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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 29

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29: Capitulo 29 29: Capitulo 29  “Algunas noches no comienzan… se desencadenan.” El aire salobre de la costa golpeó primero cuando la limosina se detuvo frente a las escalinatas del majestuoso hotel.

Una fachada de mármol marfil, columnas inmensas con luces cálidas ascendiendo por ellas como lenguas de oro, ventanales que reflejaban el océano nocturno… y un enorme candelabro de cristal suspendido sobre la entrada, iluminando todo con un brillo casi celestial.

Marco fue el primero en moverse.

La puerta delantera se abrió con un golpe suave y controlado.

El hombre descendió con ese porte rígido, impecable, de alguien entrenado para no sentir nada… aunque sentía demasiado.

Rodeó la limosina y tomó el manillar de la puerta trasera.

La abrió.

Y ahí estaba Sofía.

Su perfume lo golpeó antes que su mirada.

Vainilla y flores blancas.

Un aroma que no tenía derecho a reconocer tan bien.

Ella bajó lentamente, tomando el borde de la puerta con dedos delicados.

El vestido se deslizó sobre su pierna como tinta negra.

Pasó frente a él, tan cerca que un centímetro más y habría sido un roce.

No lo miró directamente.

Pero justo cuando dio el tercer paso, volteó apenas el rostro.

Una mirada corta.

Cortísima.

Furtiva.

Y cargada de un brillo que no debía existir.

Marco sintió el golpe en el pecho como si un puño lo hubiese alcanzado.

Apretó la mandíbula, bajó la vista y cerró la puerta con un suspiro que jamás habría permitido escapar en voz alta.

Danica descendió con una elegancia que no sabía que poseía, como si la misma noche la hubiera reclamado para sí.

El vestido negro se ajustaba a su cuerpo como un pecado deliberado: la tela fluía en ondas sedosas sobre sus piernas, La luz cálida de la entrada del hotel —dorada, lujosa, casi celestial— se derramó sobre ella, resaltando cada curva, cada sombra, cada intención oculta en su respiración.

Ella era un pecado, era la diosa Eris vuelta a nacer, era la manzana de la discordia.

Pero la verdadera electricidad nació cuando lo vio.

Valentino.

Estaba arriba, en la cima de los amplios escalones de mármol, apoyado con una tranquilidad estudiada contra una de las columnas, como un rey observando a quien acababa de reclamar.

El traje azul marino se amoldaba a sus hombros y pecho de manera impecable: sobrio, pulido, exquisitamente peligroso.

La camisa más clara realzaba el verde intenso de sus ojos, y las mancuernillas plateadas capturaban la luz con cada mínimo giro de su muñeca.

La corbata —oscura, elegante, con un patrón casi oculto— completaba esa aura suya que mezclaba refinamiento con un filo latente.

Y cuando la vio… Fue como si el tiempo se quedara atrás.

Sus ojos se encendieron.

Un fuego lento.

Ardiente.

Innegable.

No era solo deseo.

Era reconocimiento.

Era un te he estado esperando así.

Valentino dio un paso hacia adelante, la luz del lujoso vestíbulo marcando la línea limpia de su mandíbula y la sombra precisa sobre su boca.

Y sonrió.

Una sonrisa lenta, peligrosa y deliciosamente masculina que parecía decir que lo que estaba viendo superaba todo lo que había imaginado.

Él no la miraba como un accesorio.

No como un trofeo.

No como algo que pudiera poseer.

La miraba como si fuera una revelación.

Danica sintió el pulso acelerársele, pero mantuvo la barbilla en alto mientras ascendía.

Cada escalón hacía que el vestido rozara su piel como un susurro cómplice; cada paso era observado por Valentino como si fuera una obra privada, exclusiva para él.

Cuando llegó a la mitad, él extendió la mano hacia ella.

Una invitación.

Un reclamo.

Una promesa.

—Valentino… —murmuró, apenas respirando.

—No digas nada todavía —susurró él, bajando un paso para acercarse un poco más—.

Déjame mirarte primero.

Su mano seguía extendida.

Firme.

Caliente.

Dominante de la forma más elegante.

Danica dudó solo un segundo… y la tomó.

El contacto fue un impacto.

Calor directo.

Fuego contenido.

Como si el simple roce de sus dedos despertara algo que llevaba demasiado tiempo guardado.

Los ojos de Valentino bajaron por un instante hacia sus manos unidas, como si quisiera memorizar la imagen, luego regresaron a su rostro.

Su voz llegó en un murmullo que la hizo temblar.

—Estás… perfecta.

Danica tragó, sintiendo cómo su corazón se agitaba contra el corsé invisible de su propio autocontrol.

Y mientras él la guiaba hacia arriba, paso a paso, el mundo alrededor se volvió ruido distante, luces borrosas y una sola certeza ardiente: Valentino la estaba mirando como si fuera peligrosa.

Y él… estaba encantado con ese peligro.

Con ella.

Con lo que podría pasar después.

Detrás, Melisa bajaba apresurada, casi tropezando de la emoción al ver a Cedric, que esperaba en la base de la escalera.

Él estaba vestido de manera más informal—una camisa blanca abierta en los primeros botones, pantalones oscuros, el cabello ligeramente despeinado—pero la forma en que la miraba hacía evidente que para él, esa noche solo existía Melisa.

Ella corrió hacia él sin siquiera darse cuenta de los ojos que la seguían.

Ni el caos silencioso que crecía dentro de la limosina.

Porque Alessandro ya había bajado.

Y su mirada estaba clavada en Danica y Valentino.

Marco subió los escalones detrás de todos, sin dejar de vigilar.

Pero cada tanto, inevitable, sus ojos regresaban a Sofía, que caminaba tomada de la mano de Leandro como si nada hubiera pasado entre ellos hace apenas minutos.

Se estaba volviendo loco preguntándose si todo aquello seria de su imaginación; pero sabia que el desear a la mujer de uno de sus jefes, indudablemente lo llevaría a la muerte.

El ambiente se endureció apenas Alessandro termino de subir las escaleras.

No fue necesario que dijera una palabra: su presencia bastaba para encender la chispa.

—Valentino —pronunció su nombre como si probara un sabor desconocido, buscando la amenaza escondida—.

Últimamente he estado revisando cosas… ya sabes, asegurándome de quién entra y sale de nuestras vidas.

Pero lo curioso —inclinó apenas la cabeza— es que no encuentro prácticamente nada sobre ti.

Valentino sostuvo su mirada sin parpadear.

La luz cálida del vestíbulo resaltó el tono azul de su traje, volviéndolo casi sobrenatural.

Su expresión permaneció imperturbable, elegante, peligrosamente calma.

—Quizá —respondió con suavidad, casi con amabilidad fingida— es porque no estás buscando donde deberías.

Una pausa cargada.

Melisa tensó los dedos alrededor de su bolso.

Sofía tragó saliva.

Danica sintió el golpe invisible de dos mundos chocando sobre ella.

Alessandro afiló la mirada, esa oscuridad conocida asomando bajo la piel.

—O tal vez —replicó con voz baja, controlada, la clase de amenaza que no necesita elevarse— es porque hay algo que no quieres que encuentre.

Valentino sonrió, apenas.

Una curva mínima, segura, provocadora.

—Si lo hubiera —dijo— créeme… tú ya estarías sangrando.

El silencio fue absoluto.

Solo Danica respiró un poco más rápido.

Alessandro dio un paso adelante.

Valentino no retrocedió.

Dos fuerzas opuestas, inmóviles, midiendo territorio.

Era evidente que ese instante —ese cruce de miradas, ese choque de orgullo y poder.

Y Danica… Danica estaba justo en medio.

El ambiente había dejado de ser incómodo para volverse peligroso.

Valentino y Alessandro ya no parecían dos hombres conversando: eran dos depredadores evaluando si valía la pena desgarrarse la garganta ahí mismo, en las escalinatas del hotel.

Danica lo sintió primero: esa electricidad fría que siempre precedía a un desastre.

Y entonces, Leandro intervino.

—Basta.

—Su voz retumbó como un disparo amortiguado.

Seria.

Autoritaria.

No dirigida a uno, sino a ambos.

Apareció entre ellos sin pedir permiso, colocándose justo en el punto donde sus miradas cruzadas perdían efecto.

Su figura, imponente y siempre al borde de la violencia, rompió la tensión como una cuchilla bien afilada.

—No vamos a armar un espectáculo aquí —continuó, clavando en su hermano una mirada firme, casi un recordatorio silencioso de que él también era un De La Marca.

Marco llegó un segundo después, tan silencioso que parecía materializarse desde la sombra del auto.

Sin decir una palabra, se colocó del lado de Valentino, pero sin ponerse de su parte: su postura era neutral, profesional… lo suficiente para dejar claro que si algo ocurría, él también actuaría.

Marco miró a ambos con una expresión de advertencia.

—La seguridad del hotel ya está al tanto —informó en voz baja, discreta—.

Si seguimos deteniéndonos aquí, van a salir a preguntar qué está pasando.

Será mejor entrar.

La frase era elegante, diplomática, pero cargada de un significado muy claro: Dejen el choque para otro momento.

Aquí no.

Con ellas mirando, menos.

Sofía, nerviosa, tomó a Melisa del brazo, quien tenia a Cedric pegado a ella como un caballero defensor.

—Vamos adentro —susurró, como si temiera perturbar a dos bestias aún midiendo fuerzas.

Melisa asintió, apretando su bolso mientras se apresuraba escaleras arriba.

Sofía fue la siguiente en entrar, lanzando una última mirada hacia Leandro… y él hacia ella.

Una mirada que ninguno de los dos estaba listo para explicar.

Danica se quedó de última, justo en el punto donde dos mundos chocaban como placas tectónicas: el que la había marcado —Alessandro— y el que empezaba a reclamarla —Valentino.

Marco la observó un segundo más de lo normal.

Tenía la mano apoyada en la puerta, pero el gesto —suavemente inclinado hacia ella— era una invitación cargada de respeto… y alerta.

Leandro no habló.

No necesitaba hacerlo.

Sus ojos, fríos y analíticos, la recorrieron como si quisiera asegurarse de que no llevaba encima ni un rasguño, ni un secreto, ni una mentira.

Pero la verdadera presión estaba detrás.

Alessandro.

Su mirada le ardía en la nuca, silenciosa, punzante, tan cargada de advertencias que Danica casi sintió el calor de ella quemándole la piel expuesta del vestido.

Entonces Valentino dio un paso al frente.

La forma en que extendió la mano hacia ella fue lenta, precisa… posesiva de una manera elegante, peligrosa.

Danica tomó su brazo y él la guió hacia el interior, mientras la atención de Alessandro los seguía como un filo pegado a su espalda.

Al cruzar la línea de la entrada, la sensación fue inmediata: el hotel las devoró.

Luz cálida.

Música suave y calculada.

Perfumes caros mezclados con whisky viejo y flores blancas.

El salón era un exceso glorioso: lámparas de cristal que caían como lluvias de oro, manteles color champán, centros de mesa de orquídeas tan blancas que parecían brillar solas.

El aire tenía un peso: el peso de pactos, enemigos, poder… y secretos.

Y entonces, Valentino la miró.

Pero la miró de verdad.

Su actitud usualmente controlada, irreverente, casi arrogante… cedió.

Los ojos le ardieron.

Le recorrieron el cuerpo entero en un ascenso lento.

Descendieron por la curvatura de su espalda, terminando en su delicioso y redondo trasero al descubierto, subió por las curvas de su abdomen y sus crecientes pechos redondos, con sus pezones claramente alertas, su cuerpo estaba descubierto de una manera sensual, peligrosa… provocando a todo el salón.

Danica sintió un estremecimiento.

Y él también.

—No pensé que… —murmuró con la voz más grave de lo normal, tragando duro— que te verías así.

Danica arqueó una ceja.

—¿Así cómo?

Valentino desvió la mirada hacia un punto detrás de ella.

No lo dijo, pero Danica siguió sus ojos y supo: los hombres ya la estaban mirando.

Las mujeres la analizaban con malicia silenciosa.

Y Alessandro… Alessandro parecía listo para incendiar el salón entero.

Valentino regresó la vista a ella, más tenso, más crudo.

—Como una fruta prohibida —susurró al fin—.

Estás… ardiente.

Era casi un reproche.

Casi una confesión.

Casi un tu vestido debería ser ilegal.

Danica abrió la boca para responder, pero él dio un paso más, invadiendo su espacio de forma tan natural que parecía que el aire entre ambos le pertenecía.

—No me gusta cómo te mira él —soltó, sin suavidad.

El nombre no hacía falta, era la segunda vez que el lo mencionaba.

Alessandro.

A varios metros, apoyado en una de las columnas, él observaba todo.

Y la intensidad en su mirada era tan clara, tan reprimida, que Danica sintió el pulso acelerarse.

Ella exhaló, tratando de restarle peso.

—Ya sabes cómo son aquí… —mintió—.

Es solo un hermano protector.

Valentino soltó una carcajada seca, casi oscura.

—No te ve como su hermana —susurró con la mandíbula tensa—.

Te ve como si fueras suya.

La frase la atravesó.

Calor.

Frío.

Confusión.

Un eco demasiado prohibido como para admitirlo.

Estaba por contestarle —algo ácido, algo que no la dejara tan expuesta— cuando las puertas del salón se abrieron con un estruendo solemne.

El maestro de ceremonias habló por el micrófono con voz retumbante: —Damas y caballeros, la llegada del señor Carlo De La Marca y su prometida, Nicole Marie.

El aire cambió.

Las conversaciones se apagaron.

Las miradas se alinearon.

Alessandro giró hacia las escaleras como si un relámpago le hubiera atravesado la columna.

Y Danica… Danica sintió cómo su mundo volvía a temblar sobre sus propios pies.

Nicole entró primero, radiante, envuelta en un vestido plateado que capturaba la luz como un espejismo.

Sonreía, elegante, dueña de sí.

Carlo la seguía, imponente, con ese porte que hacía que incluso los más peligrosos capos parecieran discretos a su lado.

Y los ojos del hombre —fríos, calculadores, leoninos— se clavaron directo en Danica.

Ella sintió el golpe en la columna.

Valentino murmuró bajo, apenas audible: —Prepárate.

Aquí es donde la noche realmente empieza.

Carlo y Nicole avanzaban por el salón con esa clase de presencia que no necesita anunciarse, la gente simplemente abría paso.

Nicole avanzaba con una sonrisa digna de portada, esa cortesía perfecta que parecía flotar a su alrededor como un perfume caro.

Saludaba con la mano, inclinaba apenas la cabeza, dejaba que la luz del salón resaltara el brillo discreto de sus joyas.

Una reina moderna.

Carlo, en cambio, no sonreía.

Él dominaba.

Caminaba como un rey antiguo, como un hombre acostumbrado a que el mundo se apartara a su paso.

Sus ojos no miraban… elegían.

Y al hacerlo, dejaban claro quién importaba y quién era solo ruido de fondo.

Cuando la pareja llegó al centro del salón, el aire pareció detenerse.

Los ojos de Carlo finalmente se posaron en Valentino.

Danica sintió el cambio.

Una ola de tensión tan fuerte que su espalda se enderezó sin que ella pudiera evitarlo.

Valentino también lo percibió: sus hombros se tensaron, la postura se volvió más formal, la mandíbula más rígida.

Nicole fue la primera en hablar.

Su voz, dulce y afilada como una hoja escondida.

—Valentino —saludó con una sonrisa perfectamente ensayada—.

Qué gusto verte esta noche.

Te ves muy elegante.

Valentino tomó su mano con suavidad, inclinando un poco la cabeza.

Sus movimientos eran respetuosos, medidos, sin nervios.

—El gusto es mío, señora Nicole —respondió—.

Como siempre, deslumbrante.

Nicole rió con un sonido suave, casi musical.

Entonces Carlo avanzó un paso.

Solo uno.

Pero se sintió como si el suelo vibrara.

Extendió la mano hacia Valentino.

No era un saludo.

Era un examen.

Otro.

—Valentino.

El joven respondió sin titubear: —Señor De La Marca.

Las manos se estrecharon.

Firmes.

Demasiado firmes.

El apretón duró un segundo más de lo adecuado, lo suficiente para marcar territorio.

Un mensaje claro, brutal, silencioso.

Aquí mando yo.

Cuando Carlo soltó la mano, lo hizo despacio.

Sus ojos lo diseccionaron con precisión quirúrgica.

Era una mirada que no solo veía… decidía.

Y Danica sintió cómo su corazón empezaba a martillar.

Hasta que sus ojos —los de Carlo— cayeron sobre ella.

Sobre su vestido.

Y entonces la desaprobación fue total.

Explícita.

Sin filtros.

Danica se paralizó.

Sintió la sangre subirle a las mejillas, caliente, humillante.

El vestido, de pronto, le pesó.

La tela negra que la hacía sentir poderosa se convirtió en una piel prestada que la delataba, que mostraba demasiado, que no debía estar ahí.

Nicole, quizá consciente de la tensión, intervino con una sonrisa radiante.

—Por fin te pusiste el vestido que diseñé especialmente para ti —dijo con orgullo—.

Te ves hermosa, cariño.

Realmente te favorece.

El sonrojo de Danica se intensificó, quemándole las orejas.

La vergüenza y el halago chocaron dentro de ella como dos olas opuestas.

Valentino la miró de reojo, notando cada detalle: el rubor en su cuello, los dedos que apretaban la tela del vestido, la manera en que evitaba la mirada de Carlo.

Carlo dio un paso hacia ella.

Su presencia era una sombra grande, pesada, imposible de ignorar.

—Danica —dijo con un tono extraño, firme pero no frío.

Protector.

Como si ya fuera parte de él… o peor aún, de su propiedad—.

Luego hablaremos tú y yo.

El nudo en la garganta de ella se tensó.

Le dolió tragar.

Alessandro, a la distancia, apretó los puños tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos.

Leandro intercambió una mirada rápida con Marco; ambos estaban atentos, listos, como si el más mínimo movimiento equivocado fuera a detonar algo.

Carlo y Nicole siguieron su camino, saludando a otros invitados mientras una cortina de murmullos se abría tras ellos.

Donde pisaban, el aire cambiaba.

Se hacía más serio.

Más temido.

Valentino dejó salir una exhalación que casi no sonó, pero Danica la sintió en el brazo que él aún sostenía.

—Eso… —dijo en voz baja— no fue solo un saludo.

Ella tragó saliva, aún con las mejillas encendidas, el corazón golpeando contra sus costillas.

—Lo sé.

Y ese saber lo cambiaba todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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