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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 24

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24: Capitulo 24 24: Capitulo 24  “Mi primer juramento se rompió en la oscuridad; fue mi silencio —junto a sus manos— lo que apagó su voz.” El eco de los gritos atravesaba los muros de la mansión principal de los De La Marca.

La madera, los cuadros, incluso el aire parecían contener el clamor como si aquello no debiera filtrarse más allá de aquellas paredes.

Afuera, los guardias mantenían una distancia prudente: miradas duras, pasos medidos, oídos que fingían no escuchar.

Cada palabra de Nicole Marie cortaba el aire como una hoja afilada; cada sílaba era una acusación que ella misma lanzaba contra el hombre que había prometido protegerla.

—¡Tú me lo prometiste, Carlo!

—su voz temblaba entre la furia y el miedo—.

¡Prometiste que nada, nada le pasaría a mi hija!

Carlo permanecía de pie frente al ventanal, la espalda recta, las manos cruzadas detrás, la silueta recortada contra el crepúsculo urbano.

La tarde le bañaba el perfil, hacía brillar el anillo dorado en su dedo y acentuaba la línea de su mandíbula, donde la tensión se alojaba como una piedra.

No era el gesto del hombre que se excusaría; era la calma entrenada de quien sabe medir cada movimiento.

—Nicole, ya estoy ocupándome del asunto —dijo con voz fría, contenida—.

Hay hombres vigilando el perímetro, Marco la tiene protegida… —¡Protegida!

—la interrumpió ella, dando un paso adelante—.

¡¿Que no escuchaste las noticias?, casi la matan y tenía que enterarme como todos los demás!

Sus tacones resonaron en el mármol como un metrónomo de acusaciones.

Carlo giró, y sus ojos fríos como acero se clavaron en los de ella.

—Estás cruzando una línea, Nicole.

—¡La única línea que me importa es la que separa a mi hija viva de muerta!

—respondió ella, con lágrimas que surcaban el rímel, haciendo surcos oscuros en sus mejillas—.

Carlo respiró hondo, apretó los puños como si quisiera aplastar el mundo entre ellos.

—No me hables como si fueras inocente —dijo, la voz baja, casi sin alzar el tono.

Nicole lo miró, ofendida, furiosa.

—¿Ahora me echarás eso en cara?

—escupió.

—Mis enemigos no tocan a mujeres ni a inocentes —replicó Carlo, avanzando un paso; su voz era grave y contenida—.

Esto fue un mensaje.

Y no para mí.

Nicole dio un paso más, acercándose hasta sentir la distancia justa entre el reproche y la amenaza.

Sus ojos ardían de rabia mezclada con una punzada nueva: desconfianza, miedo a la traición que veía ya en sombras.

—¿Un mensaje?

¿Eso es todo?

¿Casi matan a mi hija para enviar un mensaje y tú me dices que fue un “mensaje”?

—sus palabras eran cuchillos—.

¿Me vas a decir también que… que lo arreglaste?

¿Que ya no tengo que temer por lo que pasó con mi esposo?

El nombre no se dijo; pesaba como un secreto imposible de pronunciar.

Carlo la observó con la calma de quien guarda las claves de la verdad.

Nicole apretó los labios, y la voz se le quebró al preguntar lo que rondaba en la habitación desde hacía tiempo: —¿Y a mí?

¿También me…

acabarás como a él?

¿Qué me impide que mañana te despiertes y decidas que ya no me necesitas?

El silencio se hizo más pesado.

Carlo se acercó despacio.

Por primera vez, la dureza se suavizó apenas, como una máscara que se desliza.

Sus dedos rozaron la tela del vestido de Nicole sin intención afectuosa; era un gesto que olía a posesión más que a consuelo.

—Acabamos, querida —dijo él, la voz baja, casi susurrada—.

Tus manos están tan sucias como las mías.

No hay víctima absoluta cuando se juega con cosas tan sucias.

No me sirve culpar a los demás si tus decisiones también llevaron hasta aquí.

Nicole dio un paso atrás, la incredulidad ahogándole la garganta.

—¿Me vas a lastimar?

¿A ella también?

—tragó saliva, con los ojos desorbitados—.

¿Vas a dañarnos?

Carlo la miró largo, evaluando cada línea de su rostro como si buscara una rendija por donde colarse la compasión.

Su voz cambió, se hizo más áspera, más peligrosa por contener lo que no decía.

—No quiero hacerte daño, amore mio —musitó, y en esa voz había un hilo que pretendía ser ternura—.

Pero tienes que entender algo: al estar conmigo… al ser parte de esta familia, no hay inocentes.

No hay intocables.

Lo que esa pertenencia promete es protección y pago.

A veces, el precio es más alto de lo que imaginamos.

Ella lo miró como si buscara un atisbo de culpa en su expresión; lo que encontró fue una amenaza envuelta en seda.

—¿Entonces qué?

—susurró—.

¿Me guardas o me condenas?

Carlo dio un paso más, lo suficiente para que su perfume —madera envejecida y tabaco— la envolviera.

—Te guardo —dijo con firmeza—.

Pero no como una muñeca en una vitrina.

Te guardo porque debes servir a un propósito: mantener a quien es débil a salvo y mantener a quien nos amenaza lejos.

Si tú te conviertes en peligro, sabré qué hacer.

Pero no creas que no preferiría no tener que hacerlo.

Nicole dejó escapar un gemido ahogado, mezcla de dolor y comprensión.

El peso de la confesión —el pasado compartido, la muerte silenciosa del primer marido— colgaba ahora entre ellos como un sudario húmedo.

—¿Y si te rebelas?

—preguntó ella, más para sí que para él—.

¿Y si me niego a seguir siendo parte de esto?

Carlo sonrió, pero no había alegría en esa curvatura de labios —solo la pureza de la amenaza.

—Entonces descubrirás que la independencia tiene un precio que poca gente puede permitirse pagar, Nicole.

Y no todos son tan piadosos como yo.

Ella lo miró, temblorosa, con los ojos vidriosos.

—Tú no sabes lo que es vivir con miedo, Carlo.

Cada noche escucho su voz, la de mi esposo…

preguntándome por qué lo traicioné.

—Su voz se quebró—.

Por qué lo dejé morir.

Carlo dio un paso hacia ella.

La tomó del mentón con una suavidad engañosa, obligándola a mirarlo.

—Yo sí sé lo que es vivir con miedo, amore mio.

Miedo a perderte.

Miedo a perder el control.

—Su tono se volvió más bajo, casi íntimo, venenoso y seductor a la vez—.

Pero también sé lo que es amar lo que no debería amarse.

Los dedos de Carlo recorrieron lentamente la línea de su mandíbula, deteniéndose justo donde una lágrima se deslizaba.

—Me he enamorado de ti, Nicole.

—Las palabras salieron como una sentencia, no como una promesa—.

Y prometí que cuidaría de ti… y de tu hija.

Pero no me desafíes.

No me obligues a recordarte que incluso el amor tiene límites.

Ella tragó saliva, paralizada entre el deseo y el miedo.

—¿Eso es lo que llamas amor?

¿Una jaula dorada donde fingimos no sangrar?

—No, —susurró él, acercándose hasta rozar sus labios con los suyos sin besarlos—.

Lo llamo lealtad.

Lo llamo supervivencia.

Se apartó apenas unos centímetros, lo suficiente para verla estremecerse.

—Tienes la libertad que tanto pediste.

El dinero, la seguridad, la influencia… pero esa libertad viene con un precio, Nicole.

Siempre lo ha hecho.

—Su voz descendió hasta un tono glacial—.

No olvides quién limpió la sangre por ti.

Ella cerró los ojos, respirando con dificultad, mientras una lágrima caía sobre la alfombra.

—¿Y si un día no puedo más?

¿Si decido que prefiero ser libre, aunque eso me cueste todo?

Carlo se inclinó, rozando con su aliento el lóbulo de su oreja.

—Entonces ese día, cara mia, rezaré para que el todo que pierdas no incluya a tu hija.

La frase quedó suspendida.

Por un momento, ninguno de los dos respiró.

El silencio se hizo tan espeso que parecía una tercera presencia en la habitación, acechante y sofocante.

Carlo la observó un instante más, con esa mezcla de deseo y desprecio que solo él sabía conjurar.

Luego soltó su mentón con suavidad —una suavidad más cruel que cualquier golpe— y se apartó un paso.

El sonido de sus zapatos resonó en el mármol, frío, metódico, como si cada pisada fuera una sentencia dictada.

—Descansa, Nicole —murmuró sin mirarla—.

Mañana será otro día… y aún necesitamos mostrarle al mundo que somos felices  Giró lentamente, alisando con gesto preciso las mangas de su camisa, y caminó hacia la puerta.

El leve chasquido del picaporte rompió el aire, seguido por el eco distante de sus pasos perdiéndose en el pasillo.

Nicole permaneció inmóvil, abrazándose los brazos, sintiendo cómo el perfume de él todavía flotaba en la habitación: madera, tabaco, peligro.

La luna se filtraba por el ventanal, bañando su rostro con una luz pálida que no lograba disimular el temblor en su mandíbula.

Cuando finalmente se dejó caer sobre el sillón, las lágrimas llegaron sin aviso.

Se cubrió la boca con una mano, intentando ahogar el sollozo que escapaba entre sus dedos.

No sabía si lloraba por miedo, por culpa o por el amor enfermizo que aún la ataba a ese hombre.

A través del ventanal, la ciudad seguía su ritmo indiferente: autos, luces, vida.

Dentro, en la mansión, una alianza se había sellado en sangre y en silencio.

Y Nicole comprendió, con una nauseosa claridad, que ya no podía separarse de aquello que la había salvado y condenado a la vez.

El cuarto de control estaba en penumbra, iluminado apenas por el parpadeo azul de las pantallas y el zumbido constante de los servidores.

El aire olía a metal, a cables recalentados, y a tensión contenida.

Marco se encontraba recargado contra una mesa metálica, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, observando cómo Alessandro se inclinaba sobre uno de los monitores.

En el centro, rodeado por cables y pantallas, estaba Luca Ferretti, un joven de rostro anguloso y mirada insondable.

Las sombras bailaban sobre sus pómulos hundidos, haciendo aún más notorio el tatuaje que asomaba bajo su oreja: una cruz partida.

Luca no pertenecía al linaje De La Marca, pero era su creación más silenciosa.

Carlo lo había sacado de un orfanato en Nápoles cuando tenía catorce años, después de descubrir que había hackeado el sistema de seguridad de un banco local.

Le pagó estudios, vivienda, y lo moldeó a su imagen: un arma sin apellido.

—El ataque fue planeado —murmuró Luca, tecleando con velocidad inhumana—.

Sin improvisaciones.

Sabían dónde estaría ella, a qué hora y con quién.

No fue un error… fue un aviso.

Alessandro apoyó las manos sobre el respaldo de la silla, inclinándose hacia él.

—¿Y puedes rastrear quién lo ordenó?

Luca sonrió sin mirarlo, una mueca torcida que no alcanzó a sus ojos.

—Ya lo intento.

Pero quien lo hizo sabía cubrir sus huellas.

Muy limpio… casi demasiado.

Marco gruñó, dando un golpe con el puño cerrado sobre la mesa.

—Entonces no sirve de nada tu maldito talento si no puedes decirnos un nombre, ¿verdad?

Luca alzó la vista, sin inmutarse.

—Si quieres cambiamos de lado — dijo sin dejar de teclear — tu te encargas de la parte tecnológica, yo tomo el arma y disparo como un loco por ahí.

Alessandro giró lentamente hacia él y luego a Marco la mirada convertida en filo.

—Dejen de ser un par de idiotas y concéntrense en lo importante.

El silencio que siguió fue denso.

Luca comprendió su error y bajó la mirada.

—Lo siento.

Marco exhaló por la nariz, molesto.

—¿Qué sabes hasta ahora?

Luca amplió una imagen en la pantalla: un vehículo negro, detenido a unos metros de la salida del instituto.

—Este coche estuvo estacionado quince minutos antes del tiroteo.

Las placas son falsas, pero el modelo… —hizo un clic— pertenece a una flota usada por el clan Montelli.

El nombre cayó como plomo.

Alessandro se enderezó.

—Los Montelli no se atreverían.

No después del pacto que Carlo firmó hace tres años.

—Los pactos no significan nada cuando hay sangre nueva involucrada —intervino Marco, sombrío—.

Alguien joven, impulsivo.

Alguien que quiera marcar territorio.

Luca asintió sin apartar la vista del monitor.

—O alguien que quiera tocar donde más duele.

Alessandro lo observó con una expresión impenetrable.

—¿Insinúas que sabían que Danica es importante para mí?

Luca se encogió de hombros.

—No lo insinúo.

Lo afirmo.

La bala no iba dirigida a ella… iba dirigida a ti.

Pero sabían que si tocaban a Danica, te romperían más rápido.

Marco y Alessandro intercambiaron una mirada silenciosa.

Había furia contenida en los ojos del primero, y un vacío helado en los del segundo.

—Encuentra todo lo que puedas —ordenó Alessandro al fin, su voz baja, casi un gruñido—.

Quiero saber quién tocó mi mundo.

Y cuando lo sepa… —apretó los puños, los nudillos blanqueando—, los haré desear que no hubieran nacido.

Luca asintió.

—Entendido.

Cuando salieron del cuarto, Marco lo siguió en silencio.

Solo cuando estuvieron lejos del zumbido de las máquinas, habló: —Sabes que Carlo no va a aprobar esto, ¿verdad?

Alessandro se detuvo en seco.

—Carlo no necesita aprobar nada.

—Su voz se volvió un hilo de acero—.

No cuando se trata de ella.

Y mientras se alejaban por el pasillo de mármol, el eco de sus pasos se mezcló con el de las máquinas, como un corazón mecánico latiendo por debajo de los secretos de la familia De La Marca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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