Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 27
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27: Capitulo 27 27: Capitulo 27 “A veces, jugar con fuego no es un riesgo… es un deseo.” El dormitorio estaba convertido en un pequeño caos glamuroso: secadoras rugiendo, brochas rodando por la cama, risas nerviosas que estallaban sin control, y el aire denso con el perfume dulce de los productos para el cabello.
Sobre la alfombra se apilaban cajas de zapatos, fundas de vestidos abandonadas y joyería esperando ser elegida.
Danica, de pie frente al espejo de cuerpo completo, se estaba ajustando los tirantes del vestido que había elegido esa noche.
Un vestido negro, largo, de tela semitransparente, que dejaba entrever sin disculpas el contorno de su cuerpo y la fina lencería negra que llevaba debajo.
Cada movimiento hacía que la tela flotara alrededor de sus caderas, insinuando más de lo que ocultaba.
Su piel parecía aún más clara en contraste, y sus ojos, enmarcados por sombras suaves, brillaban con una mezcla de nervios y emoción contenida.
—No me está quedando parejo —murmuró, tratando de ajustar la caída del escote.
Melisa estaba sentada a su lado, tratando de terminar su delineado sin llorar de frustración.
Su vestido, un verde esmeralda profundo, ceñido al torso y con una caída suave hasta el suelo, hacía resaltar su cabello rojo como fuego.
El escote corazón delineaba perfectamente su figura, y una abertura lateral dejaba ver la piel pálida de su muslo de forma delicada, sensual sin ser evidente.
—Si sigo parpadeando así voy a parecer mapache —se quejó Melisa, apretando los labios para no arruinar el labial.
—Estás preciosa —respondió Danica, sin apartar la mirada del espejo.
Pero Sofía… Sofía no necesitaba que nadie se lo dijera.
De pie frente al espejo del tocador, se observaba con una sonrisa lenta, calculada, peligrosa.
Llevaba un vestido rojo vino, largo y ajustado, cuya tela satinada abrazaba cada curva sin disculpas.
Una abertura profunda entre las piernas dejaba ver su muslo cada vez que movía la cadera; la espalda totalmente descubierta terminaba en un lazo bajo que apenas sostenía la prenda.
Su cabello oscuro caía en ondas sensuales, y sus labios brillaban en un tono carmesí perfecto.
Ella sabía exactamente lo que hacía.
Y sabía exactamente a quién quería que la viera.
—Creo que olvidé mi gloss en el cine —anunció Sofía de repente, con la voz ligera, como quien menciona que afuera está soleado.
Danica ni volteó.
—Toma alguno de los mios —respondió, extendiendo una mano hacia el tocador lleno de maquillaje.
—No, no, tranquila.
Regreso en un minuto —insistió Sofía, apartando la mano con una sonrisa que ninguna de las otras vio.
Melisa estaba demasiado ocupada intentando no llorar para fijarse en el brillo malicioso de su amiga.
Danica tampoco, ocupada en asegurar los últimos clips de su peinado.
Sofía salió de la habitación con pasos silenciosos, cerrando la puerta con suavidad para no llamar la atención.
En cuanto estuvo sola en el pasillo, su expresión cambió.
Sus tacones resonaron con un clic medido, controlado, casi musical mientras avanzaba… no hacia el tocador del corredor.
No hacia el cine.
No hacia nada que realmente “hubiera olvidado”.
Iba a donde quería estar.
Hacia las escaleras de servicio: estrechas, discretas, casi siempre vacías, conectando las habitaciones con la cocina y los pasillos donde Marco solía patrullar.
El lugar perfecto para un encuentro que nadie debía ver… pero que ella llevaba planeando desde hacía días.
Apoyó una mano en la barandilla, inclinándose apenas, como si dudara antes de bajar.
Un gesto calculado.
Un segundo exacto.
Entonces lo oyó.
Pasos.
Firmes.
Medidos.
Inconfundibles.
Marco apareció en el descanso intermedio de la escalera, camisa negra, mangas remangadas, placas del pecho tensas bajo la tela, y esa expresión seria que parecía esculpida a mano.
Al verla ahí —tan arreglada, tan fuera de lugar, tan peligrosa— sus cejas se alzaron un poco.
—¿Necesita ayuda, señorita?
—preguntó, su voz grave, sus ojos recorriéndola sin poder evitarlo.
El vestido rojo.
La abertura.
El perfume.
Todo en Sofía era una provocación elegante; desde el ángulo exacto de su barbilla hasta la curvatura calculada de sus labios.
Inclinó la cabeza con una suavidad ensayada y sonrió.
Una sonrisa dulce, casi tímida… pero cargada de electricidad bajo la superficie.
Esa electricidad que vibra cuando una mujer sabe exactamente qué efecto provoca.
—Quizá sí —susurró—.
Justo iba… bajando.
Marco tragó apenas, la garganta marcándose bajo la luz tenue.
Sus ojos descendieron un instante —uno solo, pero suficiente— siguiendo el movimiento del satén rojo deslizándose sobre el muslo de Sofía.
No era un vistazo accidental.
Era reflejo.
Era reacción.
Y en ese pasillo angosto, donde la casa entera parecía contener la respiración, el aire comenzó a arder.
No fuego visible.
No calor evidente.
Sino esa chispa eléctrica que se enciende cuando dos personas están demasiado cerca… y no deberían estarlo.
—Ah… sí.
Solo venía por algo… se me cayó un gloss —murmuró Sofía, haciendo un gesto vago hacia atrás, como si la explicación fuera completamente lógica.
Marco arqueó lentamente una ceja.
Un gesto pequeño.
Pero sofocante.
El silencio se estiró entre ellos, denso, cargado de algo que Sofía quería, buscaba… y estaba peligrosamente cerca de obtener.
—Ten cuidado en estas escaleras —dijo él por fin, su voz grave—.
Son resbalosas si traes tacones.
Dio un paso hacia un lado para dejarla pasar.
Muy profesional.
Muy correcto.
Muy Marco.
Sofía bajó la mirada… obediente.
O al menos, eso aparentó.
El juego apenas comenzaba.
Descendió el primer escalón con una elegancia impecable; el segundo, con una lentitud deliciosa; en el tercero dejó que la luz cálida bañara su silueta, resaltando la abertura del vestido y la curva perfecta de su pierna.
Marco había subido dos escalones, lo justo para mantenerse cerca sin invadir.
Ella respiró hondo.
Y ejecutó su movimiento.
Apoyó el pie con una delicadeza milimétrica… demasiado perfecta.
Un giro mínimo de tobillo.
Exacto.
Ensayado.
Un desliz suave del tacón sobre el borde de madera.
—¡Ay!
—exclamó, un jadeo que sonó tan real que cualquiera habría jurado que se había torcido algo.
Marco reaccionó en una fracción de segundo.
Su brazo se lanzó hacia ella con esa precisión que viene del entrenamiento y del instinto; la sujetó por la cintura con una firmeza inmediata, segura, casi feroz.
Su cuerpo giró para estabilizar el de ella, deteniéndola antes de que cayera siquiera medio escalón.
El mundo quedó suspendido.
Sofía sintió la textura de la camisa negra de Marco bajo su mano temblorosa.
Sintió cómo el calor de su pecho subía hasta su palma.
Sintió cómo su respiración rozaba un mechón suelto de su cabello.
Los ojos de él se clavaron en los suyos.
Serios.
Profundos.
Demasiado intensos para ser neutrales.
—¿Estás bien?
—preguntó Marco, con una voz baja que parecía hecha para resonar justo ahí, en espacios cerrados.
Sofía bajó la mirada apenas, dejando que el temblor de su respiración hiciera su trabajo.
—Sí… perdón.
Creo que se me dobló el tacón… Marco no la soltó enseguida.
No podía.
No quería.
Su mano seguía en su cintura, firme, casi posesiva sin darse cuenta.
—Te dije que estas escaleras son peligrosas —murmuró él, aún cerca, tan cerca que la calidez de su aliento rozó la piel de Sofía.
Ella levantó la vista, lenta, estudiando la línea de su mandíbula, la tensión en su cuello, el control férreo que él creía que tenía.
Un control que ella estaba rompiendo.
—Gracias… por atraparme —susurró Sofía.
Y antes de que él pudiera procesarlo, ella se inclinó y depositó un beso suave —demasiado suave— en la comisura de sus labios.
Era un roce inocente a primera vista… Pero ella presionaba todo su cuerpo contra el, sus pechos que sobre salían del vestido, se restregaban descaradamente en el pecho de marco con una mezcla peligrosa de vulnerabilidad fingida y descaro exquisito.
Sofía tardó un segundo más de lo necesario en separarse de Marco.
Un segundo que se volvió un incendio silencioso en un pasillo demasiado estrecho.
Cuando finalmente se apartó, lo hizo con la elegancia de quien sabe que no está huyendo, sino permitiendo que la tensión respire para volver a atraparla después.
—Voy con las chicas —murmuró, suavemente, como si estuviera realmente apenada.
Marco asintió sin decir palabra.
Su mano cayó con lentitud desde la cintura de ella… como si el cuerpo se resistiera a soltarla antes que la mente.
Sofía sonrió apenas, dio media vuelta y comenzó a subir el resto de los escalones.
Su vestido rojo se mecía detrás de ella como un rastro de fuego.
Y Marco, inevitablemente, la siguió con la mirada… luego con los pasos.
Subió detrás de ella, sin querer mostrarlo, sin querer admitirlo ni siquiera ante sí mismo.
Pero lo hizo.
El pasillo superior estaba iluminado con lámparas cálidas que proyectaban sombras suaves sobre las paredes.
Sofía avanzó con una ligereza que no coincidía con el temblor que llevaba todavía en las piernas.
Su respiración estaba contenida; en su pecho, el eco del agarre firme de Marco seguía latiendo.
Pero antes de llegar al dormitorio de Danica… Una sombra salió de una puerta lateral.
Olor a loción oscura.
Presencia dominante.
La silueta alta e imponente de Leandro apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.
—¿Y tú qué haces sola?
—preguntó él, voz profunda, ronca, de ese tono que siempre sonaba un poco peligroso.
Sofía sonrió sin pensarlo.
Era un reflejo.
Un mecanismo.
O un vicio.
—Fui por mi gloss —contestó, con la misma mentira dulce que le había servido hace un momento.
Leandro soltó una risa baja, casi burlona, que resonó como un golpe suave en la boca del estómago de Sofía.
—Claro —dijo él, acercándose sin prisa—.
Seguro.
Ella retrocedió un paso.
Luego otro.
Hasta que su espalda tocó la pared fría del pasillo.
Leandro quedó frente a ella, demasiado cerca, con esa mirada que siempre llevaba una chispa de posesión.
—¿Sabes lo linda que te ves cuando mientes?
—murmuró, inclinándose hacia su boca.
Sofía abrió la boca para responder, para jugar, para retomar el control… Pero Leandro la besó antes de que pudiera sacar una sola palabra.
Un beso intenso.
Feroz.
Hambriento.
Como solo Leandro sabia tomarla.
Una mano la sujetó por la cadera, empujándola contra la pared, mientras la otra se enredaba en su cabello con un dominio que hacía vibrar el aire.
Sofía respondió.
Dios, respondió.
Su cuerpo reaccionó como siempre lo hacía con Leandro, con esa mezcla de deseo y peligro que había prometido no volver a tocar.
Pero lo estaba haciendo.
Lo estaba saboreando.
Y lo estaba disfrutando mucho más de lo que debía.
En medio del beso, entre jadeos y murmullos ahogados— Sofía abrió los ojos.
Y lo vio.
Marco.
En la parte alta de la escalera que acababan de subir.
Quieto.
Impasible a simple vista… pero sus ojos oscuros eran un incendio contenido.
Había subido detrás de ella.
La había seguido.
Y ahora la estaba viendo mientras Leandro la devoraba contra la pared.
La respiración de Sofía se detuvo un segundo.
No dejó de besar a Leandro… pero algo dentro de ella se tensó, vibró, ardió.
Era demasiado perfecto para no parecer planeado.
Era demasiado peligroso para no parecer un pecado.
El pulgar de Leandro acarició la curva de su mandíbula mientras él profundizaba el beso, ajeno a la mirada que los quemaba desde las escaleras.
Marco no dijo nada.
No hizo ningún movimiento brusco.
Pero su mirada… Su mirada la sostuvo.
La atravesó.
La reclamó sin palabras.
Sofía, con los labios atrapados aún entre los de Leandro, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Un escalofrío delicioso.
Y letal.
Ella no bajó la mirada.
No huyó.
Siguió besando a Leandro… mientras miraba directamente a Marco.
Como si pudiera besarlos a ambos al mismo tiempo.
Como si estuviera jugando con dos mechas encendidas.
Como si disfrutara demasiado del fuego.
Porque lo hacía.
Porque ese era su juego.
Y apenas estaba empezando.
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