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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 28

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28: Capitulo 28 28: Capitulo 28  “Algunas miradas no chocan… se desgarran” La puerta del dormitorio de Danica se abrió con un suave clic, dejando escapar una ráfaga cálida de perfume caro, risas contenidas y el frágil tintinear de los tacones sobre la madera barnizada del pasillo.

El aire parecía volverse más denso con cada paso que daban.

Danica salió primero.

Impecable.

Hipnótica.

Peligrosa.

El vestido negro se adhería a su piel como un susurro prohibido, tejido de transparencias estratégicas que dejaban ver la delicada línea de su ropa interior.

Cada movimiento suyo hacía que el tul oscuro respirara con ella, insinuando, provocando, retando.

Y sabía —sabía— que cuando Alessandro la viera, su autocontrol, ese tan famoso, tan impecable, se fracturaría.

Por dentro, Danica sonrió.

Era cruel, tal vez.

Tal vez no.

Lo cierto es que pocas cosas la divertían más que ver a un hombre tan peligroso como Alessandro perder la compostura por ella.

Era su manera de recuperar un poco de terreno en un juego donde siempre parecía estar en desventaja.

Melisa salió detrás de ella, brillante como una chispa encendida sobre un charco de gasolina.

Su vestido color vino caía como un río espeso, abriéndose en una ondulación que dejaba ver su pierna y resaltaba el fuego de su cabello rojo.

Las pequeñas pecas sobre su piel brillaban bajo la luz cálida del pasillo, y sus labios —pintados de un rojo pulposo, casi pecaminoso— formaban una sonrisa hambrienta.

—Dios… —murmuró Melisa, deteniéndose un instante a verse en un espejo—.

¿Por qué nos vemos tan ridículamente bien?

—Porque el universo sabe que lo necesitamos —respondió Danica, respirando hondo para calmar esa ansiedad pre-evento que se le clavaba bajo las costillas.

Pero no dieron ni tres pasos cuando ambas se detuvieron súbitamente.

Un gemido suave.

Un golpe leve contra la pared.

El rumor prohibido de labios devorándose.

Las dos guiaron la mirada hacia adelante… Y ahí estaba Leandro.

O, más exactamente: Leandro pegado a Sofía.

El pasillo lateral a las escaleras se había convertido en su escenario privado.

La tenía atrapada entre la pared y su cuerpo, una mano firme sujetándole la mandíbula con posesión descarada, la otra clavada en su cintura como si quisiera moldearla con los dedos.

El beso era profundo, violento, apasionado… de esos que se sienten desde lejos y dan calor en la piel ajena.

Sofía respondía sin pudor alguno: una mano enterrada en el cabello oscuro de él, tirando con precisión quirúrgica, la otra apretada en la nuca de Leandro como si no fuera capaz de soltarlo ni aunque el mundo se desmoronara.

Danica parpadeó.

Melisa inspiró como si le hubiera caído una escena de serie prohibida frente a los ojos.

Era ridículo.

Divertido.

Perturbador.

Como cuando tenían doce años y los encontraban peleando por un control de videojuegos, o cuando Leandro fingía perseguir a Sofía solo para verla gritarle, o cuando ella le arrojaba una almohada y él respondía lanzándole dos de vuelta.

Melisa soltó una risita estrangulada.

Danica se cubrió la boca, temblando por contener la carcajada.

—Esto es algo que definitivamente no tenía ganas de ver otra vez… —susurró Melisa, intentando no reír demasiado fuerte.

—Ay, por Dios… sáquenme los ojos —murmuró Danica, ya casi llorando de risa contenida.

Leandro se separó apenas del beso, sin percatarse de la presencia de nadie más.

Apoyó su frente contra la de Sofía, respirando hondo, con ese fuego inconfundible quemándole la mirada.

—Ti vedi maledettamente bella… —susurró él, en un italiano grave, ronco, tan cargado de deseo que hizo vibrar el aire.

Sofía soltó una risita suave, peligrosa, deliciosamente satisfecha.

—Lo sé —susurró ella, y su sonrisa era veneno… del tipo dulce.

Melisa rodó los ojos, pero no pudo ocultar la sonrisa divertida en sus labios.

Danica le dio un pequeño codazo, riendo entre dientes.

—Cállate… no los asustes —murmuró, mordiéndose la lengua para no soltar una carcajada completa.

Las dos continuaron su camino por el borde del pasillo, intentando—sin éxito—pasar desapercibidas.

Era imposible.

La escena era demasiado buena para ignorarla.

Y mientras descendían hacia la entrada principal, dejando atrás a los dos idiotas enamorados (porque no existía otra palabra que encajara mejor), Melisa dijo en voz baja: —Te juro… un día de estos van a incendiar la casa.

Danica rió, sintiendo el pecho más ligero por primera vez en horas.

Sabía que Leandro amaba a Sofía.

Que lo hacía sin límites, sin frenos, sin sentido común.

Y sin embargo… No pudo evitar notarlo.

La posesividad.

La intensidad.

La forma en que él la atrapaba como si fuera suya.

¿Todos los hombres eran así?

¿Todos los que ella conocía, al menos?

Danica tragó, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda mientras seguían caminando.

Tal vez sí.

Tal vez todos eran una variación de ese mismo peligro.

Se pregunto por un momento, si Valentino también seria así… POV MARCO No debía mirar.

No debía sentir absolutamente nada.

Mucho menos por ella.

Pero aun así, sus ojos volvieron a hacerlo.

Marco descendía las escaleras laterales, cada paso más lento que el anterior, con la respiración pesada golpeándole el pecho.

La imagen de Leandro arrinconando a Sofía contra la pared lo seguía persiguiendo como un latigazo en la nuca.

La boca de él devorándola sin permiso, como si fuera suya.

Como si tuviera derecho.

Y Sofía… respondiendo.

Con esa mezcla venenosa entre inocencia falsa y descaro puro; esa forma en la que levantaba un poco el mentón, como si supiera exactamente cómo manipular el mundo que la rodeaba.

Marco apretó los dientes, sintiendo la mandíbula tensarse hasta doler.

“No es tuya.

No puede ser tuya.

Es una de las mujeres de los jefes.” Se repitió, disciplinándose.

Golpeándose mentalmente con cada palabra.

Pero nada funcionaba.

El fuego seguía ahí, ardiendo, lamiendo el interior de su pecho como algo prohibido y peligroso.

Cuando llegó al recibidor, las chicas ya avanzaban hacia la puerta principal.

Melisa brillaba como un pecado, reía con una ligereza insoportable.

Sofía descendía por los últimos escalones con las mejillas aún encendidas por los besos de Leandro.

Y Danica… Danica era el verdadero problema.

El vestido negro abrazaba su cuerpo con una precisión mortal.

Un segundo de verla fue suficiente para sentir el corazón dar un golpe irregular.

Marco parpadeó, intentando recuperar compostura.

No debía mirarla.

Pero su mirada volvió a caer sobre la curva de su espalda, la translucidez peligrosa del vestido, el brillo frío de su piel.

Era casi imposible no hacerlo.

Incluso para un hombre tan entrenado como él.

Y entonces lo vio.

Alessandro.

De pie junto a la puerta principal, impecablemente vestido, las manos en los bolsillos del pantalón, la corbata negra aún ligeramente aflojada… pero su postura rígida como una trampa a punto de cerrarse.

El momento en el que Danica apareció en su campo de visión fue tan silencioso como un impacto de bala.

Los ojos de Alessandro se endurecieron.

Se oscurecieron.

Algo dentro de él —algo salvaje, algo que apenas lograba controlar— brilló como una amenaza muda.

Marco lo notó.

Lo sintió casi físicamente.

Alessandro contuvo el aire.

Danica, sin saberlo, le arrancó el alma con una sola mirada.

Marco tuvo que apartar la vista.

Por un segundo, él mismo sintió el impulso primitivo de mirarla de nuevo… y eso lo irritó profundamente.

No debía.

Ella no era para él.

Ni siquiera para desearla.

Respiró hondo y se posicionó a un lado del jefe, de forma automática, profesional.

Alessandro habló en italiano, la voz profunda, controlada… demasiado controlada: —Marco, assicurati che nessuno si avvicini alla macchina.

Ordina alla seconda unidadà di stare dietro, e voglio aggiornamenti ogni due minuti.

Marco inclinó la cabeza.

—Sì, capo.

La respuesta salió firme, cortante, sin mostrar la tensión interna que lo atravesaba.

Alessandro avanzó dos pasos cuando Danica llegó a su altura.

No la tocó.

No abrió la boca.

Pero la miró.

Y esa mirada… Tenía filo.

Tenía peligro.

Tenía hambre contenida, la clase de hambre que no se expresa con palabras sino con un incendio silencioso que promete quemarlo todo.

Marco tuvo que recordar inhalar.

El aire le entró a los pulmones como si fuera vidrio molido.

Danica, envuelta en aquel vestido negro que delineaba cada curva como si hubiera sido creado para provocarlo todo, mantuvo la cabeza alta.

No retrocedió.

No pestañeó.

Eso, precisamente eso, era lo que Alessandro detestaba: que ella pudiera brillar sin pedir permiso.

Marco desvió la mirada solo porque sabía que debía hacerlo.

Si no, Alessandro lo notaría.

Y él no debía mirarla así.

Sacudió apenas la cabeza, recobrando su postura rígida, y abrió la puerta trasera de la limosina con un movimiento pulido.

—La limosina está lista —anunció, logrando que su voz saliera firme, aunque por dentro algo se desmoronaba.

Danica subió primera, sosteniendo el vestido entre sus dedos delicados para no arrugarlo.

El tejido negro cayó dentro del vehículo como un río de sombra viva.

Melisa la siguió, sonriente, enviando aún un mensaje rápido por el celular.

Y entonces Sofía… Sofía pasó junto a él demasiado cerca.

Su perfume —vainilla cálida, flores blancas, una nota dulce que no pertenecía a ninguna mujer inocente— se le incrustó en la garganta.

Ella levantó apenas la mirada.

Un brillo suave, casi imperceptible.

Un parpadeo que habría sido insignificante para cualquier otro.

Pero para Marco fue un disparo directo al estómago.

El cuerpo reaccionó antes que la disciplina.

Leandro subió detrás de ellas con ese aire de dueño del mundo, arrogante y peligroso.

No le dedicó a Marco ni un vistazo.

No necesitaba hacerlo.

Justamente ese desdén era lo que hacía todo aún más peligroso.

Marco cerró la puerta con una suavidad solemne, contuvo un suspiro y avanzó hacia su asiento delantero.

Se colocó en la parte del copiloto, levantó la ventanilla divisoria y habló hacia la parte trasera, cumpliendo su papel al pie de la letra.

—Señores —informó—.

Sus padres ya están en camino al salón de baile.

El convoy está listo.

En cuanto cerremos puertas, partimos.

Leandro respondió con un gesto breve.

Alessandro ni levantó la vista; estaba reclinado hacia atrás, con una rodilla flexionada, la mano jugando con el borde de su reloj, los ojos oscuros clavados en Danica como si el vestido hubiera sido una ofensa personal.

Marco tomó el micrófono del radio, recuperando el temple militar.

—Unidad Alfa a todos los equipos.

—Su voz se volvió acero—.

Iniciamos movimiento hacia el salón de baile.

Mantengan formación cerrada.

Vehículos de seguimiento: alerta máxima en las intersecciones.

Cambio.

El motor arrancó.

La limosina se deslizó con elegancia hacia la calle iluminada.

Marco intentó enfocarse en la carretera, pero el reflejo del cristal delantero traía los rostros distorsionados desde el asiento trasero, atrapados en luces doradas que se movían como un mal presagio.

Él miró hacia adelante.

Por deber.

Por instinto.

Por miedo a lo que podría ocurrir si no lo hacía.

Pero aun así la vio.

En la esquina exacta del retrovisor.

Sofía.

Recostada contra el asiento, mirando hacia el frente… hacia él.

Esa mirada suave.

Peligrosa.

Un juego silencioso que nadie más notó.

Marco tragó en seco.

Y por un segundo —un solo segundo que no debía haber existido— él respondió esa mirada.

Un vistazo breve, furtivo, una corriente eléctrica atravesando el espacio reducido de la limosina, clavándose donde no debía.

El fuego lo envolvió.

Regresó más fuerte.

Más prohibido.

Más incorrecto.

Marco apartó la vista primero.

Tenía que hacerlo.

Tenía que seguir siendo leal a la familia, al apellido… a las reglas.

Pero la sensación quedó ahí, latiendo como un mordisco invisible en la garganta: Sofía lo estaba mirando.

Y eso era un maldito problema.

Un problema que estaba creciendo.

Y que no podría ignorar por mucho tiempo.

P.O.V.

DANICA La limosina avanzaba suave, casi flotando sobre el pavimento, pero dentro… Dentro todo se sentía demasiado estrecho.

Demasiado silencioso.

Demasiado cargado, como si el aire estuviera saturado de electricidad y ninguno pudiera respirarlo sin absorber parte del veneno.

Danica sabía que una parte de ese peso venía de Alessandro, sentado justo frente a ella.

Él ocupaba el asiento como si fuera un trono improvisado: el traje negro perfectamente ajustado, la camisa blanca impecable que hacía resaltar el ángulo afilado de su mandíbula, y la corbata roja —esa línea de fuego contra su pecho— que parecía advertir que algo en él era peligroso por naturaleza.

Sus manos descansaban entrelazadas sobre la rodilla… tensas.

Demasiado tensas.

Como si se estuviera conteniendo de romper algo.

O de romperla a ella.

Y sus ojos… Oscuros.

Fijos.

Profundos.

No se habían apartado de ella desde que Marco cerró la puerta.

Danica fingió acomodarse el vestido, ajustando la tela transparente sobre sus muslos.

Un gesto pequeño, elegante, inocente.

Pero Alessandro siguió mirándola.

Mirándola como si pudiera ver lo que ella intentaba enterrar.

Como si pudiera leer el temblor escondido detrás de su postura perfecta.

Del lado izquierdo, el ambiente era otro tipo de incendio.

Leandro había levantado a Sofía como si fuera un peso mínimo y la había instalado sobre su regazo sin pedirle permiso —ni necesitarlo.

Ella ahora ocupaba el asiento largo con él, su espalda apoyada contra su pecho, su sonrisa dulce inclinándose hacia lo prohibido.

Leandro mantenía un brazo extendido por detrás del respaldo, reclamando el espacio entero.

La otra mano… desaparecía entre los pliegues del vestido de Sofía, moviéndose con una lentitud que solo podía ser indecente.

Ella río bajito por algo que él le murmuró al oído.

Un sonido suave, casi angelical.

Pero la energía entre ellos ardía como carbón vivo.

En cambio, Melisa —sentada junto a Danica— no existía para nadie.

Los ojos fijos en su celular, mejillas encendidas, dedos volando sobre la pantalla.

Danica alcanzó a ver el nombre en la parte superior del chat: Cedric.

Una sonrisa se le escapó sin permiso.

A pesar de todo lo que ocurría, ver a Melisa tan feliz le daba un respiro, uno pequeñito, apenas suficiente para mantenerla cuerda.

Pero la verdadera tormenta no estaba en la pantalla de Melisa ni en los susurros calientes de Sofía y Leandro.

La tormenta estaba justo frente a ella.

Alessandro se inclinó hacia adelante.

No lo suficiente para que los demás lo notaran.

Pero sí lo justo para que su presencia la tocara sin tocarla, un roce invisible contra su piel.

—Ese vestido… —murmuró, su voz baja, grave, casi peligrosa.

Danica levantó la barbilla un milímetro.

No iba a permitirle sentir que podía intimidarla tan fácilmente.

—Es un vestido, Alessandro —respondió con calma fingida—.

No es tan complicado.

Él apoyó un codo sobre la rodilla, ladeando apenas la cabeza, estudiándola.

La intensidad en sus ojos le apretó el estómago como un puño invisible.

—Sabes a qué me refiero —susurró, y esa frase se sintió como una mano cerrándose alrededor de su garganta, suave pero implacable.

Danica apartó la vista hacia la ventana.

Las luces de la ciudad pasaban como líneas doradas en el cristal, deformándose mientras la limosina avanzaba.

Verlas la ayudó a mantener la respiración bajo control.

El aire se volvió más denso.

Más opaco.

Casi metálico.

Melisa seguía escribiendo emojis sin enterarse del campo de batalla silencioso que tenía enfrente.

Sofía, por su parte, estaba perdida en el sonido ahogado de su propia risa mientras Leandro la manipulaba con una familiaridad que rozaba lo obsceno.

Danica cruzó una pierna sobre la otra, respirando hondo.

El tul del vestido se deslizó por su piel como un susurro frío.

Pero aun así, ni siquiera ese movimiento logró arrancar la mirada de Alessandro.

Y ella lo sintió.

La intensidad.

La posesión reprimida.

El peligro metido dentro de esos ojos oscuros.

La limosina siguió avanzando con esa suavidad casi engañosa, deslizándose por la carretera como si transportara secretos demasiado pesados para permitir sobresaltos.

Pero dentro del vehículo, el aire era otro: denso, cargado, brutal en su silencio.

La tensión entre Danica y Alessandro no solo continuaba… se expandía, se espesaba, ocupaba cada centímetro del espacio, convirtiendo la penumbra del interior en un campo minado.

Ambos estaban demasiado quietos, demasiado conscientes el uno del otro, atrapados en una guerra muda que en cualquier segundo podría romperse, desbordarse o incendiarlo todo.

Y aun así, ninguno bajaba la mirada.

Ninguno cedía.

Ninguno respiraba de forma normal.

Danica sabía que no era completamente su culpa.

Alessandro había empezado este juego, cuando apareció con esa modelo ridículamente perfecta que su madre adoraba—Lucía Fontenelle—la más presuntuosa, la más vanidosa, la más consciente de su propio valor como moneda de cambio en esa vida de alianzas entre capos.

Desde entonces, la mujer no había dejado de presumir en redes, en eventos, en fiestas… que salía con él.

Que él la había elegido.

Que Alessandro De La Marca era suyo.

Y, lo que más hervía la sangre de Danica: Lucía era hija de otro capo.

Eso significaba una cosa, una sola, y era exactamente lo que ella más odiaba… posibilidad de compromiso, un matrimonio pactado para mantener la paz entre familias.

Una jugada estratégica.

Un movimiento frío.

Un futuro que ella no quería ver.

Tal vez por eso había decidido divertirse esta noche, por primera vez sin culpa.

Su madre siempre le decía que los hombres eran criaturas básicas, animales que necesitaban comer, mandar y tener una mujer para desahogarse; con esas tres cosas eran felices.

Y quizá eso la había empujado a ponerse este vestido: un descaro absoluto.

Una provocación calculada.

Un arma afilada que la exponía y la protegía al mismo tiempo.

Desde que había bajado las escaleras de la casa, Danica había sentido las miradas—todas—deslizarse sobre su cuerpo como manos invisibles.

Algunas admiración, otras lujuria, otras poder.

Ella lo había sentido todo.

Y esperaba, con una mezcla de adrenalina y temor, que esto no fuera a explotar en su cara antes de tiempo.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, estaba cansada de dejar que Alessandro tuviera el control.

De permitirle dictar el ritmo, las normas, los límites.

Y aun así, adoraba esa mezcla venenosa que él soltaba cada vez que perdía un milímetro de dominio: celos, rabia, posesividad, y… algo más.

Algo oscuro.

Algo que no quería analizar, que comenzaba a romper el muro que ella había intentado construir desde que llegaron a Italia.

Algo que la hacía sentir viva de una manera peligrosa.

—Dime, Danica —murmuró Alessandro finalmente, sin apartar los ojos de ella, su tono casi un roce en la piel—.

¿Tienes pensado seguir ignorándome toda la noche?

La pregunta cayó con un peso que atravesó el aire.

No era un reproche.

No era un simple comentario.

Era una advertencia disfrazada de curiosidad, una provocación tendida con la calma de un depredador.

Danica levantó los ojos despacio, por fin enfrentándolo, sintiendo el choque de miradas como una chispa eléctrica que se expandió entre ambos.

No había pedido ese contacto visual.

No lo quería.

Pero tampoco podía evitarlo.

Y en su silencio, había más palabras que en cualquier discusión que hubieran tenido antes.

Estaba por responder—no sabía qué, pero algo—cuando la limosina giró hacia la izquierda, y la luz dorada de la entrada del hotel los envolvió a todos, revelando más de lo que ocultaba.

Danica sintió el aire empujarle los pulmones cuando el edificio apareció frente a ellos, imponente, gigantesco, con una arquitectura que mezclaba lo clásico con lo ultramoderno.

El “Imperiale Mare”, el hotel de la familia De La Marca—propiedad directa de Carlo, su futuro padrastro.

El lugar se alzaba sobre la costa como un palacio vertical de mármol blanco y cristal ahumado.

Candelabros colgaban desde un lobby de triple altura visible desde afuera; una escalinata de piedra pulida llevaba a puertas giratorias de vidrio templado, custodiadas por guardias vestidos de negro.

Fuentes iluminadas en tonos azul profundo rodeaban la entrada, y el sonido del mar rompiendo contra la playa privada completaba la escena con un poder casi hipnótico.

Era magnífico, ostentoso, caro de una manera que dolía.

Un monumento a la riqueza, a la reputación y al peligro.

Danica exhaló despacio, un suspiro que apenas existió.

Luego volvió a mirar a Alessandro, que aún no había parpadeado, como si pudiera ver el temblor que ella intentaba esconder.

No iba a darle ese gusto.

Tomó su teléfono con gracia precisa, envió un mensaje rápido—uno que sabía exactamente a quién iba dirigido—y antes de que él pudiera decir algo más, abrió la puerta por su cuenta y salió de la limosina sin dirigirle una sola palabra.

Y ese silencio fue la verdadera declaración de guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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