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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 23

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23: Capitulo 23 23: Capitulo 23  “Hay miradas que no buscan despertar… solo asegurarse de que sigues respirando.” El silencio era tan espeso que hasta el fuego de la chimenea parecía contener su propio crujido, como si temiera interrumpir el momento.

La penumbra envolvía la sala, teñida por el resplandor rojizo que danzaba sobre los muebles y la piel de Danica.

Alessandro permanecía de pie junto al sofá, inmóvil, con la mirada clavada en ella.

En su pecho se mezclaban la furia y el alivio, el vértigo y la necesidad de cerciorarse de que era real.

Cada respiración de Danica —suave, acompasada, vulnerable— era el único sonido que lo mantenía en el presente, como si su vida entera dependiera de ese ritmo frágil.

Se inclinó despacio, tan cerca que el calor de su aliento rozó el aire entre ambos.

Su pulgar trazó una línea apenas perceptible sobre su mejilla izquierda.

La piel estaba tibia, y justo debajo de la caricia, una fina marca enrojecida rompía su perfección: un roce leve, una herida mínima, una esquirla que había pasado demasiado cerca.

El contacto lo paralizó.

El simple pensamiento de que ese trazo casi imperceptible podía haber sido algo peor lo dejó sin aire.

Incluso dormida, Danica reaccionó.

Su ceño se frunció levemente, los labios se entreabrieron y un suspiro tembloroso escapó de ellos.

—…Alessandro…

—murmuró, con voz débil, casi un eco.

El nombre lo atravesó como una bala muda.

El sonido bastó para derrumbar toda la ira que había cargado desde el ataque, todo el odio que lo había mantenido en pie.

Por un instante, fue solo un hombre contemplando lo que casi había perdido.

—Estoy aquí —susurró, la voz tan baja que apenas fue un pensamiento pronunciado—.

Ya estás a salvo.

Danica se movió, pestañeando lentamente.

El mundo volvió a ella en fragmentos: el murmullo lejano del fuego, el peso de la manta sobre sus piernas, la sombra imponente frente a ella.

Al enfocarlo, su respiración se entrecortó.

—¿Alessandro…?

—su voz era ronca, rasgada por el miedo y el cansancio—.

¿Qué haces aquí…?

Él no respondió de inmediato.

Sus ojos recorrieron su rostro con un detalle obsesivo: la marca en la mejilla, la tensión en su cuello, la fragilidad en la comisura de sus labios.

Cada pequeña herida era una amenaza latente que lo quemaba por dentro.

—Recibí el mensaje de Marco —dijo finalmente, con una voz grave, contenida, que apenas lograba sostener la calma—.

Si algo te hubiera pasado… —se detuvo, cerrando el puño con tanta fuerza que el crujido de sus nudillos llenó el silencio—.

Si una bala te hubiera rozado un poco más, Danica… no habría quedado nadie vivo.

Ella lo miró, con la respiración entrecortada.

La memoria le devolvió el caos del ataque: el ruido ensordecedor, el olor a pólvora, los gritos.

Marco empujándolas al suelo.

El instante en que creyó que todo se acabaría.

—Estoy bien —respondió al fin, aunque su voz tembló más de lo que quiso—.

Solo fue un susto.

El silencio que siguió fue distinto.

No era paz.

Era una pausa cargada de todo lo que ninguno se atrevía a decir.

Alessandro la observó durante largos segundos, hasta que su mirada descendió una vez más a la fina línea roja que atravesaba su mejilla izquierda.

Su mandíbula se tensó, no había estado ahí para protegerla y la culpa lo carcomía por dentro.

—Un susto… —repitió, con una sonrisa breve y amarga, que no llegó a sus ojos—.

No tienes idea, pequeña, de lo que ese “susto” me hizo.

Su voz era baja, tensa, una mezcla de ternura y amenaza, como si las palabras pudieran contener el impulso de destruir el mundo por ella.

Danica lo miró en silencio.

Su respiración se volvió más corta, y aunque trató de sostenerle la mirada, algo dentro de ella titubeó.

Giro sus ojos levemente a sus amigas, dormidas del otro lado de la sala de cine, ajenas a la situación que estaba pasando entre ella y Alessandro, lo cual la tranquilizaba no sabría que dirían si vieran la escena.

Sus ojos giraron nuevamente al hombre que emanaba un aura obscura, ella habia visto a Alessandro molesto antes, pero esto era distinto.

No era furia.

Era miedo.

Miedo real, camuflado detrás de su control enfermizo.

—¿Y qué se supone que haga, Alessandro?

¿Encerrarme aquí para siempre?

—replicó, la voz apenas un hilo que temblaba entre desafío y súplica.

Él no lo dudó ni un instante.

—Si eso te mantiene viva, sí.

—Su respuesta fue inmediata, tan firme que dolía—.

No pienso perderte, ¿me oyes?

No otra vez.

El tono de su voz la atravesó.

Danica dudo por un momento, su tono y como la veía no hacia mas que confundir su ya confundida mente; era como si tratara de decirle que el marcharse no fue su intención, pero mi corazón adolorido no quiere creerlo.

Él dio un paso más, lo suficiente para que el aroma a su perfume —a madera, whisky y tormenta— la envolviera.

Sus dedos rozaron su mejilla, deteniéndose en el borde de la herida.

—Pudo haber sido peor —murmuró, casi con furia contenida—.

Si esa bala hubiera bajado un centímetro más… —se interrumpió, apretando la mandíbula—.

No lo habría soportado.

Danica tragó saliva, temiendo lo que veía reflejado en sus ojos: esa mezcla de devoción y peligro que solo Alessandro podía conjugar.

Por un instante, creyó que la besaría.

El aire se volvió más espeso, los segundos más largos.

Pero él se contuvo.

Su respiración rozó su frente antes de apartarse, llevándose consigo el calor del momento, dejándola temblando en silencio.

—Intenta descansar —dijo al fin, dándole la espalda, su voz recobrando esa calma gélida que usaba como escudo.

Danica lo siguió con la mirada mientras caminaba hacia la puerta.

El sonido de sus pasos resonó en la madera como un adiós que no terminaba de decirse.

El peso de sus palabras quedó suspendido en el aire, denso, ineludible.

Cuando su mano rozó el picaporte, ella habló.

Apenas un susurro.

—Alessandro… Él se detuvo, sin girarse.

El silencio se estiró entre ambos como un hilo frágil.

—Gracias —murmuró ella, con una sinceridad que lo desarmó.

Hubo un instante de quietud absoluta.

El fuego crepitó, y la ciudad siguió brillando al otro lado del ventanal, ajena a la guerra silenciosa entre ellos.

—No me des las gracias todavía —respondió él, finalmente, con la voz baja, rota, casi un ruego contenido.

Y entonces salió, dejando tras de sí el perfume de su presencia y una promesa no pronunciada; que haría lo que fuera necesario para que nadie volviera a tocarla.

Afuera, la noche del lago era fría y espesa, cargada de silencio.

Solo el leve golpeteo del agua contra el muelle rompía la quietud.

Alessandro salió de la casa con pasos duros, aún con el pecho agitado por la mezcla de rabia y miedo.

Marco lo esperaba junto a uno de los vehículos negros, con el rostro tenso y los brazos cruzados.

—¿Qué demonios pasó, Marco?

—fue lo primero que dijo Alessandro, sin filtros.

Su voz cortó el aire como un látigo.

Marco enderezó la postura.

—No fue un asalto.

Estaban preparados.

Dos hombres, armamento corto, balas de 9mm.

Dispararon en ráfaga, sin intentar robar nada.

Alessandro cerró los ojos un instante, respirando hondo.

Cuando los abrió, su mirada era un filo.

—¿Las placas?

—Falsas.

Pero el auto estaba limpio.

Ninguna huella, ningún rastro.

—Marco apretó la mandíbula—.

Sin embargo, reconocí el estilo.

Es gente entrenada.

O pagada por alguien que lo está.

—Carlo no tiene enemigos que se atrevan a tocar lo que es mío —gruñó Alessandro, golpeando con el puño el cofre del auto.

El metal crujió bajo su fuerza.

Marco lo miró en silencio.

Sabía que discutir con él en ese estado era inútil.

—No creo que haya sido contra Carlo.

Ni contra ti.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que ella era el blanco —respondió con calma contenida—.

Las balas estaban dirigidas al centro de la mesa.

A Danica.

El silencio que siguió fue mortal.

El rostro de Alessandro se contrajo, una mezcla de horror y furia pura.

—No… —murmuró, negando con la cabeza—.

Nadie se atrevería a tocarla.

Marco lo sostuvo con la mirada.

—Ya lo hicieron.

Alessandro retrocedió un paso, respirando con dificultad.

Su mente giraba a mil por hora.

Imágenes del cuerpo de Danica temblando, el sonido de los disparos, el olor a sangre y pólvora.

El infierno.

—Dame nombres —dijo finalmente, la voz baja, pero cargada de veneno.

—Ya tengo a un equipo revisando las cámaras del centro comercial.

Y contacté a un par de informantes.

En cuanto tenga algo sólido, te lo haré saber.

—No.

—Alessandro lo interrumpió, clavándole una mirada helada—.

No me lo harás saber.

Me llevarás con ellos.

Marco lo observó con el ceño fruncido.

—Alessandro… estás alterado.

Lo último que necesitamos es que pierdas la cabeza y nos expongas.

—No me hables como si no supiera lo que hago.

¡Intentaron matarla, Marco!

—gritó, empujando una silla del porche con tal fuerza que se estrelló contra la baranda y cayó al suelo.

Marco no se movió.

Esperó a que la furia se diluyera un poco antes de hablar de nuevo, esta vez con un tono firme, casi fraternal.

—Tú me enseñaste a mantener la calma.

Ahora necesito que lo hagas tú.

La chica está a salvo.

Leandro y los demás hombres ya reforzaron el perímetro.

Nadie entra ni sale sin tu autorización.

Alessandro respiró profundamente, las venas del cuello marcadas, el pulso enloquecido.

Finalmente, asintió.

—Quiero patrullas en el camino principal, y un equipo de francotiradores en el perímetro del bosque.

Nadie debe acercarse.

—Ya está hecho —respondió Marco.

El silencio volvió, pesado.

Solo el sonido del viento entre los árboles llenaba el espacio.

Alessandro apoyó ambas manos sobre el auto, agachando la cabeza.

—No puedo perderla, Marco.

No a ella.

El guardaespaldas lo miró con una mezcla de respeto y pesar.

—Entonces asegúrate de no destruirte en el intento.

El heredero de los De La Marca levantó la vista, con los ojos oscurecidos por una determinación fría.

—Si tocan lo que amo, no quedará piedra sobre piedra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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