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Susurros de Sangre y Deseo - Capítulo 31

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31: Capitulo 31 31: Capitulo 31  “No juegues con fuego querida… podrías quemarte” El aire del despacho no se parecía en nada al de la fiesta.

Afuera aún vibraban las risas elegantes, el tintinear de copas, la música suave flotando como un encanto diseñado para ocultar pecados.

Pero aquí dentro, entre paredes insonorizadas y madera oscura, lo único que existía era el silencio.

Un silencio denso, presurizado, que parecía adherirse a la piel como aceite caliente; un silencio que solo las familias peligrosas conocían: el que antecede a una verdad que nadie quiere escuchar.

Alessandro caminaba a la derecha de su padre, Leandro a la izquierda, como si los tres fueran un mismo eco cargado de sombras.

El hombre de traje gris —uno de los más antiguos y leales a Carlo, un fantasma que servía sin preguntas— los seguía a unos pasos, la mirada fija al frente, listo para obedecer al primer movimiento.

Carlo abrió la puerta de la sala de reuniones privadas, esa misma que solo se usaba para pactos de sangre, decisiones irreversibles o amenazas que debían quedar entre familia.

La atmósfera dentro era cortante; olía a cuero, whisky añejo y un peligro sutil que cualquiera ajeno al mundo habría confundido con simple tensión.

Pero Alessandro lo reconocía: era el olor del miedo contenido.

Carlo cerró la puerta con un clic que sonó demasiado final.

Luego se giró.

Y Alessandro lo supo al instante.

Su padre no traía buenas noticias.

La mandíbula de Carlo estaba más marcada, los hombros rígidos bajo el traje negro, los ojos reducidos a dos líneas afiladas como navajas.

Era la expresión que solo mostraba cuando la situación había escalado más allá de lo tolerable.

El tipo de gesto que significaba que alguien, en algún lugar, había firmado su propia sentencia sin saberlo.

Carlo respiró hondo antes de hablar, como si cada palabra pesara.

—Hablé con todos —comenzó, sin rodeos—.

Todos los capos.

Los grandes, los medianos, incluso los pequeños que sueñan con ser relevantes… y también aquellos que, en otros tiempos, habrían tenido razones para querer vernos caer.

Leandro apoyó la espalda contra la pared, cruzando los brazos con lentitud.

Su expresión era de expectación tensa, como si ya pudiera oler el desastre.

—¿Y?

—preguntó él.

Carlo entrecerró los ojos, la rabia contenida vibrando bajo su piel.

—Ninguno se adjudica el ataque.

Un frío casi eléctrico recorrió la columna de Alessandro, instalándose entre sus omóplatos.

No le gustaba cómo sonaba eso.

No le gustaba nada.

—¿Ninguno?

—repitió, su voz más baja, más afilada.

Carlo negó despacio, con un gesto medido que decía más que cualquier palabra.

—Enfáticamente.

Todos aseguran no tener conexión, no haber enviado hombres, no haber dado ninguna orden.

Incluso aquellos que detestarían tendernos la mano… sonaron sinceros.

—Su mirada se volvió grave, casi sombría—.

Todos están preocupados.

Hay un código entre familias, imperfecto, peligroso… pero existe.

Nadie rompería ese equilibrio atacando a una joven como Danica.

Ni siquiera nuestros enemigos más viejos.

Algunos incluso ofrecieron apoyo si fuera necesario.

Leandro frunció el ceño, confusión mezclada con una sospecha que comenzaba a tomar forma.

—¿Qué clase de enemigo ataca así… sin dejar rastro y sin que nadie sepa nada?

Carlo apoyó ambas manos en la mesa, los nudillos tensos, casi blancos.

Esa postura Alessandro la conocía bien: su padre estaba a un solo paso de decidir que la diplomacia ya no era una opción.

—Eso es lo que me preocupa —respondió Carlo con voz baja—.

Si ninguno de nuestros enemigos conocidos está detrás… entonces estamos lidiando con alguien que no está en el mapa.

Un fantasma.

Alguien que no sigue reglas, alianzas ni códigos.

Alessandro sintió un punzazo en la sien, ese tipo de dolor que solo aparecía cuando algo escapaba a su control.

Le desagradaba profundamente la sensación; necesitaba saber quién era el enemigo, qué quería, por qué había tocado lo que era suyo.

—¿Cómo fueron las respuestas?

—preguntó, modulando la voz para que sonara fría, analítica.

Era mejor eso que admitir la preocupación que le devoraba el estómago.

Carlo lo miró directamente, como si leyera cada pensamiento que Alessandro intentaba mantener bajo llave.

—Algunos estaban furiosos de que alguien haya roto el equilibrio entre familias sin permiso.

Otros… —sus ojos adquirieron un filo oscuro, casi metálico— parecían genuinamente asustados.

Leandro se apartó de la pared, enderezándose.

—¿Asustados?

—repitió, incrédulo.

Carlo inclinó apenas la cabeza, confirmándolo.

—Sí.

Y cuando hombres que han sobrevivido a guerras, traiciones y masacres se muestran asustados… —la voz de Carlo descendió, grave, lenta, afilada como un cuchillo mojado en veneno— significa que no estamos frente a un enemigo.

Estamos frente a una sombra con hambre.

El silencio se volvió más espeso, casi tangible, como humo negro invadiendo la sala.

El aire se había vuelto denso, cargado de algo que dolía inhalar.

Alessandro sintió cómo la tensión se aferraba a su nuca, extendiéndose por su columna como un veneno frío.

Carlo continuó, sin suavizar nada: —Un capo viejo me dijo algo que prefiero no ignorar: “Solo hay un tipo de enemigo que no anuncia su movimiento.

El que no tiene nada que perder.” Alessandro apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el eco en las sienes.

Ese tipo de enemigo era el más peligroso.

Impredecible.

Invisible.

Hambriento.

El tipo que quemaba el mundo entero solo para mirar los escombros.

—Hasta ahora ninguno ha detectado movimientos raros en sus territorios —agregó Carlo—.

No hay rumores.

No hay nombres.

No hay mensajes.

Nada.

Nada.

La palabra cayó como un golpe seco.

Y en la mafia, el silencio absoluto era más aterrador que un disparo.

El silencio que siguió fue de esos que pesan, que huelen a guerra, a traición, a sangre próxima.

A un enemigo que ya se movió, ya eligió objetivo… y solo espera para volver a atacar.

Alessandro finalmente lo rompió: —¿Y la familia?

Carlo levantó la mirada, sosteniéndole los ojos con la intensidad de quien conoce demasiado bien lo que el hijo no dice.

Había un reconocimiento silencioso ahí, una comprensión prohibida.

—Por ahora estamos protegidos.

El hotel es territorio blindado.

Pero no me confío —dijo, cada palabra afilada por la desconfianza—.

No nos atacaron para asustarnos… nos atacaron para medirnos.

La frase se clavó como una aguja helada bajo la piel de Alessandro.

Un ataque para medirlos… Eso significaba que vendría algo peor.

Algo dirigido.

Algo personal.

Y lo primero que cruzó su mente no fue su padre.

Ni la seguridad del imperio.

Ni siquiera su propia vida.

Fue Danica.

Su imagen estalló en su cabeza sin permiso: el vestido negro marcando su cintura, su sonrisa nerviosa cuando intentaba ocultar el miedo, sus ojos grandes, siempre demasiado sinceros para el mundo al que estaba entrando.

Demasiado vulnerables para gente como ellos.

Demasiado vulnerables para enemigos sin nombre.

Alessandro tragó.

Se odió un poco por lo que sintió… pero aun así habló.

—Hay que reforzar seguridad —dijo.

Y aunque sonó como una orden calculada de un heredero de la mafia… él supo, en lo más íntimo, que era algo mucho más egoísta: la necesidad primitiva de proteger lo que en su mente ya consideraba suyo.

Leandro lo miró de reojo, una ceja levantada con algo entre burla y curiosidad, pero no comentó.

No hacía falta.

Todos entendieron.

Carlo asintió despacio.

—Ya ordené duplicar la vigilancia en casa, en el departamento de Danica y en la escuela —informó.

La frase cayó con un doble filo.

No solo era protección.

Era un mensaje: Sé lo que estás pensando, Alessandro.

Sé lo que significa ella para ti.

Aunque no debería.

El pecho de Alessandro se tensó.

No quería que nadie lo leyera tan fácilmente.

No quería ser predecible.

Mucho menos débil.

Pero el nombre de Danica en boca de su padre encendió algo oscuro, posesivo y peligrosamente vivo en su interior.

Carlo inspiró profundamente, enderezándose.

—Esto no va a quedarse así.

Pero hasta que sepamos quién está detrás… —sus ojos se endurecieron hasta convertirse en acero puro— no confío en nadie.

Y quiero a toda la familia alerta.

Incluso los más jóvenes.

Leandro asintió, el gesto rígido, preparado para violencia.

Alessandro también.

Pero por dentro, algo más profundo y más oscuro despertó.

Un miedo que nunca admitiría.

Una rabia fría que se clavó en sus huesos.

Un presentimiento que le quemaba la garganta.

Porque si ningún capo había levantado la mano… si nadie había ganado con el ataque… si no existía motivo económico, territorial ni político… Entonces no estaban pensando como mafiosos.

Estaban pensando como asesinos.

Y para asesinos… ninguna regla, ningún pacto, ningún apellido, significaba algo.

Y cuando el enemigo no teme la sangre… la guerra deja de tener límites.

El regreso al salón de baile fue como entrar de nuevo en un escenario donde todos fingían no oír los tambores de guerra que vibraban fuera.

Las luces cálidas, los cristales brillantes, la música elegante… nada lograba ocultar el filo invisible que ahora atravesaba la atmósfera.

Los invitados seguían riendo, brindando, moviéndose como figuras delicadas dentro de una burbuja que estaba a punto de reventar.

Leandro avanzó primero, los hombros tensos bajo el saco oscuro, la mirada recorriendo el salón con la precisión de un depredador.

Buscaba un rostro.

Una melena.

Un rastro de perfume familiar.

Sofía.

La había dejado hace poco, segura, cerca de la mesa principal.

O eso creía.

Pero ahora no estaba.

No en el bar.

No entre las mesas.

No cerca del escenario.

No en los grupos de invitados conversando como si la noche fuera perfecta.

Su ceño se frunció apenas, una señal mínima, pero peligrosa.

¿Dónde carajos se metió?

Antes de que la inquietud se transformara en sospecha, una oleada de energía distinta lo obligó a detenerse.

Una tan espesa, tan vibrante, tan cargada de furia contenida… que casi podía olerla.

Alessandro.

Leandro lo encontró con la mirada a unos pasos de distancia, el cuerpo rígido, los puños cerrados, la mandíbula marcada como acero recién forjado.

Parecía una sombra a punto de desatarse.

Pero lo que realmente llamó su atención fue la dirección de su mirada.

Y entonces lo vio.

En un rincón del salón, casi fuera de la vista de todos, refugiados entre una cortina y una columna, Valentino tenía a Danica contra la pared.

No era un beso delicado, ni uno de esos toques tímidos de adolescentes jugando a enamorarse.

No.

Era un beso profundo.

Hambriento.

Reclamante.

Una mano de Valentino sostenía su cintura, y la otra demasiado baja para lo que podía considerarse decente.

Elevando descaradamente el vestido de su hermana, acariciando piel que no debía estar tocando en público.

Danica no parecía resistirse… aunque tampoco estaba tan concentrada en la fiesta como para darse cuenta de la tormenta que había desatado.

Alessandro ardía.

No hablaba.

No respiraba.

Solo observaba.

Con esa mirada que había heredado de Carlo: silenciosa, letal, cargada de una posesividad que jamás admitía, pero que todos los que lo conocían sabían leer.

Leandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No por Danica.

No por Valentino.

Por Alessandro.

Por ese brillo oscuro en sus ojos que solo aparecía cuando algo —o alguien— tocaba lo que él consideraba suyo.

Un músculo se contrajo en el cuello del mayor, su respiración acelerándose apenas.

Cada fibra de su cuerpo pedía moverse, irrumpir, arrancar a Valentino de un manotazo, estamparlo contra el suelo si era necesario.

Pero Alessandro no se movió.

Y eso era peor.

Mucho peor.

Porque cuando Alessandro se quedaba quieto… significaba que pensaba.

Y cuando pensaba… terminaba actuando de maneras que hacían retroceder incluso a los hombres más sanguinarios del continente.

Leandro, por un momento, olvidó que Sofía seguía desaparecida.

Olvidó el ataque.

Olvidó la noche.

Solo veía cómo la tormenta tomaba forma frente a él.

Alessandro dio el primer paso.

Un movimiento casi imperceptible, calculado, silencioso.

Nadie a su alrededor notó el cambio.

Los invitados seguían charlando, brindando, riendo… ajenos a la tormenta que caminaba entre ellos con la precisión de un asesino entrenado para matar sin perturbar el aire.

Su traje negro parecía absorber las luces del salón, volviéndolo una sombra más profunda que todas las demás.

La mandíbula marcada, los labios apretados, la furia en sus ojos reducida a una línea fina… apenas controlada.

Cada paso era una amenaza envuelta en elegancia italiana.

Leandro lo siguió con la mirada, sin intervenir.

Sabía que detener a Alessandro era como intentar encadenar un incendio.

El mayor caminó en diagonal, bordeando mesas, mezclándose entre grupos de invitados sin que ninguno percibiera el peligro que avanzaba junto a ellos.

Su respiración era lenta, calculada, pero su pecho subía y bajaba con la rabia de un animal al que acababan de desafiar en su propio territorio.

El salón entero parecía estrecharse a su alrededor.

Y él solo tenía un objetivo.

Valentino.

Y la mano desaparecida de Valentino que realmente a él también lo hacia enfurecer.

Alessandro lo vio claramente cuando se acercó al borde del salón, protegido por las sombras que caían desde la cortina pesada.

El beso seguía.

Jodidamente profundo.

Demasiado íntimo.

La mano de valentino se movía suabe, lo cual significaba que no la tenia como el agarra a Sofia, pero joder si eso percibían los demás.

Un centímetro más del que Alessandro estaba dispuesto a tolerar.

Su visión se volvió un punto rojo.

Un agujero ardiendo en su centro.

Pero no se apresuró.

No cometió el error de llegar hecho furia.

No.

Avanzó con calma mortal.

Con esa calma que le habían enseñado desde niño El que va gritando, pierde.

El que llega silencioso, mata.

La música orquestal seguía sonando, cubriendo el ritmo firme pero suave de sus pasos.

Solo un camarero se cruzó en su camino, y Alessandro levantó un poco la mano para evitar chocar con la charola de copas.

Una cortesía automática… y completamente engañosa.

Cada metro que acortaba lo volvía más peligroso.

A tres metros, su respiración se volvió un cuchillo.

A dos metros, el músculo sobre su ceja tembló.

A uno… Valentino aún no lo había visto.

Danica tampoco Alessandro llegó silencioso, como un león que ya tiene lista a su presa para engullirla Sin una palabra.

Sin un ruido.

Solo presencia.

La sombra del cuerpo de Alessandro se proyectó sobre ellos antes siquiera de que Danica pudiera procesar el roce ardiente de la mano de Valentino detrás de su cabeza, profundizando aún más el beso.

El mundo se comprimió en un segundo denso, casi líquido, donde el aire olía a perfume caro, a deseo recién nacido… y a peligro inminente.

Danica abrió los ojos primero, justo cuando su espalda chocó suavemente contra la pared.

El sobresalto le robó el aliento, dejando escapar un jadeo leve por sus labios hinchados.

Su rostro estaba encendido, de un rojo carmesí que subía desde el cuello hasta las orejas; el maquillaje se había corrido apenas en la comisura, evidencia de lo prohibido.

Su pecho subía y bajaba como si no pudiera inhalar lo suficiente, como si el mundo entero acabara de detenerse para atraparla en el peor —o mejor— momento posible.

—¿Qué…?

—susurró, sin voz, con la respiración todavía temblándole entre las costillas.

Valentino se separó solo lo justo, la sonrisa traviesa borrándose un poco al ver la sombra que se cernía sobre ellos.

Danica comenzó a acomodar su vestido con dedos torpes, moviendo las manos como si eso pudiera borrar la escena que Alessandro acababa de presenciar.

—Merda… —murmuró él, palideciendo mientras pasaba su lengua por un canino con diversión nerviosa.

Alessandro no habló.

No lo necesitaba.

Sus ojos eran dos fragmentos de obsidiana negra, brillantes, helados y furiosos.

Miraron primero la mano de Valentino aún cerca de Danica, luego los labios de ella… y finalmente a los dos juntos, como si quisiera arrancarlos del cuadro.

Esa furia silenciosa, perfecta, era peor que un grito, peor que cualquier amenaza: era la calma justo antes de la masacre emocional.

Extendió la mano.

No tocó a Danica.

No rozó a Valentino.

No levantó la voz.

Solo apoyó la palma en la pared, junto a la cabeza de ella, bloqueando la salida como un muro vivo hecho de acero, rabia y un tipo de posesión que quemaba.

Danica tragó saliva, el sonido seco resonando en su propio pecho.

Su respiración entrecortada se mezcló con el perfume profundo de Alessandro: oscuro, dominante, inconfundible.

Lo conocía demasiado bien… y ese aroma la desarmaba de formas que odiaba admitir.

Cada vez que inhalaba, su corazón golpeaba con violencia, como si quisiera escapar o entregarse.

—Alessandro… —intentó decir, la voz rota, casi un ruego, todavía temblorosa de nervios y del deseo tibio que seguía adherido a su piel Él inclinó el rostro, tan cerca que el calor de su aliento le rozó la mejilla como un latido ajeno.

No dijo nada, pero el mensaje era una sentencia escrita en fuego: Así no.

No con él.

Y jamás delante de mí.

Valentino apretó la mandíbula, aunque mantenía esa chispa juguetona en los ojos.

—Solo estábamos charlando —mintió con descaro, arrastrando el dedo pulgar por sus propios labios, como si saboreara deliberadamente lo último que había probado.

La sonrisa lenta que nació en la boca de Alessandro fue peligrosa… letal… casi sensual por lo contenida.

—¿Ah, sí?

—murmuró con una suavidad que lastimaba—.

Interesante forma de charlar.

Danica cerró los ojos un instante.

Dios.

El aire era demasiado espeso.

No podía respirar bien.

Sentía el pulso vibrando en los labios, en la garganta, en la parte baja del vientre.

Y la presencia de Alessandro lo intensificaba todo, despertando algo que no tenía derecho a sentir por él.

No después de su historia, no después de sus heridas, no después de que ella intentara romper ese vínculo tóxico.

Cuando el ambiente estaba a punto de estallar… —Hey.

—La voz de Leandro cortó la tensión como una navaja bien afilada.

Apareció entre ellos con rapidez, colocándose justo donde Alessandro podía perder la cabeza.

—No aquí —susurró, firme, con urgencia contenida—.

No frente a todos.

Alessandro ni lo miró.

Ni movió la mano.

Ni retrocedió.

Simplemente siguió respirando como un depredador a segundos de atacar.

Leandro, con paciencia templada por años de lidiar con ese temperamento, dio un paso más y lo empujó con el hombro.

Fue un empujón leve, casi fraternal… pero cargado de “contrólate o lo hago yo”.

—Ven.

—murmuró—.

Antes de que tu cara haga que alguien empiece a grabar.

Alessandro soltó un suspiro lento, tan lento que parecía que contenía un rugido.

Finalmente bajó la mano de la pared… pero no sin rozar, de forma imperceptible, la mejilla de Danica.

Un toque tan suave que nadie más lo vio.

Pero ella sí.

Lo sintió como una descarga.

Y su estómago se apretó con algo que se negó a reconocer como deseo.

Leandro lo tomó del brazo para sacarlo de ahí.

Luego miró a Danica y Valentino, con los ojos de alguien que está sosteniendo el techo emocional del lugar.

—Vamos.

—dijo serio, cansado, sin opción a réplica.

Con pasos silenciosos pero decididos, los guio hacia una puerta lateral del salón, una que parecía llevar a la bodega de vinos.

Sin embargo, tras cruzarla, el ambiente cambió por completo: un pasillo privado, oscuro, elegante, solo para la familia De La Marca.

Alfombra gruesa.

Luces cálidas.

Silencio cargado.

Apenas entraron, Leandro cerró la puerta con un clic definitivo.

El silencio cayó como un manto.

Danica seguía respirando entrecortado, con las manos temblándole mínimamente.

Valentino tensaba los puños, todavía con una sonrisa provocadora en la comisura.

Alessandro parecía contenido por un hilo, con los ojos encendidos de furia helada.

Leandro, el único cuerdo, respiró hondo… y apretó los dientes.

—Muy bien… —dijo, mirándolos a todos como si fueran un incendio distinto—.

Ahora sí… ¿qué carajo estaban haciendo?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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