Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 22
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: Capitulo 22 22: Capitulo 22 “La furia no siempre se grita… a veces brilla como un diamante que corta en silencio.” El sonido del cristal rompiéndose retumbó en todo el piso treinta y dos del edificio De La Marca.
Un vaso de whisky se estrelló contra la pared de mármol, explotando en mil fragmentos que destellaron bajo la luz cálida del atardecer.
La serenidad que alguna vez reinó en aquella oficina se desmoronó con el mismo estrépito.
Alessandro permanecía de pie frente al ventanal, respirando con dificultad.
El nudo de la corbata colgaba flojo sobre su camisa arrugada, y las mangas estaban salpicadas por el licor que aún goteaba desde su puño cerrado.
Afuera, la ciudad ardía en tonos dorados y carmesíes, pero en su rostro —joven, elegante, endurecido antes de tiempo— solo se reflejaba una sombra fría: la furia.
Sobre el escritorio, el informe seguía abierto.
“Ataque armado en Plaza Marena.
Objetivo: no confirmado.
Sin víctimas fatales.” —No confirmado… —repitió, la voz ronca, cargada de incredulidad—.
Luego, con un gesto brusco, arrojó el documento al suelo—.
¡Claro que era ella!
El golpe seco de su mano derribó carpetas, informes, un bolígrafo de oro y hasta una joya de exhibición que rodó con un tintineo metálico hasta detenerse junto al ventanal.
El tic del reloj en su muñeca marcaba los segundos como una provocación.
—¿Dónde estaba la seguridad?
—gruñó, golpeando el escritorio con el puño—.
¡¿Dónde demonios estaba Marco?!
El guardia más cercano ni siquiera se atrevió a entrar.
Su asistente observaba desde la puerta entreabierta, con el rostro pálido, mientras Alessandro tomaba una delicada figura de cristal —una réplica de la primera tiara diseñada por su madre— y la estrellaba contra el suelo.
Los fragmentos se dispersaron como copos de nieve brillante, cubriendo la alfombra de terciopelo gris.
El sonido del último estallido quedó suspendido en el aire.
Alessandro se apoyó en el borde del escritorio, respirando con violencia.
Las venas del cuello marcaban su piel con líneas tensas; la rabia lo recorría en oleadas contenidas, peligrosas.
—Intentaron matarla… —murmuró, apenas audible, como si las palabras le supieran a sangre.
Pasó una mano por el cabello, despeinándose aún más, y levantó la mirada con una calma que no engañaba a nadie.
Su voz fue baja, grave, cortante como una orden de sentencia: —Quiero los nombres de todos los que estuvieron en ese maldito centro comercial.
Cámaras, matrículas, rostros, movimientos.
No me importa si hay que romper leyes, sistemas o contratos… —su mirada se afiló—.
Quiero saber quién se atrevió a tocar lo que es mío.
La asistente asintió, temblando.
Ni siquiera esperó una segunda instrucción; salió casi corriendo, dejando la puerta entreabierta tras de sí.
El silencio regresó.
El eco de su respiración fue lo único que quedó en la habitación, junto al aroma persistente del whisky y el rastro tenue del perfume de cristal roto.
Alessandro se dejó caer en el sillón de cuero.
La vista desde el piso treinta y dos era perfecta: la ciudad extendiéndose como un océano de luces indiferentes.
Pero él ya no la veía.
En su mente solo había una imagen.
Danica.
Su mirada asustada.
Su respiración temblorosa.
El pánico reflejado en esos ojos que él había jurado mantener a salvo.
Y en el fondo de su pecho, junto a la furia, una certeza ardía como una promesa sin redención… esta vez, alguien pagaría por haberla hecho temblar.
El teléfono vibró sobre el escritorio entre los restos de cristal y papeles desparramados.
El nombre en la pantalla bastó para contener su respiración: Marco.
Alessandro contestó sin pensar.
—¿Danica?
—fue lo primero que dijo, su voz rasgada por la tensión.
Del otro lado, la voz del guardaespaldas sonó firme, aunque jadeante.
—A salvo.
Está en la casa del lago con sus amigas.
Ya reforcé el perímetro y alerté al equipo de seguridad privada.
Por un segundo, el mundo se detuvo.
Un breve instante de alivio… y luego, el rugido de la furia volvió con más fuerza.
—No debió pasar, Marco.
—Su tono se volvió bajo, peligroso, gélido—.
Nadie debía acercarse a ella.
—Lo sé —respondió el hombre—.
Pero alguien sabía su ubicación.
No fue un ataque aleatorio.
Alessandro no esperó más.
Se levantó de golpe, tomó las llaves del Aston Martin y salió de la oficina sin mirar atrás.
El eco de sus pasos resonaba entre las paredes de mármol y vidrio, mientras su asistente intentaba seguirlo con una tableta y palabras que se perdieron entre el aire: —Señor, la junta con los inversionistas… Alessandro no podía pensar en nada mas en ese momento, solo podía imaginar el rostro de su querida Danica lleno de terror, sus bellos ojos azules inyectados de terror, dio un golpe seco en las paredes del elevador.
La puerta del elevador se cerró de golpe.
El trayecto hacia la casa del lago fue una línea de furia contenida.
El auto negro devoraba la carretera bajo un cielo encendido de rojo.
Cada curva lo acercaba más a ella… y más lejos de cualquier rastro de cordura.
Los recuerdos de su voz, de su sonrisa, de la última vez que discutieron, lo golpeaban como fantasmas.
Y entre ellos, una imagen que no podía borrar: el cuerpo de Danica en peligro.
Apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le tornaron blancos.
—Si la tocaron… —susurró con los dientes apretados— los haré desaparecer.
Cuando las luces del portón de la casa del lago aparecieron en el horizonte, Alessandro ya no era el heredero elegante de De La Marca.
Era un hombre fuera de sí.
Un depredador siguiendo el rastro de quien se atrevió a desafiarlo.
El motor rugió una última vez antes de detenerse con un chirrido.
La puerta del coche se abrió de golpe, y Alessandro salió, el abrigo negro ondeando tras él, el rostro convertido en una máscara de ira contenida.
Los guardias del perímetro se tensaron al verlo.
Nadie se atrevió a hablar.
Solo uno dio un paso al frente y murmuró con respeto: —La señorita está adentro, señor.
Con el señor De La Marca y las otras chicas.
Alessandro asintió, sin mirarlo siquiera.
Su única dirección era la puerta de la casa.
Y detrás de ella… Danica.
Las puertas del portón se abrieron con un gemido metálico, y el Aston Martin irrumpió en la propiedad dejando un rastro de polvo y rabia.
Los focos del camino iluminaron el perfil tenso de Alessandro, la mandíbula marcada, el pulso temblando bajo la piel.
Ni bien el auto se detuvo, Marco ya lo esperaba frente a la entrada principal, con el abrigo oscuro aún manchado de polvo y una expresión firme.
Alessandro bajó del coche de un golpe, sin cerrar la puerta.
—¿Dónde está?
—su voz era grave, ronca de pura furia contenida.
Marco alzó una mano, deteniendo el paso que ya era una amenaza.
—Dentro.
Está bien, Alessandro.
—Sus palabras fueron medidas, pero su tono llevaba la autoridad de quien sabía cuándo acercarse al filo de un hombre que estaba por perder el control—.
Las chicas están en la sala de cine.
Se durmieron hace un rato.
—No me importa quién esté dormido —escupió Alessandro, intentando pasar, pero Marco le bloqueó el camino un segundo más.
—Te va a importar si entras así —replicó, sin levantar la voz—.
Si la ves con esa mirada, la vas a asustar, y lo último que necesita después de lo que pasó… es verte convertido en su miedo.
El aire quedó pesado entre ambos.
Dos hombres acostumbrados a las balas, pero no a hablar de calma.
Alessandro cerró los ojos un instante.
Inhaló.
Exhaló.
El sonido seco de sus nudillos al apretarse fue lo único que rompió el silencio, una nota áspera en medio del aire contenido.
—Muéstrame el camino —dijo al fin, con una voz apenas audible, pero cargada de esa autoridad que ni la ira ni el miedo podían quebrar.
Marco asintió y avanzó por el pasillo.
La casa del lago, normalmente un refugio de calma y elegancia, se había transformado en una fortaleza silenciosa.
Hombres armados vigilaban cada esquina; las torres de seguridad brillaban con luces encendidas, y las cámaras rotaban con movimientos calculados, como ojos atentos que no pestañeaban.
El lujo habitual parecía haber sido reemplazado por una atmósfera densa, tensa, casi militar: un búnker oculto tras el disfraz de un paraíso.
Caminaron hasta el ala sur, donde una puerta acolchada dejaba escapar un leve resplandor azulado.
Era la sala de cine.
Marco se detuvo y bajó la voz.
—Están aquí.
No hubo más movimiento desde el ataque.
Me encargaré de que nadie se acerque.
Alessandro asintió sin mirarlo.
La mandíbula tensa, los hombros duros.
Empujó la puerta.
El aire en el interior estaba impregnado de olor a palomitas frías y perfume floral.
En la pantalla, los créditos de una película se deslizaban sin que nadie los mirara, iluminando el cuarto con destellos intermitentes.
Sofía y Melisa dormían juntas bajo una manta, sus cuerpos aún crispados por el susto, las mejillas marcadas por el rastro seco de las lágrimas.
Y un poco más allá, en el sillón más alejado, estaba Danica.
La luz tenue acariciaba su rostro dormido: el cabello suelto, desordenado; los labios entreabiertos; el cuello marcado por una fina línea rojiza, huella del miedo que horas antes la había paralizado.
Tenía una manta cubriéndole las piernas y el celular aún entre los dedos, como si lo hubiera sostenido hasta el último momento antes de rendirse al sueño.
Alessandro se detuvo frente a ella sin emitir sonido alguno.
La furia que lo había acompañado hasta ese punto se disolvió en un solo segundo, reemplazada por un vértigo extraño, por un alivio doloroso.
La vio respirar.
Lenta.
Suave.
Inocente.
Y el simple hecho de verla viva fue suficiente para quebrarle el pecho.
Su mano tembló cuando se inclinó para apartarle un mechón del rostro.
El contacto fue leve, pero bastó para sentir el calor de su piel, ese recordatorio punzante de lo que casi había perdido.
Su voz, apenas un murmullo, se escapó entre sus labios como una plegaria rota, más promesa que pensamiento: —No volverá a pasar, pequeña.
Lo juro.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com