—.

Pero los perdidos hace un rato… y al parecer el destino me trajo con mejor compañía.

Sofía soltó una carcajada y fingio abanicar el aire con una bolsa de compras.

—El destino es tan romántico.

—Sofía —gruñó Melisa, empujándola con el hombro, aunque la sonrisa seguía ahí, tímida, brillando entre sus labios.

Danica, mientras tanto, se cruzó de brazos y lo observó con atención.

Había algo diferente en Liam.

Tal vez la forma en que su mirada se mantenía fija en Melisa, o el modo en que intentaba mostrarse casual y fracasaba con cada palabra.

—Bueno —intervino con voz tranquila, pero firme—, si tanto te gusta aparecerte cuando menos se espera… podrías aprovecharlo.

Cedric arqueó una ceja.

—¿Aprovecharlo cómo?

—En unos días será la boda de mi madre —explicó Danica, con un déje de ironía suave—.

Melisa todavía no tiene compañero para la pasarela de damas.

Melisa la fulminó con la mirada, pero Danica la siguió, impasible.

—Podríamos acompañarlas.

¿Qué dices?

¿O tienes miedo de usar traje?

Cedric Río, con una chispa arrogante en la mirada.

—No, claro que no.

Me encantaría.

—Y, sin disimulo alguno, volvió a mirar a Melisa—.

Además… creo que podría acostumbrarme a tener este tipo de compañía.

Melisa bajó la vista, jugueteando con una pulsera, pero la sonrisa seguía ahí.

Sofía la empujó suavemente, riendo entre dientes.

—Oh, por favor.

Esto se está poniendo interesante.

Danica alzó una ceja, divertida, pero con un cuidado de advertencia.

—Solo espero que esta vez no metas la pata, Cedric.

No todos están dispuestos a perdonarte tan fácil.

—Lo sé —respondió él con un tono más serio, la voz grave, los ojos clavados en los de Danica antes de volver a los de Melisa—.

Pero…

uno aprende de los errores.

El ambiente se volvió denso por un segundo, cargado de algo entre desafío y deseo.

Desde la puerta, Marco observaba la escena con los brazos cruzados.

Su postura era perfecta, casi militar, pero había tensión en sus hombros.

Sus ojos no se movían del grupo; no se perdía ni un gesto, ni una palabra.

En su mirada se leía algo instintivo, protector.

Todo lo que le había pedido su jefe que fuera.

Después de que Cedric intercambió su teléfono con Melisa, salió de la tienda de ropa, no sin antes ganarse una mirada de pocos amigos por parte de Marco.

—Vamos, chicas, tenemos que seguir —dijo Danica finalmente, rompiendo el aire denso.

Sofía tomó a Melisa del brazo y la arrastró hacia la siguiente tienda.

El pasillo las envolvió en luces cálidas y música suave.

Entraron a una zapatería elegante, con vitrinas llenas de stilettos brillantes y tacones imposibles.

—Necesitamos algo perfecto —dijo Sofía, examinando una sandalia plateada—.

No todos los días la mamá de tu mejor amiga se casa con un magnate italiano.

Melisa ascendió, aún con la mente un poco perdida, mientras deslizaba los dedos sobre un par de zapatos nude con tiras finas.

—Estos podrían servir para el vestido… —murmuró distraído, sin poder evitar pensar en la mirada que Liam le había dedicado minutos antes.

Danica Ross.

—Sí, esos te quedan bien.

Sutiles, pero elegantes.

Justo lo que mi madre aprobaría.

Sofía bufó, probándose unos tacones rojos que hacían juego con su personalidad.

—Tu madre aprobaría una caja de cristal antes de que estos tacones.

Pero… el señor De La Marca sí los notará.

Danica soltó una risa baja, la primera genuina en todo el día.

—Créeme, el señor De La Marca nota absolutamente todo.

Y mientras las risas llenaban la boutique, Marco permanecía afuera, apoyado en la pared, observando.

Sus ojos no se apartaban de las tres.

Ni de la sombra que, más atrás, parecía seguirlos desde que salieron de la boutique anterior.

El tintineo del mostrador y el murmullo de bolsas elegantes marcaron el final de la compra.

Melisa pagó sus zapatos, todavía distraída, mientras Sofía discutía con la vendedora por un envoltorio más bonito.

Danica, en cambio, permanecía frente a una vitrina al fondo, observando un par de tacones transparentes, de cristal pulido, con un brillo sutil que atrapaba la luz como diamante líquido.

—Estos… —susurró, casi para sí misma.

La dependienta los colocados con cuidado frente a ella.

Danica los sostuvo en las manos; Eran ligeros, frágiles, casi etéreos y al mismo tiempo perfectos.

—Parece que fueron hechos para ti —comentó Melisa con una sonrisa—.

Tu madre va a retirarse cuando los vea.

—No… —dijo Danica con una pequeña sonrisa melancólica—.

Los hizo ella.

Es su diseño.

Sofía silbó suavemente.

—Por supuesto.

Solo tú podrías usar zapatos diseñados por tu madre para casarse con un multimillonario italiano.

Danica rió apenas.

—Y yo solo intento no romperlos antes de llegar al altar.

Las tres rieron juntas, con la despreocupación propia de una tarde perfecta.

Pagaron, reconocieron sus bolsas y salieron al aire fresco del centro comercial.

La terraza del café frente a la plaza las esperaba con mesas elegantes, tazas de porcelana y el murmullo de conversaciones ajenas.

El sol comenzaba a caer, bañando los cristales en tonos dorados.

Danica se sentó junto a la barandilla, removiendo distraídamente un poco de miel dentro de su te.

Sofía hablaba de vestidos, Melisa de Liam y Marco —a pocos metros— observaba con la calma imperturbable de un depredador que nunca baja la guardia.

El momento era perfecto.

Hasta que el sonido rasgó el aire.

Un chillido metálico, un quemón de llantas.

— ¿Qué fue eso?

—preguntó Sofía, frunciendo el ceño.

Danica alzó la vista.

Un auto negro, sin placas visibles, se había detenido bruscamente frente a la entrada del centro comercial.

Los vidrios polarizados reflejanban el cielo.

Marco fue el primero en reaccionar.

Su cuerpo se tensó, la mano se deslizó instintivamente hacia la funda bajo su saco.

—¡Al suelo!

—gritó con una voz que cortó el aire.

No hubo tiempo para pensar.

Un segundo después, el estruendo de balas llenó la terraza.

El vidrio de las mesas explotó en mil fragmentos, las tazas se hicieron añicos, y los gritos de los clientes inundaron el lugar.

Danica sintió el silbido caliente de una bala pasar tan cerca de su mejilla que el aire le ardió.

Melisa cayó al suelo entre un alarido, arrastrando a Sofía con ella.

Marco se lanzó sobre Danica, cubriéndola con su cuerpo, el peso de su hombro aplastándola contra el pavimento.

—¡No te muevas!

—rugió, sacando su arma con la mano libre.

El sonido de los disparos devolvía ecos en los cristales rotos.

Los autos chirriaban.

Un par de hombres de negro bajaron del vehículo con movimientos coordinados.

No eran improvisados.

Eran asesinos.

Marco respondió sin dudar.

Tres disparos precisos, secos.

Uno cayó.

El otro retrocedió, disparando a ciegas.

—¡Melisa!

—gritó Sofía, intentando arrastrarla hacia la columna más cercana.

—¡Estoy bien!

—respondió ella, temblando, con los ojos llenos de lágrimas.

Danica sintió el corazón golpearle las costillas, cada respiración era fuego.

El sabor del miedo y el metal llenaba su boca.

Intentó mirar hacia el vehículo, pero Marco la empujó de nuevo al suelo.

—¡Dije que no te muevas, señorita!

—gruñó, con la voz cargada de furia contenida.

Otra ráfaga.

Las balas atravesaron las sillas, el toldo, los vidrios.

El caos era absoluto.

Danica, con el cuerpo presionado al suelo, alcanzó a ver cómo el último atacante corría hacia el auto mientras el motor rugía otra vez.

Marco se incorporó medio segundo antes de que el coche arrancara con violencia, dejando una estela de humo y el olor punzante a pólvora.

Silencio.

Solo quedaba el eco del tiroteo y el sonido de la respiración entrecortada de las chicas.

Marco bajó el arma lentamente, revisando el perímetro.

Su rostro estaba endurecido, el ceño fruncido, la mandíbula apretada.

—Están bien?

—preguntó, girándose hacia ellas.

Sofía ascendiendo, temblorosa.

Melisa lloraba en silencio, con las manos aferradas a los brazos de su amiga.

Danica se incorporó despacio, el pecho subiendo y bajando con violencia.

— ¿Quiénes eran?

—susurró, mirando los casquillos dispersos y el rastro de sangre que se alejaba del sitio.

Marco guardó su arma, la mirada fría como el acero.

—No lo sé… pero no era un simple asalto.

Sus ojos se clavaron en los de Danica, serios, cargados de un mensaje que no necesitaba palabras.

Marco bajó el arma lentamente, revisando el perímetro.

Su rostro estaba endurecido, el ceño fruncido, la mandíbula apretada.

—Están bien?

—preguntó, girándose hacia ellas.

Sofía ascendiendo, temblorosa.

Melisa lloraba en silencio, con las manos aferradas a los brazos de su amiga.

Danica se incorporó despacio, el pecho subiendo y bajando con violencia.

— ¿Quiénes eran?

—susurró, mirando los casquillos dispersos y el rastro de sangre que se alejaba del sitio.

Marco guardó su arma, la mirada fría como el acero.

—No lo sé… pero no era un simple asalto.

Sus ojos se clavaron en los de Danica, serios, cargados de un mensaje que no necesitaba palabras.

Y entonces la tensión se estalló en acción.

—¡Muévanse!

—gruñó, su tono grave cortando el aire—.

¡Ahora mismo!

Sin esperar respuesta, se inclinó, tomó a Danica por la cintura y, con una fuerza que no admitía discusión, la alzó sobre su hombro.

Ella dejó escapar un gemido ahogado, el aire escapándosele del pecho.

—¡Marco!

¿Qué haces?

¡Puedo caminar!

—protestó entre sacudidas.

—No pienso arriesgarme a que te den en la espalda mientras lo intentas —replicó, sin mirarla, su voz un filo de autoridad.

Con la otra mano recogió las bolsas de compras y el bolso de Danica.

Detrás, Sofía y Melisa apenas lograron seguirle el paso.

La gente gritaba, corría, las sirenas ya se oían a lo lejos.

Marco atravesó la terraza con paso decidido, empujando puertas, esquivando mesas derribadas.

—¡Vamos, muévanse!

—ordenó sin mirar atrás.

El chofer del auto blindado ya los esperaba al final del pasillo del estacionamiento.

El motor rugía, las luces encendidas.

Marco abrió la puerta trasera con un golpe seco y prácticamente lanzó a Danica al asiento acolchado, asegurándose de que su cabeza no golpeara.

—¡Dentro!

—le gritó a las otras dos.

Sofía entró primero, jadeando.

Melisa tropezó, pero Marco la sostuvo del brazo antes de empujarla dentro.

Cerró de golpe y dio la vuelta al asiento del copiloto.

—Directo a la casa del lago.

Y pisa a fondo —ordenó al conductor.

El auto se lanzó al asfalto con un rugido potente.

Nadie habló durante el trayecto.

Solo el sonido de la respiración agitada de las chicas llenaba el silencio.

Danica intentó mirar por la ventana, pero Marco se giró y la obligó con una mano en el hombro a recargarse.

—No mires atrás.

No hasta que estemos a salva.

La carretera se estiraba como una cinta gris entre los árboles.

A medida que se alejan de la ciudad, el ruido se desvanece.

El pulso de Danica seguía acelerado, los recuerdos de los disparos aún frescos, las imágenes parpadeando en su mente como destellos de una pesadilla.

Sofía apretaba la mano de Melisa, que seguía en shock, con los ojos abiertos de par en par.

Marco no apartó la vista del camino hasta que los portones de la casa del lago aparecieron al final del sendero.

Dos vehículos negros estaban estacionados frente a la entrada, y varios hombres armados custodiaban el perímetro.

Cuando el coche se detuvo, las puertas se abrieron casi al instante.

Carlo De La Marca los esperaba en lo alto de la escalinata, impecable a pesar de la urgencia.

Su puerta imponente contrastaba con la suavidad de su expresión al verlas.

—Gracias a Dios… —murmuró al ver a Danica salir del auto.

Ella apenas alcanzó a enderezarse antes de que Carlo la tomara de los brazos, examinándola como si no terminara de creer que estaba ilesa.

—Estoy bien —logró decir ella, aunque su voz sonó frágil.

—No lo dudo —respondió él, pero su mirada pasó inmediatamente a Marco, con una frialdad que cortaba el aire—.

¿Qué diablos pasaron?

—Ataque dirigido —contestó Marco, firme—.

Tres tiradores.

Coordinados.

Pero no lograron su objetivo.

Carlo cerró los ojos un segundo, respirando con dificultad.

Luego ascendió y giró hacia el resto del equipo.

—Aumenten la seguridad en todo el perímetro.

Nadie entra, nadie vende.

Y quiero a los De Santis en contacto de inmediato.

El patio se llenó de movimiento.

Hombres revisando los vehículos, otros reforzando las cámaras, y un par con armas visibles custodiando la entrada principal.

Danica observaba todo en silencio.

El aire en la casa del lago, antes su refugio, ahora olía a pólvora, tensión y miedo.

Sofía la rodeó con un brazo.

—Dani… ¿qué fue eso?

Ella tragó saliva, intentando mantener la calma.

—No lo sé —mintió.

Pero en el fondo, algo dentro de ella sabía que sí lo sabía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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