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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 3

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3: Capitulo 3 3: Capitulo 3  “No todos los monstruos se esconden en la oscuridad; algunos te susurran al oído.” Después de tantas dudas y titubeos, Danica finalmente llegó al instituto.

El campus, normalmente bullicioso, estaba ahora en calma.

La mayoría de los estudiantes ya habían partido a sus casas para preparar sus pertenencias antes de la gran mudanza.

El aire fresco de la tarde acariciaba su rostro, una brisa ligera que la hacía sentirse extrañamente tranquila mientras observaba los pequeños carritos eléctricos que circulaban por el campus.

Sin vacilar más, Dani tomó uno de ellos, y con el corazón latiendo con una mezcla de emoción e incertidumbre, se dirigió hacia los dormitorios.

Al llegar al edificio, su aliento se detuvo por un instante.

Había sido renovado por completo, y ahora lucía como un lugar sacado de un cuento.

Las paredes exteriores estaban cubiertas de enredaderas verdes que susurraban secretos al viento, mientras pequeñas flores de colores cálidos se asomaban tímidamente.

Aunque no podía determinar si el edificio tenía cuatro o cinco pisos, su imponente estructura irradiaba una belleza única.

Danica avanzó hacia el vestíbulo, donde la atmósfera era cálida y vibrante.

Había sillas dispuestas en pequeños grupos, mesas de ping-pong y futbolito que invitaban al juego y la risa, una máquina de sodas que parecía prometer refrescos fríos para los días calurosos, y al fondo, un comedor amplio y una sala con televisión que respiraban vida.

Era, sin duda, todo lo que una preparatoria necesitaba para sentirse como un hogar.

Sin embargo, su entusiasmo se desvaneció rápidamente al confirmar lo que temía: sería la única estudiante en todo el edificio.

La soledad de aquel espacio tan grande y hermoso le produjo un vacío palpable, algo que se instaló en su pecho como un peso.

Observó su llave, que no tenía el número como las demás, sino una letra “A”.

Intrigada, se acercó a un pequeño croquis en la pared del vestíbulo y descubrió que la letra correspondía al ático.

La sorpresa se mezcló con la curiosidad mientras se dirigía al elevador.

El ascensor tenía un detalle único: junto al botón del último piso había un espacio para insertar una llave.

Era el único nivel con este requisito.

Con manos temblorosas pero firmes, introdujo la llave y presionó el botón que brillaba suavemente.

El elevador comenzó a moverse, con una rapidez silenciosa, como si supiera que llevaba a alguien especial a un lugar igualmente especial.

Cuando las puertas se abrieron, Danica se encontró en un pasillo iluminado que parecía cobijarla con su cálida luz.

Al sentir su presencia, el pasillo se encendió como por magia.

El elevador se cerró sin hacer ruido y descendió sin demora, dejándola completamente sola.

El pasillo era acogedor, con detalles que parecía haber elegido pensando en ella.

Un pequeño perchero sostenía algunos de sus sombreros y bolsas más queridas, sus pertenencias favoritas que le ofrecían un leve consuelo.

Cada paso que daba la acercaba a lo que parecía ser la entrada a su nuevo hogar, hasta que cruzó la puerta y su corazón dio un vuelco.

El ático no era solo un cuarto; era un refugio mágico que parecía haber salido directamente de sus sueños.

La luz dorada del atardecer bañaba la estancia, dándole un aire cálido.

La cocina moderna y completamente equipada, con una isla en el centro y un comedor con vistas panorámicas al campus, la invitaba a sentirse parte de algo más grande.

A su derecha, una chimenea de ladrillos proporcionaba una sensación de calidez hogareña, mientras que la sala, espaciosa y llena de muebles cómodos, parecía un lugar para acurrucarse y perderse en historias.

Un balcón adornado con plantas colgantes ofrecía una vista espectacular de la parte frontal del edificio.

Danica recorrió el lugar, cautelosa pero emocionada.

Sin embargo, cuando llegó a la habitación, el hechizo del momento se rompió por completo.

Al abrir la puerta, se encontró con un santuario de lujo.

La cama grande, las sábanas suaves, la televisión enorme que dominaba la pared… Pero lo que la dejó sin aliento fue el walk-in closet, ya lleno con todas sus pertenencias.

El baño parecía sacado de una revista de diseño.

Un sistema de cristal oscuro ofrecía privacidad en todo momento, algo que le parecía una locura, pero, en ese instante, no podía evitar sentir que todo esto tenía algo más detrás.

Danica dejó escapar un suspiro largo, apoyada contra el marco de la puerta del balcón.

El sol se escondía, tiñendo el cielo de tonos rosados y naranjas, mientras la tranquilidad la envolvía por completo.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió que aquel lugar podría ser más que un espacio físico; podría ser un refugio, un nuevo comienzo.

Lo que no sabía, sin embargo, era que este ático guardaba más secretos de los que podría imaginar.

Perdida en sus pensamientos, incapaz de discernir si estaba soñando o viviendo una realidad paralela, no se dio cuenta de que alguien entraba en la habitación.

–– Danica –– la voz masculina la paralizó por completo.

Alessandro apareció, avanzando hacia ella como una sombra, hasta quedar lo suficientemente cerca para hundir su nariz en el delicado cabello de la joven.

Inhaló profundamente su aroma, apropiándose de ella con un gesto que no dejaba lugar a dudas.

Con una mano firme, la sujetó por la cintura, atrayéndola hacia sí.

Con el brazo izquierdo, rodeó sus hombros, dejándola atrapada en su abrazo.

–– Parece que ahora serás mi hermanita –– susurró al oído de Danica, provocándole un estremecimiento involuntario.

El silencio se rompió con una bofetada que resonó en toda la habitación.

Danica se liberó de su agarre, pero sus palabras, cargadas de furia, no tardaron en salir.

–– ¿Qué estás intentando?

¿Qué plan tienes?

¿Por qué volviste?

–– la voz de Danica vibraba con rabia, pero también con el dolor de una herida aún fresca.

–– No es tristeza lo que siento.

Es coraje.

–– La furia contenida en sus palabras era palpable.

–– Parece que te saltaste la primera reunión en el auditorio.

Retomaremos con más fuerza esa actividad.

Trata de no faltar porque, aunque sea tu hermano mayor, no habrá favoritismos.

Alessandro pronunció las palabras con una sonrisa ladeada, una sonrisa que no alcanzaba sus ojos dorados, pero que se mantenía fija, burlona.

Observó cada rincón del lugar con una satisfacción que rozaba la arrogancia, como si todo lo que tocara fuera suyo.

–– Espero que estés cómoda; escogimos lo mejor para ti –– añadió con un tono irónico que, sin duda, era más un reproche que una cortesía.

Danica no respondió.

La indignación que sentía la mantenía inmóvil, quieta como una estatua de hielo.

Salió al salón sin hacer ni el más mínimo intento de contestar, pero la presencia de Alessandro la siguió como una sombra, pegajosa y asfixiante.

Él no la dejaba respirar.

–– Además de ser tu hermano mayor, seré tu director.

La burla en su voz se hacía más pesada con cada palabra que pronunciaba.

–– Así que deberías mostrarme más respeto.

Cada sílaba se impregnaba de un veneno sutil, destinado a recordarle a Danica su lugar, a recordarle que nunca dejaría de ser suya.

El chico encendió la chimenea, el resplandor de las llamas iluminando su rostro, haciéndolo parecer aún más imponente.

Se giró hacia ella, como si no hubiera ni un rincón en su cuerpo que no estuviera bajo su control.

–– Nuestros padres deciden casarse… ¿No te parece curioso?

–– comentó con una sonrisa cínica, sus ojos brillando con una malicia calculada.

La sonrisa no fue una sonrisa; fue una mueca, una marca de su dominio sobre la situación y sobre ella.

Danica, tensa como un violín a punto de romperse, permaneció inmóvil junto al comedor, con el ventanal detrás de ella, y el instituto visible en el horizonte.

La ciudad parecía tan distante y ajena en ese momento, como si su vida ya no estuviera allí.

Su mente hervía de indignación.

¿Así nada más?

¿Así reaparecería en su vida?

¿Después de todo lo que había sucedido entre ellos?

Como si no hubiera pasado nada, como si las palabras hirientes nunca hubieran sido dichas, como si los besos robados y las promesas rotas fueran solo un mal sueño.

Su piel ardía, su estómago se revolvía, y, sin embargo, había algo en su pecho que la mantenía cautiva.

–– Imagino que Leandro ya te informó sobre la cena de esta noche –– Alessandro rompió el silencio, pero no con suavidad.

Cada palabra era una amenaza disfrazada de indiferencia mientras avivaba las llamas de la chimenea, como si el fuego fuera su aliado personal.

Danica no lo miró.

No iba a darle el placer de ver el conflicto en sus ojos.

Pero el resentimiento crecía dentro de ella como una ola salvaje.

No podía permitirle que la controlara de esa manera, que la envolviera en su red de mentiras y promesas vacías.

Sin embargo, había algo en su mirada, algo en la forma en que caminaba hacia ella, que la hacía dudar.

–– Te pondrás algo más sensual.

Será nuestra primera foto en familia, y quiero causar la mejor impresión –– su voz se volvió más profunda, casi un susurro, mientras sus ojos la analizaban de arriba abajo con una frialdad que le erizó la piel.

Los ojos dorados de Alessandro recorrían su figura como un felino acechando a su presa, despojándola de toda privacidad.

–– Sé que te gusta vestir como si tuvieras doce años.

Agregó con desdén, sus palabras golpeando a Danica con fuerza.

El tono en su voz era ácido, tan cortante como un cuchillo.

–– Pero es hora de un cambio.

Dejé en tu cama un precioso vestido y los accesorios necesarios para la ocasión Acercándose a ella con la intención de someterla, de obligarla a ceder.

Sin previo aviso, Alessandro tomó su rostro con firmeza, el gesto impidiendo cualquier escape.

Sus dedos eran como cadenas.

La obligó a mirarlo a los ojos, esa mirada penetrante que le hacía sentir tanto miedo como deseo.

–– Espero que estés lista antes de las ocho –– concluyó con voz firme, dejando escapar el aroma amaderado de su perfume, un aroma que Danica conocía demasiado bien… uno que ella misma le había regalado, como si fuera una marca de su pasado compartido.

Danica intentó apartarse, pero su cuerpo no respondía con la rapidez que ella deseaba.

Su corazón latía con furia, pero también con una inquietante atracción.

¿Por qué, después de todo lo que había hecho, sentía que su respiración se aceleraba al estar tan cerca de él?

–– No voy a ir.

No seré parte de esa estúpida farsa—Dijo ella Finalmente reuniendo el coraje para apartar la mano de Alessandro de su rostro, empujándolo con fuerza.

Pero dentro de ella, una parte más débil deseaba ceder, deseaba ser arrastrada a ese mundo oscuro de control y deseo.

–– No sé cuál es el juego que tienen ustedes, pero yo no participaré.

Culmino mientras se alejaba de Alessandro y se acercaba al calor que irradiaba la chimenea, con pasos cortos y torpes, la calidad la abrazo como un refugio mientras el calor en su pecho no dejaba de aumentar.

Alessandro observó cómo se alejaba, y su paciencia llegó al límite.

El sonido seco de su mano golpeando la mesa resonó como un trueno, haciendo que Danica diera un respingo.

La tensión se cortaba en el aire, pesada, abrasadora.

No pudo evitar volverse hacia él, su corazón latiendo con violencia.

–– Estarás lista, con todo lo que se preparó para ti –– dijo él, sus palabras impregnadas con una furia controlada, mientras la tomaba del brazo con una fuerza que la hizo estremecer.

Era un acto tan simple, pero su toque transmitía una amenaza tácita, un recordatorio de su dominio.

–– No estoy para juegos infantiles.

Madura –– añadió con voz baja y peligrosa, su respiración rozando su oído mientras la empujaba hacia el sillón con una brusquedad que la dejó sin aliento.

Antes de desaparecer por completo por el pasillo del elevador, Alessandro lanzó una última frase, como una daga helada que atravesaba el alma de Danica.

–– Y pensar que alguna vez deseaste que me enamorara de ti.

Las palabras perforaron su corazón, y la herida se abrió nuevamente, tan profunda como un abismo sin fin.

Las palabras de Alessandro retumbaban en su cabeza, destrozando lo que quedaba de su orgullo.

Alessandro De La Marca era un hombre al que no se podía ignorar.

Era un enigma envuelto en elegancia y peligro, con una presencia tan dominante que podía derretir la resistencia de cualquiera, y Danica lo sabía demasiado bien.

Su figura, alta y esculpida, lo hacía parecer imparable.

Cada movimiento suyo estaba cargado de una confianza que rayaba en lo intimidante.

Sus ojos dorados, fríos como el hielo, la observaban con una intensidad que la hacía sentirse desnuda, vulnerable.

Como si estuviera al borde de un precipicio, a punto de saltar hacia algo que no podría controlar.

A pesar de su resistencia, Danica no podía evitar preguntarse si alguna parte de ella lo deseaba.

Y ese pensamiento la atormentaba más que cualquier otro.

Cada vez que Danica pensaba en Alessandro, su mente la arrastraba inevitablemente a aquella tarde en el club de tenis.

A los doce años, apenas entendía el amor, pero sabía —de una manera que escapaba a las palabras— que él hacía que su corazón latiera diferente.

Lo recordaba como si fuera ayer Alessandro, de veinticuatro años, dominaba la cancha con la misma facilidad con la que dominaba las miradas.

Danica y Leandro esperaban en las gradas, pero mientras él se quejaba del calor, ella apenas podía escucharle.

Su atención estaba completamente atrapada en Alessandro, en la forma en que su risa parecía encender cada fibra de su cuerpo.

Cuando sonó el pitido final y Alessandro ganó, Danica sintió que el pecho le estallaba.

Caminó despacio hacia la salida, rezando para que él la notara.

Y lo hizo.

Como en un sueño, Alessandro se acercó a su lado, rodeado de un pequeño séquito de admiradoras que apenas lograban opacar la fuerza de su presencia.

—No te cansas de esas chicas, hermano —bufó Leandro, lanzándose al interior de la limosina.

—Nunca propia cansarme de esto.

Las chicas son tremendamente hermosas y cariñosas—respondió Alessandro con una sonrisa que parecía esculpida para destruir defensas.

Se inclinó hacia Dani y acarició su cabello con una ternura peligrosa—.

¿Tú qué crees, pequeña?

Sería cruel hacer llorar unos ojos tan preciosos.

La risa profunda de Alessandro la envolvió, un sonido que la marcó más de lo que quiso admitir.

Mientras Leandro bromeaba sobre su fama de mujeriego, Dani apenas podía procesar otra cosa que no fuera la intensidad con la que Alessandro llenaba el espacio.

Él no solo lideraba empresas.

Lideraba corazones.

Y el suyo ya le pertenecía, aunque Alessandro aún no lo reclamara.

Cuando llegaron a la mansión, Dani intentó calmarse mientras subía a la habitación que Alessandro había preparado para ella años atrás.

Era un gesto que siempre la había confundido.

¿Por qué él haría algo así?

¿Por qué dedicaría tiempo y esfuerzo a algo tan personal?

Cada vez que cruzaba esa puerta, sentía como si estuviera entrando en un territorio marcado por él… y, de algún modo, también suyo.

Después de un baño rápido, se vistió con una minifalda negra y una camiseta holgada del equipo de fútbol escolar.

Su cabello aún húmedo caía en ondas desordenadas sobre sus hombros mientras bajaba al jardín para trabajar en el proyecto del sistema solar con Leandro.

Pero como era típico, él había desaparecido, probablemente buscando a Sofía.

Dani terminó el proyecto sola, el atardecer envolviendo el jardín en tonos dorados y anaranjados.

El silencio que la rodeaba parecía demasiado grande, demasiado expectante.

Finalmente, sin saber bien por qué, sintió la necesidad de verlo.

De despedirse.

Subió al despacho de Alessandro, cada paso retumbando en su pecho, y tocó suavemente la puerta.

—Pasa —respondió su voz grave, atravesándola como una caricia oscura.

Empujó la puerta y allí estaba él tras su escritorio imponente, la luz dorada del crepúsculo rozando su cabello oscuro, dándole un aspecto casi irreal.

Alessandro sostenía el teléfono en una mano, su expresión dura hasta que sus ojos dorados se posaron en ella.

Entonces, su rostro se suavizó… y algo más surgió en su mirada, algo que la dejó sin aliento.

Colgó la llamada con un movimiento lento, sin apartar sus ojos de ella.

—¿Leandro te dejó todo el trabajo otra vez?

—preguntó, su sonrisa ladeada cortando la tensión como una hoja afilada.

Dani asintió, sintiendo cómo el calor subía de su cuello a sus mejillas.

Él la observaba de un modo que la hacía temblar, como si viera más de lo que ella quería mostrar.

—Acércate —ordenó, su voz baja, cargada de una autoridad natural que no admitía negaciones.

Obedeció.

Rodeó el escritorio hasta quedar frente a él, aunque intentó mantener una distancia prudente.

Alessandro ladeó la cabeza, su mirada descendiendo lenta, descaradamente, por su figura.

Una chispa peligrosa encendió su expresión.

—Últimamente… —murmuró, dejando las palabras suspendidas entre ellos—.

Olvídalo.

Deben ser ideas mías.

Danica sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Como hipnotizada.

Se acerco más a él y se sentó en el borde del escritorio frente a él, cruzando las piernas cruzando las piernas sin darse cuenta de que su falda se subía, revelando la piel tersa de sus muslos.

Alessandro lo notó al instante.

Todo su cuerpo se tensó como si luchara consigo mismo.

—¿Sabes el problema contigo, Danica?

—murmuró, incorporándose lentamente, como un lobo que encierra a su presa— No ves el peligro…

no ves en qué me conviertes.

Antes de que pudiera moverse, Alessandro la tenía acorralada entre su cuerpo y el escritorio, su aroma envolviéndola, intoxicándola.

Sus manos firmes se cerraron en su cintura, apretándola contra él.

—Alessandro…

—susurró ella, su aliento temblando, sus sentidos dominados por el aroma a madera y especias que lo envolvía.

—No digas mi nombre así —gruñó el.

Sin darle oportunidad de retroceder, Alessandro deslizó una mano hasta su cintura y la atrajo de golpe contra su pecho.

Dani sintió su fuerza, su calor, su peligro…

y no quiso apartarse.

Entonces él la besó.

No fue un beso dulce ni vacilante.

Fue una declaración brutal.

Una toma de posesión.

Su boca reclamaba la de ella, sus labios duros, su lengua impaciente, devorándola.

Dani sintió que el mundo temblaba a su alrededor.

Se aferró a sus hombros para no caer.

Una de sus manos subió por su muslo expuesto, lenta, firme, como si quisiera marcar cada centímetro de su piel.

Dani jadeó, su cuerpo traicionándola, rindiéndose a ese contacto prohibido.

—¿Sabes cuánto tiempo he esperado esto?

—susurró en su oído, su aliento quemándola—.

Años, Danica.

Años viéndote crecer, sabiendo que algún día serías mía.

Ella apretó los ojos, una mezcla de miedo y deseo latiendo en su pecho.

Alessandro la sostenía como si temiera que pudiera desaparecer si la soltaba.

— Sabes que esto cambia todo, ¿verdad?

— dijo Alessandro, su voz ronca y cargada de una mezcla de deseo y advertencia.

Dani apenas pudo asentir.

Su cuerpo reaccionaba a él de una manera que nunca había experimentado antes.

Cada palabra, cada roce, era como un incendio que se propagaba sin control por sus venas.

Alessandro inclinó ligeramente la cabeza, sus labios rozando su mejilla antes de deslizarse hacia su oído.

—No tienes idea de lo que acabas de despertar en mí, Danica —susurró con un tono posesivo que envió un escalofrío por toda su columna vertebral.

Ella abrió los ojos, encontrándose con los suyos, oscuros y profundos como un abismo del que no quería salir.

Intentó hablar, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.

Alessandro no le dio tiempo para recuperarse.

Sus labios volvieron a buscar los suyos, esta vez con una intensidad aún mayor.

No era solo un beso; era una declaración silenciosa, una promesa implícita de que ahora le pertenecía por completo.

Las manos de Alessandro comenzaron a deslizarse por su espalda con movimientos firmes pero delicados, como si estuviera memorizando cada curva de su cuerpo.

Danica sabía que debía detenerlo, que aquello estaba mal, pero su cuerpo tenía otras ideas.

Se aferró a los hombros de Alessandro, sintiendo la fuerza contenida bajo la tela de su camisa.

Él era peligroso; lo sabía desde el principio.

Pero también era irresistible, como una tormenta que te arrastra sin remedio hacia el caos absoluto.

— Eres mía — murmuró contra sus labios, con una certeza que no admitía discusión.

El mundo a su alrededor desapareció.

No había nada más que el calor de sus cuerpos y la intensidad de ese momento.

Dani sabía que estaba cruzando una línea de la que no habría vuelta atrás, pero ya no le importaba.

Por primera vez en mucho tiempo, se sentía viva.

Y aunque el fuego que ardía entre ellos podía consumirlos a ambos, estaba dispuesta a arder junto a él.

Alessandro se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para observarla con una mezcla de triunfo y deseo.

Sus dedos acariciaron su mejilla con una suavidad inesperada.

Era su primer beso… y no podía haber sido más perfecto ni más peligroso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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