Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 25
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25: Capitulo 25 25: Capitulo 25 “Hay verdades que no matan… solo cambian la forma en que decides seguir respirando.” La biblioteca de la mansión De La Marca olía a madera antigua, whisky y secretos.
Las llamas de la chimenea crepitaban suavemente, proyectando sombras danzantes sobre las estanterías repletas de volúmenes encuadernados en cuero.
Carlo permanecía sentado en el gran sillón de respaldo alto, con un vaso de cristal entre los dedos.
El licor ámbar se movía lentamente al compás de su respiración, mientras su mirada fija en el fuego parecía buscar respuestas en medio de las brasas.
El silencio lo envolvía todo, roto solo por el suave tictac del reloj de péndulo.
Habían pasado horas desde la discusión con Nicole, pero sus palabras aún lo perseguían, repitiéndose con una nitidez insoportable.
«¿Y si me niego a seguir siendo parte de esto?» Carlo bebió un trago largo, dejando que el ardor del whisky quemara algo más que su garganta.
Fue entonces cuando escuchó pasos en el pasillo.
Ritmo firme, conocido.
Alessandro.
La puerta se abrió con un leve chirrido.
El joven se detuvo un instante en el umbral antes de entrar, con el gesto tenso y la mirada cargada de algo que oscilaba entre rabia y cansancio.
—¿Luca te informó?
—preguntó Carlo sin girarse, su voz grave, serena.
—Sí, señor —respondió Alessandro, acercándose despacio.
En su mano derecha aún tenía el teléfono, los nudillos pálidos de tanto apretarlo.
—Entonces dime.
—Carlo giró lentamente el rostro, fijando sus ojos en los de su hijo—.
Quiero escuchar de ti lo que descubrió.
Hubo una pausa.
Alessandro respiró hondo, como si cada palabra que iba a pronunciar pesara demasiado.
—Luca rastreó las cámaras del centro comercial, los satélites, los sistemas privados… todo.
—Su voz era baja, controlada—.
El ataque no fue al azar.
No fue un intento de robo ni una advertencia cualquiera.
Carlo apoyó el vaso sobre la mesa con un leve golpe.
—¿Entonces?
—No sabemos quién es el objetivo—La confesión cayó como plomo entre ambos—.
Pero usaron a Danica para acercarse.
Sabían que estaba ahí, sabían su rutina, incluso sabían que Marco la estaba cuidando.
Carlo no se movió.
Solo sus ojos, oscuros y calculadores, parecieron endurecerse un poco más.
—¿Y quién está detrás?
Alessandro dudó.
Miró hacia el fuego, luego al vaso de su padre, y finalmente se obligó a hablar.
—Luca encontró rastros encriptados en las transferencias usadas para pagar a los hombres.
Provenían de una cuenta fantasma vinculada a… —hizo una pausa, su voz tembló un segundo— …a alguien del Consejo Romano.
Carlo levantó lentamente la mirada.
—¿Del Consejo?
—repitió con un tono tan bajo que apenas fue un murmullo—.
Ten cuidado con lo que dices, Alessandro.
—Lo sé —respondió él, firme, aunque la mandíbula le temblaba—.
Pero Luca no se equivoca.
Él mismo lo comprobó tres veces.
Hay un nombre que se repite en las transferencias y en las comunicaciones interceptadas.
—¿Cuál?
—preguntó Carlo, su voz ahora convertida en una línea de acero.
—Ezio Montelli.
El silencio que siguió fue brutal.
El fuego chispeó en la chimenea, lanzando destellos naranjas sobre el rostro impasible de Carlo.
Por un instante, su expresión se volvió ilegible: ni ira ni sorpresa… solo un cálculo frío, antiguo, de hombre acostumbrado a mover piezas en un tablero donde la traición siempre era una posibilidad.
—Ezio… —repitió despacio, dejando que el nombre se disolviera en el aire como veneno.
Tomó el vaso y bebió el resto de whisky de un trago—.
Luca hizo bien.
Pero dile que se mantenga en silencio.
Nadie fuera de esta casa debe saberlo.
Alessandro asintió.
—¿Qué haremos ahora?
Carlo se puso de pie, caminó hasta el ventanal y observó las luces de la ciudad extendiéndose bajo la lluvia.
—Ahora, hijo, esperaremos a que Ezio piense que ganó.
—Giró apenas la cabeza, y sus ojos brillaron con un destello casi inhumano—.
Luego le enseñaremos lo que ocurre cuando un hombre toca lo que es mío.
*** Danica despertó con el sonido insistente de voces: ásperas, tensas, cargadas de una rabia contenida que desgarraba el silencio.
Parpadeó varias veces antes de ubicar dónde estaba.
El cine en casa se encontraba en penumbra; solo las luces bajas, escondidas tras los paneles de madera, proyectaban un resplandor dorado sobre los asientos de cuero y la alfombra color vino.
Una manta de franela cubría sus piernas, tibia y suave.
A su lado, Sofía sostenía el teléfono con una mano temblorosa, el ceño fruncido y los ojos ardiendo de furia.
—¡Te estoy diciendo que no fue así, Liam!
—su voz cortó el aire con un filo afilado de impaciencia—.
No me quedé con Leandro, ¿qué parte no entiendes?
Del otro lado, la voz del chico rugió con una furia casi palpable.
No era ningún secreto que Liam y Leandro se toleraban solo por obligación, y que la idea de su hermana cerca de él lo sacaba de quicio.
Su tono se filtraba tan alto que Danica alcanzó a escuchar fragmentos entrecortados.
—¿Y dónde dormiste, entonces?
¿Otra vez mintiéndome?
¡Toda la noche sin contestar!
Sofía apretó los labios, caminando de un lado a otro frente a la enorme pantalla apagada.
El resplandor azul del teléfono dibujaba sombras heladas sobre su rostro, reflejando el temblor de sus manos.
—Estuve con Danica, ¿sí?
—replicó con furia contenida, enfatizando cada palabra—.
Ella pasó una mala noche y me quedé aquí.
No tengo que darte explicaciones cada vez que respiro.
Danica se incorporó lentamente, aún somnolienta, observando cómo Sofía luchaba por no perder el control.
El eco de la discusión parecía multiplicarse contra las paredes tapizadas; el aire olía a palomitas frías, perfume floral y tensión.
—Aunque vivamos en la misma casa, no tengo que reportarte nada —continuó Sofía, con la voz más firme, aunque los nudillos se le pusieron blancos al apretar el teléfono—.
Y ya basta con tus escenas, Liam.
Hubo un silencio breve, denso, apenas roto por la respiración acelerada de Sofía.
Luego, ella suspiró con furia y soltó, mordiendo cada palabra: —Además, tú no eres mi papá.
Mamá me dio permiso… y tú no te metas.
Colgó.
El silencio que siguió fue tan pesado que hasta el zumbido del proyector apagado se volvió audible.
Sofía dejó caer el teléfono sobre el sillón y se frotó la cara con ambas manos, como si quisiera borrar el enojo.
Danica la observó desde su asiento, con la voz aún adormecida y suave: —¿Otra vez peleando con él?
Sofía soltó una risa seca, sin humor.
—Sí… últimamente no sé qué le pasa.
—Se dejó caer junto a ella, mirando el techo oscuro—.
Ha estado insoportable.
Hace un par de días, papá le quitó la tarjeta de crédito familiar.
Danica se estiró bajo la manta, frotándose los ojos.
—¿Qué hizo esta vez?
—preguntó entre un bostezo.
—Parece que gastó muchísimo más dinero del permitido —respondió Sofía, imitando el tono de Danica mientras bostezaba también—.
Papá dijo que si sigue así, lo mandará a un internado en Inglaterra.
Danica soltó una risa suave.
—Conociendo a Liam, seguro ya está planeando una fuga antes de que eso pase.
—No lo dudo —contestó Sofía con una sonrisa cansada, recostándose un poco más—.
Pero, por hoy, que el drama familiar empiece sin mí.
Solo quiero dormir diez horas seguidas.
Danica asintió en silencio, acomodándose otra vez bajo la manta.
Afuera, los primeros rayos del sol apenas se filtraban por las cortinas gruesas del cine en casa, tiñendo el aire de un dorado pálido.
Y, por un instante, ambas olvidaron los problemas del mundo más allá de esas paredes insonorizadas.
El silencio apenas comenzaba a asentarse cuando una almohada voló desde el otro extremo del cuarto y aterrizó directamente en el rostro de Sofía con un golpe seco.
—¡Por favor, dejen dormir!
—gruñó Melisa, incorporándose entre las mantas como una fiera recién despertada.
Su cabello, desordenado y salvaje, le caía sobre el rostro, y su voz arrastraba el peso de alguien que claramente no había dormido bien—.
No puede ser que me despierten tan temprano… ni siquiera ha salido bien el sol.
Sofía soltó un quejido, apartándose la almohada con fastidio.
—¡No fui yo!
—protestó, señalando el teléfono abandonado sobre el sillón—.
Fue Liam, el imbécil de mi hermano.
Me llamó a gritos como si fuera mi guardián.
—Ajá… y tú, como siempre, gritando de vuelta —replicó Melisa con sarcasmo, dejándose caer de nuevo entre los cojines—.
Me van a matar de un susto un día de estos.
Danica, que apenas podía contener una sonrisa ante la escena, se estiró lentamente y dejó caer la manta a un lado.
Haber despertado con las chicas la hacia olvidar el horrible día que habían tenido ayer.
—Está bien, tregua —murmuró con voz somnolienta, frotándose los ojos—.
Llamaré a Margarita para que nos prepare el desayuno.
Tal vez con café y pan caliente deje de sonar como una pelea campal aquí dentro.
Melisa lanzó un bufido entre las mantas.
—Con tal de que no sea antes de las nueve, hagan lo que quieran —dijo, dándose media vuelta y cubriéndose por completo con una manta de franela.
Sofía rodó los ojos, tomando una de las almohadas del suelo para devolvérsela en venganza.
—Te juro que si Liam vuelve a llamarme a las seis de la mañana, le bloqueo el número.
—Hazlo —respondió Danica con una sonrisa distraída, ya buscando su teléfono sobre la mesa lateral—.
Y yo le diré a Margarita que prepare algo dulce.
Hoy necesitamos azúcar… y silencio.
El murmullo suave del ventilador volvió a llenar la habitación mientras las tres chicas quedaban sumidas otra vez entre la calma matutina.
Afuera, el jardín comenzaba a despertar; el canto de los pájaros se filtraba apenas, recordándoles que el día —por más tranquilo que pareciera— apenas comenzaba.
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