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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 30

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30: Capitulo 30 30: Capitulo 30  “Algunas puertas nunca debieron abrirse… pero él la dejó pasar.” La fiesta había alcanzado ese punto en el que todo parecía un sueño lento: música suave con notas graves que vibraban contra el suelo, luces cálidas que acariciaban las pieles brillantes, conversaciones envolventes que se mezclaban en una bruma dorada.

Los candelabros de cristal colgaban como cascadas heladas, lanzando destellos sobre las mesas cubiertas de champán y plata.

A lo lejos, más allá de los ventanales inmensos, el mar rompía contra la playa iluminada como un susurro oscuro, constante, hipnótico.

En medio de ese lujo, un hombre entró.

Traje gris oscuro.

Pelo peinado hacia atrás.

Mirada fría.

Uno de los hombres de confianza de Carlo.

Su presencia cortó el ambiente como un cuchillo.

No hizo falta que empujara a nadie; los invitados simplemente se apartaban instintivamente al verlo avanzar entre mesas donde políticos, empresarios y capos conversaban con sonrisas ensayadas.

El hombre llegó hasta Carlo, que estaba conversando con un diplomático extranjero.

Se inclinó, casi sin mover los labios, y murmuró unas palabras que solo él debía escuchar.

Carlo se detuvo.

Apenas un movimiento del ceño.

Un endurecimiento leve del rostro.

Sutil… pero devastador para quien supiera leerlo.

La música siguió.

Las risas continuaron.

Pero alrededor de ellos, los miembros más cercanos de la familia se tensaron como si hubieran olido pólvora.

—Alessandro.

Leandro.

—La voz de Carlo fue suave, pero bastó para que ambos giraran inmediatamente—.

Acompáñenme.

Nicole deslizó su mano por el brazo de Carlo, elegante, digna, impecable.

Pero ni siquiera su delicadeza pudo suavizar lo que acababa de ocurrir.

Sofía sintió cómo el brazo de Leandro, que permanecía en su cintura desde hacía varios minutos, se tensaba con una fuerza que no correspondía con la música suave del salón.

—¿Qué pasó?

—susurró ella, buscando su mirada, su expresión, cualquier señal.

—Nada de lo que debas preocuparte —respondió él, aunque su mandíbula apretada decía exactamente lo contrario—.

Quédate aquí.

Sofía arqueó una ceja, divertida.

—¿Desde cuándo te hago caso?

La sombra de una sonrisa cruzó el rostro de Leandro.

Una sonrisa peligrosa.

Una que pocas personas habían visto.

Se inclinó y dejó un beso rápido en su mejilla, su mano rodeando su rostro por un segundo, con una mezcla de posesión, ternura y advertencia.

—No me tientes, princesa —murmuró cerca de su oído, su voz profunda rozando su piel—.

Solo… quédate en un lugar visible.

Y se marchó.

Firme, decidido, letal.

Siguiendo a Carlo y Alessandro hacia uno de los pasillos privados del hotel, donde la luz cálida del salón no alcanzaba.

Sofía los observó desaparecer.

Exhaló, despacio.

“Visible”, dijo él.

Claro.

Por supuesto.

Sofía sonrió con picardía.

En cuanto estuvo segura de que ninguna mirada de la familia La Marca seguía fija en ella, tomó una copa de una bandeja plateada.

Dio un sorbo.

El champagne burbujeó contra su lengua.

Luego se giró… en dirección contraria a donde Leandro se había ido.

La música volvió a cubrirla como una ola.

Vestidos brillantes pasaban a su lado.

Perfumes caros saturaban el aire.

Conversaciones en voz baja rozaban sus oídos.

Nadie sospechaba.

Nadie miraba.

Porque Sofía ya no veía nada de eso.

Ella buscaba a él.

Y lo encontró.

Marco.

Apoyado en una columna cercana a la entrada del pasillo de servicio, semiescondido, medio devorado por las sombras.

La corbata aflojada, las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos, las venas marcadas.

Mirando hacia la pista… pero sin mirar realmente.

Perdido en pensamientos que jamás confesaría.

Y cuando sus ojos se cruzaron con los de ella… Sofía sintió el mundo apagarse alrededor.

No hubo música.

No hubo invitados.

Solo un tirón invisible entre ellos dos.

Ella caminó hacia él como si nada estuviera pasando.

Como si su corazón no le latiera peligrosamente rápido.

Como si esas miradas robadas en la limosina no hubieran dejado un incendio tibio, persistente, debajo de su piel.

Marco no se movió, pero su respiración cambió.

—¿No debería estar con él?

—preguntó él sin mirarla directamente, con un tono bajo y seco.

Como si la multitud fuera más importante.

Como si ella no le desordenara la mente.

—No —respondió Sofía, dando un paso más—.

El está ocupado.

Marco apretó la mandíbula.

Ese gesto que hacía cuando estaba intentando no sentir.

—Entonces debería quedarse con sus amigas —dijo, con firmeza, como si fuera una orden.

Sofía dio otro paso.

Esta vez tan cerca que él sintió el perfume de vainilla pecaminosa envolviéndolo.

Ese perfume que él siempre fingía no reconocer… porque lo jodía más de lo que admitía.

—Debo quedarme donde me sienta segura —susurró ella, la voz bajita, casi acariciante.

Marco inhaló hondo, preparándose para resistirla.

Ella inclinó la cabeza y añadió, con una inocencia demasiado peligrosa: —Voy a caminar por ahí.

Eso lo hirvió.

—Señorita—su voz fue un gruñido bajo, reprimido—.

No es seguro.

No sin alguien de la familia contigo.

—Entonces sígueme —dijo ella con una sonrisa suave—.

Si de verdad te preocupa.

Y sin esperar respuesta, se giró.

Marco soltó el aire con frustración.

La vio alejarse entre las columnas y los arreglos florales.

No tenía opción.

No con ella.

Así que la siguió.

Primero despacio.

Luego más rápido cuando la vio dirigirse a la salida lateral del hotel.

Ella sabía lo que hacía.

Pasó por la puerta de servicio sin mirar atrás, con paso decidido, casi danzante.

Marco apretó los dientes.

—Joder—murmuró, siguiéndola a la penumbra.

El pasillo de servicio era oscuro, largo, silencioso, con olor a metal y detergente.

Pequeñas luces de emergencia iluminaban el suelo en intervalos irregulares.

Ella caminaba con seguridad.

Él lo notó.

—¿Cuántas veces entraste aquí?

—preguntó en voz baja, siguiéndola de cerca.

—Suficientes —respondió ella sin detenerse—.

Cuando éramos niños, Leandro, Danica, Melisa y yo jugábamos a las escondidas en estos pasillos.

Sofía torció por un pequeño pasillo aún más oscuro, casi oculto detrás de una máquina de limpieza.

Marco frunció el ceño, alerta.

—Sofía, basta.

Regresemos.

Esto no es— Ella lo tomó de la mano.

Un tirón.

Firme.

Inesperado.

Y lo jaló hacia una puerta camuflada con paneles viejos.

La abrió.

Lo arrastró dentro.

El antiguo cuarto de servicio.

El mismo donde se escondía de niña.

La puerta se cerró detrás de ellos con un chasquido que sonó a destino sellado.

La luz parpadeante del foco lanzó sombras inestables sobre sus rostros.

El espacio era estrecho.

Sofocado.

Olor a jabón, madera húmeda y un ventilador viejo vibrando en un rincón.

Marco dio un paso atrás inmediatamente, como si necesitara espacio… o aire… o control.

Pero no había suficiente de ninguno.

La distancia entre ellos se volvió mínima.

Peligrosa.

Y Sofía, con la espalda apoyada contra la puerta, lo miraba como si acabara de atrapar a su presa.

—Te dije —susurró, la voz dulce y afilada— que estaría donde me sintiera segura.

—Sofía… no podemos estar aquí —murmuró con la voz grave, tensa, controlada con una fuerza brutal—.

Si alguien nos ve… —No nos verá nadie —respondió ella, acercándose un paso más—.

Y lo sabes.

Él apretó la mandíbula, desviando la mirada a un punto en la pared como si eso lo ayudara a mantener el control.

Ella avanzó hasta quedar frente a él, tan cerca que sus respiraciones chocaron en el aire tibio del cuarto.

—Te estás escondiendo de mí —susurró.

—Te estoy protegiendo —corrigió él, sin mover un solo músculo.

Sofía apoyó la mano en su pecho, encima del chaleco que intentaba domar la musculatura firme que él siempre ocultaba.

Sintió el latido acelerado bajo su palma, un golpe tras otro, como si Marco estuviera luchando consigo mismo.

—¿De quién?

—murmuró, deslizando los dedos lentamente por su pecho, ascendiendo por su cuello, rozando la línea de su barba hasta llegar a su mandíbula—.

¿De mí?

¿O de ti?

Marco cerró los ojos con fuerza, como si el contacto le quemara la piel.

Sus manos se crispaban a los costados, inútiles, traicionadas por el deseo.

—Sofía, no entiendes… —su voz vibró, rota, ahogada—.

Yo no puedo… Pero ella no lo dejó terminar.

Lo atrapó.

Con ambas manos en su rostro, tiró suavemente de él hacia abajo, acorralándolo entre su cuerpo y la puerta.

Su perfume, cálido y dulce, lo envolvió hasta casi marearlo.

Ella se pegó a él, sin pudor, sin miedo… con una seguridad que lo destruía y lo encendía al mismo tiempo.

—Mírame —ordenó, suave pero peligrosamente firme.

Él obedeció.

Sus ojos, tan oscuros como el cuarto sin luz, estaban llenos de lucha.

De derrota.

De deseo.

—No deberías… —susurró, pero sus manos ya no estaban inmóviles.

Subieron a su cintura, temblorosas, como si necesitaran la textura de su piel para recordar por qué llevaba semanas resistiéndose.

Sofía inclinó la cabeza, rozando su nariz contra la de él, sonriendo como quien ya ganó una guerra que él ni sabía que estaba peleando.

—Entonces dime que no lo quieres —susurró, rozándole los labios sin besar—.

Dímelo… y salgo por esa puerta.

Marco tragó, su respiración golpeándole la boca en un vaivén desesperado.

—No puedo decir eso —admitió, y el temblor en su voz lo traicionó más que cualquier confesión.

Sofía lo tomó del cuello de la camisa, acercándolo aún más, sin dejarle espacio para huir.

—Entonces bésame.

Él apretó los dientes, luchando todavía, como si fuera posible resistirse a eso.

—Sofía… —su voz fue un susurro raspado, rendido—.

Eres un problema.

Ella sonrió contra sus labios.

—Entonces resuélveme.

Y Marco cayó.

Cayó como cae un soldado que ya no puede sostener el escudo.

Como cae un hombre que ha estado usando el deber para cubrir lo que realmente quiere.

Su mano subió a la nuca de ella con un tirón suave pero necesitado, la otra rodeando su cintura y aplastándola contra su cuerpo.

La besó con una urgencia brutal, un hambre contenida durante demasiado tiempo.

No hubo duda, ni delicadeza, ni permiso.

Fue explosión.

Sofía respondió de inmediato, hundiendo los dedos en su cabello, tirando ligeramente para arrancarle un gruñido que le erizó la piel.

Sus bocas se encontraron como si hubieran estado esperando ese momento desde siempre: desesperadas, reclamando, buscando más.

El cuarto de limpieza, estrecho y oscuro, se llenó del sonido de respiraciones entrecortadas y el leve golpe de sus cuerpos contra la puerta.

El foco titilante proyectaba sombras que temblaban con ellos, como si la luz misma fuera cómplice de lo prohibido.

Ese beso no tenía nada de inocente.

Era una rendición.

Un incendio devorándolo todo.

Una promesa peligrosa hecha sin palabras.

Y ninguno de los dos—ni con la puerta cerrada, ni con el peligro afuera—quería apagarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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