Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 26
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26: Capitulo 26 26: Capitulo 26 “Un juego de seducción siempre es inocente… hasta que deja de serlo.” El sol ya estaba alto cuando las chicas decidieron salir a tomar aire.
Después de un desayuno preparado por Margarita —panecillos tibios aún tibios por dentro, fruta fresca que desprendía un aroma dulce, y jugo recién exprimido cuyo color brillaba como ámbar líquido— el día parecía simplemente demasiado hermoso como para encerrarse en cuatro paredes.
La casa del lago se alzaba imponente, tranquila, bañada por una luz dorada que hacía relucir sus paredes de madera robusta.
Cada ventana reflejaba destellos del lago, como si la casa respirara junto al agua.
Las flores silvestres que rodeaban el muelle se mecían con una elegancia casi hipnótica, y el suave murmullo de las olas golpeando contra la madera creaba un ritmo que invitaba a bajar la guardia… incluso cuando la mente todavía cargaba sombras.
Danica caminó descalza sobre las tablas tibias del muelle, cada paso un pequeño alivio.
Su traje de baño blanco perla abrazaba su figura con sencillez y luz, un contraste delicado contra su piel ligeramente bronceada.
El viento jugueteaba con su cabello, deslizándolo por su espalda como un velo de sombras claras.
—Esto… —murmuró, contemplando el espejo azul del lago— …esto es exactamente lo que necesitaba hoy.
—Las tres lo necesitábamos —respondió Sofía mientras extendía una toalla amplia sobre la plataforma del muelle.
Ajustó sus lentes de sol con un gesto despreocupado; su bikini coral brillaba bajo el sol, acentuando su piel dorada.
Metió los pies al agua, chapoteando como si fuera una niña de cinco años—.
Y lo digo en serio: si Liam vuelve a llamar, lo voy a aventar al lago.
Y sin flotar.
Melisa soltó un bufido divertido y se dejó caer en una reposera reclinable que Margarita había colocado temprano esa mañana.
Su traje de baño negro con detalles metálicos devolvía reflejos plateados cada vez que el sol lo tocaba.
—Por favor hazlo —dijo, acomodándose el sombrero que apenas le cubría los ojos—.
Yo sostengo las piernas para que no se escape.
Soltó un suspiro largo—.
Dios… no sabía cuánto extrañaba esto.
Parece que pasaron meses desde nuestra última pijamada.
El muelle estaba decorado con una mesa baja que Margarita había dejado preparada antes de que ellas salieran: un mantel de lino color marfil que se movía ligeramente con la brisa; una bandeja con mini croissants dorados, tazones rebosantes de frutas jugosas, un termo plateado con té helado de durazno, y pequeños frascos de miel y mermelada que parecían joyas bajo el sol.
Danica tomó un croissant, sintiendo cómo las capas crujían bajo sus dedos.
—Esto está demasiado bonito… hasta me siento culpable —dijo, riéndose suavemente.
—¿Culpable por disfrutar algo bueno por primera vez en días?
—replicó Melisa sin abrir los ojos—.
No, mi cielo.
Hoy vamos a resetear el cerebro.
Nadie nos molesta, nadie nos llama, nadie casi nos mata en un estacionamiento… ¿ok?
Danica sonrió, aunque su expresión se ensombreció apenas un segundo.
Había heridas que el sol no secaba tan rápido, pero aquí, con el agua respirando tranquila bajo sus pies, dolían menos.
Sofía la tomó de la mano, tironeándola con energía.
—Ven.
Toca el agua.
Te juro que está perfecta.
Danica avanzó hasta el borde del muelle y se sentó con elegancia natural: apoyó las manos a cada lado, dejó que su cuerpo se inclinara un poco hacia adelante, y dejó caer las piernas por el borde.
La madera tibia bajo sus muslos contrastaba con la frescura del agua que le rozó los tobillos.
Sus dedos se enterraron en las pequeñas hendiduras de la tabla mientras el sol hacía brillar su piel.
Al mover los pies, la superficie del lago se llenó de destellos dorados que parecían bailar sobre sus nudillos y formar pequeñas constelaciones líquidas.
—Creo que podríamos quedarnos aquí toda la vida —murmuró, cerrando los ojos un instante mientras la brisa le acariciaba el rostro.
Sofía chasqueó la lengua.
—Sí, pero solo si alguien nos trae comida cada tres horas.
A mí el metabolismo no se me mantiene solo.
Melisa abrió los ojos apenas lo suficiente como para verla.
—Por favor, Sofía.
Tú comes como si tuvieras un demonio viviendo en el estómago.
Sofía levantó su limonada, muy digna.
—Y lo mantengo feliz, gracias.
Las tres rieron, y el sonido quedó suspendido sobre el lago como una hebra de luz: cálido, ligero y libre.
Por primera vez en días, parecía que podían respirar sin sentir que el mundo entero les pesaba sobre los hombros.
Melisa abrió un ojo desde su reposera, con una sonrisa lenta y perezosa.
—Oigan… ¿nos damos un chapuzón o seguimos pretendiendo que somos ricas jubiladas en la Riviera Francesa?
—Las dos —respondió Sofía con un guiño cómplice—.
Pero primero, foto.
Danica soltó una risa resignada mientras Sofía movía toallas, acomodaba ángulos y se aseguraba de que el sol les iluminara el lado “bueno”.
—Sofía, por Dios… —murmuró Danica, divertida.
—Shhh, esto es arte —sentenció Sofía, posando con un glamour tan ridículo que resultaba encantador.
Melisa levantó la mano desde su reposera sin siquiera incorporarse.
—Si me sacas con cara de zombie, te mato.
Cinco minutos después, las tres estaban riendo tan fuerte que el muelle vibraba bajo sus cuerpos.
Las gotas del té helado salpicaban la mesa; el aire olía a mermelada, frutas frescas y madera calentada por el sol; el canto de los pájaros se entrelazaba con sus carcajadas, dándole al momento un aire de verano eterno.
Por un instante —un instante frágil y precioso— ninguna de ellas pertenecía al mundo de amenazas veladas, silencios peligrosos o sombras de la mafia.
Ninguna era una pieza atrapada en los planes de hombres poderosos.
Solo eran ellas.
Danica sintió un nudo suave formarse en su pecho.
Había tenido miedo de que, al revelarse la cercanía de su familia con el mundo criminal, Sofía y Melisa se alejaran.
¿Quién querría permanecer cerca de un peligro que no pidió?
Aunque Sofía siempre había tenido historia con Leandro… Melisa era otro tema.
Hasta donde sabía, sus padres ni siquiera estaban enterados de lo que ocurrió aquella noche.
Pero aquí, entre risas, sol y el reflejo dorado del lago, comprendió que pasara lo que pasara, ellas dos seguirían siendo sus personas.
Ese pensamiento la hizo exhalar en paz por primera vez en mucho tiempo.
Melisa tomó su celular, sonriendo en silencio mientras escribía algo.
Danica no lo notó.
Sofía… por supuesto que sí.
Nada escapaba a esos ojos que brillaban como dos cuchillitos felices.
Sofía ladeó la cabeza, con una sonrisa lenta, deliciosamente maliciosa.
—A todo esto, Mel… ¿y Cedric?
Melisa se congeló.
Literalmente.
Como si la hubieran detenido a mitad de un delito federal.
—¿Qué de Cedric?
—No te hagas.
Tu teléfono no dejó de sonar anoche.
Era un mensaje, luego otro, luego otro… y tú sonriendo como idiota.
—Yo no sonrío como idiota —replicó Melisa, indignada.
—Ayer sí —dijo Sofía—.
Yo pensé que te estaba texteando un dermatólogo ofreciéndote piel nueva, con ese brillo que traías.
El sonrojo ascendió por el cuello de Melisa hasta pintarle las mejillas del mismo tono rojo que su cabello.
Sus pecas parecían destellar.
—¡YA!
No pasó nada.
Me mandó memes, ¿ok?
MEMES.
Es un niño.
No tiene temas de conversación… pero me encanta.
Danica y Sofía se miraron y canturrearon al unísono: —Es obvio que le gustas.
—Ay, ya cállense —refunfuñó Melisa—.
No quiero hacerme ilusiones y que no sea nada.
Justo en ese momento, como enviada por el universo para salvarla de la interrogación, Margarita entró con una bandeja enorme.
—Buenos días, niñas —saludó con su sonrisa habitual, esa mezcla de cariño y autoridad maternal—.
¿Desean algo más?
Chocolates rellenos, fruta fresca, pan dulce y… Colocó en la mesa una jarra gigantesca de limonada helada, llena de cubos brillantes que tintineaban como cristales.
—…esto, para que no se me deshidraten —dijo Margarita, con esa mezcla de cariño y autoridad que solo ella manejaba.
—Te amamos, Margarita —murmuró Danica, completamente sincera.
Melisa levantó una mano como si pidiera auxilio.
—¿Tienes algo para callar a estas dos?
—señaló a Danica y Sofía con un dedo acusador.
Margarita rió.
—Si se portan bien, les puedo preparar tiramisu della nonna —dijo con un orgullo casi solemne.
Las tres se iluminaron.
—Ok, sí.
Nos portamos bien —mintió Sofía sin ninguna vergüenza.
Margarita salió del muelle con la misma energía tranquila que tenía al entrar, dejando detrás de sí el olor a limón, vainilla y sol recién levantado.
El silencio se instaló por un segundo, suspendido entre el sonido del agua golpeando suavemente las tablas y las respiraciones relajadas de las chicas.
Pero la calma duró… lo que suele durar un pestañeo en la casa del lago.
Marco apareció a lo lejos, caminando desde la orilla hacia ellas.
Su figura recortada contra el brillo del agua parecía casi irreal: camisa perfectamente ajustada, el sol delineando la forma de sus hombros, y ese gesto serio —ineludible— que nunca se quitaba, ni aunque el día fuera perfecto.
Caminó por el muelle con pasos firmes y medidos.
La superficie vibraba con cada avance, y Sofía, al verlo tan cerca, casi dejó caer el pedazo de chocolate que sostenía entre los dedos.
—Buenos días… ¿están… bien?
—preguntó al llegar junto a ellas.
Sus ojos recorrieron la escena con una mezcla de desconcierto y resignación: las toallas hechas desastre, el bronceador tirado, Melisa despeinada, Danica medio recostada tratando de agarrar un panecillo sin incorporarse del todo.
Sofía no tardó ni medio segundo en transformarse.
Se enderezó lentamente, con ese movimiento de caderas que solo ella podía ejecutar sin parecer caricatura.
Acomodó su cabello con los dedos, infló el pecho con suavidad y le dedicó a Marco una sonrisa dulce, calculada hasta el último milímetro.
—Ahora sí estamos bien —respondió, como si estuviera grabando un comercial de ropa de verano.
Marco desvió la mirada antes de que esa sonrisa lo tragara vivo.
—Solo venía a verificar si necesitaban algo.
Y, Danica… tus padres salieron temprano.
Piden que estén listas esta noche para el ensayo de la boda.
El estómago de Danica dio un vuelco.
La palabra tus padres siempre le raspaba por dentro.
Carlo de la Marca no se había casado aún con su madre… y ya pretendía ejercer poder sobre su vida.
—Gracias, Marco —respondió con educación, respirando hondo.
Él asintió y retrocedió un paso para marcharse.
Pero Sofía… Sofía jamás desaprovecha una oportunidad para el caos elegante.
—¡Ay!
—exclamó, llevándose teatralmente una mano al pecho—.
Mi… mi tobillo… Danica bajó sus lentes con una lentitud amenazante.
—Sofía, NO.
Te lo advierto.
No.
Demasiado tarde.
La actriz interna ya estaba en escena.
Sofía se puso de pie sobre el muelle y dio un paso falso —muy falso— fingiendo que el tobillo se le doblaba.
En ese movimiento torpe a propósito, empujó el teléfono de Melisa que descansaba sobre una toalla.
El celular rebotó dos veces sobre las tablas… y cayó peligrosamente hacia el borde del muelle.
—¡¡MI TELÉFONO, SOFÍA!!
—gritó Melisa con el alma, como si estuviera presenciando el fin de su existencia.
Danica se incorporó de golpe, horrorizada.
Y Sofía, por supuesto, decidió ir por el premio a Mejor Actriz.
Se dejó caer dramáticamente hacia adelante.
Marco, por puro reflejo —y porque cualquier hombre entrenado con Alessandro tenía ya un instinto de combate desarrollado— la atrapó antes de que se fuera de cabeza al lago.
—¡Cuidado!
—exclamó él, sujetándola por la cintura con una firmeza impecable.
Sofía levantó la mirada con pestañas húmedas por la brisa del lago, mirándolo como si él hubiera detenido el tiempo para salvarla.
—Ay, Marco… eres taaan fuerte —susurró, aferrándose a él como si dependiera del oxígeno.
Marco se tensó, rígido como acero.
—¿Estás… bien?
—preguntó, intentando ponerla de pie, pero ella no colaboraba en absoluto.
—Ahora sí —respondió Sofía, dedicándole una sonrisa tan incendiaria que el muelle podría haber ardido.
Mientras tanto, Melisa recuperaba su teléfono del borde, apretándolo contra su pecho como si fuera un bebé rescatado.
—No puedo contigo —murmuró—.
No.
Puedo.
Contigo.
Marco, ya rojo y claramente superado, se alejó apresuradamente.
—Bueno… me retiro.
Si necesitan algo, avísenme, por favor.
Y prácticamente huyó.
La brisa levantó un mechón del cabello de Sofía justo cuando ella dio un giro triunfal, como si acabara de ganar un concurso.
—¿Ven?
Eso, mis queridas, es estrategia de contacto accidental.
—Eso es intento de homicidio contra mi teléfono —gruñó Melisa—.
Bruja de la seducción y la destrucción.
Sofía la ignoró y se sirvió limonada con una satisfacción casi obscena.
—Una usa lo que Dios le dio —sentenció, posando gloriosa.
Danica no pudo evitar reír, negando con la cabeza.
El sol seguía brillando, el agua relucía, los pájaros cantaban… Y el día apenas comenzaba.
Un caos perfecto.
Un caos delicioso.
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